2.5 THE LED IMPLEMENTATION CHALLENGES
2.5.8 Other challenges in effective LED implementation
y allí donde no hay
nada, aflora la virtud
del arte del besar”
Hay calles de minas lindas y calles de minas feas. Es un hecho. Con R. hemos charlado sobre el tema en numerosas oportunidades. Veamos algunos ejemplos: la avenida San Martín es de minas feas. Callao es de minas lindas. Sin embargo, cuando se hace Entre Ríos, se convierte en calle de minas feas. Bulnes es otra de lindas.
Supongo que muchas mujeres (y hombres) dirán que hay calles de tipos feos y calles de tipos lindos. Incluso hasta podrán trazar un
mapa. Acá, cabe aclarar, nos vamos a enfocar en las calles y su tránsito femenino. Conocimiento de causa.
Con R. charlamos de todo, siempre tenemos temas y de vez en cuando incluso revisamos viejas cuestiones. Solemos almorzar en Salgado, que queda en la calle Aráoz, o tenemos nuestra mesa especial con vista a Canning (así le decimos los del barrio a Scalabrini Ortiz) en La Goleada. En todos los almuerzos —en los cuales pedimos siempre lo mismo— hay un tópico recurrente: los besos. Quiero aclarar ya mismo a qué se debe esto.
Una vez R. y yo trabajamos en un guión para una peli que se llama
20.000 besos. Quisimos llamarla así a partir de una frase que, dicen,
dijo Sinatra:
“Para un borracho, una copa es demasiado y mil no son suficientes”
A partir de esa frase, nosotros la reelaboramos y dimos con:
“Un beso de la persona que realmente te gusta es demasiado y 20.000 no son suficientes”
Hablamos mucho sobre besos. Besos de amor. Besos de calentura. Besos robados a personas que amás. Besos de compromiso. Incluso alguna vez arriesgamos la teoría de que el sexo casual, maduro y bien entendido, es sin besos (acabo de leer esta oración ni bien la escribí y ya no sé si estoy tan de acuerdo...). Han llegado a la mesa experiencias propias y ajenas para fundamentar o refutar posibles teorías
besísticas.
En una de las tantas sobremesas, durante el proceso de pensar la peli, le conté a R. una historia que, según me confesó posteriormente, lo impactó mucho. La historia de besos (exclusivamente) más rara que me pasó. La historia de Geraldine.
Desde que vi El fondo del mar, de Damián Szifrón, me quedé obsesionado con el barrio de Belgrano, que gracias a la peli de Szifrón adquirió una especie de estatus de culto. Me volví fanático de
descubrir las calles y lugares donde se había rodado. Por eso, cuando tengo que elegir movilizarme por la ciudad y el recorrido incluye la zona de Belgrano, suelo optar por hacer esa parte a pie.
Cierta tarde caminaba por la calle Cuba, casi llegando a la plaza, doblé por Juramento en dirección a la estación de tren para volver al centro, cuando de repente, a cincuenta metros, caminando en
dirección opuesta, vi a una chica que me encantó. Pelirroja, de ojos negros, algo achinados, amplia sonrisa y un look un poco parecido a Jennifer Grey en Dirty dancing. Era una Jennifer Grey, así de simple. Empecé a ponerme nervioso: el levante callejero definitivamente no es lo mío. Mientras la distancia entre ambos se acortaba, yo pensaba qué hacer, qué decirle. Cuando la situación ya era a todo o nada, cuando un silencio estaba a punto de cruzarnos sin pena ni gloria, cuando
estábamos casi cara a cara, arriesgué un:
—Disculpame, ¿conocés la disquería que también vende cómics? Sí. Eso dije. Que era lo mismo que preguntar si por ahí quedaba la carnicería que vendía pan. Por suerte, se rió. Y así comenzamos un diálogo que, en honor a la verdad, no recuerdo mucho y brilló por lo intrascendente. Sin embargo, pude saber: que se llamaba Geraldine, que vivía por ahí y que su mamá todos los fines de semana partía a un country, por lo que su casa quedaba sola (buena data), que tenía una
hermana, que estudiaba medicina y que el perfume que usaba le quedaba perfecto. Bastante info para una charla tan breve. En fin, en un momento debimos separarnos, simulé recordar dónde quedaba el (inexistente) lugar que buscaba (me recibí de trucho) y volví a mi hogar.
Gigante fue la sorpresa que me encontré cuando ingresé en mi departamento. En el contestador automático un mensaje de... ¡Geraldine! No le había pasado mi teléfono, pero resulta que me reconoció de la tele —bendita seas, caja boba— y al parecer teníamos una conocida en común, le caí simpático y pidió mi tel. Bingo.
La llamé, se rió. Tenía una gran voz al teléfono (este es otro fenómeno: la gente y cómo sus voces mejoran o empeoran al teléfono). Después de que me contó cómo había conseguido mi número, quedamos en encontrarnos el sábado por la noche para ir a ver alguna peli. Yo pasaría a buscarla por su casa y luego iríamos a algún cine por la zona.
Perfecto.
Las 21 horas del sábado era el horario acordado. Llegué a la zona de las barrancas, toqué el portero, me abrió, entré a un hall muy amplio, subí por el ascensor, entré a su cocina. Ella estaba vestida de negro, maquillada en la medida justa, otra vez con ese perfume
espectacular. Me sirvió una bebida, pedí hielo (una costumbre que jamás creí me daría tantas alegrías, ya verán por qué) y nos quedamos en silencio. Yo, sentado a la mesa de la cocina. Ella, apoyada en la mesada. Silencio, no incómodo, pero silencio. No sé si lo aclaré, pero no era verano, por lo que estaba un poco fresco ahí.
—Tengo la boca toda fría —me dijo. —Yo también —contesté.
—Dame un beso con hielo en la boca —me dijo. Me reí, no entendí, pero me paré y ahí nos dimos el primer beso. A partir de ese momento, no paramos. No-pa-ra-mos. Y cuando digo que no paramos quiero que piensen que esto debe de haber empezado a las 21.20 y cuando volví a ver la hora era la una de la mañana.
Claro, muchos pensarán “¿Y qué hicieron ahí en la cocina, ehhh?”. Voy a pedir a todo el que esté leyendo que me crea esto, esto que cada vez que se lo conté a R. tuve que repetirle varias veces:
—Todo ese tiempo no hicimos otra cosa que darnos besos. Y cuando digo ninguna otra cosa, digo ninguna: ni manos, ni caricias, ni besos en el cuello. Sólo eso: besos, besos, puros besos, el mega chape. Nada más. Ni nada menos.
La situación era idílica. Era una actividad que no podía alcanzar mayor grado de perfección. Y no hablo de sentimientos, no hablo de amor, no hablo de romance. Hablo del besódromo puro y duro. Sólo besar, sólo el gusto del otro, sólo el ritmo perfecto. No se podía parar. No
podíamos/queríamos dejar de besarnos. De hecho, a ambos llegó a dolernos la boca, pero igual seguíamos. Parábamos, descansábamos y seguíamos, como si un imán nos forzara a hacerlo, como si el Dios del Beso nos obligara. No había risas, no había caras, no había frases. Sólo besos. El chape más largo de mi existencia, en esa cocina de Belgrano.
Claro, ¿cuál es la particularidad? Que cuando eso concluyó y la película que íbamos a ver se daba por perdida, nos despedimos y... jamás volví a verla. No nos interesó a ninguno de los dos. De repente, el beso más perfecto vivía en la boca más inesperada. Así fue que el tiempo pasó y cada tanto yo volvía a recordar aquella gesta
besuqueril...
Tres años después, un sábado a la tarde —lo recuerdo
perfectamente—, cuando mi amigo el Gaita y yo nada teníamos que hacer, caminábamos por Parque Centenario y aprovechamos para comprar algunas pavadas en la feria. Era un día soleado. Estábamos los dos muy contentos, entendiendo y conversando que no había mucho más en la vida que momentos como ese: comer con un amigo una buena parrillada, caminar por Almagro, llegar hasta el parque, husmear puestos de juguetes retro de los 80 buscando algún tesoro y esperar, mientras el sol caía y empezara a llegar la data de alguna fiesta. Así era ese sábado, así estábamos nosotros. De repente, al celu del Gaita entró un sms: nos invitaban esa noche a una fiesta en una casa (nuestras favoritas) en el barrio de Devoto. Quiero detenerme acá y decir que yo amo Villa Devoto. Es uno de mis barrios favoritos y su estación me parece uno de los mejores lugares de la ciudad. Devoto, te amo. Sigamos.
Llegamos a la fiesta devotense cerca de las 23 horas, o sea, más bien temprano. La fiesta, más que fiesta, era reunión. No seríamos más de 25 personas y no íbamos a ser más que eso. Había mujeres más jóvenes que nosotros, que estábamos acariciando los treinta. Baile tímido, escaso o nulo aglutinamiento, la comida se acababa, la bebida seguía, y claro, pintaron los juegos de chapar:
—¡El semáforo! —grito alguien.
Y así, de manera un tanto desprolija, se armó el clásico juego. El Gaita besó a Virgina, la dueña de casa y el único nombre que nos sabíamos. De repente me tocaba una chica rubia con rulos, bastante bonita, de ojos claros. La besé. Fue el peor beso de mi vida. Dientes
que chocaron, falta de ritmo y de sincronización. Y sobre todo, tensión en mandíbulas, labios y lengua. Hablo por los dos, eh, que no se
entienda que estoy adjudicando a otra persona la mala calidad del beso. Lejos, muy lejos, fue el chape del infierno. Una verdadera
contrariedad, un error. Tanto es así que ni bien terminó esa secuencia, esta chica —a la que llamaré F.— se fue corriendo al baño (supongo que a vomitar).
Me di cuenta de que era la hora de partir. Por esas cosas que tenemos los hombres, sentí que al ser el último que había tenido
contacto con ella, debía dirigirme al baño y ver cómo estaba. Golpeé la puerta, pregunté si podía entrar y por suerte lo peor ya había pasado. La encontré en la etapa de limpieza del rostro, recomponiéndose, para decir la verdad.
—¿Para dónde vas? —dije casi susurrando. —Belgrano —me respondió.
No pude evitar decirle (pensando en El fondo del mar): —Dale, te llevo y sigo después.
En el taxi, por suerte, la onda cambió y pudimos tener una charla bastante simpática. De hecho, se abordó el tema de lo malo de nuestro beso.
Ya amanecía en la ciudad y los pájaros ya cantaban. Llegamos a Cabildo y Juramento.
—Me bajo acá —dijo.
—Pará, te llevo hasta la puerta —le propuse. —Dale —contestó.
Y ahí sí, esa propuesta fue un error. La sangre se me heló cuando vi que la peor besadora del mundo vivía en el mismo edificio que la mejor besadora del mundo. ¿Quieren un bonus? Era su hermana. Sí. Estaba en La dimensión desconocida. Eso quería creer. Lo cierto es que esa era la realidad.
Lo más loco... -bah, no, lo más loco ya había pasado, y también raro es que jamás volví a verlas ni supe si ellas se dieron cuenta de lo que había ocurrido. Sí me quedó claro que los besos son un misterio, que R. y el Gaita son grandes interlocutores y que Belgrano tiene misterios que son muy, muy difíciles de entender.
Aclaremos que los besos son un interesante enigma a develar. Porque insistir en su comprensión implica —lo sabemos, lo asumimos — seguir buscando nuevos besos, pensarlos, esperarlos, desearlos.
Mientras sigo desarrollando mi investigación sobre este tema, me animo acá a compartir un top ten personal de besos recibidos/dados:
Diez tipos de besos con los que me he topado (el orden no indica ningún tipo de preferencia, es aleatorio)
1. El primer beso
Torpe, con bocas nuevas. Exploración medida, mínima. Para novatos pero con intensiones serias.
Banda de sonido: “Say you, say me”, Lionel Richie.
2. Beso Picasso
Pico seguido de una mínima salida de lengua, como catando un helado. Generalmente usado para despedir a una persona con la que queremos tener un encuentro carnal en un futuro próximo. Por ejemplo, al día siguiente. Banda de sonido: “Sobredosis de TV”, Soda Stereo (“Estoy desesperado, soy tan vulnerable a su amor...”).
3. Beso de lentos ochentosos
Transa, chape con mayúsculas. De fondo, “Carrie” de Europe. Ese ritmo, esa intensidad, como comiendo una hamburguesa, generalmente borracho, sabor vino tinto, mundial de besos.
Banda de sonido: “Toy soldiers”, Martika; “Up where we belong”, Joe Cocker; “Careless whisper”, Wham! “Wind of change”, Scorpions; “Total eclipse of the heart”, Bonnie Tyler; “Sacrifice”, Elton John; “Right here waiting for you”, Richard Marx; “More than words”, Extreme. Enorme etcétera.
4. Beso porno
Lenguas rígidas que espadean, generalmente mientras se realiza otra actividad o en la previa de dicha actividad. Ciento por ciento sexual, no siempre implica sentimientos.
Banda de sonido: “Drowned world (substitute for love)”, Madonna.
5. Sadobeso
Incluye mordidas de labios y de comisuras. De cariz animal, busca la provocación. El contexto suelen ser generalmente lugares públicos elegidos con cuidado y que aporten discreción. O no.
Banda de sonido: ruido ambiente.
6. Beso saborizado
Helado de frambuesa, vino, chicle de fruta y champagne, esos son mis gustos de besos favoritos. La lista es muy extensa.
Banda de sonido: “Pizza conmigo”, Alfredo Casero.
7. Beso de la momia
Cuando solo uno de los besadores es activo y el otro (la momia) mantiene la boca cerrada y un rictus sonriente. La momia puede disfrutar. Es un beso más que nada de transición o para zafar de devolver favores post sexo oral.
Banda de sonido: radio AM, cualquier estación.
8. Beso rocker
Mucha lengua, bien relajada, y chupada o lamida de zonas aledañas a la boca. En general, es parte de cierto descontrol y frenesí. Puede contener dosis de amor.
Banda de sonido: “Immigrant song”, Led Zeppelin.
9. Beso sabor a mí
Es el beso post sexo oral (a todos nos ha pasado). Banda de sonido: “Sabor a mí”, Los Panchos.
10. Beso amor
Es el beso que viene acompañado por un dolor de panza. Es ese que vale 20.000 besos.
Banda de sonido: cualquier canción, pero no te das cuenta, no podés prestarle atención.
(Irvin Kershner, 1980)
“Prefiero besar a un wookie” (respuesta de Leia a Han Solo).
[1] Yo necesito amor, biografía de Klaus Kinski altamente erótica.