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Al final de 10.3 sugerí que el realismo directo necesita algo más que la afirmación descarnada de que su teoría permite la posibilidad del error perceptivo. Es verdad que la aprehensión directa no entraña infalibilidad. El peligro es, sin embargo, que, al intentar una explica- ción del error perceptivo, el realismo directo acabe por caer en el rea- lismo indirecto.

El atractivo del realismo indirecto en esta área es fácil de ver. Para el realista indirecto, el error perceptivo es un desajuste entre dos obje- tos; un desajuste, por ejemplo, entre un dato sensorial cuadrado y azul y una caja verde y oblonga. Pero, para el realismo directo, sólo existe un objeto, por lo que le es difícil hablar de desajuste. ¿Entre qué cosas se daría tal desajuste?

El argumento de la ilusión nos pide que admitamos que, en el caso de la alucinación extrema, no está presente, en absoluto, ningún objeto externo. Si es así, ¿cómo analizar lo que le sucede a la persona que sufre la alucinación? Tal persona tiene una experiencia perceptiva, está en cierto estado, perceptivo. Y este estado preceptivo debe poder ser caracterizado de un modo independiente, sin ningún tipo de impli- cación respecto a la naturaleza del medio físico circundante. Además, tal estado perceptivo, que se da sin el objeto adecuado, puede ser redu- plicado en un perceptor que no esté sufriendo ninguna alucinación. En un caso ordinario, también puede darse una descripción independiente del lado de la historia que vive el perceptor, sin decir nada sobre el mundo circundante. Estas descripciones independientes describen un

estado perceptivo. Pero, en el análisis del realista directo, el estado perceptivo no tiene objeto interno y no es un intermediario entre el perceptor y el objeto externo. Parece que, entonces, para que haya un análisis del error perceptivo en términos de desajuste debe establecer- se como un desajuste entre el estado perceptivo y el objeto. ¿Cómo ha de ser un estado perceptivo para poder «dejar de ajustarse» al mundo?

Los realistas directos no están obligados a conceder que el argu- mento de la ilusión haya de conducirlos a este punto. Alguien que adoptara una posición externalista radical en filosofía de la mente (véase 9.3) sostendrá que no hay en la percepción nada como un esta- do perceptivo cuya naturaleza sea lógicamente independiente de la existencia del objeto del que parece ser una percepción. No hay resi- duo de tal estado, común a los estados perceptivos y a las alucinacio- nes, descriptible sin referencia a su objeto. Pero la mayoría de los rea- listas directos son internalistas en este respecto y admiten la existencia del estado perceptivo como un residuo no–objetual.

¿Qué sentido puede darse a la noción de un desajuste entre el esta- do perceptivo y el mundo? ¿Cómo son esos estados perceptivos? ¿Qué análisis de ellos podría darse que no los convirtiera en unos nuevos objetos de aprehensión? El realista directo podría apelar, en este pun- to, a una analogía con la denominada Teoría Adverbial de la Sensación. [Esta teoría se deriva de Chisholm; véase Chisholm (1977), p. 30, y Cornman (1975), pp. 73-77.] Supongamos que esta- mos preocupados por la expresión «tengo dolor», preguntándonos, quizá, si puede ser verdadera cuando no somos conscientes del dolor. La teoría adverbial intenta evitar concebir el dolor como un objeto de aprehensión y reformula la expresión de un modo adverbial: «me sien- to dolorosamente». Parte del sentido de hacerlo así es sugerir que la expresión «duele» es más reveladora que la expresión «tengo dolor».

La analogía podría usarse para sugerir que debemos analizar el

contenido de una experiencia visual, o de otro tipo, como una manera

de ser consciente. En lugar de hablar de experimentar un dato senso- rial con una propiedad P, deberíamos hablar de sentirnos P–mente o de sentirnos de un modo P. Incluso si esto equivale a la adscripción de tipos especiales de propiedades a nuestros estados de aprehensión no es incompatible con el realismo directo. Porque el estado de aprehen- sión que tiene esas propiedades no es un objeto de aprehensión, inter- medio entre nosotros y el mundo físico. (Ésta es la razón por la que no es probable que Sellars, que mantiene la teoría adverbial, sea un rea- lista indirecto.)

contenido de la aprehensión, como una manera de aprehender más que como un objeto de aprehensión, ¿de qué le podría servir a la hora de proporcionar un análisis del error perceptivo? Deberá suponer, clara- mente, que puede haber un desajuste entre el estado perceptivo y el mundo, pero considerar tal estado como una manera de aprehender el mundo todavía no proporciona una clara comprensión del posible desajuste entre la manera y el mundo. Todos sabemos que el mundo puede no ser como consideramos que es. Pero tal hecho no proporcio- na una respuesta a la cuestión. Más bien, es la cuestión ¿Cómo pode- mos entender ese hecho?

Para progresar ahora necesitamos introducir una nueva cuestión sobre la percepción, una cuestión que ya ha aparecido de forma breve e imprevista en 4.2 y 8.4. Podemos considerar la percepción como una forma compleja de sensación; podemos considerarla como, esencial- mente, una forma de creencia; o podemos considerarla como una combinación de creencia y sensación. De modo que existen tres tipos de teoría:

1. teoría de la «sensación pura», 2. teoría «mixta»,

3. teoría de la «pura creencia».

El primer tipo de teoría no necesita sostener que las sensaciones perceptivas son objetos de aprehensión; podría ser una teoría adver- bial. Pero es probable ver sólo una diferencia de grado entre sensación «perceptiva» y otras sensaciones más simples, como dolor. Aunque dejemos a un lado la cuestión de si hay sensaciones visuales, distintas, por ejemplo, a las que causa la luz muy brillante e intermitente, toda- vía nos podemos sentir incómodos con una analogía demasiado fuerte entre la «sensación visual» y una sensación como dolor. Dado que, incluso aunque aceptemos que la percepción involucra el que se dé alguna forma característica de sensación, parece que ese tipo de sensa- ción no puede darse sin una creencia, o, al menos, sin que se dé la ten- dencia a formarse una creencia, sobre los objetos que causan la sensa- ción. La sensación pura no es lo suficientemente cognitiva como para poder constituir un modelo para la percepción. La percepción no es la aparición de una sensación que puede o no provocar una creencia, o, al menos, una tendencia a tener cierta creencia. Percibir es (tener la ten- dencia a) creer.

Pero esto no nos debe llevar tampoco a una teoría de la percepción como «pura creencia». Hay filósofos [cf. Armstrong (1951), cap. 9]

que mantienen que los elementos «sensoriales» característicos de la percepción no son esenciales al proceso, y analizan la percepción como una mera tendencia a formarse creencias sobre el mundo circun- dante. De hecho, existe un fenómeno interesante, y descubierto recientemente, que podría considerarse que presta apoyo a esa posi- ción. Se denomina visión ciega. Se da cuando personas que parecen ser ciegas, en el sentido de que no experimentan sensaciones visuales (ésta es, obviamente, una descripción interesada), son capaces de res- ponder con extraordinaria exactitud algunas cuestiones simples sobre la forma y la localización de los objetos circundantes. Las personas en cuestión no saben que sus respuestas son exactas; normalmente, con- sideran que están tratando de adivinar.

Este fenómeno podría considerarse como una forma de percepción pura no sensorial que mostraría que la sensación visual, aunque habi- tual, no es algo esencial para la percepción misma. El problema radica en que el tema que nos ocupa en esta investigación sobre la percepción no es esta forma de aprehensión empobrecida, aunque interesante, sino la manera mucho más rica en que nosotros aprehendemos el mun- do que nos rodea. La visión ciega no puede utilizarse para mostrar que las diferencias características entre los sentidos, y la diferencia entre ver que algo es verdad y llegar a creer meramente que lo es, no son importantes para nuestro modo de escudriñar las cosas. Sea lo que sea la visión ciega, no es ver.

Parece, pues, que debemos optar por una teoría mixta de la percep- ción, en la que la percepción sea alguna forma de combinación de «sensación» y «creencia». La cuestión es la de qué tipo de combina- ción podría ser. Lo que tenemos, hasta ahora, es que la percepción ha de ser concebida como algo cognitivo, aunque no podamos dejar a un lado, por ello, las maneras características en las que las cosas le pare- cen a alguien cuyos oídos están abiertos, etc. Tenemos aquí una elec- ción. O bien consideramos que los dos elementos de la teoría mixta son separables, o bien los consideramos como idénticos en último tér- mino. Si los consideramos separables, deberemos suponer que la ten- dencia a creer que las cosas son del modo en que parecen ser es, de algún modo, extraíble del todo, dejando tras ella la mera apariencia. Si las consideramos como idénticas en último término, deberemos supo- ner que el hecho de que el mundo se nos parezca en un modo caracte- rístico es exactamente que adquiramos cierta tendencia a creer. Esta tendencia a creer no es algo que pudiera darse en ausencia de ese modo característico de parecer, por lo que no es algo que pudiéramos compartir con el que pueda poseer la visión ciega.

Me parece que esta última alternativa es, con mucho, la más vero- símil. En vez de considerar la percepción como una combinación de dos elementos separados, uno cognitivo y otro sensorial, deberemos considerar que la percepción es una forma característica de creencia (o de tendencia a creer), una que no comparten los que carezcan de

input sensorial relevante, y en la que la tendencia a creer no puede separarse de que se dé tal input.

Pero, en este punto, en la medida en que optemos o bien por una teoría mixta, o bien por teoría de la percepción como pura creencia, ya podemos ofrecer una respuesta a la cuestión original sobre el error per- ceptivo y su explicación en términos de desajuste entre el estado perceptivo y el mundo. Este desajuste puede considerarse ahora como un caso del desajuste entre la creencia y el mundo que se da cuando una creencia es falsa. Puede que haya problemas para proporcionar un análisis de la falsa creencia, pero son problemas que, de cualquier modo, estamos obligados a afrontar. De modo que este análisis del error perceptivo, que es accesible al realista directo, no añade proble- mas nuevos, sino que se limita a unir dos problemas en uno solo.