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7. Methodology for Knowledge Life Cycle Process

7.4 KLCP Workflow

E

sa mañana se despertó tarde y enfermo.

La fiebre había vuelto. La enfermedad que parecía haberle dado unos días de descanso, regresó con más virulencia que nunca. Philippe tenía agujas clavadas en las articulaciones, en la cabeza, en la espalda, pero sobre todo, tenía cientos de agujas incandescentes clavadas en el pecho y se clavaban más hondo con solo tomar aire. Suavizó las respiraciones, las convirtió en pequeños suspiros superficiales.

«Ahora no», se maldijo. Lágrimas ardientes se agolpaban en sus ojos y luchaban por salir. Tras sus párpados, había un mar que hervía. «Ahora no», se repitió. «No es justo».

A duras penas, consiguió incorporarse. Se sentía débil, le temblaban las piernas y dar un paso se convertía en una hazaña digna de elogio. Arrastró los pies hasta el armario y cogió la ropa. No se dejaría vencer. No podía dejarse vencer por algo así. No era un niño para quedarse en la cama esperando que alguien viniera a cuidarle. Ya no. Había conseguido sobreponerse a todas sus carencias, a todas, menos a su debilidad.

«¡No! A esta también la venceré», se dijo. Y esa noche la pasaría en los brazos de Didier, rumbo a Amberes y de allí a América. Un nuevo mundo; una nueva vida.

Pero todavía quedaba otra prueba a superar: hablar con su padre.

De nuevo le temblaron las piernas y se sintió desvanecer y esta vez no era por culpa de la enfermedad. Las ardillas de su estómago se habían despertado e iniciaban un baile frenético desgarrando sus intestinos. Se sujetó el vientre con ambas manos y se apoyó en la pared. Encontrar aire era difícil, relajarse era difícil, encontrar valor para hacer lo que debía era muy difícil. Pero la alternativa era peor. La alternativa era su ausencia, el vacío y eso sí le daba miedo, eso sí que era difícil

Se llevó el pañuelo a la boca anticipándose a otro ataque de tos. Este llegó, duró y le dejó destrozado y dolorido como si hubiera corrido la maratón. Cuando por fin consiguió recuperar la respiración, frunció el ceño y se guardó el pañuelo.

«Ahora no», se dijo. La desesperación se convirtió en una bestia enorme que amenazaba con destrozarle por dentro y sumirle en un pozo de negrura de donde no podría salir. «Ahora no», se repitió y apartó a la bestia.

Había cosas que no podía enfrentar y la muerte era una de ellas.

No era una gran maleta pero era una maleta pesada. Confiaba en que Louis le mandara el resto de sus cosas cuando hubiera llegado. Quizá era demasiado escasa para el

largo viaje pero a duras penas podía levantarla, tenía que conformarse con arrastrarla con una mano mientras con la otra perseguía las paredes para guiarse en su camino. Didier le prestaría cosas, estaba seguro. Puede que incluso tuvieran tiempo de ir de compras por Amberes antes de que saliera el barco.

Louis le interceptó cuando intentaba bajar las escaleras. Le cogió la maleta con una facilidad pasmosa que no hizo más que confirmar su propia debilidad, le dedicó una mirada de soslayo y le ofreció un brazo para ayudarle a bajar.

—Sé que no es de mi incumbencia, Señor, pero creo que no deberíais haberos levantado en ese estado —dijo, con su habitual tono cortés y distante—. Si hubierais utilizado la campana yo mismo o una de las muchachas habríamos ido a ayudarle.

—Estoy bien —dijo, pero ni siquiera él se lo creía—. Solo estoy cansado. Tengo que hablar con mi padre, ¿dónde está?

—En el salón —respondió el mayordomo mientras vigilaba cada uno de sus pasos, quizá temeroso de que se cayera por las escaleras—. Está hablando con el joven Hérault.

—¿Con Didier? —se extrañó, y parpadeó confundido. —No, con René.

Al escuchar ese nombre y saber que estaba con su padre todo su malestar se multiplicó por mil. Las piernas le fallaron y Louis tuvo que soltar su maleta para sujetarle. Su equipaje bajó revotando en cada escalón, se estrelló contra el suelo y esparció todo su contenido por el vestíbulo.

No podía continuar. Las fuerzas le abandonaban. El aire soltaba silbidos agónicos cuando se escapa entre la comisura de los labios.

—¡Philippe! —gritó su padre, atraído por el estruendo. René iba con él.

Se fijó en el rostro de su padre y no le reconoció, la forma en que le miraba como si estuviera viendo un monstruo. Sorprendido, furioso, triste y decepcionado. Todo eso veía Philippe en su mirada y cada uno de esos sentimientos le acuchilló sin piedad. Lo sabía, claro que sí. René se lo había dicho. Clavó sus ojos en el que había sido su amigo intentando encontrar algo que justificara tanto odio, pero este apartó la vista.

Él estaba allí, sentado en la escalera, sujetado por Louis. La cabeza le daba vueltas y lloraba aunque no quisiera. En algún momento de la noche, se había permitido soñar con que todo podría ir bien. Su padre le daría la bendición y él llevaría sus negocios al otro lado del mar. René entraría razón, vería que siempre había sido el mismo y que siempre sería su amigo y harían las paces. Ahora, contemplándoles a ambos a través de una bruma febril, se dio cuenta de lo ingenuas que habían sido sus esperanzas.

—¿Por qué? —le interrumpió sin mirarle, miraba a René que rehuía su mirada como un niño avergonzado—. ¿Cuándo te he hecho daño? ¿Cuándo te he fallado? Siempre he sido tu amigo.

—Y yo lo soy también —respondió René—. He tardado en darme cuenta pero estoy aquí porque soy tu amigo y tienes un problema. Pero seguro que se puede arreglar. Por eso he venido a hablar con tu padre —explicó. Philippe descubrió horrorizado que el joven hablaba en serio. René creía en lo que hacía y en que estaba siendo un buen amigo—. He oído hablar de un sitio en el que se ocupan de curar todo este comportamiento inmoral. Es una academia. Mi padre pensó en mandar a Didier pero...

«Miénteles a todos», le recordó la voz de Didier. «Miénteles, engáñales, no dejes que te descubran o te destruirán con palabras amables llenas de buenas intenciones».

—René me ha contado que ese... —Su padre tardó en encontrar la palabra adecuada— personaje indeseable se va a América. Nunca habría pasado esto si no fuera por él. Ahora que está lejos, podremos empezar a curarte a ti.

—No —negó con vehemencia—. No estoy enfermo, no necesito una cura. ¿Cómo os atrevéis a juzgarme? Y si estuviera enfermo... ¡no me importa! ¡Me gusta estar enfermo! ¡Quiero mi enfermedad porque ella me ha dado a Didier!

Su padre y René intercambiaron miradas de compasión, como si no estuviera delante. Nada de lo que dijera les haría cambiar de opinión porque estaba loco, loco y enfermo y ese tipo de personas solo se merecían conmiseración y lástima.

—No me importa lo que penséis —dijo, aunque la verdad era que sí lo hacía, le importaba y mucho y por ese motivo le dolía tanto—. Me voy —Philippe sonrió, se obligó a hacerlo. Recordó a Didier, sus besos, lo que sentía al estar en sus brazos, las charlas insustanciales después una noche de sexo. ¿Cómo podía estar mal? ¿Cómo podían decir que estaba enfermo? No dejaba de llorar, el dolor que sentía era demasiado grande pero aun así, se obligó a sonreír porque tenía a alguien que le esperaba y merecía la pena. Todo eso merecería la pena y no sería más que un mal recuerdo que Didier borraría con una palabra, con una caricia.

—¿Te vas? —se extrañó su padre. Entonces, deparó en la maleta y el contenido que desparramaba por el suelo. Abrió mucho los ojos al atar los cabos y balbuceó de forma incoherente—. No —pronuncio con voz ahogada—. Philippe, no puedes irte así. ¡Por Dios, Philippe! Eres mi hijo y te quiero. Podemos arreglarlo. ¡Todo puede arreglarse!

Philippe se levantó, la cabeza le daba vueltas y no tenía fuerzas pero aun así consiguió la voluntad para ponerse en pie y caminar. Se había puesto el abrigo antes de bajar las escaleras y llevaba el billete de tren en el bolsillo. Era todo lo que necesitaba.

—Yo te quiero, papá —dijo, mientras caminaba hacia la puerta—. Pero tú quieres a otro Philippe, y ese no soy yo.

Su padre gritó algo pero no pudo oírle. Empezó a toser. Se dobló por la mitad y cayó al suelo, mientras su cuerpo era preso de dolorosos espasmos. Cada tos era un

chasquido de dolor detrás de las sienes, un latigazo en su espalda, lava hirviendo en su garganta. Tosió y tosió mientras, a su alrededor, el mundo se convertía en un vórtice caótico donde se confundían rostros y voces.

«Ahora no. No es justo»

Las paredes se derretían y se convertían en un charco a sus pies, reemplazadas con negrura. Los cuerpos se fundían y desaparecían en un suelo inestable de arenas movedizas que le tragaba sin que él pudiera hacer nada. Y Philippe cayó y se hundió en el pozo de la inconsciencia.

Cuando abrió los ojos el reloj le contemplaba con una sonrisa torcida: las seis. «Las seis... el tren sale dentro de una hora». Philippe se levantó como un fantasma. No pensaba, solo se movía. Sabía que tenía que llegar a Gare du Nord en menos de una hora y era consciente de las limitaciones de su cuerpo.

Alguien le había puesto el pijama. Con lo que le había costado vestirse y alguien le había puesto el pijama otra vez. Gruñó alguna incoherencia y decidió que no importaba. Buscó los zapatos y se los puso, sin preocuparse por encontrar calcetines.

«El abrigo», recordó. «El billete está en el abrigo. Louis lo habrá llevado a la entrada».

Arrastrando los pies salió de la habitación. No quería más discusiones, ni escenitas de ningún tipo. Solo quería desaparecer y llegar al tren porque sabía que todos sus problemas desaparecerían cuando llegara allí. Todos. Y cuando el tren arrancara todo lo malo se quedaría en París.

Bajó las escaleras apoyándose en la pared. Pasó por delante del salón donde su padre hablaba con alguien. Le pareció reconocer al médico.

«¿Cómo se llamaba?», pensó. Le había visitado tantas veces que ya casi era parte de la familia. «Doctor algo», se dijo, y asintió satisfecho. El médico consolaba a su padre que lloraba afligido como si fuera un niño pequeño. «Ya eres mayor para esas cosas, ¿no crees?».

Localizó su abrigo entre las prendas de la entrada. Rebuscó en los bolsillos y suspiró aliviado cuando encontró el sobre que Didier le había regalado. También estaba su billetera y la documentación; todo lo que necesitaba para iniciar el viaje de su vida.

No dedicó ni un segundo en despedirse de su casa. Se sentía incompleto, anestesiado, como si no fuera él el que salía por esa puerta y no pensara regresar.

«Tengo que darme prisa, no hay tiempo. No me queda tiempo», se repetía una y otra vez como un monótono mantra. «Didier me espera y me iré con él. Cuando me vaya, todo irá bien. Todo se arreglará, seguro».

Sin embargo, ya subido en el coche que le llevaría a la estación, mientras contemplaba como las calles nevadas pasaban por su ventana, empezó a ser consciente de lo que estaba haciendo.

Recordó la sangre en el pañuelo, en el suelo al desmayarse, el llanto de su padre... No era tonto. Puede que no fuera el más brillante pero no era tonto. No lloraría. No. No lloraría porque todavía le quedaban cosas por hacer. No se daría por vencido. Pero debía de ser consciente de que había problemas que no se arreglarían con subir a ese tren.

Didier

26 de Diciembre de 1910

L

a locomotora hizo sonar el silbato que indicaba la primera llamada a los pasajeros. Didier esperaba a pie de vía. Al lado de la puerta, su equipaje ya estaba dentro y aunque era consciente de lo prematuro y precipitado de toda la situación, todavía conservaba las esperanzas de que Puck apareciera.

Ya no quedaba casi nadie por subir al vagón. En el andén, las familias se agolpaban para despedir a los seres queridos que sacaban el cuerpo por la ventanilla. Cientos de manos que se agitaban al aire, alguna lágrima... Didier estudió sus rostros con una mezcla de tristeza y decepción y envidia, muchísima envidia. Ni siquiera su madre se había acercado a decirle adiós. Total, solo se iba al otro extremo del mundo.

Pero entre las caras de los familiares reconoció uno que no se esperaba.

—¡Ha venido! —exclamó sintiendo que la emoción el embargaba. ¡Era Philippe! ¡Su Puck! Había venido. Pero... ¿por qué no se movía? ¿Por qué se quedaba detrás de la multitud, con esa sonrisa triste? Entonces lo supo.

No iba a ir con él.

Con pasos lentos se alejó del vagón y atravesó la barrera humana hasta llegar al joven ojeroso, que se abrazaba a sí mismo.

—Hola —le saludó con sencillez al verle.

—Hola —contestó Didier con un nudo en la garganta. Quiso tocar su mejilla pero Philippe se apartó. Vio el brillo de las lágrimas en su mirada y sintió que las correspondía, todas y cada una.

—Te quiero —murmuró Philippe—, pero no puedo acompañarte.

—Lo sé —asintió Didier—. He sido muy injusto al proponértelo. No tenía derecho a pedirte que lo dejaras todo por mí.

—No, no, no —negó Philippe—. Pensé en no venir pero... tenía que verte una última vez. No soportaba que te marcharas pensando que.... No sé. Eres lo más importante que me ha pasado en la vida —dijo—. Me has cambiado. Me has dado valor para enfrentarme a mí mismo y no importa lo que pase ahora, ahora sé quién soy y no me mentiré más. Nunca más.

El silbato de la segunda llamada hizo que ambos giraran sus cabezas hacia el tren. —Tienes que irte —le dijo empujándole con suavidad—. No pierdas el tren por mí; no merece la pena.

—Por ti merece la pena cualquier cosa, Philippe —dijo mientras le abrazaba con fuerza. Hizo ademán de besarle pero él le giró la cara.

—Hay demasiada gente —murmuró, desviando la mirada.

Didier asintió, un poco mortificado por esa reacción. Ni siquiera podía darle un beso de despedida pero también sería ser injusto con él. Después de todo, su tren estaba a punto de partir y sería Philippe quien se quedara en la estación y se enfrentara a las miradas acusadoras de los testigos.

—Siempre serás mi Puck —le dijo, y le besó en la frente. Que la gente pensara lo que quisiera de ese beso, lo mismo podían ser amigos que hermanos—. Volveré —le dijo y se dijo buscando un consuelo que ambos necesitaban—. Puede que tarde un año, quizá más, pero volveré.

—Te estaré esperando —dijo Philippe—. No me moveré de aquí. Intentaré arreglar las cosas con tu hermano, quizá todavía nos quede esperanza.

—Te escribiré en cuanto me haya instalado —le dijo mientras caminaba hacia el vagón sin dejar de mirarle

—Yo también te escribiré —respondió su duende travieso agitando la mano. —¡Te quiero! —gritó, aprovechando el momento en el que el tren daba su último aviso. La estridente sirena ahogó sus palabras para que nadie las oyera pero estaba seguro de que Philippe lo había hecho, porque una sonrisa iluminó su rostro.

Le vio allí, de pie en el andén, hasta que el tren empezó a moverse y su figura fue empequeñeciendo hasta ser consumida en la distancia. Entonces, Didier cerró la puerta de su compartimento privado y, solo entonces, lloró.