DANIEL-ROPS1
«[...] hasta León I la sede de san Pedro noconoció ni un solo obispo de importancia y grandeza históricas.»
F. GREGOROVIUS2
«Rugía y los cobardes corazones de los animales empezaban a temblar.»
EPITAF O ESCRITO EL AÑO 688 EN LA LÁPIDA DE LA TUMBA DE LEÓN 1 A SUGERENCIA DEL PAPA SERGIO I3 «Aludiendo a su nombre se le ha exaltado hasta nuestros días como el León de la tribu de Judá, calificativo halagador, que no merece. Más bien se le podría comparar con el zorro.»
J. HALLER4
«León es el primero de los papas de la Iglesia de la Antigüedad de quien nos consta poseía una idea del papado clara y determinada [...]. Esa idea arrancaba del hecho de que el obispo romano era el sucesor del apóstol Pedro. De ahí extraía León la conclusión de que él poseía las mismas atribuciones que Cristo concedió al apóstol.»
A. EHRHARD, TEÓLOGO CATÓLICO5
«León Magno nos legó [...] esa doctrina del primado de forma tan excelente que ha constituido hasta nuestros días la columna vertebral del papado.»
W. ULLMANN6
Nada se sabe acerca de la patria, los padres y los estudios de León I. «The best that can be
suggested cannot be more than a guess» (R. Jalland). Los más antiguos autores católicos gustan
de situar su ascendencia en círculos nobles: a los «herejes» se les atribuye más bien, en caso de duda, un origen «menor». León nació, presumiblemente, a finales del siglo IV y la mayor parte de los manuscritos del Líber pontificalis lo consideran oriundo de la Toscana. Volterra es la que reivindica con más energía que ninguna otra ciudad su calidad de lugar natal de León I. ¡Todavía en 1543 este municipio imponía una multa de 48 solidi a todo el que no conmemorase festivamente el aniversario de León, el 11 de abril!7
Tiro Próspero de Aquitania, curial bajo León, menciona a Roma como su ciudad natal, aunque también la llama «mi patria», lo que puede tener, sin duda, un sentido más amplio. Lo que es seguro es que León era ya diácono de la «sede apostólica» bajo sus predecesores, Celestino I y Sixto III, ejerciendo ya entonces una gran influencia. Hasta Cirilo de Alejandría procuraba ganarse su favor. Y la regente de Occidente, Gala Placidia, lo envió el año 440 a las Galias para que allanase la enemistad entre el general Aecio y el gobernador Albino. Mientras desempeñaba esta misión, el archidiácono León I fue elegido papa y consagrado como tal, tras su regreso, el 29 de septiembre de 440.8
2.1 LEÓN PREDICA SU PROPIA PREEMINENCIA Y LA HUMILDAD A LOS LEGOS
La importancia histórica de este papa radica en su ampliación del primado de Roma. Contando con poco apoyo en la tradición -si exceptuamos sus últimos predecesores-pero con naturalidad, sistematismo y consecuencia tanto mayores, León cimentó y amplió las pretensiones del poder papal.
Para fundamentar y propagar esas pretensiones se sirvió, ante todo, de la doctrina de Pedro. Ésta le había sido ya predicada a todo Occidente, África incluida, pero León hizo uso y abuso particularmente frecuente de la misma, elevándola a potestatis plenitudo, a «petrinología», no sin integrar en ella elementos de la ideología pagana exaltadora de Roma y del Imperio con su correspondiente «ceremonial de palacio». León habla incesantemente de Pedro, colocándolo siempre en el candelero. Después equipara con él a los obispos de Roma y los convierte en
«partícipes» del honor de Pedro, más aún, en sus «herederos». Es esta la época en que emerge también el concepto de «vicario» de Pedro. Y mediante los conceptos de «vicario», de «heredero», León se identifica también jurídicamente con Pedro, reivindicando la totalidad de los supuestos plenos poderes de aquél. Con todas las artes de una osada exégesis equipara también a Pedro, «la trompeta de los apóstoles» con Jesús, le hace partícipe del poder de Dios para, de este modo, hacer que también el papa participe del mismo. Todo concluye allí en una «inmutable participación». ¡Pues por boca del papa habla Pedro. Quien escucha al papa, escucha a Pedro, escucha a Cristo, escucha a Dios! «Así pues, cuando nuestras amonestaciones hallan oído en vuestra santidad, creed en verdad que es Él, de quien ejercemos como vicarios (cuius
vice fungimur), quien habla».
Si, según Cipriano, Pedro tenía meramente un primado ínter pares, ahora León lo eleva muy por encima de los demás apóstoles. Conjura a cada paso la preeminencia de Pedro, la legitimación de los papas para su mandato, el papel de Roma como la sede de las sedes, la sedes apostólica, cabeza de la Iglesia. Con ello distorsiona la tradición e intensifica las pretensiones, presentando otras completamente nuevas, para lo cual se valía, incluso, de Valentiniano y de las damas de la casa imperial a quienes ordena escribir cartas a Constantinopla con exigencias que van mucho más allá de lo hasta entonces establecido en relación con el primado romano. Sólo el obispo de Roma y nadie más es «vicario de Pedro», expresión que, salvo que hubiese sido ya usada, en 431, por el legado Filipo en Efeso, fue probablemente León el primero en acuñar. Petrus «en cuyo lugar Nos reinamos»: el primer pluralis majestatis de la historia de los papas. De ese modo, el obispo romano, «no sólo es obispo de esa sede, sino primado de todos los obispos». Todos le deben obediencia, también todos los maiores ecciesiae, los patriarcas. A él se le ha de encomendar «la dirección de toda la Iglesia», como «príncipe de toda la Iglesia», «de todas las Iglesias del orbe entero». Sólo «un anticristo, el diablo» lo negaría. Y quien cuestione su
«principatum» no podrá «menguar su dignidad, sino que, engreído por el espíritu de la soberbia,
se precipitará él mismo en los infiernos». Bien se echa de ver quén es aquí el engreído, ello pese a que León enfatice a cada paso su bajeza, su indignidad, su calidad de «indignas haeres» (indigno heredero). Pues fue este personaje, ducho en todos los entresijos del derecho romano (autor también de una estrecha vinculación jurídica entre el papa y Pedro gracias a los conceptos de «participación» y de «herencia» y, por lo tanto de una indivisible unidad entre teología y derecho, entre Biblia y jurisprudencia), quien acuñó ya previsoramente la célebre, y tristemente célebre a la par, formulación -razones para esa triste celebridad las hubo mucho tiempo ha y las siguió habiendo, y con harta frecuencia- de que ni siquiera «los herederos indignos» carecen de la dignidad de Pedro» (etiam in indigno haerede). De ese modo, comenta el católico Kühner, «todo, incluido el crimen, podría ser justificación».9
El papa León recalcaba infatigable la omnipotencia de los papas y, consecuentemente, la suya propia. Predicaba y escribía insistentemente en esa línea: «Pedro fue elegido en todo el orbe
para ser cabeza de todos los apóstoles, de todos los pueblos convocados, de todos los padres de la Iglesia». «Desde todos los puntos del orbe vienen a buscar refugio en la sede de San Pedro.»
León lo ensalza como «roca» y fundamento, como «custodio del Reino de los Cielos», como «arbitro de la remisión o reducción de los pecados». Cierto que todos los obispos, concede, tienen una «dignidad común», pero en modo alguno el «mismo rango». Algo similar ocurría ya con Pedro y los apóstoles, pues «aunque todos fuesen elegidos de una misma, sólo a uno le fue otüigado el destacar por encima de los otros». Y no es ya que León se propase afirmando que «lo que Pedro sentencia también queda sentenciado en el cielo», sino que encarece asimismo que él, el papa, goza, en el desempeño de su cargo, «del perpetuo favor del todopoderoso y eterno Sumo Sacerdote», que es «semejante a él [!] e igual al Padre».10
Imposible llevar la arrogancia a límites superiores. Pero ya en su primer sermón como papa, el 29 de septiembre de 440 -el primer sermón papal recogido por la tradición exultó, en actitud nada modesta, con el salmista: «Él me bendijo, pues obró en mí grandes milagros [...I», para
exclamar jubiloso poco después, que Dios le había «colmado de honores», encumbrándolo hasta «lo más alto»."
¡Tanto mayor era su insistencia al predicar humildad a las ovejitas de la grey! «Pues la plena victoria del Redentor, debelador del mundo y de Satán, tuvo su comienzo y su fin en la
humildad» (León conjura a menudo y de modo muy gráfico al diablo y al infierno, y con menos
frecuencia, como era usual, al cielo: éste da menos de sí). Yendo más lejos, León afirma: «Así pues, dilectísimos, la entera [!1 doctrina de la sabiduría cristiana no consiste en palabras ampulosas ni en sutiles disquisiciones tampoco en el afán de gloria y honor -eso quedaba para él y sus igualessino en la humildad auténtica y voluntaria»: ésta iba destinada a los subditos, a los sujetos a vasallaje y explotación. Baste recordar al respecto que el obispo de Roma era, ya en el siglo V, el mayor latifundista de todo el Imperio romano.12
2.2 EL VERDADERO ROSTRO DE LEÓN
León nos ha legado una obra escrita de una extensión superior a la de cualquier otro papa anterior a él: 90 sermones y prédicas de festividad, cuaresma o pasión (ni de sus antecesores, ni de sus inmediatos seguidores se nos ha conservado prédica alguna). El número de epístolas que poseemos de él es casi el doble (114 de ellas relativas a la política cara a Oriente). Pero, «dilectísimos», no es tan fácil explorar un carácter a partir de unos sermones. Sermones que eran, por lo demás, muy breves. Algunos (el 1, el 6, el 7, el 8, el 13 y el 80) extremadamente cortos, como si hubiese puesto su celo en imitar el ejemplo de Flaviano Ciro. Y sus 173 epístolas (entre ellas unas veinte espúreas y 30 dirigidas a él) son primordialmente producto de sus secretarios, sobre todo de la mano de Próspero de Aquitania, autor oriundo de la Galia meridional, amigo de Agustín, fervientemente entregado a la especulación teológica y enconado oponente de los pelagianos. De él provienen también «según toda probabilidad» el contenido teológico de aquellos «escritos de estadista que hicieron cabalmente célebre el nombre de León en Oriente y Occidente», como escribe J. Haller, quien subraya previamente: «Cuando menos, aquella forma artificiosa, tan estimada en esa época de decadencia, el pathos altisonante, con gran derroche de palabras para decir tan poco, la cadencia rítimica, que embelesa el oído con su eufonía y lo distraen de la pobreza y la debilidad de las ideas, podrían proceder tanto del servidor como del señor».13
En todo caso, León, de talante tan autocrático, tan amante ya del ceremonial cortesano apostólico» (!), tan pomposo propagador del primado romano -aunque solía denominar «objeto de temblor» (materia trepidationis) a la «Sede de Pedro»- era un típico «señor», un déspota espiritual, a quien Nicolás I, uno de sus más notables sucesores compara con el «león de la tribu de Judá» (Apocalipsis 5,5) en una carta dirigida al emperador Miguel, león que, «apenas abría su boca hacía estremecer al orbe entero, incluidos los mismos emperadores». Por más que todo ello fuese una hipérbole y por más que él engalanase hábil, por no decir farisaicamente, su sed de poder, sus continuas exigencias sazonadas con numerosas citas bíblicas -autodenominándose, verbigracia, «discípulo de un maestro humilde y apacible», maestro «que dice "tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, pues soy indulgente y humilde de corazón [...], mi yugo es suave y mi carga ligera"»-, León era en realidad una naturaleza rotundamente antievangélica. En una carta del 10 de octubre de 443 dirigida a los obispos de Campania, Piceno y Tuscia se muestra irritado porque «por doquier» (passim) se consagra a esclavos como sacerdotes y
prohibe resueltamente el nombramiento de sacerdotes a quienes no avale «un linaje adecuado».
¡El cristianismo había nutrido otrora sus filas, y en no pequeña medida con personas de esos estratos! Ahora el papa prohibe que un «vil esclavo» (servilis vilitas) sea elevado a sacerdote, pues no puede acrisolarse ante Dios quien no pudo hacerlo ni ante su mismo señor. León I, el Doctor de la Iglesia, «el Magno», convierte así la calidad del linaje en prerrequisito de la carrera sacerdotal. ¡Condena la ordenación de esclavos como sacerdotes como violación de la santidad del sacramento del sacerdocio y de los derechos de los amos! Con ello, la Iglesia se adaptó a la
sociedad esclavista de la fase final del Imperio romano, sociedad de la que ninguna otra institución era tan representativa como ella. El estado cristiano tomó, complacidamente, noticia de ello. Tan sólo unos años después -la conexión es palpable- Valentiniano III promulgó un decreto por el que prohibió la ordenación de esclavos, colonos y miembros de las corporaciones laborales forzosas.14
También frente a sus colegas obispales se muestra León I altanero. Es él quien manda, quien debe mandar. Pues él destaca por encima de todos ellos. Les hace sentir su superioridad respecto a ellos, que él «por voluntad del Señor está en posición preeminente». Amplía su mandato directo a prelados que hasta entonces habían sido independientes de Roma, como el metroplitano Aquilea. Somete también a sus órdenes a los obispos españoles. Los de la Galia no lo tratan ya como «Tu Fraternidad», hasta entonces usual, sino «Vuestro Apostolado» (apostolatus veste r). También se le ensalza con la denominación «corona vestra». Aparte de ello, el plural se hace ahora usual en el tratamiento.15
El modo como León procedió contra sus colegas obispales, responde asimismo a esa actitud. Tal fue el caso en la Galia, donde los obispos de Arles y de Vienne contendieron por la dignidad de metropolitano. Vamos a referirnos primero, muy de pasada, a los antecedentes.
2.3 SAN LEÓN CONTRA SAN HILARIO
En los albores del siglo V, Heros se hizo cargo de la sede de Arles, la «gallula Roma» («Roma gala»), que era entonces una de las ciudades más florecientes de Occidente. Heros, discípulo de Martín de Tours, había obtenido su dignidad obispal mediante la amenaza y la violencia (según testimonio de Zósimo) y sólo pudo consolidar su sede con ayuda del usurpador Constantino III, quien residió en Arles desde el año 409 al 411. Es por ello perfectamente creíble que Heros, como escribe el historiador Sozomeno, diese cobijo en su iglesia al cercado usurpador del trono y lo consagrase, incluso, como obispo sin que ello impidiera, no obstante, su ejecución. Poco después de ello, y a consecuencia de sus manejos políticos y de otro tipo, Heros se vio pronto padeciendo exilio en Palestina, juntamente con el obispo Lázaro de Aix, sobre el que pesaban grandes acusaciones. Aquí acosaron a Pelagio, a quien llegaron a acusar formalmente con un amplio escrito.16
Un sucesor de Heros, el influyente Patroclo de Arles (412-426), «un personnage asser suspect» (Duchesne), asesinado posteriormente, consiguió la elevación al solio pontificio de Zósimo. Ello gracias al respaldo que le dispensaba el gobierno de su amigo Flavio Constancio, a quien debía propiamente su sede obispal. Y casi de inmediato, Zósimo honró al obispo Patroclo con una serie de «sorprendentes privilegios» (el católico Baus). Ya su primer decreto del 22 de marzo de 417 - ¡cuatro días después de su elevación a Papa!- estableció en favor de aquél «un amplio poder metropolitano». Es más, aparte de ello, le otorgó el derecho de supervisión «sobre toda la Iglesia
gálica» (el católico Langgártner). Con todo ello no hacía probablemente otra cosa que pagar con
la mayor celeridad la factura que Patroclo le presentó por su ayuda en la elección papal.17
El obispo de Arles había fomentado esa tendencia atribuyendo trapaceramente un origen petrino a su sede. La ironía de la historia hizo que fuese la misma Roma, concretamente a través de Inocencio I, quien propaló la historia de que todas las iglesias del mundo habían sido fundadas por Pedro o sus discípulos. Aquello compaginaba muy bien con su interés por el primado, pero condujo después al conflicto entre el papa y otros clerizontes sedientos de poder. En esa línea, Patroclo de Arles se inventó un discípulo de Pedro, san Trófimo de Arles, y este personaje, que ni siquiera existió, fue, no obstante, exaltado a misionero de las Galias y fundador de la iglesia de Arles. Con ello y con la anuencia del papa Zósimo, Patroclo se elevó también a metropolitano. Los obispos de Marsella, Narbona y Vienne protestaron en el acto y negaron su obediencia a Roma, pese a algunas citaciones y acres reprimendas. Próculo de Marsella fue depuesto y pocos decenios después ello condujo a una grave desaveniencia entre el papa León y
un sucesor de Patroclo, san Hilario de Arles, a quien aquél privó de los derechos de metropolitano, derechos que ya habían restringido sus antecesores.18
El arzobispo Hilario de Arles (429-449), un santo auténtico de la Iglesia católica (festividad el 5 de mayo) descendía de círculos políticos dirigentes de vieja raigambre. Al principio fue monje del monasterio insular de Lerinum (Lérins) y fue investido de los honores episcopales -pese a la mucha resistencia que él mismo opuso, si hemos de creer a su biógrafogracias a un pariente, su antecesor el obispo Honorato. Nos dice también el biógrafo que san Hilario hacía todos sus viajes descalzo, incluso en invierno, cubierto de un hábito miserable sobre una áspera camisa penitencial a efectos de mortificación; que rescataba prisioneros, fundaba monasterios y construía iglesias; que los días de ayuno predicaba a menudo hasta tres horas seguidas y que lloraba amargamente cuando una desgracia afectaba a uno de los suyos. Por otra parte, san Hilario, al decir de san León, irrumpía tumultuosamente y por la fuerza de las armas en aquellas ciudades cuyo obispo había muerto para imponerles un sucesor de entre sus parciales. Incluso cuando el obispo Proyecto yacía aquejado de grave enfermedad apareció el santo, quien consagró a Importuno a la cabeza de la diócesis. «En su arrogancia -decía el papa, sarcástico-, creía que la muerte del hermano no acudía al paso debido.» Contra lo esperado, Proyecto mejoró y los habitantes de la ciudad elevaron sus quejas contra Hilario: «Apenas tomaron noticia de su llegada y ya había desaparecido de nuevo». También por lo que respecta a las excomuniones era el metropolitano harto expeditivo. De ahí que León, el santo, se enfureciese contra Hilario, el santo, quien «busca su fama más en una ridicula celeridad que en una mesurada actitud sacerdotal». Aquí se enfrentaban santo contra santo, algo que no era tan infrecuente y que sucedió incluso entre los doctores de la Iglesia. Y como suele pasar en círculos no santos, también entre los santos es el que está más arriba quien descabalga al que estarnas abajo.19
El romano tenía miedo de su resoluto y elocuente colega, de la formación de un patriarcado en Arles, incluso temía se constituyese una Iglesia de las Galias independiente, temor tanto mayor cuanto que también la aristocracia gala, emparentada con Hilario, secundaba a éste y se oponía a la nobleza italiana. De ahí que León, al estallar el conflicto entre, por una parte, Hilario y, por la otra, Proyecto y el obispo Celedonio –este último depuesto por aquél por estar, según parece, casado con una viudaprocedió a lanzar un ataque frontal. «Ansia someteros a su dominio
(subdere) - escribía León a los obispos de la provincia de Vienne- y no quiere, por su parte,
soportar el someterse a san Pedro (subiectum esse)» y «Vulnera con palabras de suma arrogancia la reverencia que debemos a san Pedro [...]». El santo León reprocha al santo Hilario su «ambición de nuevas pretensiones insolentes». Asevera que «es siervo de su concupiscencia», que «no se considera sujeto a ninguna ley ni limitado por ninguna prescripción de orden divino»