Diversos estudios problematizan la relación de los espacios con una forma “apropiada”, que es heterosexual, para hacer uso de ellos. De esta manera, los espacios son normativizados de acuerdo a un ordenamiento sexual que establece quien está incluido o
153
“A través de los órganos sensoriales del cuerpo, percibimos las cualidades del espacio; a través de nuestro bagaje cultural, evaluamos el espacio; a través de una combinación de creatividad y habilidades motoras, nos adaptamos y diseñamos el espacio”.
excluido de los mismos. Por ejemplo, Michael Brown (2000) considera que para los/las heterosexuales, todos los espacios son “straight”, es decir, se presupone que “normalmente” son heteronormativos. En consecuencia, los gays actúan frecuentemente “fuera de lugar” (out of place) en la mayoría de espacios que son heteronormativizados. Brown analiza las experiencias cotidianas que tienen hombres gays sobre el uso metafórico y material del “armario” como un lugar de exclusión. El “armario” es tanto el lugar del secreto, para mantener escondida la sexualidad, como el lugar de la autonomía y la seguridad, o sea, actúa como una especie de prisión, un lugar donde es seguro ser gay.
Siguiendo la misma línea de estudios que articulan la construcción de los espacios con el poder, para Cresswell (2004) la creación de un lugar implica necesariamente la definición de lo que queda fuera. Como advierte, “a place does not have meanings that are natural and obvious but ones that are created by some people with more power than others to define what is and is not appropriate”154 (2004: 27). También Cresswell utiliza la expresión “in place/out of place” para describir la regulación heterosexual de los espacios. Considera que “estar fuera de sitio” implica simbólicamente relacionarse con la suciedad y la contaminación, siguiendo el enfoque de Mary Douglas (1973).
Doan (2010) describe su experiencia como mujer transexual para afirmar que los espacios están también generizados. Según la autora, las rígidas categorizaciones de género impiden que personas intersexuales y transexuales accedan a los espacios de la misma manera que el resto. En consecuencia, estas personas experimentan la división del espacio generizado como una “tiranía de género”. Siguiendo un relato autoetnográfico, la autora desarrolla su propia experiencia de esta “tiranía” a través del uso de diferentes espacios públicos y privados como los baños públicos, estacionamientos, el lugar de trabajo y el hogar. Concluye su artículo diciendo que:
Gender strongly influences the ways that spaces are perceived and the kinds of activities that are possible, acceptable, or even safe within them. The tyranny of the gender dichotomy is an artifact of the patriarchal structuring
154
“[…] un lugar no tiene significados que son naturales y obvios, sino que son creados por algunas personas con más poder que otras para definir lo que es y no es apropiado”.
of gendered space and it is time to lay it aside, not just for trans people, but for us all 155(Doan, 2010: 649).
Namaste (2006) considera que la definición del espacio público está íntimamente vinculada con las sanciones sociales que se efectúan en relación a las identidades de género disidentes. Advierte que las personas trans corren peligro tanto en los espacios públicos “ordinarios”, como en las áreas destinadas a gays y lesbianas. En las calles de Montreal (Canadá), las principales víctimas de la violencia no lo son por su orientación sexual, sino por la forma en que la presentación del género se visibiliza como una amenaza al dominio masculino y heterosexual del espacio público. Emplea la expresión “genderbashing” (“ataques de género”) para nombrar, precisamente, a este tipo de violencia que es experimentada cotidianamente por personas que viven fuera del modelo normativo de sexo/género.
Desde una perspectiva feminista, la antropóloga Teresa del Valle (1997) analiza las representaciones y las distribuciones desiguales de los espacios en relación a los hombres y las mujeres. Considera que en muchas ocasiones “el espacio sirve para separar, y con frecuencia va unido a las formas de cómo una sociedad elabora y expresa sus relaciones de poder, sus conceptos de igualdad-desigualdad” (26). Advierte que el varón está en lo público y sólo de paso por el hogar, mientras que la mujer está íntimamente ligada a la casa y sólo transita por el espacio público. Del Valle sostiene que: “la mujer de su casa pasa tiempo en ella y aunque salga lleva consigo esa pertenencia porque la responsabilidad de cómo y cuándo la deja le ha correspondido a ella” (49). En efecto, este énfasis que se pone en la naturalización de la mujer como la reina de la casa conlleva que en la planificación de las ciudades se excluya a las mujeres y se prescinda de la categoría del género como variable independiente. Según la autora, las urbes poseen un sesgo sexista.
Estos diferentes aportes teóricos aseguran que los espacios no son neutrales y están sexualizados y generizados. Existe una presuposición natural a considerar que todo espacio público es heterosexual y, sobre todo, masculino. Quienes no “encajan” en dichos espacios por presentar “otras” orientaciones sexuales e identidades de género, son excluidos/as y están “fuera de lugar”. Se sabe que la “colonización” del territorio
155
“El género influye fuertemente en las formas en que los espacios son percibidos y en el tipo de actividades que son posibles, aceptables, o incluso seguras dentro de ellas. La tiranía de la dicotomía de género es un artefacto de la estructuración patriarcal del espacio generizado y es el momento de dejarlo a un lado, no sólo para las personas trans, sino para todos/as nosotros/as”.
por parte de las comunidades LGTB ha estado unida al activismo político para reafirmar sus identidades, como señala Enguix (2010). Sin embargo, fuera de la permisividad de estos “ambientes” donde la diversidad es celebrada, el poder de la normalidad es implacable. Como asegura Eribon, refiriéndose a los hombres gays, “incluso los que actualmente se sienten más libres, en las grandes ciudades occidentales, deben saber negociar a cada instante la relación con el mundo que los rodea: saber dónde es posible coger de la mano a su compañero, dónde se puede dejar traslucir afecto por una persona del mismo sexo y dónde más vale evitarlo” (Eribon, 2001: 32). En el caso de las travestis, ellas tienen serias dificultades para salir a la calle durante el día. Sin el resguardo de la noche y las redes de protección construidas por ellas mismas, salir durante el día se presenta como un desafío debido a las posibles agresiones que puedan sufrir (Pelúcio, 2009a). En realidad, la presencia en sí de travestis en los espacios públicos es vista como una amenaza a la racionalidad heteronormativa.