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LED IMPLEMENTATION – RECOMMENDATIONS FROM LITERATURE

Siguiéndolo se puede

llegar más lejos”

De chico iba a la colonia de vacaciones del club Atlanta. Llegaba el verano y, por aquellos comienzos de los 80, en Villa Crespo la

institución bohemia nos hacía pasar hermosos momentos al aire libre. Un día como cualquier otro, un amigo apareció con un juguete: era una nave del Imperio de la saga de Star Wars. Era un caza, esas naves que son como un huevito con dos paletas verticales al costado. Yo sólo conocía las naves del Flash Gordon con música de Queen, por lo que aquel vehículo tenía un diseño que jamás había visto. Ni soñado. Un TIE Fighter con una figura de un storm trooper dentro. Los pies del soldado tenían agujeritos (los de Mattel tenían, mientras que los nacionales de Top Toys, no). Pregunté qué era y me explicaron que se trataba de una nave de La guerra de las galaxias y que pronto se

estrenaría El regreso del jedi. Todo un mundo nuevo se abría ante mis ojos.

Insistí para tener algún muñeco de la colección. Con mi hermano presionamos a nuestra abuela y nos dirigimos al Rincón del

Ferromodelista, una juguetería ubicada sobre Corrientes, a dos cuadras de la vía, yendo al centro, mano derecha. Todavía existe, aunque hoy cambió su nombre, y también desapareció el Scioli Internacional que quedaba en la esquina. Entramos y pedimos muñecos de esa película que jamás habíamos visto. El juguetero desplegó sobre el mostrador todos los que tenía. Fue un momento de decisión definitivo y, bueno, nos jugamos. Mi hermano eligió bien: Luke Skywalker. Yo me fasciné con un personaje secundario, casi terciario: un tusker raider, un morador de las arenas, esas criaturas

que montan en esas especies de mamuts y viven en el Desierto de Tatooine. Ahí empezó un poco todo: mi hermano, fan de Luke, y yo, tratando de entender qué era todo aquello, qué era ese mundo de detalles y de personajes.

Pronto llegó un gran día: vimos El regreso del jedi. A la salida

compramos unas linternas que simulaban ser sables de luz. Un sueño. Después, yendo hacia atrás, vimos una a una las otras pelis. Leímos los cómics. Con la llegada del videohome, pudimos grabar de la

televisión la versión doblada en “mexicano” (si alguien la consigue, la compro). Y fuimos a ver Episodio IV más de 70 veces. La aprendimos de memoria y, sobre todo en mi caso, inicié una de mis fascinaciones: el amor por un personaje, que en este caso fue el padre y mentor, el Capitán Han Solo.

Fue amor a primera vista. Fue la figura y el modelo del trato a una mujer. Imagino a mi abuelo hablando del Rhett Butler, de Clark Gable, a mi tío cuando dijo que Michael Corleone lo impresionó. Pero, a mí, el que me cambió la vida fue Han Solo.

Lo primero que me gustó —y gusta— es que entra en pantalla cuando ya la película ha transcurrido bastante. Lo segundo, que tiene miedo. Harrison Ford dota de humanidad a todos sus héroes y puedo decir, sin dudar, que es el mejor actor en planos de reacción que ha habido. No es casual que Steven Spielberg sea tan fan de él, y más si consideramos que su plano favorito para rodar son rostros de

personajes que miran fuera de cuadro algo o a alguien. Me detengo un momento en este punto: un plano de reacción memorable de Harrison es aquel de Los cazadores del arca perdida, cuando en la secuencia inicial una piedra se le viene encima, Harrison se da vuelta y en su mirada, en un primer plano, dimensionamos el enorme peligro en el cual se encuentra. Él, con su expresión, logra transmitir el miedo y la escala de todo el asunto. Me cuesta encontrar en cine de aventuras un mejor actor reaccionando, en este arte tan difícil.

Explicado esto, digo que Han Solo tiene miedo pero lo supera. Conduce una nave que por fuera se ve como un cacharro viejo, pero al estar tuneada por él se hace imbatible. Tiene un amigo fiel,

Chewbacca, y por sobre toda las cosas, sabe tratar a las mujeres. Su relación con Leia ha sido modélica en todas mis citas. La manera de mirarla, de torearla y, principalmente, de darle el primer beso son sencillamente la mejor clase de seducción e histeria que he visto en pantalla.

A continuación, un top ten personal de momentos que Han Solo me dio y que lo pusieron allá arriba, como el personaje que más me ha

influido.

1. Han bardea a Luke ni bien lo ve, en Episodio IV.

2. Han le dispara a un intercomunicador de la Estrella de la Muerte porque el diálogo con el enemigo lo fastidia, en Episodio IV.

3. Han le responde a Leia “Lo sé” cuando ella le dice “te amo, en El Imperio contraataca.

4. Han se chapa a Leia por primera vez cuando están escapando del Imperio en El Imperio contraataca. 5. Han guiña un ojo a Leia en la entrega de medallas, en Episodio IV.

6. Han le pega una trompada a Lando por la traición, a pesar de que está en notable inferioridad de condiciones, en El Imperio contraataca.

7. Han sale corriendo a enfrentar a los storm troopers cuando están escapando, en Episodio IV.

8. Han sale a la nieve a salvar a Luke cuando este no aparece, en El Imperio contraataca.

9. Han aparece y salva a Luke para que

pueda destruir la Estrella de la Muerte, en Episodio IV.

10. Han le dispara a Vader ni bien lo ve entrar, en El Imperio contraataca.

—¿Conocés la Teoría de la Bala Mágica? —le dije al Bro.

Él me miró desconcertado y ahí nomás arranqué contándole de mi fascinación por JFK, no la película, sino el personaje histórico, su historia y muerte. Mi amor a los Kennedy se remonta a la infancia, cuando en la casa de mi abuela encontré cosas de mi tío Oscar, un material que él había dejado ahí olvidado cuando se fue a vivir solo. Por un lado había recortes y todo tipo de notas relacionadas con los Beatles. Notas de época, dibujos, de todo. Y por otro lado había una foto coloreada con un falso autógrafo. En la foto se veía a un hombre sonriente, con traje gris, corbata roja y una amplia sonrisa.

—¿Quién es, abuela?

La información suministrada por mi abuela Paquita se quedó

dando vueltas por años en mi mente. Hasta que en los 90, un sábado a la tarde, mi madre me llevó a ver JFK, de Oliver Stone, al cine. Esa peli hizo crecer en mí una especie de obsesión hacia la mítica figura de Kennedy. Desde entonces me volví coleccionista de cosas relacionadas con su figura. Leí muchos artículos sobre él, compré su limousine en escala 1:24, me conseguí una cámara Súper 8 igual a la mítica Bell & Howell que Abraham Zapruder utilizó para rodar el crimen, conseguí libros de fotos, libros de historia y hasta un vinilo con sus mejores discursos. También me apasioné con la imaginería de comienzos de los 60 en Estados Unidos. Espero viajar al Museo Kennedy de Boston algún día. Pero bueno, volvamos a la anécdota.

El Bro me miraba mientras yo sin pausa lo llenaba y abrumaba de datos de lo que ocurrió en Dallas con el magnicidio más impresionante de todos los tiempos. Mientras mi relato por fin llegaba a su fin, sonó el celular y me detuve para atender. Era Chamorro para confirmarme que tenía mi nombre en la lista de la Fiesta Hey!

Nos dirigimos al Salón Real, en el centro, donde la fiesta se estaba desarrollando. Entramos con El Tucu, otro amigo, y fuimos a la barra a por unas bebidas. Después subí a saludar a mi hermano, que junto con Chamorro, Fede y Font, estaba de DJ. De repente, de entre la multitud surgió Sharkjelly (su nombre real no lo sabemos; ella fue apodada de esta manera porque alguna vez contó que había hecho gelatinas con Yummys de tiburón adentro). Cuando El Bro la vio (Sharkjelly es alta), me dijo:

—We’re gonna need a bigger boat —citando la línea de Tiburón.

El tiempo pasaba y de repente noté que había llegado la hora de irse. No ocurría mucho en verdad. Les Mentettes había tocado (por cierto, un gran concierto). Mi rutina de imitaciones de la discusión de Horacio Pagani y Alejandro Fabbri, a dúo con Manu, fue lo último a lo que atiné para divertirme y divertir. En fin, no había muchas

sorpresas.

Dimos por terminada la Fiesta Hey! y procedimos a dejar el lugar cuando otro mensaje de texto entró en mi celular. Era Roque, que me decía que Raffaella Carrá cumplía años y que tenía que estar ahí. En serio. Raffaella Carrá le decíamos a una chica cuyo nombre también desconocíamos y que cada año nos invitaba a su casa. Claro que, en ese momento, cerca de las cuatro de la mañana, dirigirnos a otra fiesta sonaba como una quimera, y más todavía cuando noté a la distancia que había una mujer en apuros. Desde el balcón de los DJs en el Salón Real, divisé a lo lejos, en medio de la pista, a Barbi, nuestra amiga del

alma, que era víctima de un acosador enloquecido, un ex devenido patova, que la tenía rodeada con todo su grupo. Era horrible cómo la encaraba, mal, con violencia. Nosotros éramos pocos, más débiles y más pequeños. Yo había contestado el mensaje de texto diciendo:

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