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3   MATERIAL AND METHODS 29

3.2   Methods 31

3.2.1   Laboratory methods 31

Podemos intentar sintetizar lo dicho hasta ahora en tres puntos: 1) La tesis fundamental de la versión modularista de la teoría de

la teoría es que al menos una parte central del sistema subya- cente a la capacidad de metarrepresentación es modular y emerge bastante precozmente en el curso del desarrollo. La teo- ría del mecanismo de la mente y el mecanismo de monitoriza- ción son modulares, pero esto no excluye que haya también otros mecanismos no modulares (véase por ejemplo la teoría del elaborador de selección en Leslie 2000). Los sistemas pro- pioceptivos y los sistemas espejo proporcionan inputs a los mecanismos de nivel superior para la identificación de algunos estados mentales propios y ajenos.

2) En una fase posterior del desarrollo, los procesos cognitivos superiores para tareas más complejas requieren las funciones de metarrepresentación de base, puestas a disposición por la teoría del mecanismo de la mente y el mecanismo de monitori- zación, y las actividades de metarrepresentación superiores que se obtienen (por ejemplo, la diferenciación y la capacidad narrativa) pueden sin duda interaccionar (de manera no modu- lar) con otros procesos cognitivos, siendo influidos y regulados por el contexto interpersonal, en particular por las relaciones de apego.

3) Nuestra hipótesis es que los déficits de metarrepresentación que observamos clínicamente en los pacientes con trastornos de la personalidad se encuadran dentro de esta arquitectura cognitiva compleja.

Nuestro modelo constituye un intento de integración de líneas de investigación en el ámbito de las diferentes áreas de las neurociencias y prevé un sistema con niveles múltiples de complejidad que concu- rren en la estructuración de aquellas funciones de metarrepresenta- ción que observamos fenomenológicamente. Las investigaciones neurofisiológicas, las ciencias cognitivas y la clínica nos indican algu- nos de estos niveles: el sistema espejo, los sistemas modulares y no modulares, los sistemas motivacionales interpersonales. En un siste- ma así concebido, un déficit en una función de metarrepresentación puede considerarse como la consecuencia de un daño a uno o más niveles (recuérdese la discusión sobre los problemas internos o exter- nos a un módulo).

Por ejemplo, para explicar la alexitímia podemos formular la hipó- tesis de que el mecanismo de monitorización (dedicado al reconoci- miento de los propios estados internos, emocionales en este caso) esté intrínsecamente dañado. Pero el módulo puede estar intacto y el suje- to acceder correctamente a los estados internos, aunque las figuras de referencia hayan fracasado en enseñar al niño la atribución de la eti- queta lingüística correcta al estado percibido por él. Por ejemplo, el niño está angustiado y le dice al padre “me noto extraño”, sin conse- guir definir un estado de arousal desagradable que ha reconocido bien; la respuesta puede ser algo como “eso no es nada” o “no me molestes”. Por lo tanto no se establece una correspondencia justa (matching) entre estado interno (reconocido por el mecanismo de monitorización) y etiqueta lingüística (prestada por el ambiente inter- personal) y el sujeto no aprende a categorizar la experiencia emocio- nal (Dimaggio, comunicación personal). Queda claro que en la segun- da hipótesis el déficit debería ser más sensible a la acción de la tera- pia, mientras que en el primer caso (el mecanismo de monitorización defectuoso) menos. Esto abre la vía para dos modalidades de gestión del déficit distintas: si están alterados los mecanismos cognitivos que rigen el déficit podrán resultar útiles técnicas de tipo psico-educativo; si en cambio el problema es de naturaleza interpersonal, la regulación de la relación terapéutica podrá tener un efecto potente en la supera- ción del propio déficit. En su sujeto con dificultades para represen-

tarse la mente ajena (déficit de comprensión de la mente ajena), pode- mos formular la hipótesis de la existencia de un déficit en el módulo ToMM que hace posible la identificación de los estados mentales aje- nos, o bien una disfunción a nivel de las aferencias mediadas por el sistema especular. O bien la teoría del mecanismo de la mente se halla intacta pero el sujeto ha recibido repetidas invalidaciones por parte de las figuras de referencia, cuando por ejemplo intentaba formular inferencias sobre el estado mental de uno de los padres, con pérdida de feedback de convalidación positiva respecto a la propia capacidad de leer correctamente los pensamientos de los demás.

Es posible formular hipótesis de este tipo para cada forma de défi- cit de metarrepresentación; un modelo así estructurado es falsable y puede ser objeto de investigaciones experimentales. Un ejemplo lo ofrece el paciente de Corea de Huntington, citado ya precedente- mente, que presenta una incapacidad para identificar una única emo- ción (el asco) expresada, verbal y no verbalmente, por otra persona; en este caso es empíricamente verificable que el déficit depende de un daño localizado en áreas subcorticales específicas, implica algu- nos circuitos del sistema espejo y comporta también una dificultad del sujeto en identificar la propia emoción de asco. En este ejemplo, la imposibilidad de reconocer y “nombrar” un emoción determinada (facultad preservada, en cambio, para las otras emociones) aparece secundaria a una lesión específica a nivel de las estructuras subcorti- cales y del sistema espejo. Nuestro modelo prevé también que, en pre- sencia de un déficit a un determinado nivel, otros niveles puedan desarrollar una función substitutoria. Un ejemplo lo proporciona la experiencia, explicada por Sacks (1995), de Temple Grandin, un paciente con el Síndrome Autista de Asperger, que tiene un déficit de comprensión de la mente ajena (hipótesis del módulo ToMM daña- do), y que consigue sustituir esta dificultad gracias a una buena adap- tación social y laboral y regulando las relaciones interpersonales mediante la referencia a un auténtico y particular decálogo de los comportamientos y de las emociones, en diferentes contextos y cir- cunstancias, de los otros “seres humanos” (esta función integradora compensa el déficit presente en otros niveles).

En síntesis, las diferentes líneas de investigación presentadas nos permiten formular la hipótesis, en la arquitectura que proponemos, de posibles correlaciones entre:

a) la capacidad de identificar los propios estados mentales y 1) el

sistema propioceptivo; 2) el mecanismo de monitorización des- crito por Nichols y Stich;

b) las funciones de comprensión de la mente ajena y del descentra- miento y 1) el sistema espejo; 2) los módulos ToMM-SP que

hacen posible la identificación de los estados mentales ajenos y el razonamiento sobre nuestros estados mentales y los ajenos;

c) la capacidad de regulación y los procesos metacognitivos de control (que –se recordará– influyen la elaboración cognitiva

regulando el flujo de las informaciones hacia el nivel objeto);

d) las funciones de diferenciación, descentramiento e integración y

los niveles más elevados de la conciencia de metarrepresenta- ción y narrativa.

Otra tesis que una arquitectura como la expuesta hasta aquí sugie- re es que las diferentes funciones de metarrepresentación pueden verse afectadas por separado. Desde esta perspectiva, es lícito soste- ner la hipótesis de que alteraciones de subfunciones específicas con- tribuyen en la generación de cuadros clínicos diferentes (Semerari, Carcione, Falcone, Nicolò, 2001; Semerari, Carcione, Nicolò, Fal- cone, 2002). No tiene sentido, sea por la experiencia clínica, sea por implícitos teóricos, sostener una correspondencia punto por punto entre el déficit de una subfunción y un cuadro nosográfico. Se puede sostener, no obstante, que una alteración localizada de las habilida- des psicológicas superiores impide ejecutar determinadas operacio- nes que guían la disfunción mental en ciertas direcciones. Una defi- ciencia en reconocer las propias emociones y su nexo con el curso de las relaciones conducirá, por ejemplo, hacia formas de autarquía mental, favoreciendo cuadros como la personalidad narcisista, evita- tiva y no otras como las personalidades paranoides, que están en cambio constantemente atentas a intuir el estado del mundo (fuente constante de amenaza) a partir de las propias señales emocionales. Sin embargo, no es suficiente conocer el perfil de disfunciones de

metarrepresentación para comprender un cuadro nosográfico, pero es necesario reconstruir otros elementos (sistemas de significados, ciclos interpersonales, estilo decisional) (Dimaggio, Semerari, Fal- cone, Nicolò, Carcione, Procacci, 2002; ver primer capítulo). A través de instrumentos adecuados, como la Escala de Evaluación de las Funciones Metacognitivas (SvaM), es posible someter este modelo a verificación empírica y comprobar la hipótesis de que nuestra capa- cidad de metarrepresentación se halla subdividida en subfunciones dotadas de relativa independencia (Carcione, Falcone, Magnolfi, Ma- naresi, 1997; Semerari, 1999b; Semerari, Carcione, Dimaggio, Fal- cone, Nicolò, Procacci, Alleva, 2003). Por otra parte, una vez que estén disponibles datos empíricos adecuados sobre qué tipo de perfil de disfunciones de metarrepresentación caracteriza cada uno de los trastornos de la personalidad, será posible formular hipótesis más completas sobre la arquitectura cognitiva de dichos trastornos, como las expuestas precedentemente a propósito del autismo y la esquizo- frenia.

2.6. Evaluación de las funciones de metarrepresentación e