1.2 Saddle-point formulation
2.1.1 Iterative methods for unconstrained optimization
«El hombre en su descenso recorre el camino laberíntico del afuera donde sólo hay «pérdida de sí» y «estar fuera de sí»; debe alejarse del mundo de las cosas fijas y estables para oír las voces profundas de la tierra y de su propio
ser a través de la imagen y el canto, en la fiesta y el éxtasis. Es la experiencia interior, la fractura de los límites del ser y de la razón, comunicación íntima con el afuera que se da en los estados teopáticos.» (NAVARRO 2002: 125)
Este estado, llamémoslo de pseudo-inmersión, descrito por Ginés Navarro se encuentra presente en la interpretación que realiza Bataille sobre la cueva de Lascaux (NAVARRO 2002: 125), donde un hombre primitivo se aleja del mundo, adentrándose en las entrañas de la tierra para alcanzar la soledad de sí mismo, para relacionarse, mediante nuevas formas de expresión con el continuo natural del que ya había dejado de formar parte. Solos hombre y medio. En ese contexto se dan las condiciones perfectas para sentir el abismo de la ruptura, pero también la sima del mundo interior que empieza a componerse. Algo parecido ocurre en el búnker pero desde la experiencia del desencuentro y la imposibilidad de vivir en su interior a pesar de su carácter de refugio: «El búnker es tan grande, tan pesado y espantoso; podría decirse tan terrorífico y atractivo –discúlpenme, pero amo a Goya y Artaud- porque es la figura inversa de la potencia destructiva del siglo XX» (VIRILIO 2003: 24)
Como veíamos en el caso de Awilda, un mundo caracterizado por la incesante reproducción de imágenes difícilmente puede enseñarnos algo acerca del interior propio, por lo que habrá que buscar en el silencio, en la oscuridad, en el hecho mismo de la separación del ser separado, en el contacto con la tierra, en el continuo ir y venir entre interior y exterior, en la exploración del límite, o tal vez, en la razón poética, en la intimidad de la relación con el otro, en la circunstancialidad de los acontecimientos, en el instante imprevisible, en el lugar simbólico, en la exterioridad del pensamiento, es decir, en los actos más irracionales generalmente tan denostados.
«La filosofía trazará de lo humano un esquema, promesa de seguridad, como si dijera: «si te atienes a esto, si reduces tu vida a este ser, claro, seguro, idéntico a sí mismo, estarás a salvo; ninguna fuerza, ni siquiera la de los dioses, te podrá arrebatar tu condición». Pero el hombre prosigue su vida, su historia. Porque, además de la llamada «naturaleza racional», conserva siempre algo de la primitiva mezcla sagrada, de la participación misteriosa y primaria con la realidad toda; algo del mundo del mito y de la fábula; tiene un sueño. Quiere ser y, excepto los llamados filósofos, confía su ser, no a la realización del claro esquema racional, sino a un oscuro e
indefinible anhelo; anhelo oscuro más fuerte que nada, que le hace lanzarse sin ver porque teme no tener tiempo, o porque teme despertar si mira.
María Zambrano» (MÚJICA 2002: 107)
Lascaux representa la necesidad del hombre de protegerse tanto del exterior como de su propia especie; la angustia contenida en el descubrimiento de sentirse individuo, es decir; uno más unido al destino de todos los demás. Muchos lugares se han construido persiguiendo este fin, desde los búnkers hasta la casa misma. La sociedad de riesgo anunciada por Beck deja cada vez menos lugares seguros; la seguridad no es ya una cuestión de espacio. El búnker se convierte en el antiespacio donde ni siquiera es posible la existencia. Mientras la cueva y la casa acogen la expresión más íntima del hombre, el búnker apenas permite salvaguardar la vida.
Por otra parte, la búsqueda del vacío constituye una nueva vía en este proceso de interiorización relativo a la subjetividad. Se trata de una constante presente en diferentes culturas que se halla en prácticas y experiencias de distinto tipo vinculadas, en su mayor parte, a lo religioso y a lo poético, pero también a la creación artística.
« ¿De qué fragmentos se compone lo que digo, lo que pienso, lo que escribo? ¿De qué fragmentos de la historia de todos, la historia que me hizo? Un resultado entre tantos con derecho a creerse especial entre todos, con derecho a creerse...Aquí es donde todo orgullo concluye. Sólo es digna de mención, tal vez, la conciencia que atiende a la manera en que el mí se diluye y, en el espacio ahora abierto, crece el universo de todo lo que fuimos.
Y, por un momento, como por una puerta entornada, lo contemplo, contemplo ese universo con una leve y amarga impresión de inmortalidad.» (MAILLARD 2006: 41)
De la experiencia del interior y de la relación íntima del hombre con el mundo, considerando la totalidad de su entorno, surge la forma más individual y subjetiva de apropiarse de dicho medio reafirmando la propia personalidad, a la vez que se producen los mecanismos para ausentar el yo hasta diluirlo en el medio provocando el vacío. El vacío no deja de ser habitación, habitación del medio en el ser, quien pasa de ser habitante a ser habitado. Este mecanismo de extrañamiento con respecto al yo heredado de la modernidad parte del sujeto para provocar la ruptura de aquello que lo sujeta. El vacío abre paso a la hospitalidad, a la apertura hacia lo desconocido en la plenitud de su desconocimiento, a la posibilidad de acoger formas diferentes a la propia. La, tan mal entendida en su práctica, hospitalidad viene a ser una vía cotidiana de relación con la otredad que no se llega a explorar en todas sus posibilidades; posibilidades que trasciendan el ámbito del otro como prójimo, de las cosas y las personas, y se remonte hasta el mundo en una forma de ser hospitalaria con él. Entre estos dos términos; vacío y hospitalidad, se abre un amplio abanico de posibilidades de relación del yo con el otro. Esto no implica una renuncia a uno mismo sino una exploración de otros límites del yo, junto con una reafirmación en lo múltiple.