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Bogotá es una ciudad que cuenta con una amplia diversidad cultural. Los músicos son algunos de los actores sociales que construyen esta multiplicidad de formas culturales. Muchos de ellos utilizan su actividad como mecanismo para garantizarse el sostenimiento. Sin embargo, a pesar de tratarse de actores culturales, sus experiencias son poco conocidas por la gran mayoría de la gente.
A través de los músicos que viven y trabajan en Bogotá es posible abordar la diversidad cultural de la que habla Jesús Martín Barbero en su texto Dinámicas urbanas de la cultura, en el que afirma que nos encontramos ante ciudades “que concentran a la población y que tienen una heterogeneidad cultural fortísima. […] Unas ciudades habitadas por una diversidad, por una heterogeneidad cultural enorme en todos los aspectos” (Martín Barbero, 1995).
Esto se hace evidente si se miran las diferentes formas de expresión musical que hay en Bogotá. Durante las noches, hay bastantes músicos que utilizan su actividad para rebuscarse, de diversas maneras, el dinero para la supervivencia. De esta forma es posible encontrar músicos que trabajan en la calle o en los semáforos, algunos que lo hacen en bares y tabernas, otros que dan serenatas donde los contraten o hacen presentaciones en auditorios, teatros y a domicilio. Muchos combinan estas y otras formas para garantizarse su sostenimiento.
Además de los diferentes lugares en los que trabajan los músicos, la diversidad también se hace evidente en el tipo de música que interpretan. Es común ver que una sola persona puede tocar música clásica, colombiana, latinoamericana, popular, jazz, rock, boleros, rancheras o música romántica. El rebusque los ha obligado a defenderse en varios campos.
Un ejemplo de esto son las personas que se paran en la Avenida Caracas con calle 55. Se trata de músicos que ofrecen serenatas en diversos formatos y de diferentes géneros. Es así como en una sola cuadra es posible encontrar mariachis, tríos de cuerdas, duetos, grupos llaneros, conjuntos
vallenatos, papayeras y orquestas. Y en muchos casos los integrantes de una agrupación hacen parte de varias y están dispuestos a interpretar diferentes géneros.
Esta situación también se enmarca dentro del concepto de hibridación cultural, al que Néstor García Canclini define como “procesos socioculturales en los que estructuras o prácticas discretas, que existían en forma separada, se combinan para generar nuevas estructuras, objetos y prácticas” (García Canclini, 1990, p. 14). En el caso de Bogotá, la hibridación cultural se ve reflejada tanto en los espacios que se utilizan para tocar, como en los géneros y las formas en las que se expresan los músicos.
García Canclini también establece que un factor importante de la hibridación cultural es el crecimiento de los mercados informales y la precarización del trabajo. Es claro que buena parte del rebusque de estos músicos hace parte del mercado informal, y en muchas ocasiones este trabajo se desarrolla en condiciones precarias, como es el caso de los músicos que trabajan en la Avenida Caracas con calle 55.
Allí, en la calle, los músicos se paran durante toda una noche para ofrecer sus servicios de serenatas para todo tipo de eventos. En ocasiones sólo consiguen una serenata por noche. Si les va bien, pueden dar hasta cuatro. Lo único fijo es que siempre están allí, trabajando, sin importar la hora o las condiciones climáticas.
Lo mismo ocurre con los músicos que trabajan en el centro. Aquellos que tocan en el Chorro de Quevedo, al aire libre, lo hacen en condiciones precarias. Igualmente sucede con los que van de bar en bar tocando por lo que les quieran dar. Es un trabajo informal, ya que no tienen ni un lugar fijo, ni mucho menos un salario. Deben conformarse con las propinas voluntarias de los que escuchan su música.
Esta forma de diversidad cultural de Bogotá, que en este caso específico se ve reflejada a través de los músicos, puede ser estudiada desde la comunicación. Así lo afirma Jesús Martín Barbero en su texto Procesos de comunicación y matrices de cultura, en el que destaca la importancia de analizar la pluralidad de matrices culturales. “Y entonces cualquier escuela de comunicación que
quiera estar mínimamente abierta a la complejidad de los procesos de comunicación hoy tendrá que asumir la diversidad de modos de comunicación en que se expresa la pluralidad cultural, tanto étnica como de clase, con su riqueza y con su conflictividad” (Marín Barbero, 1990, p. 145).
Para Jesús Martín Barbero es importante que la comunicación incluya dentro de su objeto de estudio la dimensión cultural. Insiste en la necesidad de asumir “que los procesos de comunicación no se agotan en el análisis de medios y mensajes, de canales y redundancias, y debe hacer entrar en su análisis y en su práctica la dimensión cultural y los conflictos que ella articula y los espacios en que se constituye: indígenas, populares rurales y urbanos, nacionales, transnacionales” (Martín Barbero, 1990, p. 145).
Los músicos que trabajan en la Caracas con 55, los que tocan en la Candelaria, los que dan serenatas en el Centro Artístico Musical Colombiano (Camucol), cerca al centro de la ciudad, y los que trabajan en bares y tabernas, son actores sociales que articulan la dimensión cultural de Bogotá. Ayudan a construir la diversidad cultural de la ciudad.
La música es, sin duda, una forma de comunicación. Entonces, ¿puede la comunicación ocuparse de darles voz a la diversidad de expresiones musicales que se desarrollan en la vida nocturna de Bogotá? Actualmente es poco lo que se sabe de los músicos que trabajan en la ciudad. ¿Cuál fue su forma de aprendizaje del arte musical? ¿De qué regiones del país provienen estos músicos? ¿Combinan la música con otras actividades para garantizarse el sustento?