Part II: Evaluation
H. Expectations Results
I. Evaluation Information
I.1 Introduction
El triunfo, hasta la fecha, de los partidarios del ingreso de nuestro país al sistema de vida basado en el papel moneda inconvertible de curso forzoso emitido por el gobierno, fue responsable del clima de incertidumbre que vivió el país en los últimos 70 años.
Este trágico triunfo expresó la más cruda ignorancia sobre cuánto significó para el mundo civilizado, la experiencia del uso de la moneda metálica, el crédito, los bancos y la libre formación de los precios.
El Ministro de Hacienda Federico Pinedo, en los debates acerca de los proyectos sobre moneda, crédito y bancos de principios de 1935, afirmó no tener ningún empacho de aplaudir el discurso del diputado Enrique Dickmann, por ser “el único que tiene sustancia”.
El discurso de Dickmann no fue sólo de crítica. Vino acompañado por una propuesta, hoy inimaginable, y menos de parte de un representante del socialismo.
“Dejemos que las cosas se desenvuelvan naturalmente sin la intervención perturbadora y anarquizante del gobierno y podrá pensarse en el porvenir,
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cuando el momento llegue de volver a la convertibilidad y por consiguiente a la estabilización”.
La propuesta de Dickmann, fue quizás la última que se presentara en el Congreso Nacional, que considerase a la libertad de mercado como el único remedio valedero para salir de la crisis.
La idea de Dickmann estaba en plena consonancia con la definición de moneda que desde principios del siglo XX hizo popular Juan B. Justo.
Para el fundador del Partido Socialista, la costumbre de ver en los billetes de papel moneda fórmulas y firmas oficiales así como efigies de reyes y emperadores en las piezas de moneda metálica dio lugar a que muchas personas atribuyeran al Estado poderes de que carece en absoluto, en materia de moneda. Para Justo, la fuerza del Estado es grande para destruir pero limitadísima para crear.
J. B. Justo, en los albores del siglo XX, insistía en un punto que hoy, transcurridos ya más de cien años, no se entendió. La moneda nació y se desarrolló con
independencia del estado, cuya intervención en esta materia sólo es ventajosa y necesaria cuando respeta las limitaciones que le imponen las leyes económicas elementales que, quiéranlo o no los gobiernos, rigen los fenómenos del cambio.
Enrique Dickmann, nacido el 20 de diciembre de 1874, en una aldea perdida, no lejos de Riga, en el norte de la entonces Rusia imperial, perteneció a la generación de
argentinos que se opuso a aceptar, en su momento, el destino periférico a que la
política totalitaria, en el orden nacional, conducía a la Argentina.
Dickmann al igual que el economista e historiador del pensamiento económico
Charles Rist, había entendido que la Gran Depresión de 1929 y las políticas autárquicas en Europa, fueron la consecuencia necesaria del cimbronazo al comercio mundial que produjo la Primera Gran Guerra de 1914.
Nuestro país gozó por más de seis décadas de paz sin interrupciones, por lo que nada justificaba adoptar procedimientos similares a los que se aplicaron en Francia, Gran Bretaña, Bélgica o Estados Unidos, en cuanto a devaluaciones o abandono del patrón oro.
Los malos vientos que soplaban en Europa de mediados de la década del treinta le daban respaldo a Dickmann para prever que podía darse el momento de la vuelta a la
114 convertibilidad y la consiguiente estabilización.
El estallido de la Segunda Guerra Mundial, el 1o de septiembre de 1939 le dio la razón á Enrique Dickmann.
La hecatombe que al poco tiempo sacudió a los cinco continentes liquidó de raíz los efectos de la Crisis del treinta.
Esta dramática situación puso aun más en evidencia la miopía corto placista de los autores y cómplices de la reforma fiscal y monetaria de la misma época. El mediano y largo plazo no tardaron en llegar y con ello la muerte de la Argentina como República representativa y federal.
El cierre definitivo de la Caja de Conversión, la instauración del sistema de Control de Cambios, concretada la devaluación del peso moneda nacional (que se denominó, “el revalúo del oro”), las facultades emisionistas y de compra de divisas asignadas al Banco Central, frenaron la oportunidad única que tuvo Argentina de convertirse en rectora en el ámbito mundial.
Sin las torpes innovaciones de la reforma fiscal y monetaria las libras esterlinas, los francos franceses y los dólares, se hubieran cotizado en pesos argentinos con respaldo en oro.
Sin Control de Cambios ni “revalúo del oro” ni Banco Central, hasta el día de hoy podríamos —con sólo dos pesos y veintisiete centavos moneda nacional— obtener un peso oro de 1,6129 gramos de 0,900 de fino.
Sin Banco Central ni control sobre los cambios, no habría habido emisiones con respaldo en divisas. La Caja de Conversión, Ley N° 3.871, no lo admitía. Este recaudo era un seguro para la estabilidad de nuestro peso moneda nacional.
Sin “la intervención perturbadora y anarquizante del gobierno” jamás a nadie se le hubiera pasado por la cabeza que las divisas son de propiedad del país.
Las letras de cambio resultantes de las ventas al exterior hubieran sido, como en los buenos tiempos de la República, de propiedad de los exportadores o de los bancos que las hubieran adquirido.
Claro está, el Banco de la Nación y el de la Provincia de Buenos Aires, muy probablemente serían ya temas de la historia económica superada.
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depositantes y demás acreedores de los bancos privados caídos en falencia.
El “salvataje” a la banca privada logrado por intermedio del Instituto Movilizador de Inversiones Mobiliarias aniquiló por tiempo indeterminado la existencia del crédito y la banca como institutos del derecho privado. La política enunciada por Federico Pinedo, en el debate sobre moneda y bancos que “en ningún lugar se deja caer a los bancos” terminó con la banca privada responsable ante su clientela e independiente del estado.
Sin la creación previa del Banco Central casi seguro que la existencia de Juan Domingo Perón hubiera pertenecido al anecdotario de su familia y compañeros de armas. Perón pudo convertir al Banco Central en banco de bancos y nacionalizar los depósitos, gracias a que el armazón totalitario ya existía en el país.
Para hacer más verosímil el engaño y confundir mejor a la opinión pública, el peso moneda nacional, se siguió llamando igual que en los tiempos en que la convertibilidad a oro estaba vigente o temporalmente suspendida.
De esta manera el proceso inflacionario se fue gestando, desde fines de la década del treinta y principios de los cuarenta, en forma sutil y disimulada. Cuando estalla, después de 1946 y con el justicialismo peronista, la inflación se convierte, además del más grande invento para el despojo colectivo, en un sádico instrumento de poder para reducir a sumisión a las víctimas indefensas.
La inflación y los controles de precios, siguen siendo considerados fenómenos reservados para los expertos en economía y no graves delitos que debieron ser castigados por el Código Penal.