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7.3. Language issues

ejemplo y su actitud, nos enseña una profunda lección y puede servirnos de guia.

La vocación a una renuncia total supone una también total transformación de la existencia. Es un adaptarse plenamente al plan de Dios dejando de lado aspiraciones limpias y buenas porque Dios tiene otros planes respecto a nosotros, unos pla­ nes que son más altos y mejores que todo eso que tiene que dejarse, pero que provocan una resis­ tencia natural porque nuestra naturaleza se adhlt> re a esas cosas que hay que dejar.

Antes se habló del temor que en ciertas edades provoca la posibilidad de ser llamado a servir a Dios mediante una entrega total, esto es, el temor a la vocación tal como habitualmente se entiende. Esto es lógico.· No lo es tanto que no se venza ese temor y, en lugar de hacerle frente y resolverlo en abandono, confianza y sumisión a lo que Dios quit> ra, se intente taparlo a fuerza de aturdimiento, superficialidad o cálculo en nuestras relaciones con Dios.

Porque, en efecto, sucede muchas veces que Dios va preparando a los que elige para su exclu­ sivo servicio de una manera lenta y gradual. El saludo del ángel a María fue la preparación para la revelación de la voluntad de Dios sobre Ella, y la Virgen experimentó turbación. Lo que esta tur­ bación tenia de expectación, de presentimiento de algo que se avecinaba, lo experimentan también muchas almas para quienes Dios ha trazado desig­ nios de exigencias, de grandes exigencias a veces. Se siente, de vez en cuando, como un oscuro y vago desasosiego sin saber por qué, ya que no hay

55 causa concreta aparente que lo origine; una cierta intranquilidad que no es consecuencia de una con­ ciencia poco clara, pues el alma se examina y no hay pecado alguno presente ni pasado que no esté lavado en la confesión, y el alma está en gracia, en amistad con Dios. Es como si el corazón estu­ viese atado con un hilo invisible y, en los momen­ tos más imprevistos, en cualquier sitio o a cual­ quier hora, alguien tirara de él. Es también una especie de sensación de vacío, de insatisfacción, que a veces se experimenta cuando precisamente se tiene todo lo humanamente deseable.

Estos sentimientos, de por sí, no son absoluta­ mente un síntoma de que Dios vaya a pedirlo todo; a veces, el desasosiego interior en personas que viven habitualmente en gracia es simplemente indicio de secreta soberbia que impide la paz; otras pueden ser algo presente o pasado que no es recto a los ojos de Dios. En todo caso -si no hay causas naturales de enfermedad, fatiga o es­ tados nerviosos- es frecuentemente un hecho que debe ser analizado por la conciencia y sometido a consejo de la dirección espiritual, pues puede ser, efectivamente, esa preparación para el llama­ miento el modo con que el Señor nos va dispo­ niendo para el mensaje definitivo.

Porque un mensaje, una voluntad de Dios res­ pecto a nosotros, hay siempre detrás de todo eso. Unas veces será que arrojemos algo que nos estorba por dentro y que produce una sensa­ ción de molestia; otras, que rectifiquemos lo que está torcido y nos impide andar derechos ha­ cia adelante; muchas, que preparemos el ánimo

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para ponernos a disposición de Dios. Y otras mu­ chas aún serán como barruntos, como presentí· mientas de que Dios va a hablarnos, como prepa· ración para que no nos sorprenda demasiado el que tenga sobre nosotros designios que comuni· carnes. Ese oscuro temor y turbación, esas inex­ plicables intranquilidades, esos pequeños y al pa­ recer extraños desasosiegos, esa sensación de vado, de insatisfacción, una especie de secreto anhelo bacía algo que no se sabe lo que es, a ve­ ces un a modo de hastío de las cosas, que no aca­ ban de llenar por muy deseadas que antes fueran, de desencanto íntimo ante todas ellas, de leves y al parecer absurdas inquietudes, son a menudo el modo que Dios tiene de ir despertando nuestra atención hacia su voz al paso que nos despega de las criaturas.

En casos excepcionales ese choque es de mayor intensidad. «El llamamiento a una gran obra por parte de la Divina Providencia significa, a la ver­ dad, una altísima dicha y un altísimo beneficio, porque es una altísima prueba de confianza de parte de Dios; pero para el hombre que la ha de realizar significa también una grave carga y una enorme suma de penas. Esta es la suerte de los santos y elegidos de Dios. La amistad de Dios es, al mismo tiempo, una carga de Dios» (Holzner). El pánico de Jonás, su alocada¡huldalante la pers· pectiva de ir a Nínive y de acometer el encargo de Dios, es explicable.

Pero no hay razón para temer. El ángel tranqui· liza a María: Ne timeas, no temas. No hay que te­ ner miedo a Dios, ni al destino que 1?.1 mismo ha

LA ANUNCIACIÓN

preparado a cada uno. Lo peor es el egoísmo o la inconsciencia de los que no ven -porque no quie· reo o porque no pueden-, el aislamiento de quie­ nes, por cortar el contacto con la voz de Dios, son incapaces de encontrar el sentido de su vida y la organizan a su manera; es entonces cuando no hay ninguna garantfa de éxito, cuando falta todo pun. to de apoyo y el hombre se ve abandonado a sus propias fuerzas en el torbellino de circunstancias ajenas a él que le atacan por todos los frentes. Ahora bien, es necesario

ver.

Aquel para quien las criaturas -sean personas, cosas, acontecimien· tos, o instintos, impulsos o deseos- sean opacas, algo que comienza y termina en sí, se condena a sí mismo a ser juguete en mil manos. Todo eso tiene que ser de tal transparencia que permita ver detrás a Dios, que espera en cada momento algo de nosotros. Y para ver son necesarias visión y luz. Hace falta tener una cierta sensibilidad inte­ rior para percibir el mensaje de Dios en sus cria­ turas: un ciego no puede ver. Pero tampoco pue­ de ver quien esté dotado de excelente visión si las tinieblas le circundan. La luz es necesaria, y una luz sobrenatural que -es el caso de San Pablo­ muchas veces ciega para las cosas de afuera a fuer· za de intensidad interior, una tal intensidad que permite ver esas realidades escondidas. Para los que carecen de visión sobrenatural, el lenguaje de las criaturas es ininteligible; apenas tiene otro sen. tido que el aparente sonido de las palabras, a las que no encuentran significado: como los discfpu· los del Seiíor, que no entendían nada cuando les prenunciaba su Pasión. Esta falta de sensibilidad,

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este modo de ser interior grosero, es el mayor in­ conveniente con que habitualmente se tropieza; y su enmienda, una de las más urgentes tareas de confesores, educadores y directores espirituales. La falta de visión sobrenatural, vivir al margen de Dios en una medida más o menos intensa, con atención viva por las cosas que pasan y se desva­ necen y sin apenas percepción para las realidades sobrenaturales que tras ellas hay que descubrir, es causa de que muchos cristianos destrocen sus vidas aquí y pongan en peligro la de allá. Luz hay:

E.l es la luz, y es siempre. Y facultad para ver, también. En último extremo, quien no ve es por­ que no quiere, pues si en muchos casos no hay malicia, difícilmente deja de haber superficiali­ dad o despreocupación. Es muy posible que si los cristianos conociéramos el Evangelio -lo cual, desgraciadamente, es muy poco frecuente- nos diéramos cuenta de que, como al ciego de Jericó, nos va la vida en aquella angustiosa y emocionada petición: ¡Domine,

ut

videam! ¡Señor, que vea! (Me 10, 5 1 ). ¡Es tan triste no ver! ¡Se es tan inútil y tan gravoso cuando no se vel

Lo objetivo y lo subjetivo se hacen todavía más difíciles de separar cuando se trata de la capta­ ción íntima del mensaje. Lo primero y más nece.. sario es, indudablemente, penetrar el sentido de la comunicación hasta su más profunda raíz. Pero la aplicación personal de su contenido, el percibir que aquello que se ve con claridad lleva consigo una delicada invitación a que, realizándolo, ocu­ pemos nuestro lugar y sigamos la trayectoria pre.. viamente deseada por Dios, requiere otra condi-

ción, como se apuntó antes : el desasimiento. La aplicación personal, en el caso de la Bienaventura­ da Virgen María, no se convirtió en problema por­ que, al estar llena de gracia, se movía siempre con toda espontaneidad hacia aquello que su fina de­ licadeza interior le hacía percibir como voluntad de Dios. Pero nosotros hemos nacido en pecado, y la triple concupiscencia nos atenaza -a veces con gran dureza- y se resuelve en un pesado lastre que nos quita agilidad para movernos hacia Dios. De aquí que aquellos que interiormente están más cerca de Dios son los que con menor esfuerzo y más consecuencia se plantean el problema de la vocación y lo aceptan en cuanto lo perciben. Aquí es también donde más sutilmente la prudencia hu­ mana se infiltra. La natural resistencia a todo lo que es total y definitivo recurre a un sin fin de razonamientos y previsiones, a argumentos aparen­ temente lógicos y de peso. La sinceridad consigo mismo es aquí fundamental, tanto que sin ella difícilmente se puede llegar a la paz interior, por­ que entonces es cuando más próximo y amenaza­ dor se hace el peligro de falsear la propia concien­ cia. Hay tenues ataduras, pequeños intereses, suti­ les razonamientos que impiden ser verdaderos al plantear exactamente y con toda precisión el problema. « ¡ Cuán difícil es al hombre sacar la con­ secuencia práctica de su convicción intelectual, cuando ésta le exige un sacrificio! ¡Cuán largo es el camino de la cabeza al corazón! » (Holzner).

Pues es éste, ahora, el que interviene, y el cora­ zón no piensa, el corazón quiere. Es quizá el mo­ mento más difícil y doloroso, cuando sobreviene

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el desgarramiento interior provocado por la ten­ sión de dos fuertes y contrapuestas tendencias in­ ternas, la inteligencia que ve y el corazón que no quiere ver y se resiste. Aqui es donde surge con todo su peso la naturaleza dañada por el pecado original, que se cuelga de nosotros atándonos a lo sensible y despertando mil gritos que enmas­ caran el llamamiento. En el fondo, sin embargo, hay como un adivinar o presentir la realidad de ese llamamiento, a la par que un miedo instintivo a aceptar el problema tal como está planteado, porque en tal caso hay que aceptar también todas sus consecuencias y resolverlo adecuadamente. Es entonces cuando, muchas veces, se intenta resol­ ver ese estado de tensión y desgarramiento exami­ nando las condiciones y síntomas de la vocación a una entrega total, a una donación absoluta, bus­ cando instintivamente algo en que apoyar la inte­ ligencia para tranquilizarla y alejar lo que a la naturaleza cuesta admitir, cuando se da incons­ ciente y artificiosa importancia a lo que no la tie­ ne y jamás se le había dado, sin pensar -en este estado de aturdimiento- que la vocación no pue­ de depender de sistemas nerviosos o aparatos di­ gestivos, aunque ello pueda ser muestra evidente de que no se posea determinada especie de vo­ cación.

Se busca una como señal, una evidencia huma­ na, sin atender a que se trata de un hecho que no es simplemente humano, sino una realidad prefe­ rentemente sobrenatural. Es cierto que la razón, la inteligencia, debe actuar. La Iglesia, sabiamen­ te, con su vieja y experimentada sabiduría, ha fi-

jado unas condiciones -unas señales- sin las cuales una vocación no puede ser auténtica: son necesarias la recta intención, la idoneidad, ser aceptado. Esta última condición es la más deli­ cada, pues se deja a seres humanos, con toda la carga de imperfección y fragilidad que el serlo lleva consigo, la interpretación última de la auten­ ticidad del mensaje; de aquí ese margen de prue­ ba que se da antes de la definitiva aceptación, pues necesitan no sólo una conciencia recta, sino un profundo conocimiento de cada caso, de lo que en términos médicos se llama «historia clínica», y de cuantos elementos proporcionen criterio claro. De aquí también la responsabilidad de los confe­ sores y directores espirituales que deban aconse­ jar, pues también en ellos puede entremezclarse Jo personal y entorpecer la acción del Espíritu Santo. Bueno es recordar aquellas palabras de Santa Teresa del Niño Jesús en su autobiografía: «Es absolutamente necesario olvidar los propios gustos, las concepciones personales, y guiar a las almas no por el propio camino, sino por aquel que Jesús les señala» (cap. X, núm. 1 1 ). Una ligereza, un impulso demasiado humano, una precipitación, pueden torcer un camino y arruinar una vida.

Por Jo demás, la recepción del mensaje de Dios frecuentemente no tiene lugar en un momento único, de una vez, porque el mismo mensaje es, en muchas ocasiones, gradual. Quizá el caso más característico es el de San Pablo. Cuando se rinde

y pregunta: «¿Qué quieres que haga?» (Act

9,

6),

el Señor apenas le dice sino que vaya a determi­ nado lugar, donde le darán instrucciones. En ade-

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!ante, unas veces por Sí mismo, otras por medio de la comunidad (de la Iglesia), Dios le va hacien­ do saber progresivamente lo que quiere de él, has­ ta que le es descubierta su misión de Apóstol de las Gentes. La fidelidad a los pequeños llamamien­ tos de Dios, la docilidad en seguir los impulsos de la gracia es lo que, al cabo, conduce a la ple­ nitud de la vocación, al descubrimiento del ob­ jeto de la existencia. Unos llegan a ese descubri­ miento paulatina y suavemente, sin sobresaltos; otros -quizá por estar mucho más fuertemente asidos a las criaturas o al propio juicio- tienen que pasar por auténticas catástrofes interiores y no llegan sino a través de no pocas oscuridades y tormentas, que van despojándoles de cuantas ataduras les impedían volar y despejando las opa­ cidades que les velaban la visión.

La respuesta

Es muy difícil llegar a penetrar en lo más ínti­ mo de los sentimientos de la Santísima Virgen en aquellos momentos, pero en un plazo de tiempo excepcionalmente breve pasó de la turbación a la más absoluta serenidad. No había en su natura­ leza resistencias a la palabra de Dios. Sosegada tras el

ne timeas,

con plena conciencia de cuanto encerraban las frases de Gabriel, su respuesta sonó clara y distinta tan pronto el ángel concluyó su revelación. Fue una respuesta breve, concreta, rápida:

Ecce ancilla Domini, Fíat mihi secundum

verbum tuum.

No hubo vacilación alguna, ni si­ quiera un minuto de titubeo. Tampoco pidió un

margen de tiempo para reflexionar, para pensarlo y decidirse.

No Jo necesitaba, por otra parte. Un titubeo o una vacilación supone indecisión por parte de la voluntad, pero ante un deseo de Dios la indecisión para el cumplimiento de ese deseo no cabía en la llena de gracia. Un margen de tiempo para refle­ xionar . . . ¿Sobre qué tenia que reflexionar? No acerca de la legitimidad y la realidad del mensaje, pues no había en él nada equívoco ni oscuro para Ella. Ni acerca de las consecuencias que de lo anunciado se pudieran derivar si lo aceptaba, o de la situación en que quedaba de no aceptarlo: lo primero era querer ir más allá de la previsión de Dios, y lo segundo, cálculo. Pero pensar que la Virgen fuera calculadora (en el sentido de pensar cuidadosamente el riesgo que entrañaba la entre­ ga a Dios y prever si la compensación era sufi­ ciente) es un absurdo, como lo es asimismo el pensamiento de que le faltara abandono ante el designio de Dios. Si alguien jamás tuvo una vital compenetración con la voluntad divina, incluso en sus más leves manifestaciones, fue la concebida sin pecado.

El que la respuesta afirmativa fuese excepcio­ nalmente pronta no supone, en modo alguno, lige­ reza. Quien es de por sí profundo no suele com­ portarse ligeramente ante decisiones que exigen seriedad. También aquí, para intentar la compren­ sión y el alcance de la respuesta de María, hemos de acudir de nuevo a su ser peculiar y, sobre todo, insistir en el hecho de su concepción sin mancha. La explicación de las más características reaccia-