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An introduction to feature selection

Entre 1990 y 1993, por todo el planeta se escuchaban desesperados clamores: la crisis económica, el desempleo, la violencia social, la criminalidad, la corrupción, las crisis políticas, y las guerras interétnicas, indicaban que la humanidad pasaba por una fase muy difícil, en vez de ingresar en el período de Bienestar anunciado por el neoliberalismo. Se sucedieron los intentos de controlar esta situación, entre los cuales hay que destacar las acciones de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales. El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Internacional del Trabajo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, las Naciones Unidas mediante el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), la UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo), la UNICEF (Fondo Internacional de las Naciones Unidas de Ayuda Urgente para la Infancia), el FNUAP (Fondo de las Naciones Unidas para las Actividades sobre la Población), han publicado dramáticos informes sobre la situación mundial en sus varias esferas de acción. Al lado de estos organismos de amplia representación, el más ambicioso intento de dirigir el destino del mundo fue el del Grupo de los Siete creado por el presidente norteamericano Jimmy Carter, en los años setenta, inspirado en la Comisión Trilateral. En aquella época, se trataba de unir los intereses

norteamericanos, europeos y japoneses (representados en los siete países más ricos), con el fin de detener el avance del Tercer Mundo y de los países socialistas. En los años ochenta, Reagan ignoró el Grupo de los Siete para afirmar la hegemonía norteamericana. Fue revivido en los años noventa.

Este grupo de las siete naciones más poderosas del mundo pasó a contar con la presencia permanente de una octava nación, Rusia (tras haber aguardado en la sala de espera durante un buen tiempo). Los gobernantes de estos países pretendían representar a los países más ricos e industrializados del mundo pero, con el paso del tiempo, esto dejó de ser un hecho pacífico. Los datos del Banco Mundial, basados en el purchase power, o poder de compra, indicaban que China ya tenía el tercer PIB del mundo, y luego pasó a tener el segundo, a pesar del todavía bajo ingreso per cápita de su población. India ya era una potencia naval en plena expansión y tenía el quinto PIB del mundo. El PIB de Brasil y México superaba al de Canadá. Brasil, sobre todo, podría convertirse en una potencia importante si reanudara su crecimiento. En cuanto a los países petroleros y los pueblos musulmanes, no aceptaban ser discriminados de los centros de decisión mundial.

Pero el Grupo de los Siete también se topaba con otros obstáculos. Los dirigentes de cada uno de esos países se encontraban en graves dificultades políticas; a mediados de la década, eran pocos los que seguían en el poder. En Estados Unidos, Clinton sobrevivió a los intentos de impeachment, reafirmando su programa de recuperación de la economía norteamericana, basado en la caída de la tasa de interés, en el reajuste cambiario, en las políticas de Bienestar y educación. En Inglaterra, el poder de Major fue debilitándose después de una serie de mociones de censura, lo que llevó a la victoria de los laboristas en 1994. En Alemania, Helmut Kohl finalizó su carrera política cercado por las provincias gobernadas por la socialdemocracia, hasta que fue derrotado en 1998, con el ascenso de un gobierno central socialdemócrata, apoyado por los ecologistas. En Japón, el gobierno de Miyasawa cayó tras una moción de censura mayoritaria, consecuencia del fraccionamiento de su partido, y así emergió, al cabo de 45 años, un gobierno de coalición en oposición al Partido Liberal Democrático; en estos años, las vicisitudes de la política japonesa revelan una gran inestabilidad y la pérdida del tan exaltado consenso japonés. Por Italia pasó un huracán moralizador y electoral que llevó al poder, por primera vez, un gobierno de centroizquierda liderado por el antiguo Partido Comunista transformado en Izquierda Democrática; pero la derecha italiana se reagrupó alrededor de Berlusconi, alternándose en el poder. En Francia, tras una grave derrota electoral de la derecha, los socialistas regresaron al poder apoyándose en una huelga de transportes que había paralizado al país; en 2002, la izquierda no pudo llegar a una segunda vuelta y votó por Chirac para detener el avance del neofascista Le Penn En Rusia, Yeltsin vivió una grave crisis de gobernabilidad después de haber entregado a los lobos a su delfín Gaitar, líder de las reformas neoliberales, y de haberse enfrentado a un Partido Comunista mayoritario en la Duma; este impasse despejó el camino para el gobierno de Putin, que reorientó la política rusa dentro de un capitalismo de Estado. En los países del llamado Tercer Mundo, huelga decir que son asaltados por violentas crisis económicas y políticas.

Estos hechos revelan la profundidad de la larga crisis internacional, que llegó a su punto más bajo entre 1990 y 1994. Esa prolongada crisis se había iniciado en 1967, en los centros capitalistas mundiales y se extendió a los países subdesarrollados y dependientes a partir de 1970, terminando por afectar el campo socialista en la Europa Oriental y en la antigua URSS. De 1989 a 1993, asumió la forma de una disminución del crecimiento con recesiones generalizadas, sobre todo en los países centrales.

¿En qué consistió esa crisis?

Se trató de una fase de larga duración iniciada, de hecho, en 1967-1968, cuando Estados Unidos y Europa tuvieron por primera vez una recesión conjunta tras el auge económico iniciado en 1945. En esa época, asomaron las dificultades para que Estados Unidos mantuviera el respaldo en oro al dólar, tal como se había decidido en 1943, en Bretton Woods. El aumento de los gastos militares en función de la escalada de la guerra de Vietnam trató de refrescar la economía norteamericana con nuevas inversiones. Pero fue en vano. En 1968, la explosión de la rebelión política, social y cultural estremeció al mundo. En 1973, Estados Unidos retiró el respaldo en oro al dólar, lo que condujo a una brutal devaluación del dólar, que se metió en la serpiente monetaria, poniendo la inestabilidad como norma de la economía mundial, y abandonando las inversiones en actividades productivas; y se orientó hacia la especulación cambiaria, primero, y financiera, después. En 1973, el ajuste de los precios del petróleo al valor oro anunció la aparición de los excedentes monetarios —los petrodólares—, lo cual se acompañó con una onda recesiva de graves consecuencias. La derrota de Estados Unidos en Vietnam anunciaba el límite de su hegemonía. La recuperación que se inició en 1975 resultó limitada y corta. Ya en 1979-1982 se configuraba una nueva recesión y se reafirmaba el fenómeno de la estanflación: la unión de la estagnación económica y la inflación, en los países industriales.

Entre 1983 y 1987 (con una forzada prolongación hasta 1990) hubo una nueva revitalización de la economía mundial. En ese período, el déficit del Tesoro norteamericano se elevó de 50 billones a 270 billones de dólares anuales. Estados Unidos pasó de ser exportador de capitales a ser importador líquido, convirtiéndose en un país deudor. El déficit comercial norteamericano llegó a cifras increíbles, para beneficio de Japón, Alemania, los Tigres Asiáticos y las nuevas economías industriales, como Brasil, que entregó todo su superávit comercial para el pago de los lacerantes intereses de la deuda externa.

El «crack» económico de septiembre de 1987 ya anunciaba la irracionalidad de esa política económica, apoyada en la especulación y en la valoración artificial de los activos financieros y los inmuebles. En un sólo día, desapareció de la economía mundial cerca de un trillón de dólares. El dólar cayó y sólo se recuperó por la acción de los bancos centrales de Japón y Alemania, que compraron dólares a gran escala para impedir su caída. Pero el costo de evitar la recesión y la devaloración de los activos financieros mundiales resultaba muy

alto. La especulación prosiguió hasta 1990, cuando la quiebra de bancos y grupos financieros, la ruina del dólar y la desvaloración de los activos financieros e inmobiliarios mundiales se hicieron realidad, afectando en definitiva las tasas de crecimiento económico. Se anunciaba una nueva recesión que duró de 4 a 6 años, prolongándose hasta 1994-1996, según los países. En Japón, la recesión se inició en 1993 y se extendió hasta 1999, y hasta el presente no se puede decir que haya sido superada.

Como se puede ver en el Cuadro 3, tras la grave recesión de 1990-1991, Estados Unidos logró una pequeña recuperación. Aunque moderada en un principio, la reanudación de la recuperación económica norteamericana tomó la delantera en relación con los demás países industrializados.

Esta situación se aceleró en los años siguientes, cuando Estados Unidos anunció crecimientos de 4,3 por ciento en 1998, 4,2 por ciento en 1999, y 5,2 por ciento en 2000. Por otra parte, Japón entró en crisis exactamente en 1992-1993, mientras que Alemania ya había iniciado su caída en 1991 y llegaba a la recesión abierta en 1993, cuando ocurrió la caída de 1,9 por ciento de su PIB. Esta situación recesiva prevaleció en los países industrializados en general, afectando sobre todo a África y la Europa del Este, que sufrieron una brutal depresión desde que fueron asaltadas por los neoliberales. Estas regiones quedaron totalmente sometidas al control del Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial. La situación es opuesta en Latinoamérica (con las importantes excepciones de Brasil, Cuba y Haití), donde se inició una modesta recuperación económica al comienzo de la década para caer en la recesión desde mediados de los años noventa. El Asia occidental y el Sureste asiático siguieron creciendo hasta 1997; China aparecía como la estrella del crecimiento económico mundial con 12,8 por ciento de expansión del PIB en 1992, performance que se mantuvo en toda la década de los años noventa.

Vemos así un desarrollo desigual, típico de la evolución del sistema capitalista mundial que se hace cada vez más complejo, teniendo en su interior regímenes económicos y políticos sumamente diversificados, pese a la victoria del neoliberalismo tan alardeada a escala mundial. La recuperación de 1983-1987 se apoyó en el déficit fiscal norteamericano que inundó el mundo con la demanda norteamericana, originando, por una parte, el déficit de la balanza comercial norteamericana y, por otra parte, los superávits de Japón, de Alemania, de los Tigres Asiáticos, etcétera.

Estos superávits fueron también la fuente de los excedentes financieros de Japón y Alemania, que pasaron a invertir en la compra de títulos del Tesoro norteamericano, transformando el yen y el marco en poderosas monedas, y transformando Japón en la mayor potencia financiera del mundo y en el principal inversionista del planeta mientras pudo mantener ese superávit comercial.

La especulación monetaria fue el instrumento típico del crecimiento de esos años de expansión forzada a través de la deuda pública norteamericana. Expansión que se basó en la inestabilidad del valor de las monedas, que producían grandes ganancias para los especuladores, y en las gigantescas tasas de interés pagadas por el gobierno norteamericano para financiar su enorme déficit. El aumento de las tasas de interés ocurrió a comienzos de los años ochenta, y llevó a la crisis de la deuda externa.

Esta era el resultado de la exigencia de que los países deudores pagaran los mismos intereses especulativos que el gobierno norteamericano pagaba al resto del mundo, para atraer capitales con el intento de cubrir su déficit público. Estos pagos dolorosos se hicieron en detrimento del desarrollo de esos países, llevando a sus poblaciones hacia la recesión y la miseria, como ocurrió en Brasil y Latinoamérica en general. Todos conocen los resultados de esta extracción de los recursos regionales. Brasil, Latinoamérica, África y los países de la Europa oriental se vieron metidos en una trampa financiera sin salida.

En consecuencia, se formó un vasto movimiento de especulación financiera mundial en torno a la deuda norteamericana y de los enormes excedentes financieros en manos de Japón y Alemania. Esta situación se prolongó hasta 1990, cuando esta especulación entró en crisis. De todos los resultados creados por la crisis generada con el reventón de esta burbuja financiera internacional, el más dramático fue el desempleo que se generalizó por todo el sistema mundial. A partir de 1990, se agravó el desempleo en los países subdesarrollados y dependientes, y resurgió el desempleo en los países centrales de la economía mundial, como se puede ver en el Cuadro 4. Y algo más grave aún, surgió el desempleo en las economías hasta entonces de pleno empleo en la Europa oriental y en la antigua URSS. Sólo algunos centros privilegiados de Asia pudieron escapar a esta situación, aunque no por mucho tiempo. La crisis de 1997 y la estagnación de Japón hicieron renacer el desempleo en el Sureste asiático.

Lo más difícil de esta situación global era la clara constatación de que una nueva fase de crecimiento económico que ocurrió a partir de 1994, generó muy poco empleo y no logró alterar radicalmente esta situación.

En 1994, Clinton alertó al Grupo de los Siete sobre el carácter estructural del desempleo. La nueva onda de crecimiento se basaba en altos niveles de automación y robotización de la producción y los servicios, que acabó con ocupaciones anteriores y generó pocos empleos nuevos. Pero, ¿en qué consiste el problema? A raíz de las nuevas tecnologías, la humanidad puede producir en pocas horas y con una pequeña parcela de su población todos los bienes y servicios que hace falta para atender las necesidades de dicha población. ¿Es esto una bendición o una tragedia?

Será una tragedia si sigue imperando el principio del mercado, de la propiedad privada, de la utilización del progreso para el enriquecimiento de una minoría. Pero, al contrario, será una bendición si este potencial productivo se coloca al servicio de la humanidad. ¿Cómo? Disminuyendo la jornada de trabajo y permitiendo que sean contratados nuevos trabajadores. Es decir, distribuyendo los efectos del progreso tecnológico para la población en su conjunto, en vez de permitir que los propietarios privados de los medios de producción se apropien de él. Hoy en día, en los países más ricos ya existe un consenso para llegar a una jornada de trabajo de 36 horas semanales. Pero esto no es suficiente. En las próximas décadas, la jornada de trabajo tendrá que bajar a 20-25 horas semanales en todo el mundo. Con los actuales niveles de avance científico-tecnológico, y con los cambios que vendrán en los próximos años, nadie deberá trabajar durante largas jornadas, porque la responsabilidad del trabajador y el stress provocado por la nueva fase del proceso de producción, aumentarán considerablemente. El tiempo libre tendrá que ser utilizado para el estudio, la ampliación del conocimiento, el ocio, el desarrollo personal.

Pero esto sólo será posible si la sociedad domina y gerencia sus medios de producción y planifica su vida social de lo micro a lo macro y a lo global. Esa sociedad tendrá que dar a los individuos que la componen los edios para su total desarrollo, y éstos tendrán que colaborar decisivamente en la creación de una nueva civilización planetaria, en la cual el respeto a los derechos humanos, al medio ambiente, al pluralismo étnico y cultural, y al ideal de paz, será parte esencial de la realización de cada individuo. Al mismo tiempo, es necesario asegurar que este desarrollo sea sustentado por todos los países y para las nuevas generaciones. Si esto no sucede, el desempleo masivo y la violencia social proseguirán. La concentración de la renta, del conocimiento y del poder se da en un solo lado de la sociedad, mientras se produce el caos y la marginación de millones de seres humanos. De alguna manera, la comunidad internacional ha ido tomando conciencia de esta problemática. La Cumbre de Río de 1992 para el desarrollo sustentable y el medio ambiente mostró que las amenazas globales a nuestro planeta y la supervivencia de la humanidad son sumamente serias. La posibilidad del holocausto nuclear (aún superable), las guerras interétnicas y de imposición de intereses económicos, las agresiones al medio ambiente, la pobreza y la miseria de la mayor parte de la población del planeta, el aumento de la criminalidad y de las actividades clandestinas e ilegales, son tendencias destructivas, demasiado fuertes para ser superadas sin una acción consciente de toda la humanidad. Y detrás de estas plagas está el desempleo y la marginación social. Y todo viene de la idea de la superioridad del mercado como generador de recursos y principio orientador de la vida económica y social.

En ocasión de la Cumbre de Río, y en varios otros momentos de las relaciones internacionales contemporáneas, la humanidad ha venido reafirmando la necesidad de una acción consciente de planificación, basada en el pleno empleo, en oposición a la retórica neoliberal que pretende entregar el destino de la humanidad a

Sin embargo, en este contexto de grandes problemas generados por la crisis actual del sistema económico mundial, existen algunos elementos positivos que nos permiten esperar que, a mediano plazo —20 ó 30 años—, los principios racionales se impongan sobre la irracionalidad. En definitiva, los datos muestran que, durante la recesión de 1989-1993, la inflación comenzó a caer en los países capitalistas centrales. Ocurrió entonces una deflación que permitió que los siguientes períodos de recuperación económica fueran más prolongados y sustentados. Al mismo tiempo, el avance de las integraciones regionales anunciaron la apariciónde las unidades económicas más viables ante el aumento de las nuevas economías de escala, derivadas de las nuevas fases de la revolución científico-tecnológica. En la presente fase del avance de las nuevas tecnologías, creadas por los nuevos campos de las ciencias, los mercados tienen que ser dimensionados en términos regionales y hasta planetarios. La violenta crisis de 1989-1993 fue un reflejo de cómo se ajusta el capitalismo a estos cambios colosales. Son sectores completos de tecnologías obsoletas los que desaparecen en la economía mundial, o que son reubicados en las regiones donde la mano de obra es más barata. Estados Unidos, Japón y Europa se desindustrialización para especializarse en las actividades de investigación y desarrollo, en la creación de cultura y ocio, en el control de las comunicaciones que rigen la vida productiva contemporánea, en la producción de millones y millones de individuos educados y preparados para gerenciar esta etapa superior de una civilización del conocimiento y de la comunicación. Los países de desarrollo medio, como los Tigres Asiáticos; las potencias regionales, como China, India y Brasil; y las nuevas economías industriales, absorben las industrias recicladas a escala mundial (sobre todo las que suponen más empleo de mano de obra calificada, las contaminantes y las tecnológicamente obsoletas). Luchan por participar también en la creación de nuevas tecnologías y en el avance de la ciencia y la sociedad,del conocimiento y de la educación. Pero encontrarán grandes obstáculos, sobre todo en el plano internacional, donde el comportamiento monopólico de las corporaciones internacionales y las leyes implacables de la competencia los excluyen de la punta del sistema. Por otra parte, una enorme masa de países queda completamente marginada dentro de estas perspectivas de evolución de la economía mundial, formando lo que se va llamando Cuarto Mundo. Este panorama amenazaba la recuperación económica que se esbozaba en el horizonte. Y planteó también el