THE DUTY OF CARE AND SKILL
3 Later and Recent Developments
Junto con Popper, con el que escribió en 1977 El yo y su cerebro, Eccles, premio Nobel de Medicina en 1963, representa otro de los autores significa- tivos en la defensa de un interaccionismo entre la mente y el cerebro. Su interpretación combina el uso de datos paleontológicos y neurológicos con la teoría de los tres mundos de Popper. El Mundo 2 se compone de las percep-
ciones externas que vienen a través de los sentidos, de las percepciones inter- nas que forman los pensamientos, recuerdos, representaciones, sentimientos, etcétera, y el yo como centro de la identidad personal. El cerebro forma parte del Mundo 1, en donde no se encuentran como tales los componentes del Mundo 2, y es entendido como una máquina neuronal de complejidad ilimi- tada que se encuentra abierta a la interacción con el mundo de la experiencia consciente.
Dando por supuesto que una exposición completa del nivel de compren- sión actual del cerebro humano es una tarea que desborda cualquier plantea- miento, Eccles limita su propósito a «suministrar una explicación inteligible de los principios de operación cerebrales en las diversas manifestaciones que hacen referencia a la autoconciencia y al yo» (Popper-Eccles, 1980, 254). Los trabajos de Sperry y de Penfield se encuentran en esta misma línea y, como veremos enseguida, son utilizados por el propio Eccles para apoyar su teoría. La visión filogenética del género humano, que desde Darwin a nuestros días domina la comunidad científica, pone de manifiesto, según Eccles, las diferencias cualitativas existentes entre la actividad psíquica del hombre y los animales. Esto le va a permitir postular la posibilidad de caracterizar la mente autoconsciente en términos supraorgánicos. «Al alcanzar el cerebro un alto nivel de complejidad surgió finalmente una mente autoconsciente, probable- mente durante la evolución de los homínidos. Esta mente autoconsciente proporcionó los mecanismos necesarios para la síntesis de las variadas y sumamente complejas pautas espaciotemporales de la actividad neuronal del cerebro. Pero con el cerebro y la mente humana surgió también la posibili- dad de trascender el mundo hasta entonces incuestionable de la materia y la energía. Esta mutación fue la novedad trascendental que inició la progresiva transformación, relatada por la historia, del planeta tierra» (Eccles-Zeier, 1985, 166).
Frente a las teorías materialistas, Eccles defiende una «hipótesis dualista fuerte» basada en la interacción entre el Mundo 1 y el Mundo 2 que tiene lugar en el cerebro, en las áreas asociativas del neocórtex. La causación bidi- reccional mente-cerebro culmina en el papel de control y de intérprete que lleva a cabo la mente autoconsciente sobre los eventos cerebrales. La mente autoconsciente interpreta activamente lo que se manifiesta en el nivel supe- rior de la actividad cerebral, las áreas de relación del hemisferio cerebral dominante o izquierdo, siendo el cuerpo calloso un potente nexo entre casi todas las regiones de los hemisferios cerebrales. En torno a esto, Eccles apela con detalle a las investigaciones realizadas por Sperry y colaboradores (1974) sobre la distinción funcional existente entre el hemisferio izquierdo y el dere- cho del cerebro humano, a partir de los experimentos realizados con pacien- tes a los que se les había aplicado la comisurotomía (corte del cuerpo calloso que une los dos hemisferios). Estos experimentos se dieron a partir de inter- venciones quirúrgicas en individuos que sufrían ataques epilépticos conti- nuos y que eran refractarios a una intensa medicación. Considerando que los ataques tenían lugar en un hemisferio cerebral y afectaba al otro a través del cuerpo calloso, se seccionó éste para mantener libre de los ataques al menos
uno de los hemisferios. A la vez que se lograba una notable disminución de los ataques en ambos hemisferios se trabajó también en orden a suministrar información sobre los hemisferios escindidos. Los procedimientos experi- mentales llevados a cabo sobre estos sujetos investigados, los pacientes afec- tados de comisurotomía, pusieron de manifiesto que tenían los centros del lenguaje en el hemisferio izquierdo o dominante. Lo que resultó más signifi- cativo es el hecho de que las actividades neuronales desplegadas por el hemis- ferio derecho o subordinado son desconocidas para el sujeto, el cual se rela- ciona sólo con las del izquierdo. El lenguaje y la conciencia de sí mismo se dan en el hemisferio izquierdo. Se proporcionó, por ejemplo, información visual que dio como resultado que las percepciones en el hemisferio derecho no fueran comunicadas verbalmente por el sujeto, mientras las percepciones en el izquierdo sí lo fueran. El derecho es una parte muy desarrollada del cerebro, pero no puede expresarse verbalmente ni manifestar experiencias conscientes, por lo que se ignora si existe alguna forma de conciencia. Así pues, según los aportes de Sperry cabe distinguir entre una conciencia de sí mismo asociada con el hemisferio izquierdo y una conciencia hipotética aso- ciada con el hemisferio derecho. En condiciones normales, ambos hemisfe- rios se complementan, se comunican y se hacen conscientes.
Estudios paralelos se desarrollaron por parte de Penfield y colaboradores, en el Instituto Neurológico de Montreal, sobre las afasias y los centros del lenguaje humano. Para Penfield el sustrato de la conciencia se encuentra fuera de la corteza cerebral, probablemente en el diencéfalo (tronco cerebral superior). Este autor, desde planteamientos monistas iniciales, llegó a defen- der un dualismo fuerte merced a los trabajos realizados con pacientes epilép- ticos, a los cuales operaba en el cerebro con anestesia local. Les aplicaba un electrodo a distintas áreas cerebrales y el paciente respondía sobre las posi- bles sensaciones experimentadas. La conclusión resultó ser que no había nada en el cerebro que refiera a la actividad mental. «Si existiera en el cere- bro un mecanismo —nos dice— capaz de realizar lo que hace la mente, podría esperarse que ese mecanismo delatara su presencia convincentemente por una mayor evidencia de la activación epiléptica o eléctrica. Pero debe aceptarse que nada de eso ocurre». A partir de ahí, Penfield va a considerar a la mente como una esencia distinta. «Por mi parte —afirma— tras un esfuerzo de varios años por intentar explicar la mente basándome tan sólo en la acción cerebral, he llegado a la conclusión de que es más simple (y más lógi- co) aceptar la hipótesis de que nuestro ser consta de dos elementos funda- mentales» (Penfield, 1977, 116-117). La actividad cerebral es la base física de la mente, pero ésta despliega una actividad espiritual que permite el ejercicio de un cierto grado de iniciativa y de libertad que nos singulariza como humanos.
Dentro de este contexto, las experiencias de la mente autoconsciente poseen para Eccles un carácter unitario que se manifiesta en el fenómeno de la atención. La acción de dicha mente consiste en escoger y en integrar los mensajes de los distintos centros cerebrales según la orientación de su aten- ción y de sus intereses. En palabras de Eccles: «Nuestra actual hipótesis con- sidera la maquinaria neuronal como un complejo de estructuras radiantes y
receptoras: la unidad experimentada no procede de una síntesis neurofisioló- gica, sino del propuesto carácter integrador de la mente autoconsciente» (Popper-Eccles, 1980, 407). En este sentido, cabe destacar la función selecti- va de la mente, la cual evita la sobrecarga de información suministrada por los sentidos y ha sido factor clave de la evolución humana. En lo que atañe a la distinta actividad cerebral y a los niveles de conciencia, toma Eccles ejem- plos como el caso de las convulsiones, la situación de coma, el efecto de la anestesia quirúrgica, el sueño…, y afirma que «para la hipótesis del dualis- mo-interaccionismo existe una explicación plausible, a saber, el bajo nivel de la actividad cerebral durante el coma y la anestesia, y un nivel excesivo en las convulsiones. En tales situaciones, pueden deteriorarse o desaparecer por completo los vínculos entre la mente autoconsciente y los patrones espa- cio-temporales de actividad modular, llevando a la pérdida de conocimiento. Pero no es tan sencilla la explicación de la inconsciencia durante el sueño. Es posible que la responsabilidad sea de la alteración del patrón temporal de la actividad neuronal. Cuando hay cambios en ese patrón se producen los sue- ños» (Eccles, 1986, 152). En el estado de sueño, la mente autoconsciente se encuentra privada de datos, sin nada que interpretar, lo que equivale a la inconsciencia. Sin embargo, el sueño no significa el cese de actividad, sino una actividad desordenada que le permite algún tipo de acción. «Pienso que todo esto ha de interpretarse como si la mente autoconsciente hubiese esta- do probablemente, por así decir, sondeando o escudriñando la corteza cere- bral a lo largo de todo el sueño, en busca de algunos módulos que estuviesen abiertos, pudiéndose utilizar para una experiencia. También sabemos que una buena porción de ‘sueños’ se producen en la mente autoconsciente, la cual sin duda está escudriñando continuamente y con efectividad el cerebro de relación, por más que no se recuerden al despertar» (Popper-Eccles, 1980, 417).
Con todo ello, el carácter activo de la mente no se limita a su función selectiva de síntesis, integración o control, sino que va más allá, en el senti- do de ser capaz de influir en los acontecimientos neuronales. Junto a la investigación selectiva de la actividad neuronal, se da la posibilidad de modificación de esas actividades de acuerdo con su deseo o interés, todo lo cual redunda en un protagonismo máximo de la mente autoconsciente en cuanto que es capaz de conferir al yo unidad en todas sus experiencias. Esta marcada autonomía de lo mental lleva a Eccles a plantearse qué ocurre con la muerte, con el hecho de que toda actividad cerebral cese permanente- mente. La teoría interaccionista —reconoce el autor— se abre entonces a un campo de creencias personales y religiosas en donde el creacionismo y la inmortalidad de la mente cobran sentido. Cuando las teorías materialistas fracasan al intentar dar una explicación de nuestra experiencia de unicidad
del yo, el interaccionismo dualista atribuye esta unicidad a una creación
sobrenatural. Respecto a la muerte, el interaccionismo no garantiza una inmortalidad, pero sí deja lugar para la esperanza. Por supuesto, en estos planteamientos la ciencia, como algo limitado, deja paso a la teología, como lo ilimitado por excelencia.
Sería conveniente, para terminar este breve recorrido, retomar las pala- bras que el propio Popper y Eccles expresan al comienzo de su obra conjun- ta El yo y su cerebro y que nos dan la situación actual de la problemática que hemos abordado. «El problema de la relación entre nuestro cuerpo y nuestra mente resulta en extremo difícil, especialmente por lo que respecta al nexo existente entre las estructuras y procesos cerebrales por una parte y las dis- posiciones y acontecimientos mentales por otra. Sin pretender ser capaces de prever futuros desarrollos, los autores de este libro consideran improbable que el problema llegue a resolverse algún día, en el sentido de que vayamos a comprender realmente dicha relación. A nuestro entender, tan sólo podemos tener la esperanza de progresar un poco aquí y allá, y es con esa esperanza con la que hemos escrito este libro. Somos plenamente conscientes del carác- ter considerablemente hipotético y modesto de lo que hemos llevado a cabo: somos conscientes de nuestra falibilidad. Con todo, creemos en el valor intrínseco de todo esfuerzo humano por profundizar en la comprensión de nosotros mismos y del mundo en que vivimos» (Popper-Eccles, 1980, IX).
1 Precisamente para convencernos de que el conductismo lógico constituye una aplica-
ción de la filosofía neopositivista al caso concreto del lenguaje psicológico, un autor como Priest inicia su estudio de este movimiento con la exposición del escrito de uno de los repre- sentantes más tardíos, pero también más egregios, del Positivismo Lógico, Hempel, precisa- mente el que lleva por título «The Logical Analysis of Psychology», en el que se afirma, entre otras cosas, que la psicología es una parte de la física (Priest, 1991/1994, 57-64).
Tenemos que advertir que la clase de conductismo en que nos vamos a centrar en este estudio es la del llamado conductismo filosófico, semántico o lógico: en psicología la expresión «conductismo lógico» se suele venir aplicando, en cambio, a la variante de conductismo psi-
cológico que buscó aplicar a la ciencia de la conducta la metodología hipotético-deductiva, ins-
pirada también en el neopositivismo, que va unida al nombre de Hull.