La descripción fenomenológica de la sección anterior es, en efecto, insuficiente para resolver el problema de la evidencia o validez de la empatía. Este tema es central para el análisis genético de la constitución del otro, pues sin él no queda claro cómo, desde la esfera primordial solipsista misma, la empatía la trasciende, es decir, es efectivamente vivencia de un sujeto, otro, que no soy yo. Ahora, en la descripción husserliana de la experiencia plenificante de la empatía, podemos distinguir dos estratos de génesis, el segundo más profundo que el primero.
Para abordar el primer estrato, retomemos la comparación entre la apercepción de una cosa y la del otro. En el primer caso, las síntesis concordantes que le dan validez se dan en presentaciones; en el segundo, en cambio, las síntesis concordantes que la validan no pueden ser presentaciones, sino otras apercepciones. Pero hemos dicho que la apercepción del otro se motiva por la presentación de su cuerpo físico en mi primordialidad, el que, por ello, es una trascendencia en la inmanencia. Precisamente, en esas presentaciones el cuerpo orgánico ajeno se “anuncia”, y lo hace a través su comportamiento. Si éste es, pese al cambio constante, concordante, entonces el sentido “otro yo” se valida. De no producirse síntesis concordantes, de no plenificarse mi expectativa –apropiándonos de un ejemplo de Descartes, si esos hombres que veo se revelan como sombreros y capas que cubren hombres artificiales–, el otro se experimentará como pseudocuerpo orgánico o autómata. En todo caso, lo que hay que subrayar aquí es que lo propio del otro se plenifica sólo por la mediación de su comportamiento.
Ahora bien, ello es posible porque este comportamiento es expresión de lo propio del otro. Para explicar esto, consideremos la distinción que plantea Husserl en Husserliana XIV entre Aussenleiblichkeit y Innenleiblichkeit325. Los sonidos que emitimos al hablar e, incluso, la escritura, de los cuales tenemos una experiencia somática desprovista de todo sentido intersubjetivo, pertenecen a la Aussenleiblichkeit, dice Husserl, como “el sonido pertenece a las cosas sonoras”326. Sin embargo, también pertenecen a la Innenleiblichkeit. Y pertenecen a ella en tanto producto de un yo encarnado. Son exteriorizaciones del imperar en mi soma, que expresan o indican un “yo puedo”, “yo hago”, “yo empujo”, etc. A esto se refiere Husserl cuando en las Meditaciones señala que el “comportamiento posee su lado físico que indica lo psíquico”327. Las expresiones “exterior”, “exteriorización”, “lado físico”, etc. no deben entenderse en términos espaciales y mundanos, pues en tanto expresiones de una vida subjetiva trascendental remiten a ella y son portadoras de sentido. Así, cuando percibimos el cuerpo físico ajeno, su comportamiento expresa una vida intencional.
Ahora bien, la condición de posibilidad de la posición como existente de una segunda vida intencional es el entrelazamiento entre la presentación del cuerpo físico ajeno y la apercepción o apresentación del gobierno de su cuerpo orgánico o, de modo general, la apercepción de su carácter trascendental. No son, pues, dos experiencias independientes, sino “una experiencia unitaria y trascendente”328 que se plenifica en la experiencia continua y concordante del comportamiento del otro.
325 Hua XIV, p. 327. Cf. la versión francesa en: Études phénoménologiques, nº 17 (1992), pp. 4-20. 326 Hua XIV, p. 327; cf. p. 9 de la versión francesa.
327 MC, § 52, p. 151.
El análisis del segundo estrato o grado de verificación genética es una profundización del anterior, y hace evidente algo que en la primera descripción de la Paarung pasó desapercibido. Y es que, en el fondo, la empatía está constituida no por una, sino por dos apercepciones simultáneas y, en esa medida, por dos tipos de similitudes. Recordemos que por el cuarto a priori del soma éste se constituye en la primordialidad como aquí absoluto. Desde este “aquí” o “punto cero” de mi orientación en el mundo primordial, todo cuerpo físico, incluido el del otro, es percibido en el modo del “allí”. En tanto órgano de la voluntad, el cuerpo propio puede, en el transcurrir de sus cinestecias, modificar los aspectos de un objeto dado en el modo del allí convirtiendo todo allí en un aquí.
Por un lado, esta potencialidad y las consecuentes cinestecias, sobre todo las del andar, permiten la constitución de la naturaleza espacial329; por otro, posibilitan la aprehensión de mi cuerpo propio como cuerpo físico entre otros. Esto último es lo que ahora nos interesa –la apercepción de mi Leib como Körper–, pues la Paarung no es una asociación inmediata:
El cuerpo físico (del que luego será otro) perteneciente a mi primordial mundo circundante es para mí un cuerpo físico en el modo del ahí. Su modo de aparición no se aparea por asociación directa con el modo de aparición que en todo momento tiene efectivamente mi cuerpo orgánico (en el modo del aquí), sino que evoca reproductivamente una aparición similar, perteneciente al sistema constitutivo de mi cuerpo orgánico como cuerpo físico en el espacio330.
Del mismo modo, se señala en Husserliana XV: “...la constitución de mi cuerpo viviente en tanto que cosa corporal como cualquier otra está presupuesta en vista de
329 Al respecto cf. Rabanaque, Luis, “El papel de la cinestesia en la constitución de la Tierra como
suelo de experiencia”, en: Escritos de Filosofía, 39-40 (2001), pp. 151-164.
la constitución de otros existentes”331. La apercepción del otro, señalada en Husserliana XV como primer punto decisivo de la experiencia empática332, presupone simultáneamente la apercepción de mi cuerpo orgánico como cuerpo físico que puede ubicarse en cualquier “allí”.
Visto con atención, la presentación del cuerpo físico allí motiva la apercepción de mi soma mismo aquí como Körper. El comportamiento del cuerpo físico del otro en el modo del allí no evoca a mi cuerpo orgánico, sino el “aspecto corporal [körperliches Aussehen] que yo tendría si yo estuviera allí”333. Tenemos, entonces, una semejanza externa entre los cuerpos físicos. Luego, la familiaridad del comportamiento de ese cuerpo físico allí con los sistemas constitutivos de mi experiencia somática motiva la transferencia de sentido de mi cuerpo propio aquí al cuerpo físico allí como segundo cuerpo orgánico. Se establece, de este modo, una semejanza interna entre dos cuerpos físico-orgánicos. Como señala Depraz, con el paso de una apercepción a otra, el concepto de semejanza o similitud se modifica de tal modo que, sobre la base de la semejanza externa, se establece una semejanza interna334.
Dadas estas dos apercepciones y semejanzas, no podemos entender la transferencia aperceptiva del otro como cuerpo viviente y vida intencional diferente de la mía como si yo simplemente completase a partir de mi experiencia somática el sentido del otro.
331 “... vorausgesetzt für die Konstitution für mich seiender Anderer ist die Konstitution meines
Leibes als körperlichen Dings wie ein anderes” (Hua XV, p. 260). Cf. también Autour des Méditations cartésiennes (1929-1932). Sur l’intersubjectivité, o.c., p. 207.
332 Hua XV, p. 253. Cf. también Autour des Méditations cartésiennes (1929-1932). Sur
l’intersubjectivité, o.c., p. 199.
333 MC, § 54, p. 155.
Toda transferencia a distancia (Fernüberschiebung), proveniente de un apareamiento asociativo, es al mismo tiempo una fusión y, en la medida en que no haya incompatibilidad entre los datos, una asimilación, una acomodación del sentido de un miembro con el del otro335.
Esta asimilación es posible por la familiaridad entre los cuerpos físicos: experimento al otro con los mismos sistemas constitutivos y las mismas apariciones que yo tendría si estuviera allí. Si se tratase de un mero “completar el sentido del otro”, la empatía no sería un acto posicional. Ahora, la clave de la posición de la existencia del otro es la imposibilidad de que yo ocupe dos “aquís” o, si se quiere, la imposibilidad de que yo esté simultáneamente aquí y allí. Ese otro cuerpo físico-orgánico no puede, entonces, ser un segundo cuerpo mío. La imposibilidad de hablar de dos “aquís” en la primordialidad, evidenciada por la unicidad del soma en el marco de la reducción solipsista, desaparece por la posición apresentativa del otro como coexistente. El otro es, entonces, percibido como centro de una segunda esfera primordial solipsista, como un yo coexistente que impera en su cuerpo físico-orgánico moviendo sus manos, sus pies, etc.; es experimentado como otro yo para quien mi aquí es percibido como allí. Vemos, pues, que si bien las dos apercepciones constitutivas de la empatía explicitan el carácter asimétrico que ha tenido el análisis de la constitución del otro hasta el momento, de ellas nace la simetría y reciprocidad generada en toda experiencia empática: así como yo pongo al otro como coexistente y como centro de actividad y afección, el otro me experimenta a mí de la misma manera, primero como Körper de su esfera primordial solipsista y, luego, como otro soma, cada uno desde su aquí que es el allí del otro.
Finalmente, la constitución de la empatía como presentificación –constituida tanto por la apercepción de mi soma en tanto cuerpo físico como por la del cuerpo físico allí en tanto soma– y su modo de validación indirecta constituyen al otro como mi análogo. Lo propio es susceptible de plenificación mediante presentaciones, mientras que lo extraño es aquello de lo cual no puedo tener una experiencia primordial plenificable, aquello cuya plenificación es siempre una apresentación. En la medida en que lo propio es referencia para la constitución de lo extraño, éste es siempre una modificación de mí mismo. Husserl compara, tal como lo hace en el análisis estático de la constitución del otro, dos tipos de presentificaciones: el recuerdo y la empatía. En ambas, la idea de modificación es propia del sentido que constituye: el pasado es modificación intencional del presente y el alter ego, modificación intencional del ego. Y, así como el pasado desborda y trasciende mi presente viviente, el otro trasciende mi esfera primordial. La apresentación del otro desde mi experiencia somática excede, pues, mi esfera primordial. La diferencia fundamental consiste en que, mientras en el recuerdo tenemos dos egos que son el mismo (el presente y pasado), en la empatía tenemos dos centros yoicos, dos “aquís”, simultáneos y semejantes, pero diferentes. Y, en tanto que lo apresentado no es el otro como yo puro, sino como imperando en su concreto mundo circundante primordial, lo correcto sería decir que “en mi mónada se constituye apresentativamente otra mónada”336, con el sentido y validez específica de otra subjetividad trascendental encarnada.