Mientras reina la confusión en el campo de Zangi, sólo un hombre permanece imperturbable. Cuenta veintinueve años, es de estatura elevada y de piel oscura, lleva el rostro afeitado salvo en la barbilla, tiene la frente despejada y la mirada dulce y serena. Se acerca al cuerpo aún caliente del atabeg: tembloroso, le toma la mano, le quita el anillo de sello, símbolo del poder, y se lo pone en su propio dedo. Se llama Nur al-Din, es el segundo hijo de Zangi.
He leído las vidas de los soberanos de los tiempos pasados y, salvo entre los primeros califas, no he encontrado ningún hombre que fuera tan virtuoso y tan justo como Nur al-Din. Ibn al-Atir
consagrará, con razón, a este príncipe un verdadero culto. Si bien el hijo de Zangi ha heredado las cualidades de su padre —la austeridad, el valor, el sentido del Estado—, no ha conservado ninguno de os defectos que convirtieron al atabeg en persona tan adiada para alguno de sus contemporáneos. Mientras Zangi infundía temor por su truculencia y su total ausenta de escrúpulos, Nur al-Din consigue, desde que aparece en escena, presentarse como un hombre piadoso, reservado, justo, respetuoso con la palabra dada y totalmente entregado al yihad contra los enemigos del Islam.
Y algo aún más importante, y en ello estriba su genio, convertirá sus virtudes en temible arma política. Comprende, a mediados del siglo XII, el insustituible papel que puede desempeñar la movilización psicológica y crea un auténtico aparato propagandístico. Varios cientos de letrados, religiosos en su mayoría, tendrán la misión de ganar para él la activa simpatía del pueblo forzando así a los dirigentes del mundo árabe a alistarse bajo sus banderas. Ibn al-Atir transcribe las quejas de un emir de la Yazira al que «invitó» un día el hijo de Zangi a participar en una campaña contra los frany.
Si no acudo en auxilio de Nur al-Din —dice—, me arrebatará mis dominios, pues ya ha escrito a los devotos y a los ascetas para pedirles la ayuda de sus oraciones y animarlos a que inciten a los musulmanes al yihad. En estos momentos, cada uno de estos hombres está sentado con sus discípulos y sus compañeros leyendo las cartas de Nur al-Din, llorando y maldiciéndome. Si quiero evitar el anatema, tengo que acceder a su petición.
Además, Nur al-Din supervisa personalmente su aparato propagandístico. Encarga poemas, cartas, libros y vela por que se difundan en el momento oportuno para producir el efecto deseado. Los principios que defiende son sencillos: una sola religión, el Islam sunní, lo que implica una encarnizada lucha contra todas las «herejías»; un solo Estado, para cercar a los frany por todas partes; un solo objetivo, el yihad, para reconquistar los territorios ocupados y sobre todo, liberar Jerusalén. Durante los veintiocho años de su reinado, Nur al-Din incitará a varios ulemas a que escriban tratados que alaben los méritos de la ciudad santa, al-Quds, y se organizarán sesiones públicas de lectura en las mezquitas y escuelas.
Nadie olvida, en tales ocasiones, elogiar a Nur al-Din, el muyahid supremo y musulmán irreprochable. Pero este culto a la personalidad es tanto más hábil y eficaz cuanto que está
paradójicamente basado en la humildad y la austeridad del hijo de Zangi. Según Ibn al-Atir:
La mujer de Nur al-Din se quejó una vez de que no tenía dinero suficiente para cubrir sus necesidades. Le asignó tres tiendas de las que era propietario en Homs, que daban unos veinte dinares al año. Como a ella le pareció que no era bastante, le contestó: «No tengo nada más. En lo que se refiere a todo el dinero de que dispongo, sólo soy el tesorero de los musulmanes y no tengo intención de traicionarlos ni de arrojarme al fuego del infierno por tu culpa.»
Tales palabras, profusamente divulgadas, resultan particularmente comprometedoras para los príncipes de la región que viven entre lujos y presionan a sus súbditos para arrebatarles todos sus ahorros. De hecho, la propaganda de Nur al-Din resalta continuamente las supresiones de impuestos que efectúa de forma generalizada en los territorios sometidos a su autoridad.
El hijo de Zangi, además de comprometedor para sus adversarios, lo es también con frecuencia para sus propios emires. Con el tiempo se irá volviendo cada vez más estricto en lo que a los preceptos religiosos se refiere. No contento con prohibirse el alcohol a sí mismo, se lo prohíbe por completo a su ejército, «así como el tamboril, la flauta y otros objetos que desagradan a Dios», especifica Kamal al- Din, el cronista de Alepo, que añade: «Nur al-Din desechó cualquier ropaje lujoso para cubrirse de ásperos tejidos.» Está claro que los oficiales turcos, acostumbrados a la bebida y las vestiduras suntuosas, no siempre se sienten a gusto con este señor que casi nunca sonríe y prefiere a cualquier otra la compañía de los ulemas con sus turbantes.
Aún menos reconfortante para los emires resulta esa tendencia que tiene el hijo de Zangi a renunciar a su título de Nur al-Din, «luz de la religión», por su nombre personal, Mahmud. «Dios mío —rezaba antes de las batallas—, concede la victoria al Islam y no a Mahmud. ¿Quién es el perro Mahmud para merecer la victoria?» Tales demostraciones de humildad van a granjearle la simpatía de los débiles y de las personas piadosas, pero los poderosos no vacilarán en decir que se trata de hipocresía. Sin embargo, parece cierto que sus convicciones eran sinceras, aun cuando su imagen externa fuera, en parte, un montaje. Sea como fuere, ahí están los resultados: es Nur al-Din quien va a convertir al mundo árabe en una fuerza capaz de aplastar a los frany y es su lugarteniente Saladino quien recogerá los frutos de la victoria.
Al morir su padre, Nur al-Din consigue imponerse en Alepo, lo cual es poca cosa comparado con los enormes dominios que había conquistado el atabeg, pero la propia modestia de esta posesión inicial asegurará la gloria de su reinado. Zangi se había pasado lo esencial de la vida peleando con los califas, los sultanes y los diversos emiratos de Irak y de la Yazira. Una tarea agotadora e ingrata que no le incumbirá a su hijo. Le deja Mosul y su región a su hermano mayor, Sayf al-Din, con el que va a mantener buenas relaciones, lo cual le permite a Nur al-Din tener la seguridad de que cuenta en la frontera oriental con una potencia amiga y dedicarse por completo a los asuntos sirios.
No obstante, cuando llega a Alepo en septiembre de 1146, acompañado de su hombre de confianza, el emir turco Shirkuh, tío de Saladino, su posición no es fácil. No sólo se vive allí de nuevo en el temor de los caballeros de Antioquía, sino que Nur al-Din aún no ha tenido tiempo de extender su autoridad más allá de los muros de su capital cuando vienen a anunciarle, a finales de octubre, que Jocelin ha
conseguido reconquistar Edesa con ayuda de una parte de la población armenia. No se trata de una ciudad cualquiera, semejante a cuantas se han perdido nada más morir Zangi: Edesa era el símbolo mismo de la gloria del atabeg; su caída replantea todo el futuro de la dinastía. Nur al-Din reacciona con rapidez; cabalgando día y noche, abandonando al borde de los caminos las exhaustas monturas, llega ante Edesa antes de que a Jocelin le haya dado tiempo a organizar la defensa. El conde, cuyo valor no han incrementado las pruebas pasadas, decide huir al caer la noche. A sus partidarios, que intentan seguirlo, los alcanzan y exterminan los jinetes de Alepo.
La rapidez con que se ha aplastado la insurrección concede al hijo de Zangi un prestigio del que andaba muy necesitado su naciente poder. Escarmentado, Raimundo de Antioquía se vuelve menos emprendedor. En cuanto a Uñar, se apresura a proponerle al señor de Alepo la mano de su hija.
El contrato matrimonial se redactó en Damasco —especifica Ibn al-Qalanisi— en presencia de los enviados de Nur al-Din; se empezó en el acto a confeccionar el ajuar y, en cuanto estuvo listo, os enviados se pusieron en camino para regresar a Alepo.
La situación de Nur al-Din en Siria está ya firmemente establecida; pero, comparados con el peligro que se esboza en el horizonte, los complots de Jocelin, las razzias de Raimundo y las intrigas del viejo zorro de Damasco parecerán pronto irrisorias.
Llegaron a Constantinopla noticias sucesivas del territorio de los frany, así como de las comarcas vecinas, que decían que los reyes de los frany estaban llegando de su país para atacar la tierra del Islam. Habían dejado sus provincias vacías, privadas de defensores, y habían traído consigo riquezas, tesoros y un material inconmensurable. Se decía que llegaban al millón de soldados de infantería y de jinetes, e incluso más.
Cuando escribe estas líneas, Ibn al-Qalanisi tiene setenta y cinco años y recuerda, sin duda, que, medio siglo antes, ya ha tenido que narrar, con palabras casi iguales, un acontecimiento del mismo tipo.
De hecho, la segunda invasión franca, provocada por la caída de Edesa, en principio parece una nueva edición de la primera. Innúmeros combatientes irrumpen en Asia Menor en el otoño de 1147 llevando, una vez más, cosidos a la espalda, trozos de tela en forma de cruz. Al cruzar Dorilea, donde había acontecido la histórica derrota de Kiliy Arslan, el hijo de éste, Masud, los espera para vengarse con cincuenta años de retraso. Les tiende una serie de emboscadas y les inflige golpes particularmente duros. No dejaban de anunciar que su número iba disminuyendo, de forma que los ánimos se
tranquilizaron algo. Ibn al-Qalanisi añade, sin embargo, que después de todas las pérdidas que habían
sufrido, se decía que los frany eran unos cien mil. Está claro que no hay tampoco que dar por buenas estas cifras. Como todos sus contemporáneos, el cronista de Damasco no rinde culto a la precisión y, de todas formas, no tiene ningún modo de comprobar sus estimaciones. Sin embargo, hay que destacar las precauciones verbales de Ibn al-Qalanisi, que añade «se decía» cada vez que una cantidad le parece sospechosa. Aunque Ibn al-Atir no tenga tales escrúpulos, cada vez que presenta su interpretación personal de un acontecimiento tiene buen cuidado de terminar con «Allahu aalam», «sólo Dios lo sabe».
sumadas a las de Jerusalén, Antioquía y Trípoli, son como para inquietar al mundo árabe, que observa sus movimientos con temor. Una y otra vez se formula una pregunta: ¿qué ciudad van a atacar primero? Lógicamente, deberían empezar por Edesa. ¿Acaso no han venido a vengar su caída? Pero igualmente podrían tomarla con Alepo, golpeando, de esta forma, en la cabeza al creciente poder de Nur al-Din, para que Edesa caiga por sí sola. De hecho, no atacarán a ninguna de las dos. Tras largas disputas entre sus
reyes —dice Ibn al-Qalanisi—, acabaron por ponerse de acuerdo para atacar Damasco, y están tan seguros de apoderarse de ella que se reparten de entrada sus dependencias.
¿Atacar Damasco? ¿Atacar la ciudad de Muin al-Din Uñar, el único dirigente musulmán que tiene un tratado de alianza con Jerusalén? ¡No podían prestarle mejor servicio los frany a la resistencia árabe! Sin embargo, retrospectivamente, parece que los poderosos reyes que mandaban aquellos ejércitos de frany juzgaron que sólo la conquista de una ciudad prestigiosa como Damasco justificaba su desplazamiento hasta Oriente. Los cronistas árabes hablan esencialmente de Conrado, emperador de los alemanes, y no mencionan para nada la presencia del rey de Francia, Luis VII, aunque es cierto que se trata de un personaje de escasa envergadura.
En cuanto recibió informaciones acerca de las intenciones de los frany —cuenta Ibn al- Qalanisi—, el emir Muin al-Din empezó los preparativos para atajar su maldad. Fortificó todos los lugares donde se podía esperar un ataque, dispuso soldados en los caminos, cegó los pozos y destruyó las aguadas de los alrededores de la ciudad.
El 24 de julio de 1148, las tropas de los frany llegan ante Damasco seguidas de auténticas columnas de camellos cargados con sus pertrechos. Los damascenos salen de su ciudad a cientos para enfrentarse a los invasores. Entre ellos se halla un teólogo muy anciano de origen magrebí, al-Findalawi.
Al verlo avanzar a pie, Muin al-Din se le acercó —contará Ibn al-Atir—, lo saludó y le dijo: «Oh venerable anciano, tu avanzada edad te dispensa del combate. A nosotros corresponde defender a los musulmanes.» Le pidió que volviera sobre sus pasos, pero Al-Findalawi se negó, diciendo: «Me he vendido a Dios y me ha comprado.» Se refería así a las palabras del Altísimo: «Dios ha comprado a los creyentes sus personas y sus bienes para darles el paraíso a cambio.» Al-Findalawi siguió avanzando y combatió contra los frany hasta que cayó bajo sus golpes.
A este martirio seguirá pronto el de otro asceta, un refugiado palestino llamado al-Halhuli. Pero, a pesar de estos actos heroicos, no se puede atajar el avance de los frany. Se esparcieron por la llanura del Ghuta e instalaron sus tiendas, acercándose incluso, en varios puntos, a las murallas. Al atardecer de este primer día de combate, los damascenos, temiendo lo peor, empezaron a levantar barricadas en las calles.
El día siguiente, 25 de julio, era domingo —cuenta Ibn al-Qalanisi— y los habitantes efectuaron
salidas desde el amanecer. El combate no cesó hasta la caída de la tarde, cuando todos estuvieron agotados. Cada cual volvió entonces hacia sus posiciones. El ejército de Damasco pasó la noche frente a los frany y los ciudadanos permanecieron en los muros montando guardia y vigilando, pues veían al enemigo muy cerca.
oleadas de jinetes turcos, kurdos y árabes. Uñar ha escrito a todos os príncipes de la región para pedirles refuerzos y éstos empiezan a llegar a la ciudad sitiada. Se anuncia que al lía siguiente llegará Nur al-Din al frente del ejército de Alepo, así como su hermano Sayf al-Din con el de Mosul. Cuando se van acercando, Muin al-Din envía, según Ibn al-Atir, un mensaje a los frany extranjeros y otro a los de
Siria. Con los primeros emplea un lenguaje simplista: El rey de Oriente está a punto de llegar; si no os vais, le entrego la ciudad y lo lamentaréis. Con los otros, los «colonos», utiliza un lenguaje diferente: ¿Os habéis vuelto locos para ayudar a estas gentes contra nosotros? ¿No os habéis dado cuenta de que, si triunfan en Damasco, intentarán arrebataros vuestras propias ciudades? En cuanto a mí, si no consigo defender la ciudad, se la entregaré a Sayf al-Din, y ya sabéis que, si toma Damasco, ya no podréis manteneros en Siria.
El éxito de la maniobra de Uñar es inmediato. Llega a n acuerdo secreto con los frany locales, que se encargan e convencer al rey de los alemanes de que se aleje de Damasco antes de que lleguen las tropas de refuerzo; para asegurar el éxito de sus intrigas diplomáticas, reparte importantes alboroques al tiempo que esparce por las hueris que circundan la capital cientos de francotiradores que se emboscan y acosan a los frany. Ya el lunes por la noche, las disensiones suscitadas por el viejo turco empiezan a surtir efecto. Los sitiadores que, bruscamente desmoralizados, se han decidido a realizar una retirada táctica para reagrupar a sus fuerzas, se ven acosados por los damascenos en una llanura abierta por los cuatro costados, sin la menor aguada a su disposición. Al cabo de unas horas, su situación se vuelve tan insostenible que sus reyes ya no piensan en tomar la metrópoli siria sino en salvar a sus tropas y a sus personas de la destrucción. El martes por la mañana, los ejércitos francos retroceden hacia Jerusalén perseguidos por los hombres de Muin al-Din.
Decididamente, los frany ya no son lo que eran. La incuria de los dirigentes y la desunión de los jefes militares parece no ser ya el triste privilegio de los árabes. Los damascenos están estupefactos: ¿es posible que la poderosa expedición franca que hace temblar a Oriente desde hace meses esté en plena descomposición tras menos de cuatro días de combate? Pensaron que estaban preparando una trampa dice Ibn al-Qalanisi. Pero no hay tal. La nueva invasión franca ha terminado por completo. Los frany
alemanes —dirá Ibn al-Atir— se volvieron a su país que está allá, detrás de Constantinopla, y Dios libró a los creyentes de esa calamidad.
La sorprendente victoria de Uñar va a dar realce a su prestigio y a hacer olvidar sus pasados compromisos con los invasores. Pero Muin al-Din está viviendo los últimos días de su carrera. Muere un año después de la batalla. Un día que había comido copiosamente, como solía, se vio aquejado de una
indisposición. Se supo que tenía disentería —especifica Ibn al-Qalanisi— una temible enfermedad que pocas veces se cura. Al morir, el poder recayó en el soberano nominal de la ciudad, Abaq, descendiente
de Toghtekin, un joven de dieciséis años, no demasiado inteligente, que jamás logrará volar con sus propias alas.
El auténtico triunfador de la batalla de Damasco es indudablemente Nur al-Din. En junio de 1149 consigue aplastar al ejército del príncipe de Antioquía, Raimundo, al que Shirkuh, el tío de Saladino, mata con sus propias manos. Este último le corta la cabeza y se la envía, como era costumbre, al califa de Bagdad en una arquilla de plata. Habiendo alejado de este modo cualquier amenaza franca del norte de Siria, el hijo de Zangi tiene las manos libres para dedicar en adelante todos sus esfuerzos a la realización del antiguo sueño paterno: la conquista de Damasco. En 1140, la ciudad había preferido aliarse con los frany antes que someterse al brutal yugo de Zangi. Pero las cosas han cambiado. Muin al-Din ha muerto,
el comportamiento de los occidentales ha desengañado a sus más ardientes partidarios y, sobre todo, la reputación de Nur al-Din no se parece en nada a la de su padre. No quiere violar a la orgullosa ciudad de los Omeyas sino seducirla.
Al llegar, al frente de sus tropas, a las huertas que circundan la ciudad, se preocupa más de ganarse la simpatía de la población que de preparar un asalto. Nur al-Din —cuenta Ibn al-Qalanisi— se mostró
bondadoso con los campesinos e hizo que su presencia no les pesara; por dolerse oró a Dios en su favor, en Damasco y en sus dependencias . Cuando, poco después de su llegada, abundantes lluvias
pusieron fin a un largo período de sequía, las genes le atribuyen tal mérito. «Gracias a él —dijeron—, a