Hemos destacado, en el capítulo anterior, la im- portancia ,decisiva que ha tenido la idea de un Dios creador supramundano para la ética religiosa. Esta concepción ha tenido una significación particular para la orientación activa y ascética de la búsqueda de salvación. Ha tenido una significación menor respecto de la búsqueda contemplativa y mística; ésta tiene una afinidad interna con la despersonali- zación e inmanencia del poder de la divinidad. Sin embargo, esta estrecha relación, perfectamente en-
fatizada por E. Troeltsch, entre la concepción, de un Dios supramundano y el ascetismo activo, no es total, -el Dios supramundano, como se desprenderá de las consideraciones siguientes, no ha condicio- nado la dirección tornada por el ascetismo occi- dental; la Trinidad cristiana, con su Salvador encarnado y sus santos, fue una concepción de Dios básicamente menos supramundana que el del Dios del judaísmo o el Alá del islamismo.
El judaísmo dio lugar a un misticismo, pero no a un ascetismo del tipo occidental. El islamismo pri- mitivo, por su parte, rechazaba directamente el as- cetismo. Lo especifico de la religiosidad derviche deriva de fuentes sin afinidad con la -concepción de un Dios y creador supramundano. Deriva de fuen- tes místicas, extáticas, y en su índole propia, está muy lejos del ascetismo occidental. Obviamente, a pesar de su analogía con la profecía emisaria y el ascetismo activo, la. concepción de un Dios supra- mundano, aunque significativa,. nunca actuó sola, sino siempre vinculada con otros factores. Entre éstos hay que destacar la peculiaridad de las prome- sas religiosas y los caminos de salvación condicio- nados por éstas. Hay que examinar esta cuestión en la conexión de casos particulares.
Hemos usado reiteradamente, como conceptos contrapuestos, los términos "ascetismo" y "misti- cismo". Para dilucidar esta terminología, ahondare- mos en el sentido diferencial de estas expresiones.
En nuestro capítulo anterior opusimos, como renuncias al mundo, por una parte, el ascetismo ac- tivo que es una acción por voluntad de Dios de los fieles, los cuales son instrumentos de Dios, y, por otra parte, la posesión contemplativa de lo sagrado, tal como se da en el misticismo. El misticismo tiende a un estado de "posesión", no de acción, y el indivi- duo no es un instrumento, sino un "receptáculo" de lo divino. De este modo, la acción mundana tiene que manifestarse como un peligro para el trance re- ligioso totalmente irracional y ultra terreno. El asce- tismo activo funciona en el interior del mundo, al afirmar su poder sobre el mundo, el ascetismo ra- cionalmente activo intenta dominar lo que es animal y perverso por medio del trabajo en una "vocación» mundana (ascetismo intramundano). Este ascetismo se opone básicamente al misticismo, en cuanto éste se resuelve en una completa huida del mundo. (hui- da contemplativa del mundo). No obstante, esta oposición se mitiga si el ascetismo se limita a dome- ñar y sobrepasar la crueldad animal en la propia
personalidad del asceta. En esta medida se ciñe a las realizaciones redentorias activas, y sólidamente ins- tauradas por voluntad divina, hasta llegar a evitar toda acción en el mundo (huida ascética del mun- do). De este modo, en sus efectos externos, el asce- tismo activo se asemeja a la huida mística del mundo.
También se mitiga la oposición entre ascetismo y misticismo en los casos en que el místico contem- plativo no se resuelve a una huida del mundo, sino que se queda dentro de las posibilidades mundanas, de un modo afín al del asceta intramundano (misti- cismo intramundano).
Tanto en el ascetismo como en el misticismo puede desaparecer, en la práctica, la oposición, y puede darse una complementación entre ambas formas en la búsqueda de salvación. Pero la oposi- ción puede mantenerse incluso bajo la apariencia de una semejanza externa. Para el místico genuino si- gue siendo vigente el principio: la criatura debe mantenerse silenciosa a fin de dejar hablar a Dios. Se "encuentra" en el mundo y se "adapta" externa- mente a sus preceptos, pero sólo a fin de cerciorarse de su estado de gracia frente al mundo, reprimiendo el impulso de considerar seriamente las manifesta-
ciones de aquél. Como puede advertirse en el caso de Lao-tsé la actitud característica del místico con- siste en una humildad deliberadamente áspera, una desvalorización de la acción, algo así como una existencia religiosa desconocida dentro del mundo. El ascetismo intramundano, en cambio, se verifica mediante la acción. El asceta intramundano juzga el comportamiento del místico como un ocioso goce del ego; el comportamiento ascético (activamente intramundano) significa, para el místico, un enredar- se en las manifestaciones profanas del mundo, complementado con un fariseísmo complaciente. Dotado de esa "bendita beatería" que suele atribuir- se al clásico puritano, el ascetismo intramundano lleva a cabo decisiones positivas y divinas cuyo sig- nificado último permanece oculto; esas decisiones son efectivizadas tal como aparecen manifestadas en las prescripciones racionales divinamente ordenadas de lo creado. Para el místico, en cambio, lo real- mente relevante para su salvación es la compren- sión, mediante la experiencia mística, del significado último y enteramente irracional. También pueden ser objeto de comparaciones semejantes las maneras en que dichos tipos de comportamiento efectivizan una huida del mundo.