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Quadratic optimization with Stokes equations constraints

1.2 Saddle-point formulation

1.2.4 Quadratic optimization with Stokes equations constraints

« ¿Hace falta mostrar que <habitar entre las cosas> y <vivir con los demás> son uno sólo y el mismo problema? Habitar entre las cosas no es una misión fácil: lo sepamos o no, lo queramos o no, nos guste o no, nuestro cuerpo com-porta las cosas, y nuestro comportamiento las comprende; ellas son nuestras cómplices, están complicadas en nosotros, que somos sus pintores inconscientes, moran en nuestras costumbres –los espacios nos habitan mucho antes de que lleguemos nosotros a habitarlos. ¿Es acaso imposible habitar lo que nos habita? ¿O es más bien la tarea del hombre sobre la tierra, el sentido de la Ética y de los Espacios? Las cosas viven agazapadas en nosotros, y caminamos entre ellas, las arrastramos con nosotros como en un sueño, como entre sueños: el sueño que los Espacios duermen en nosotros. La dificultad de llegar a habitar entre las cosas radica en que, cada vez que abandonamos ese estado de semi-inconsciencia y, como Descartes, salimos de dudas, cada vez que nos desembarazamos de las imágenes que no podemos ver y nos obsesionan, cada vez que pretendemos erguirnos ante el mundo para mirarlo de frente y con toda atención, cada vez que enunciamos «Pienso», nos quedamos deshabitados y el mundo se desvanece. Toda la gloria del Ich Denke reside en esto: es una subjetividad sin hábitos, sin hábitat, un Yo sin Mundo, una conciencia sin cosas, sin cuerpo, sin Espacio.» (PARDO 1991: 140-141)

Las cosas conforman el territorio que nos envuelve, del que formamos parte y donde se materializa la subjetividad proyectada. Si el hombre habita entre las cosas como afirma Pardo, esto quiere decir que no puede habitar sin ellas, que no basta ser (o pensar) para habitar, que no hay habitación sin objetos capaces de subjetivación. Un habitar sin hábitos es la continua invención de una existencia sin historia; la negación de la memoria. Para conocer y reconocerse en lo otro, incluso para ser capaces de llevar a cabo el extrañamiento respecto a uno mismo, es necesario saberse parte de las

cosas, conocer lo que ellas contienen del hombre y lo que en el hombre hay de ellas. Así, el hábito escapa a las estructuras racionales y funcionales refugiándose en la manera de comportar los objetos que configuran el espacio, donde además el paso del tiempo no solo adopta un carácter cíclico ya productivo, ya funcional, sino que discurre de acuerdo con la singularidad propia de sus habitantes.

Sin embargo, lo cotidiano ha sido asociado generalmente con lo conocido y previsible en el ámbito del fluxus continuum de las comunidades; se ha identificado con la falta de incidencias y la pobreza de estímulos; configurando un espacio que ante todo dispensa seguridad minimizando lo incontrolable. En muchos aspectos, esta escasez de excitaciones o situaciones estimulantes se ha visto combatida por un consumo que se ofrece como productor de sensaciones contenidas en una amplia variedad de productos que, cada vez más intencionadamente, se diseñan y elaboran como paliativos de una vida aséptica.

De esta forma, la sociedad de consumo se ha visto en la necesidad de crear una escuela del deseo como indica Sloterdijk: «en ninguna formación social previa ha sido incluida todavía tan explícitamente en la motivación del comportamiento la provocación sistemática del deseo de todo lo que poseen los demás» (SLOTERDIJK 2006: 315). Las sensaciones que se ofrecen desde el consumo se hallan sometidas a un cuidadoso control y se encuentran alejadas de la conflictividad que circunda a la realidad compleja, que se ve acotada para este fin. Demasiados riesgos ofrecen las estadísticas, demasiados riesgos globales pesan ya sobre sus cabezas, deberán pensar los mercaderes de sensaciones que delimitan y representan territorialidades conflictivas abstrayéndolas de sus condiciones de peligro “real”.

En este sentido, se reconoce una dimensión económica que se encarga de producir necesidades a la medida de sus productos; productos que no siempre se convierten en cosas, que no llegan a ser habitados sino consumidos y reemplazados. Está en juego la aprehensión del mundo a través de las cosas, porque cada vez son menos las cosas y más los productos los que nos retienen. «Y es que el “objeto” no es la “cosa”. Un objeto es lo que una cosa significa para un sujeto y ninguna cosa significa nada si no es dependiendo de un contexto» (MAILLARD 2009: 58). Con esta distinción entre cosa y objeto, Maillard vuelve sobre la necesidad del

contexto para que las cosas tengan un significado, como vimos anteriormente en Sloterdijk. Para Pardo, además, este contexto se produce a través del hecho de habitar, del comportamiento del sujeto, donde este también se contextualiza.

La cosa fuera de su contexto, a través del arte por ejemplo, provoca por tanto una recontextualización no solo del objeto sino también del sujeto, como entidades complementarias. Las cosas-símbolos son, sin embargo, capaces de generar contexto por sí mismas, ya que son portadoras de los significados y voluntades que un conjunto de personas proyectan sobre ellas, contienen la inmanencia del paso del tiempo, retienen la memoria y son lugar de encuentro donde pueden reconocerse singularidades diferentes. Estos símbolos son contenedores de significados y podría decirse que ex- presan lo común de las comunidades posibles.

Por otra parte, Latour se pregunta « ¿No es una tragedia, si […] la tendencia presente nos lleva precisamente en la dirección opuesta y nuestra tarea más urgente consiste en descubrir cómo reunir a humanos y no-humanos en los mismos foros híbridos y en inaugurar, cuanto antes, este Parlamento de las Cosas?» (LATOUR 2005: 98). Para Latour, las cosas son asuntos sobre los que decidir, de forma que las cosas naturales y los miembros de la sociedad están involucrados en los mismos foros y en los mismos sistemas de representación. De las cosas como receptores de voluntades proyectadas a las cosas como entidades parlantes sólo hay un paso. La importancia del híbrido radica en la democratización de los asuntos que nos afectan a todos y que pueden ser manifestados desde diferentes voces.

En resumen, el arraigo aún puede ser hallado en las cosas conformadas como símbolos, pero también entendidas como asuntos sobre los que

discutir. En este sentido, las alfombras son representativas de las unas y las otras, ya que abren espacios para la discusión sobre la identidad y el futuro; sobre los significados y los modos de hacer; y sobre una posibilidad de arraigo que tenga en cuenta las nuevas condiciones de globalidad.