Los acontecimientos que vienen ocurriendo en Perú y en América Latina apuntan a ese derrotero. Los resultados del reciente proceso electoral son, en ese sentido, profundamente aleccionadores para nosotros. Si sumamos la votación recibida en la elección de junio de 2006 por la alianza formada por el Partido Nacionalista Peruano y la Unión por el Perú (PNP-UPP) –que llevó como candidato presidencial a Ollanta Humala–, con la obtenida por el APRA –cuyo candidato fue el actual presidente, Alan García, en este caso a partir de sus ofrecimientos sociales–, junto con la de la izquierda y otras fuerzas progresistas, veremos que más del 60% del electorado expresó, de manera rotunda, su rechazo al neoliberalismo. Este hecho tiene un enorme significado político porque, después de 20 años de hegemonía neoliberal, vastos sectores sociales le infringen una contundente derrota.
Se constata entonces que la derecha política ya no está en capacidad de representar, ni aún en el discurso, los intereses generales de la sociedad. Incluso, la descarada parcialización de los medios de comunicación, con los
1 Cita tomada de las palabras de presentación al libro La utopía libertaria en el Perú: Manuel
y Delfín Lévano-Obra completa, César Lévano y Luis Tejada (comp.), Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima, 2006, en acto público en el Auditorio de la Federación de los Trabajadores de Construcción Civil, Lima.
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89 candidatos de la derecha, no logró torcer la voluntad popular. Significa, como decía el viejo Marx, «que las clases dominantes ya no pueden dominar como antes y los oprimidos y explotados ya no quieren vivir como antaño». Otro hecho de la misma importancia y significación política es que, después de largos años de reflujo, se haya producido un viraje en la correlación de fuerzas a favor del cambio, lo que nos ubica en la vigorosa corriente antimperialista que recorre América Latina, tal como se aprecia en los resultados electorales que se vienen produciendo en varios países del subcontinente.Lo ocurrido con Ollanta Humala no es un hecho casual, ni producto del mesianismo de un líder iluminado. Además de la agudización de los factores objetivos, es el resultado de un largo proceso de toma de conciencia y de acumulación de fuerzas en el campo popular. Es la síntesis de un período de lucha cuyos hitos más importantes están en el enfrentamiento y la derrota de la dictadura fujimorista, en las innumerables jornadas de lucha protagonizadas por el pueblo peruano en contra de la penetración imperialista y de los planes neocoloniales del imperio, como el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y los Tratados de Libre Comercio (TLC’s), entre otros. Resulta por ello innegable la contribución del movimiento obrero liderado por la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP), del sector campesino y comunero, de los pueblos del interior en lucha contra la postergación, en fin, del trabajo unitario de las centrales en el Comando Unitario de Lucha, en el que se conjugaron las fuerzas políticas y sociales de izquierda y progresistas, así como la contribución de los partidos y de los intelectuales de izquierda marxistas y no marxistas.
Algunos analistas de derecha tratan de restarle importancia a la alta votación obtenida por el comandante Humala, mediante la afirmación de que fue un «voto de protesta», espontáneo, que obedece a un «estado de ánimo». No compartimos esa opinión: en nuestro criterio, lo que ocurre es que la desigualdad creciente no solo está cambiando las condiciones materiales de existencia de las personas, sino también su forma de percibir el mundo, la sociedad y la política. Las versiones reaccionarias pontifican que se trata de un «voto irracional» de las grandes colectividades sociales ignorantes y ajenas a las ideologías, que son, supuestamente, patrimonio de los ilustrados. Nosotros estamos convencidos de que se están produciendo cambios en la representación social que se exteriorizan en disposiciones y comportamientos políticos distintos a los del pasado.
Tenemos que reconocer los aciertos del comandante Ollanta. Si bien es verdad que el camino de acumulación de masas descrito antes no fue obra de su partido, debe reconocerse que supo leer en forma adecuada las reivindicaciones de los indígenas secularmente excluidos, que interpretó el significado de los desbordes sociales –como el levantamiento de Ilave y de los agricultores cocaleros–, que creó en el imaginario popular una figura
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Contexto Latinoamericanoheroica –al surgir a la palestra política como el militar rebelde que se levantó en armas contra el fujimorismo–, que aprovechó su vinculación familiar con el alzamiento de Antauro Humala en Andahuaylas, y todo ello son cuestionamientos radicales al sistema social imperante, a la corrupción y al entreguismo de la derecha tradicional. A lo anterior se suman su origen –en una familia provinciana de formación marxista– y sus dotes personales. Estos factores le permitieron construir una organización y ubicarse en la escena política en corto tiempo. Asimismo, se posesionó como expresión de las corrientes antimperialistas de América Latina, al vincularse a la Revolución Bolivariana, a Cuba Socialista y al triunfo popular de Evo Morales en Bolivia. Por otro lado, reivindicó el legado antimperialista y nacionalista del general Juan Velasco Alvarado –que el Partido Comunista Peruano respaldó en su momento con firmeza–, levantó las banderas de la soberanía nacional frente al TLC y a la Convención del Mar; en fin, reivindicó las causas por las cuales ha venido luchando el movimiento social y la izquierda peruana. Pero no solo se trata de méritos personales, las condiciones materiales han sido, también, determinantes.
El Perú de hoy se precia de ser uno de los países que ha logrado el más alto crecimiento económico de América Latina. Sin embargo, esto no se traduce en bienestar de las mayorías; solo se ha beneficiado una minoría que concentra el poder y la riqueza. El prometido «chorreo» neoliberal, que es ofensivo a la dignidad humana porque se conceptúa como la distribución de las migajas que caen de la mesa opulenta de los ricos, nunca llega.
El crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) acumulado en los últimos cinco años alcanzó el 25%. Sin embargo, los índices de pobreza, de pobreza extrema, de desempleo y de desnutrición infantil afectan a más de la mitad de la población peruana, mientras que en las regiones alto-andinas como Huancavelica, Ayacucho, Apurímac, etcétera, en algunos casos, alcanzan hasta al 80% de la población. Eso es lo que explica los altos niveles de votación logrados por el candidato Ollanta Humala en la zona sur y centro del país, que supera con creces los antecedentes históricos, tal como se aprecia en las siguientes cifras: Ayacucho 84%, Huancavelica 77%, Apurímac 74%, Cuzco 73%, Puno 70%, Arequipa 65%, Junin 63%, Tacna 61%, Madre de Dios 59% y Moquegua 53%.
Los resultados electorales de junio de 2006 configuran un nuevo mapa político en el que apreciamos un país fracturado, dividido y enfrentado, desde el punto de vista económico, político, social, cultural, étnico y geográfico. En consecuencia, el gobierno aprista enfrenta enormes desafíos. Después de la calamitosa experiencia de gobierno que Alan García tuvo entre 1985 y 1990, está obligado, ahora, por una cuestión de supervivencia política, a no defraudar nuevamente al pueblo peruano, que se pronunció contundentemente por el cambio. Sin embargo, sus primeros anuncios indican que mantendrá
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91 invariable el programa económico y que en el terreno internacional seguirá la política de sumisión al imperio, con el fortalecimiento del eje pro estadounidense Santiago, Lima, Bogotá y con el enfrentamiento a la Revolución Bolivariana y al proceso boliviano. En lo interno, se perfilan algunos cambios que podríamos denominar de superestructura, que no tocan los ejes centrales del actual modelo económico y político, ni chocan con los privilegios que gozan las transnacionales. En ese sentido, la ratificación, sin debate y al carpetazo, del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos por parte del Congreso de la República, aprobada con el respaldo abierto de los congresistas apristas, después que García ofreció en la campaña que no firmaría el tratado mientras no se revisara línea por línea, refleja la doble moral del APRA y su desprecio al mandato popular.En vez de buscar un acercamiento con la oposición, sobre la base del reconocimiento al liderazgo incuestionable de Ollanta Humala, el APRA ha optado por aliarse con la derecha, la misma que trata de imponer el programa que fue derrotado en la primera vuelta. Ambos despliegan una sucia campaña dirigida a liquidar la oposición de Humala y de la izquierda, a desacreditar y minimizar las luchas sociales y a preparar un clima favorable a la represión en nombre de la defensa de la «sagrada democracia representativa». En ese contexto socialmente explosivo, se inicia un nuevo período político cuyo desenlace es imprevisible.
El APRA es parte de la socialdemocracia latinoamericana, aunque su inserción en la Internacional Socialista (IS) siempre ha sido heterodoxa,2 lo
que no significa que el gobierno aprista sea de izquierda. Ese partido tiene en su seno un importante sector socialdemócrata, pero la tendencia predominante en su dirección es neoliberal, liderada por Alan García y Jorge del Castillo.