5.4 Results
5.4.2 A-posteriori testing
Detrás de todos los ataques antiheréticos estaba, no obstante. León I. Una y otra vez trataba de impedir nuevas discusiones acerca de los acuerdos conciliares, de tener en jaque a los «herejes» y de enviar al exilio, en la más extrema soledad, a los monjes rebeldes.
En tono triunfante anunciaba a los obispos de la Galia que después de Calcedonia nadie podía defender la «errónea doctrina» pretextando ignorancia «pues el sínodo reunido expresamente para ello, con casi seiscientos hermanos y colegas obispales, no se permitió usar del arte de la disputación o de la disertación elocuente contra la fe divinamente fundamentada [...]. El santo sínodo alejó ya de la Iglesia de Dios esos monstruosos embustes de mentes diabólicas [...] dando al anatema ese vergonzoso estigma».12
En Constantinopla, Julián, un italiano educado en Roma que era obispo de Quíos, junto a Nicea, y había aprendido por ello el griego, ejercía de vicario permanente de León contra los «herejes» del momento (contra temporis nostri hae reticos). Después de su escrito oficial de nombramiento del 11 de marzo de 453, el papa tenía con él, por así decir, su espía acreditado en la corte, su vigilante, su confidente, su mediador y su azuzador. Su misión era, exigía León una y otra vez, combatir a los «herejes» y también a los monjes rebeldes, es decir, hacerlos perseguir por el emperador y por los tribunales seculares. Julián tenía que aplicar «como vicario mío (vice
mea functus) un cuidado especial para que la herejía nestoriana o eutiquiana no renaciesen en
ningún lugar. Pues el obispo de Constantinopla no es una garantía para el catolicismo». «No quiero, por el momento, alzarme contra él como se merece [...].» El vicario leoniano no podía perder de vista ni al patriarca de la capital ni a Eudoquia, la viuda del emperador, que atizaba la rebelión de los monjes en Jerusalén y Palestina y también el malestar entre los monjes egipcios. Otra tarea de Julián, y no la menos importante, consistía en tutelar en provecho de Roma, «asesorándola», a la mojigata pareja imperial, que vivía según «el matrimonio de san José», a la que el papa ensalzaba a menudo su acción sacerdotal a la par que, todavía con mayor frecuencia, les exigía cumplir con su «deber protector» para con la Iglesia. Al monarca mismo le recomendaba el papa «tengas a bien atender a las sugerencias (suggestiones) de Julián como si fuesen mías».13
Ese jerarca tan supuestamente moderado y humano no vacilaba nunca en amargar al máximo la vida a sus adversarios, en cerrarles cuando menos la boca de forma aún más radical, teniendo para ello en el emperador Marciano, el antiguo general desposado con la monja Pulquería, un dócil instrumento. He aquí cómo le escribía el 15 de abril de 454: «Si pues aceptáis gustoso mis sugerencias para tranquilidad de la fe católica, deberéis saber que se ha puesto en mi conocimiento por medio de mi hermano y colega Julián, que el impío Eutiques continúa merecidamente en su destierro, pero que incluso en el lugar de su condena (damnationis loco) rezuma en su desesperación el abundante veneno de sus blasfemias contra el conjunto de los católicos y que, con mayor desvergüenza aún, sigue escupiendo la doctrina que lo hizo condenable y abominable para todo el orbe, de modo que podría engañar a gente inocua
(innocentes). De ahí que considere muy prudente el que Vuestra clemente persona lo haga llevar
a un lugar más alejado y escondido».14
En marzo de 453, León expresaba al obispo Julián de Quíos y a la santa emperatriz Pulquería profunda satisfacción por las medidas imperíales. Y, naturalmente, le produjo especial alegría el que el regente mandara restablecer «el orden» con la fuerza de las armas a través del Comes Doroteo. Muchos monjes perdieron en ello su vida. Los archimandritas Romano y Timoteo fueron encarcelados en Antioquía, al destronado patriarca Teodosio lo encerraron en los calabozos de un monasterio de Constantinopla. Pero el papa León eligió aquel sangriento trabajo en un escrito a su majestad calificándolo de obra de su fe, fruto de la piedad imperial
(vestraefidei opus, vestrae pietatis estfructus). Había que hacer sanar al enfermo e imponer paz a
los tumultos. «Me alegro, pues..., de que Vuestro Imperio goce de la calma, ya que lo dirige Cristo, y sea poderoso, ya que Cristo lo protege.» León rezaba incesantemente por Marciano, según le escribió dos años antes de la muerte de éste, «pues la Iglesia y la res publica romana se benefician grandemente, gracias a Dios, a través de Vuestro bienestar».15
3.3 TAMPOCO BAJO EL EMPERADOR LEÓN I DEJA EL PAPA LEÓN DE EXIGIR LA VIOLENCIA CONTRA «LOS CRIMINALES» Y DE RECHAZAR CUALQUIER NEGOCIACIÓN
Pulquería, a quien el papa tanto gustaba elogiar por «los cuidados, gratos al Señor, de su santo corazón», aunque no sin añadir que debía también «ser constante en esa práctica», murió en julio de 453, y Marciano el 26 de enero del año 457: los rezos de León pidiendo larga vida a su majestad no fueron escuchados.
Se supone que la dignidad imperial fue ofrecida al poderoso Magíster militum Flavio Ardabur Aspar, un «hereje» amano, hijo de una goda y de un noble alano. Aspar, sin embargo, que fue general romano desde el año 427 al 471 pero nunca partidario de la ortodoxia, la rechazó (o fue rechazado). De ahí que, finalmente, obtuviese la púrpura y, según algunos autores, no sin la ayuda de aquél, uno de sus oficiales. León I (457-474), de cuya desconfianza gratuita vino a caer víctima el propio Aspar, un hombre acrisolado por su fidelidad a tres emperadores. Pues León, estricto católico por su parte -muy atento a la santificación y especialmente devoto del santo estilista Daniel, obtuvo por arte de la Iglesia el epíteto de «el Grande»-, mandó asesinar en el palacio imperial a Aspar y a su hijo Patricio, a quien él mismo había elevado a César. También en esta acción jugó un papel el catolicismo beato del soberano frente a su víctima, amana y de convicciones anticalcedonianas.16
Cuando, tras la muerte del emperador Marciano, la oposición monofisita se fue haciendo más y más fuerte, el papa León I recalcó con tanto más ahínco la obligatoriedad de las resoluciones dogmáticas de Calcedonia. Estaba resuelto a prohibir cualquier transacción nueva «acerca de lo que fue decretado por inspiración divina» o, como escribía en otro lugar, «contra aquello revestido de tal autoridad (tancta auctoritas) cual es la del Espíritu Santo». De modo que León no sólo declinó una invitación personal a Constantinopla, sino que instruyó además a sus legados
para que, una vez recibiesen su carta doctrinal del 17 de agosto de 458 (una especie de complemento de su carta doctrinal a Flaviano y a la que la posteridad llamó por ello Tomo II), no entrasen en ningún tipo de disensiones.17
Pero el romano siguió agitando incansablemente los ánimos contra el «descarrío herético» de tantísimas personas en Oriente, especialmente en Constantinopla, Antioquía y Egipto. Quería imponer por doquier, como escribía al obispo Julián, «lo dispuesto en Calcedonia para salvación del mundo exterior y bajo la dirección del Espíritu Santo». En aras de su «salvación» se dirigió a obispos, presbíteros, diáconos; envió legados a la corte, como hizo el 17 de agosto de 458 con los obispos Domiciano y Geminiano; escribió una y otra vez al nuevo emperador León, de cuyas virtudes «se pueden alegrar el Estado romano y la religión cristiana». Pero como cada vez que la Iglesia se empeña enérgicamente en su «salvación», ello sólo podía y tenía que suceder, también ahora, a costa de la perdición de muchos. El papa León, en efecto, apremiaba offilius ecclesiae imperial a adoptar urgentemente las medidas pertinentes para restablecer la «christiana
libertas», lo cual, si es posible, tiene siempre este significado: la privación de la libertad de todos
los demás. Conjura al emperador para que «él, teniendo bien presente la fe común, frustre todos los manejos de los heréticos», le instiga personalmente, una y otra vez, para que resista «a las manos asesinas de los impíos», «a la maligna astucia», a la «maldad de los herejes», le apremia a castigar a «los criminales». Exige la depuración del clero, que el príncipe «triunfe sobre los enemigos de la Iglesia, pues si ya es motivo de gloria para Vos el aniquilar las armas de pueblos enemigos [!], ¡cuánto mayor será esa gloria si liberáis a la Iglesia alejandrina de sus furiosos tiranos!». Una vez más se ve aquí qué es lo que está siempre en juego para los papas: aniquilación de los enemigos exteriores del Imperio y aniquilación de todos los enemigos interiores. «Sé consciente, venerable emperador..., de cuánta ayuda le debes a tu Madre Iglesia que se gloría de modo especial teniéndote a ti como hijo.» León «el Grande» quería ver en acción a la violencia y las armas, pero no concilios ni discusiones religiosas. Aborrecía las disputas en general y muy particularmente las relativas a cuestiones de fe. También frente al emperador reiteró a menudo la necesidad de desechar cualquier posibilidad de transacción, a la par que afirmaba: «No tenemos espíritu vengativo, pero no podemos vinculamos con los servidores del diablo».18
Y así, una vez más, la intolerancia radical se ve acompañada del habitual disimulo del eufemismo. La última frase de León recuerda fatalmente a la de san Jerónimo, citada y comentada más arriba: «También nosotros deseamos la paz y no sólo la deseamos, sino que la fomentamos, pero la paz de Cristo, la paz verdadera». La misma actitud, la misma hipocresía. Las cartas que León enviaba al Este eran textos de agitación envueltos en pías frases. Giran siempre en torno al mismo tema, apremiando al sojuzgamiento, depuración y aniquilación del adversario, al que se injuria una y otra vez como impío, maligno, satánico y criminal, demonizándolo así groseramente. Sólo «el anticristo y el demonio», sugiere el papa al emperador León I el 1 de diciembre del año 457, tendrían la osadía de atacar «la inexpugnable fortaleza». Sólo aquellos que «no se dejan convertir por la maldad de su corazón», que «bajo la apariencia de su celo espiritual dispersan su mentirosa semilla pretendiendo que ésta es el fruto de su búsqueda de la verdad». La furia desenfrenada y el odio obcecado «han urdido hechos cuya sola mención provoca desprecio y aborrecimiento..., pero Dios nuestro Señor ha enriquecido grandemente a su majestad iluminándolo acerca de sus misterios. Por eso no debéis olvidar nunca esto: la potestad imperial no os ha sido otorgada únicamente para gobierno del mundo, sino ante todo [!1 para proteger a la Iglesia (sed máxime ad Ecciesiae praesidium)... ¡Sería, en consecuencia, algo grandioso para vos si os fuera posible añadir la corona de la fe a la diadema imperial pudiendo celebrar un triunfo sobre los enemigos de la Iglesia!».19
En definitiva, aquellas personas cuyo aplastamiento exige el papa son cristianos y sacerdotes a quienes él desprecia y aborrece, a quienes imputa mentiras, odio y furia desenfrenada, a quienes
injuria como «anticristos» y «demonios»: lenguaje que abunda por demás entre los «mejores» círculos cristianos, entre sus dirigentes.
Muchos apologetas que descalifican los estudios de investigadores críticos como los de E. Caspar y, más aún, los trabajos de E. Schwartz, J. Haller y muchos otros, tildándolos de «enfoques exclusivamente políticos», han de hacer a su vez, arduos esfuerzos para presentar los motivos primordiales de los papas, no como políticos, sino, naturalmente, en palabras de E. Hofmann, como «genuinamente religiosos». Y los apologetas por su parte «acentúan» que la «lucha por la cuestión calcedoniana», que constituyó durante más de medio siglo «el centro de todos los esfuerzos papales», se desarrolló «en gran medida sobre el plano político».20
Pero lo que se desarrolla en gran medida sobre el plano político es, consecuentemente, político en gran medida, primordialmente político, y en el fondo sólo político, mera lucha por el poder: por el poder en el interior de la Iglesia. Por el poder en el interior de cada una de las Iglesias rivales y por el poder de una sobre todas las demás. ¡Eso es lo que la historia demuestra! Lo religioso se presenta como pretexto. Es puro medio al servicio de un fin. El hecho de que muchos cristianos, y precisamente los de buena fe y buenos sentimientos -pero no bien informados- vean, sientan y vivan todo eso de forma muy distinta, en nada afecta a los hechos, a la realidad. Cierto que esos cristianos,, y a mayor abundancia las «fuerzas religiosas», pertenecen también a esa realidad; es más, son ellos quienes la hacen posible en general, pues son su fundamento, su condición previa. Pero todo ello queda en el ámbito «de lo privado». En cambio, la entidad que se sirve de todo eso con un cinismo carente de escrúpulos, abusando desaprensivamente de ello a lo largo de la vida (a veces incluso con el subterfugio y el autoengaño: «El pueblo me mueve a lástima»), esa entidad hace historia, historia universal: historia criminal.
3.4 LOS CRISTIANOS BATALLAN ENTRE SÍ POR LA FE
La contienda cristológica, la pugna entre caldenonenses y monofisitas, asoló con furia casi increíble las regiones orientales del Imperio romano. Esa contienda abarca la segunda mitad del siglo V y todo el VI Las difamaciones, deposiciones, destierros, riñas, intrigas, asesinatos y homicidios se hacían interminables. Uno de los bandos de la cristiandad intentaba incesantemente recusar las formulaciones calcedonianas; el otro, imponerlas. Aunque violentamente divididos entre ellos, los monofisitas eran unánimes en su resistencia contra el sínodo «maldito», contra Roma y Calcedonia. Las acciones violentas que la ortodoxia exigía continuamente y a las que los gobiernos se prestaban a menudo, las persecuciones y los martirios tan sólo servían para intensificar el odio confesional, la resistencia. Y los compromisos que procuraban hallar a veces algunos emperadores, su condescendencia, transigencia y complacencia ocasionales, todo ello fracasó fundamentalmente a causa de la resistencia del catolicismo. Por supuesto que lo que estaba enjuego, como la mayor parte de las veces, era algo mucho más amplio: lo que importaba no era tanto la charlatanería cristológica, ni el dogma de las dos naturalezas, como la influencia, la ambición, el dinero, el poder y el nacionalismo, sobre todo el de egipcios o sirios. Pues pese a toda la exaltación del delirio confesional, había, en el trasfondo, cierta lucha «nacional» de egipcios y sirios por su propia existencia como tales. Y había también, y estrechamente vinculado a ella, un fuerte antagonismo social entre los nativos, ya fuesen semitas, sirios o felagas del valle del Nilo, los coptos, y la exigua capa superior griega, más o menos cultivada, compuesta por terratenientes griegos que, apoyados por los funcionarios, policías, oficiales y sacerdotes imperiales, proclamaban su fidelidad a la Iglesia oficial del Imperio. De ahí que la población nativa buscase, contra aquella clase dominante, contra aquellos opresores foráneos que los explotaban implacablemente, la protección de los monjes, a quienes admiraban con delirio, y de losobispos del país, los cuales, naturalmente, también abusaban de ellos a su manera.21
Con todo, el primer plano estaba ocupado por el espectáculo de la fe. Los adversarios de Calcedonia se alzaron especialmente en Alejandría, el centro de la oposición. Y si bien el papa León había hablado en 454 de las «tinieblas que anidaban en Egipto», la verdad es que esa tiniebla se hizo aún más densa.22
Al patricarca alejandrino Dióscoro I, depuesto en Calcedonia como partidario de Eutiques, le siguió en la sede el católico Proterio (451-457), fiel al concilio (pero que infligió al papa una derrota en la cuestión del conflicto por la fijación de la Pascua, que Roma sólo encajó reconcomida por la rabia). Y poco después de la muerte de Marciano, el 26 de enero de 457, los monofisitas contrapusieron a Proterio a uno de los suyos, el monje sacerdote Timoteo (457-460), con el apodo de «Ailuros» (la comadreja), un adicto seguidor de Dióscoro, que fue consagrado canónicamente por dos obispos. Llevaba al parecer años soliviantando a los monjes de Alejandría contra Proterio, llegando incluso a presentarse de noche con apariencia de ángel delante de las celdas de los anacoretas para exhortarlos a evitar a Proterio y a elegir a Timoteo (él mismo) como obispo. En caso de que esta historia, legada por diversas fuentes, sea verdadera muestra hasta qué punto se abusaba de los monjes, y caso de ser falsa, muestra, cuando menos, hasta qué punto se podía abusar de la buena fe del mundo: del que, desde luego, parece posible abusar sin límites en cualquier época. Timoteo «Ailuros» fue, ciertamente, encarcelado en seguida por el gobernador imperial, y el ahuyentado Proterio fue traído de nuevo a Alejandría por una escolta militar, pero sólo duró allí hasta el 28 de marzo de 457, día en que una furiosa turba de cristianos lo asesinó (durante la misa del Jueves o Viernes Santo) en la iglesia de San Quirino. Su cadáver fue profanado, despedazado y quemado, pero él mismo fue hecho santo de la Iglesia romana (su festividad se conmemora el 28 de febrero).
A continuación, el arzobispo Timoteo «Ailuros» -León I lo llama «parricida» y en todo caso fue el beneficiario del crimen- «limpió» de enemigos el episcopado egipcio. A todos los obispos que se resistieron los privó de su sede. En un sínodo alejandrino lanzó el anatema contra el papa y contra el patriarca de Constantinopla; era manifiestamente una venganza por la deposición de Dióscoro, el ascenso de Constantinopla y también, de seguro, por el desaire hecho a la cristología de Cirilo en Calcedonia. El año 460, sin embargo, el emperador León mandó apartar de su sede al alejandrino: apremiado a ello una y otra vez y de la forma más enérgica por el papa, quien inundó Oriente con su correspondencia y conjuró al regente para que no sólo fuera soberano del orbe, sino también protector de la Iglesia. Timoteo «Ailuros» fue desterrado; primero a Paflagonia, después a Crimea. Ascendió al solio alejandrino Timoteo Salophakiolos («el de la mitra vacilante»), con el apoyo de tan sólo diez obispos, «un nuevo David por su mansedumbre y paciencia».23
Todavía en 460 envió León cartas de felicitación y advertencia a Egipto, la última correspondencia que de él se conserva. Felicitó entusiasmado al recién nombrado
Salophakiolos», elogió al emperador por la expulsión de su predecesor, el «infame parricida», y
murió en otoño del año siguiente, el 10 de noviembre.24
León I, la primera figura de pontífice descollante en la historia, un hombre hábil como pragmático y también como doctrinario, la perfecta mezcla de ambas cosas, se parecía en su conducta, como ya dijo atinadamente Haller, más al zorro que al león. Frente a quien estaba más alto, ante el emperador León I, podía mostrar un servilismo tan devoto como si fuese el abanderado del cesaropapismo. Pero cuando la ocasión lo exigía adoptaba resueltamente aires señoriales incluso frente a los más poderosos. Consumado diplomático, era capaz de lanzarse al ataque, y de retirarse, humillarse y pisotear y fomentar $u propio encumbramiento por encima de todo lo demás. Pero su mayor capacidad consistía en amedrentar vejatoriamente al propio clero. Podía leerles la cartilla a auténticos santos y negar la dignidad sacerdotal a «viles» esclavos. Era capaz de exigir humildad y obediencia de la grey y para sí mismo la potestad de mandar sobre toda la Iglesia, el rango supremo, el honor máximo: y todo ello dándose apariencias de modestia.
Y sobre todo, era capaz de perseguir inmisericordemente, o hacer perseguir, todo cuanto no era católico: con encarcelamientos, destierros, aniquilación física, a la par que predicaba el amor al prójimo y al enemigo, el pleno perdón y la renuncia a toda venganza. Una y otra vez sabía servirse del emperador sin dejarse instrumentalizar por aquél, sin que le importase un comino el Imperio occidental, servidor de sus intereses. Antes bien, se valía de su impotencia para