2.3 Persistent Scatterers Interferometry: The Coherent Pixels Technique
2.3.2 Linear estimation
CAPÍTULO
XI
Durante los diez días que siguieron, los barcos de la flota anclados en Sagres fueron limpiados, fumigados y escudriñados por todos sus rincones. Se examinaron las bodegas y se renovaron los lastres. Un galeón de las proporciones del Elizabeth Bonaventure, con dotación de doscientos cincuenta hombres, podía acumular mucha suciedad en el transcurso de siete u ocho semanas, e igual puede decirse de los barcos más pequeños. En tiempos de Isabel no se ignoraba que cuanto más sucio estaba un barco, menos sana se encontraba su tripulación, y había ya demasiados enfermos en la flota. El mayor número posible fue trasladado a la costa —siendo éste el mejor remedio de que disponían— y se tomaron las medidas necesarias para enviar a la patria los casos más graves en dos de las naves apresadas. Entretanto, los navíos que seguían en el mar, especialmente las pinazas, más manejables para esta clase de tareas, iban recorriendo metódicamente la costa, diez o quince leguas hacia el Norte y viceversa —y la misma distancia luego hacia el Este—, hundiendo, incendiando o remolcando hasta Sagres toda embarcación que se cruzara en su camino.
No era un trabajo tentador; la situación apenas se animó con la llegada a Lagos de una escuadra de diez galeras que con prudencia muy loable no presentó batalla. Las embarcaciones incautadas tampoco eran presa de valor. Formaban un grupo numeroso —bastante más de cien, contando las que fueron destruidas en las playas cercanas al cabo y las
apresadas en el mar—, pero sólo unas pocas llegaban a las sesenta toneladas y ninguna reportaría un céntimo por lo que respecta a botín. En general formaban dos grupos. Más de la mitad pertenecían a las pesquerías de atún del Algarve y Andalucía, industria floreciente a la que Drake había asestado un rudo golpe destruyendo no sólo todos los botes de pesca que hallaba, sino también las pequeñas poblaciones pesqueras que anidaban en la playa y hasta las redes de los pescadores, y obligando con ello a la gente —así pensaba Drake— a «lanzar maldiciones al propio rostro de sus gobernantes». Por supuesto, a alguien maldecirían. El resto del botín eran pequeños barcos del comercio costero, barcazas y carabelas que transportaban mercancías de uso corriente a lo largo de las costas españolas. La mayoría llevaban cargamento de pertrechos para fabricar toneles, «flejes, duelas de barril y cosas parecidas» con destino a Cádiz o al estrecho. Drake conocía el valor de aquel botín que aparentemente no valía un céntimo. «Los flejes y duelas de barril sobrepasaban las 1.600 ó 1.700 toneladas de peso», escribió a Walsingham, «material que una vez montado en cascos y listo para contener bebidas alcohólicas habría alcanzado las 25.000 ó 30.000 toneladas seguramente. Ordené que todo ello fuese incendiado y reducido a cenizas, lo cual ha de representar un perjuicio no pequeño para el rey, sin mencionar la pérdida de sus barcazas». Para la marina de la época, los barriles eran artículo de primera necesidad, no sólo para almacenar agua y vino, sino también para conservar carne en salazón, pescado en salmuera, galletas y toda clase de provisiones. Para barriles herméticos se necesitaban duelas en madera bien curada y de una apropiada calidad. Estos suministros jamás sobraban y la organización de la Armada había creado ya una extraordinaria demanda. Si al final cuando la Armada zarpase, sus barriles de agua resultaban agrietados y sucios y se estropeaba mucha comida debido a las duelas en madera verde y a cascos mal fabricados, el humo que se alzaba sobre Sagres sería el verdadero responsable de ello. La quema de los flejes y duelas de barril fue, para España, un golpe más grave que el incendio de los barcos en la bahía de Cádiz.
No obstante, por el momento, el golpe más grave era la presencia de la flota inglesa en el cabo de San Vicente. En Lisboa, el marqués de Santa Cruz seguía inmovilizado por falta de soldados, marinería, cañones y abastecimientos. Procedentes del Mediterráneo, anclados en Málaga o Cartagena, titubeando ante Gibraltar o, en el mejor de los casos, no aventurándose más allá de Cádiz, estaban los barcos que llevaban todo aquello tan urgentemente necesitado por Santa Cruz: cañones y municiones, pólvora y galletas, marinería de una docena de puertos mediterráneos y veteranos de los regimientos de Nápoles, debidamente escoltado todo ello por mercantes armados que habían de formar la escuadra de Oriente y las cuatro grandes galeazas de Nápoles, además de algunas galeras sicilianas, formidable ayuda para la fuerza combativa de Santa Cruz. Casi diariamente, a medida que iba recibiendo los últimos informes en Aranjuez, Felipe II abrumaba con nuevas órdenes al fiel duque de Medina Sidonia. Los barcos fondeados en el río de Sevilla tenían
que zarpar al instante hacia Lisboa. Ninguno debería abandonar el puerto mientras Drake patrullase por las aguas del cabo de San Vicente. Si Drake dejaba el cabo, las galeras con el cargamento de artillería y soldados urgentemente necesitados en Lisboa tendrían que intentar llegar en seguida allí. Si Drake volvía al cabo, las galeras habrían de quedarse en donde estaban y la tropa marchar por tierra hacia Lisboa, seguida por cuanta artillería y provisiones pudiese transportar.
Entretanto Drake y el capitán Fenner —poco más o menos su jefe de Estado Mayor— eran perfectamente conscientes de lo ventajoso de su posición. Tras un claro relato de las operaciones realizadas hasta la fecha y una descripción de lo que sabía acerca de la disposición de fuerzas españolas (y lo que sabía se aproximaba mucho a la realidad), el capitán Fenner concluía así:
«Dominamos este cabo, tan en favor nuestro y tan en contra de ellos, como gran bendición ha sido lo que supimos después. Pues la cita es en Lisboa, donde sabemos hay en la actualidad unos 25 barcos y siete galeras. Entre los otros y su tierra nos encontramos nosotros; así pues, son como un cuerpo que careciese de miembros y no pueden reunirse porque están faltos de provisiones de toda clase...»
«Así como tuvimos un feliz comienzo, no dudamos querrá Dios seguir ofreciéndonos igual continuidad..., que no será la multitud la que decida dónde a Él complazca extender su mano.»
Drake escribió a Walsingham el mismo día. Su abrumador y bíblico himno de alabanza al triunfo sobre los enemigos de la Verdad y los defensores de la imagen de Baal y Dagon se toma repentinamente prosa directa.
«Mientras Dios tenga a bien facilitamos provisiones para comer y beber y si nuestros barcos, el tiempo y el viento nos lo permiten, vuestro honor sin duda será informado de que seguimos cerca de este cabo de San Vicente, en espera, hoy y siempre, de las órdenes que su majestad y vuestra excelencia quieran damos.
Que Dios nos haga sentir agradecidos de que su majestad la reina envíe estos pocos barcos a tiempo. De tener otros seis barcos de su majestad, de segunda clase, aún nos sería posible evitar que el enemigo se reúna (parece ser que Drake ya había solicitado refuerzos) y tal vez apresar o inhabilitar sus flotas en todas partes, durante el mes próximo o después, que es cuando suelen regresar a la patria, con lo cual, en mi pobre opinión, pondremos a esta gran monarquía en las condiciones que son de desear.
Todo buen asunto ha de tener comienzo, pero seguirlo hasta el final, hasta que quede totalmente realizado, es lo que proporciona verdadera gloria... Agradezcamos a Dios, una y otra vez, haber iniciado un comienzo —aunque pequeño— en la costa de España.»
Ambas cartas fueron escritas el 24 de mayo (nuevo sistema) y Drake añadió una breve nota el día 30, sugiriendo que el barco de Dunquerque
enviado con mensajes después del ataque a Cádiz le fuese remitido de nuevo junto con los demás refuerzos. Entretanto, los barcos que habían de llevar estos despachos junto con los marineros enfermos e incapacitados a Inglaterra estaban ya dispuestos y el 1.º de junio levaban anclas. Toda la flota partió con ellos, dándoles escolta hasta la parte occidental del cabo. Luego, cuando los barcos con rumbo a la patria enfilaron proa al Norte, el resto de la flota siguió navegando por alta mar, internándose en el Atlántico, hacia el lugar por donde se pone el sol. Y no volvieron a la bahía de Sagres.
Su destino era las Azores. Este súbito abandono del cabo de San Vicente está rodeado de misterio. Por lo que se sabe, los barcos que partieron aquel mismo día hacia Inglaterra no tenían la menor idea de que el almirante fuese a abandonar la base. Por el contrario, en sus despachos, Drake insistía solicitando refuerzos para seguir allí dos meses más; Cuando escribió que «seguirlo hasta el final es lo que proporciona verdadera gloria», ignoraba sin duda alguna que sólo podría seguir aquello cinco días más. ¿Acaso no estaba conforme consigo mismo? Ni la necesidad de provisiones ni la falta de salud de sus tripulaciones le obligaron a partir. Un hombre con su capacidad para el mando y tan obstinado como él no hubiese cedido a la presión de sus oficiales ni a la de sus tripulaciones. Y ¿por qué marchar tan precipitadamente sin tener en cuenta que muchos barcos de su escuadra no habían terminado aún el abastecimiento de agua potable ni el traslado de sus enfermos a los navíos que regresaban a Inglaterra? Persiste algún misterio, incluso suponiendo —como es lógico— que Drake hubiese recibido informes súbitos con respecto a un nuevo objetivo de importancia capital.
La San Felipe, una carraca con destino a su base, procedente de Goa, con el cargamento anual de especies y mercancías de Oriente, frutos del imperio oriental portugués, había anunciado su llegada a la Casa de Indias, desde Mozambique y posteriormente desde São Tomé. El rey Felipe temía que Drake conociese su existencia, ya que las carabelas del comercio con Guinea navegaban en aquel momento rumbo a Lagos o frente al cabo, en ruta hacia Lisboa y alguna de ellas había probablemente atisbado la gran carraca. De seguir ésta el rumbo habitual de los barcos portugueses procedentes de la India con destino a Portugal, la San Felipe, en lugar de bordear siguiendo la costa africana, cruzaría de una larga virada las rutas del Nordeste desde Cabo Verde hasta las Azores para navegar luego ante el sector oeste hacia Lisboa. Sabiendo que la carraca existía, Drake sólo tenía que calcular su probable velocidad y elegir el lugar para atacarla. Sin duda alguna, cuando el 18 de junio el Elizabeth
Bonaventure avistó São Miguel en las Azores, allí entre la isla y la nave
almirante, navegando con velas desplegadas, forzosamente había de surgir la carraca. No es, pues, de extrañar que los españoles creyesen que Drake poseía un espejo mágico en su camarote en el cual podía ver todos los barcos que navegaban por los mares del mundo.
Antes de divisar la San Felipe, el Elizabeth Bonaventure había perdido compañía. El 3 de junio se desencadenó una violenta tempestad
que no amainó en las siguientes cuarenta y ocho horas. Cuando la escuadra volvió a agruparse todos los galeones de la reina estaban presentes y también los tres galeones privados, el Thomas de Drake, el
White Lion del Lord Almirante, y el Minion de Sir William Winter, junto
con algunas pinazas. Pero los barcos de Londres habían desaparecido. Luego se supo que todos habían regresado sanos y salvos al Támesis.
Al día siguiente se atisbo un navío, y el Golden Lion y una pinaza —la
Spy— partieron en su persecución. Poco después la pinaza Spy volvió
sola. El capitán Marchant, que ostentaba su mando, informó que el barco atisbado era un navío inglés (¿tal vez alguno de los londinenses?), pero que la tripulación del Golden Lion, influida por su anterior capitán William Borough, se había amotinado negándose a volver junto al almirante y en aquellos momentos la embarcación navegaba con rumbo a la patria. Drake vio así confirmadas sus peores sospechas. Reunió un consejo de guerra e hizo se condenase a muerte a Borough por traidor. Luego le olvidó por completo. Lo mismo podríamos hacer con el episodio relatado; sólo habrá que añadir que ningún tripulante del Golden Lion fue condenado por motín; que todos, incluso el propio Borough, recibieron sus pagas y su correspondiente parte del botín, y que los documentos del proceso abierto para aclarar el caso cuando los acusadores de Borough llegaron a Inglaterra han proporcionado mucha información —imposible de hallar en otro lugar— sobre la campaña.
La desaparición de los barcos londinenses y la deserción del Golden
Lion redujo la escuadra de Drake a seis galeones y algunas pinazas, pero
con una flota aún más reducida la carraca podría haberse apresado también. Ciertamente su cubierta sobresalía muy por encima de la de los galeones —como sobrepasa en altura un caballo percherón a un poney— y su tonelaje era mayor que el de tres de sus más grandes embarcaciones juntas, pero como ocurría en casi todas las carracas portuguesas en viaje de regreso a la patria, su tripulación estaba debilitada y agotada por las enfermedades; en el puente principal, un exceso de mercancías inutilizaba las troneras, y las piezas de bronce de sus castillos de popa y proa —muy apropiadas para combatir a los piratas del océano Índico y la costa de Berbería— eran poco adecuadas para entablar batalla con los pesados cañones de las embarcaciones inglesas. Su capitán defendió la nave tanto tiempo como lo requería su honor y luego se rindió gallardamente. A él y a sus hombres les fue entregada una embarcación para marchar a São Miguel o donde les apeteciese y Drake puso rumbo a Plymouth con su tremenda presa, primera de su clase en la historia.
La carraca iba atestada de pimienta, canela y clavo, percales, sedas y marfiles, además de una satisfactoria cantidad de oro y plata y unas cuantas arquillas de joyas. Su valor total ascendió a casi 114.000 libras esterlinas. Era más del triple del valor de todos los transportes y barcos apresados, hundidos o incendiados en la bahía de Cádiz. Todas las duelas de barril y todos los barcos pesqueros de España juntos no podían alcanzar una cifra como aquella. Aunque los mercaderes de Londres insistieron en retirar su parte del botín sin haber realizado el menor
trabajo por conseguirlo, Drake aún percibió más de 17.000 libras esterlinas, y la reina, por su parte, más de 40.000. Ahora bien, un galeón del tamaño de la nave almirante en que viajaba Drake podía construirse por unas 2.600 libras y alquilarse por unas 28 libras al mes. En los barcos de la reina un marinero gastaba —sueldo y manutención comprendidos— unos catorce chelines al mes. La tripulación completa de un barco como el
Elizabeth Bonaventure podía ser pagada y alimentada durante un mes
con unas ciento setenta y cinco libras o quizás menos; 17.000 libras esterlinas era el valor total de las tierras de un noble de buena posición; 40.000 libras bastaban para poner en pie de guerra a todo un ejército. Tanto para Drake como para su reina, la captura de la San Felipe hizo de aquel viaje un completo éxito comercial.
Teniendo en cuenta la vida y las costumbres del siglo XVI, los modernos biógrafos de Drake no habían de sentirse incomodados por el episodio de la San Felipe ni tampoco ofrecer explicaciones sobre el particular. Los contemporáneos de Drake no las consideraron necesarias. Una de ellas ha sido que «el hambre y la enfermedad obligaron a Drake a abandonar su base». Es cierto que los amotinados del Golden Lion alegaron que apenas si disponían de avituallamiento en sus bodegas, que tenían cuarenta y seis hombres enfermos (probablemente casi una quinta parte de la tripulación) y que todos en general estaban débiles y depauperados debido a la escasez y a la mala alimentación. Puede que fuese así. El Golden Lion desde el principio del viaje había parecido historia en la expedición. Pero se suponía que los barcos de la reina al zarpar llevaban provisiones para tres meses, y el Golden Lion, poco después de nueve semanas, estaba de vuelta en Inglaterra. Entretanto los barcos de la reina habían tenido derecho de prioridad sobre los vinos, las galletas y el aceite capturados en Cádiz, aparte de otras oportunidades que tuvieron para aprovisionarse mediante barcos apresados y asaltos a la costa. Ni Drake ni Fenner se preocuparon lo más mínimo por el aprovisionamiento hasta que finalizó el mes de mayo y ciertamente los londinenses que aseguraron varias veces tener lo necesario para nueve meses no podrían hallarse faltos de víveres.
En la conducta de los londinenses radica precisamente el corazón del misterio. Porque la otra excusa que se alega en favor de Drake es que el grueso de su flota desertó, de modo que no pudo regresar al cabo de San Vicente. Ahora bien, los londinenses, como ya hemos dicho, disponían de suficientes provisiones y excelentes navíos. No existe sospecha de que encontrasen dificultades después de la tempestad. Y si bien antes se aburrieron quemando duelas de barril, difícilmente habrían despreciado la caza de un tesoro. Ellos, mejor que nadie, veían en la expedición una aventura comercial, sólo que hasta entonces había producido pocos beneficios. Después de la tempestad que dispersó la flota a la altura de Finisterre en el viaje de ida, los londinenses, al igual que los otros barcos, no tuvieron dificultad en reunirse con el resto de la flota. Resulta raro que, al parecer, no realizasen esta vez esfuerzo alguno en tal sentido. Parece como si Drake no hubiese señalado un punto de reunión, e incluso
quizás, ni siquiera dado cuenta de su destino y de lo que allí esperaba encontrar. ¿Quizá porque tenía demasiada prisa por marchar? ¿O quizá porque precisaba del absoluto secreto necesario para que la sorpresa fuese total? ¿O porque, de momento, le dominó su instinto de viejo corsario y prefirió no repartir un rico botín entre demasiados compañeros?
En todo caso se puede tener la seguridad de que, cualquiera que hubiese sido el número de barcos que le acompañasen, Drake no hubiera vuelto al cabo después de apresar la gran carraca. De una parte, hacía dieciocho días que había zarpado, y aun contando con viento favorable, necesitaría otra semana para volver. Si los españoles hubiesen actuado con razonable rapidez, Santa Cruz dispondría aún de una flota de combate a la que difícilmente podría haber hecho frente con la totalidad de la suya el propio Drake. Pero la razón principal fue que el almirante no podía arriesgarse a perder la gran carraca. Las guerras del siglo XVI se hacían con dinero. Para Felipe, recuperar su barco significaba contar con 500.000 ducados. Francis Drake jamás había de llegar a saber que el cargamento de la carraca —como todos los cargamentos portugueses que procedían de la India desde hacía muchos años— estaba completamente hipotecado por los banqueros que, mediante un elevado interés, seguían sosteniendo el ruinoso negocio de especiería al por mayor en que se había convertido el imperio oriental del rey de Portugal. La pérdida de la San
Felipe sin duda agravaría las dificultades financieras de Felipe II, pero su
recuperación difícilmente hubiese aumentado sus valores líquidos. Drake ignoraba esto. Pero sabía lo que para su real señora iba a significar una parte en aquel botín y lo que podía significar para la marina inglesa.