CAPÍTULO
XV
A medida que el año 1587 iba tocando a su fin, toda la Europa occidental experimentaba un estremecimiento de temor, lo cual era, en parte, perfectamente lógico. La inminencia del invierno hacía cada vez menos probable que la flota anclada en Lisboa zarpase antes de fin de año, pero acrecentaba la certeza de que lo haría en primavera, precisamente contra Inglaterra. En suma, aunque Felipe II no cesaba de escribir a sus embajadores que el punto de destino de la Armada había de mantenerse en secreto, celosamente guardado, aunque Mendoza guardaba un enigmático silencio sin dejar de probar todo plan de defensa y contraespionaje que se le ocurriese y aunque el duque de Parma intentaba disfrazar las cosas diciendo que su patente interés por Inglaterra era sólo una pantalla con que disimular una súbita marcha hacia Walcheren, el proyecto verdadero de Felipe se iba perfilando con toda claridad. Lisboa estaba llena de extranjeros y el observador menos experimentado podía fácilmente afirmar que tan gran movilización de barcos, marineros, soldados y cañones no podían destinarse únicamente a la protección del comercio con las Indias ni tampoco a levantar inquietud en Irlanda. Flandes era todavía una encrucijada de la industria y aun dentro de su población muchos simpatizaban con los rebeldes. El duque de Parma tenía que poner en práctica sus planes ante los ojos perspicaces de aquéllos y le iba resultando difícil hacer creer a los flamencos que para una invasión anfibia de Walcheren se necesitaban cinco leguas de canales nuevos que enlazasen Sluys y Nieuport. Terminados éstos, las barcazas
podrían pasar desde el Escalda más allá de Amberes hasta el puerto de Dunquerque sin salir a mar abierto y según los cálculos del duque una flotilla de Dunquerque podría, contando con tiempo favorable, estar a la altura del cabo Norte y cerca de Margate, todo ello entre el crepúsculo y el amanecer de una noche de abril.
Hacia últimos de noviembre el principal proyecto —cruce del Canal por el ejército del duque de Parma protegido y ayudado por la flota procedente de España— resultó clarísimo para Buys y Oldenbameveldt, para Burghley y Walsingham. Inglaterra y Holanda tomaron las consiguientes disposiciones navales. En realidad, los banqueros de Augsburgo, los mercaderes de Venecia y los ociosos y charlatanes parroquianos de las tabernas de París lo apreciaron con igual claridad. Toda la cristiandad quedó al acecho del desarrollo del grandioso conflicto entre Inglaterra, tradicional dueña y señora de los mares próximos, y el nuevo coloso español aspirante al imperio de los océanos.
Para la mayoría de observadores inteligentes el resultado no era fácil de prever. Indudablemente, la flota inglesa seguía siendo —como siempre fue en el pasado— la más formidable fuerza combativa en el Atlántico. Además, y según la experiencia había confirmado repetidamente, en las guerras del siglo XVI era muy difícil conquistar un país resuelto a defenderse. Pero, por otra parte, había que tener en cuenta la historia militar del ejército del duque de Parma. Había vencido una y otra vez a legiones de soldados profesionales. Su general era considerado por todos como el más grande jefe militar de la época. Por contraste, la milicia inglesa estaba formada por tropas inexpertas y su probable jefe, el conde de Leicester, carecía de verdadero talento militar. Ninguna ciudad inglesa poseía fortificaciones realmente modernas para la defensa y muchos opinaban que los ingleses estaban demasiado divididos para ofrecer una resistencia firme. Una vez efectuado el desembarco —afirmaban insistentemente los ingleses exiliados en España— el duque de Parma hallaría que Inglaterra era mucho más fácil de conquistar que Holanda o Zelanda. Para el transporte de las tropas nadie ignoraba que Felipe II estaba realizando un esfuerzo sin precedentes. Todos los recursos marítimos del Mediterráneo eran suyos. Había anexionado a su propia flota la portuguesa, segunda potencia marítima del Atlántico. Muchos de sus capitanes eran hábiles marinos duchos en la navegación por alta mar. Pero existía un hecho más importante aún. Con Felipe II España había ido de victoria en victoria. Las gentes del siglo XVI llamaban a aquello «el destino» y también «la divina providencia», la irresistible voluntad de Dios. Siglos después se hablaría de «la ola del futuro» o el triunfo de las fuerzas históricas objetivas, pero cuanto se quería significar tanto en uno como en otro tiempo, es que un fracaso o un éxito, siempre, parece llevar ligada otra circunstancia igual, porque es más fácil creer que todo, siempre, ha de ocurrir de la misma manera que imaginar un cambio. En este caso preciso, incluso los prudentes venecianos, que odiaban tanto como los turcos o herejes, la idea de otra victoria española, hacían sus pequeñas cábalas sobre el éxito de la invasión del rey Felipe.
Poco importa cuál fuese la reacción general ante las posibilidades del triunfo español, el caso es que nadie dudaba del destino de Europa si España ganaba nuevamente la batalla. Con Inglaterra en manos de Felipe, los días de Holanda estaban contados. Consecuencia casi lógica de su dominio de Inglaterra era su poderío en los mares adyacentes, y sin contar con las aguas del litoral, los holandeses no podían resistir mucho tiempo; en opinión de muchos era incluso de locos intentar resistir. En cuanto a los tan divididos franceses, una derrota inglesa hundiría definitivamente y la ya desesperada causa hugonote y el último de los Valois, privado de equilibrio en el columpio de las guerras civiles, quedaría ante el amargo dilema de elegir entre sobrevivir como marioneta de España o verse arrinconado sin ninguna consideración. Enrique de Guisa sería rey de lo que quedase de Francia después de que Felipe recobrase lo que distintas ramas de su familia habían perdido (más las provincias y puntos estratégicos que considerase prudente conservar). La sombra de España, de las banderas de una interminable cruzada y del estado unitario —versión armada de la Iglesia— se extendía por toda Europa. Había optimistas en Pau y Amsterdam, Heidelberg y Ginebra, Venecia e incluso Roma, seguros de que si la Armada de Felipe II fracasaba, Europa podría esquivar aquella sombra. Y había hombres — rudos soldados— vegetando en los meses de invierno por Plymouth y Flesinga o junto al río de Londres que deseaban, más que nada en el mundo, enfrentarse un día con las naves españolas. Pero ni siquiera aquéllos creían fácil la victoria.
Otra nube se cernía sobre el año que se aproximaba, nube por cierto aún más aterradora y misteriosa que la de la guerra. Desde el siglo anterior se venía rumoreando (acaso desde hacía muchos siglos) y se seguía repitiendo a medida que avanzaba el año 1588, que un inminente desastre amenazaba a la Europa occidental. La profecía del cataclismo se basaba fundamentalmente en la numerología del Apocalipsis de San Juan con comentario aclaratorio (si éste es el concepto justo) gracias a algún dato del capítulo XII de Daniel, todo ello reforzado por un pasaje de Isaías capaz de helar la sangre a cualquiera. Quienes habían estudiado suficientemente la cuestión estaban, sin duda alguna, convencidos de que la historia, desde el primer año de Nuestro Señor se dividía en una serie de ciclos, complicadas permutaciones de múltiplos de diez y de siete cada ciclo, finalizando en un acontecimiento gigantesco y todos ellos terminando con impresionante carácter de final en 1588. Felipe Melancthon observó que el penúltimo ciclo había finalizado en 1518 con el desafío de Lutero al Papa y que desde aquel acontecimiento sólo quedaba un último ciclo de diez veces siete años —la duración del cautiverio babilónico— hasta que el séptimo sello fuese abierto, el anticristo destruido y se produjese el Juicio Final. Muchos protestantes fanáticos habían hallado, en medio de sus lamentaciones, triste consuelo en las predicciones de Melancthon y desde hacía mucho tiempo circulaban aleluyas con su síntesis, en alemán, holandés, francés e inglés.
Pero la profecía era mucho más antigua, mucho más vieja que el propio Melancthon. Hacia mediados del siglo XV, Johan Müller, de Königsberg, conocido por Regiomontanus, gran matemático que proporcionó tablas astronómicas a Colón y a toda una generación de navegantes, sintió curiosidad por el tema e incluso llegó a trazar un mapa de los cielos en el año fatal. Descubrió que empezaría con un eclipse de sol en febrero y que se producirían dos eclipses totales de luna uno en marzo y otro en agosto, mientras que en la época del primero y por algún tiempo después, Saturno, Júpiter y Marte se reunirían en nefasta conjunción sobre la órbita de la Luna. El significado de todo esto fue escrito por Regiomontanus, con la debida precaución profesional, en resonantes versos latinos:
Post mille exactos a partu virginis annos Et post quingentos rursus ab orbe datos Octavagesimus octavus mirabilis annus Ingruet et secum tristia sata trahet. Si non in totum terra fretumque ruant,
Cuncta tamen mundi sursum ibant atque decresunt Imperia et luctus undique grandis erit.
Su traducción en prosa podría ser:
Mil años después del nacimiento de la Virgen y tras quinientos más concedidos al globo el asombroso año ochenta y ocho empieza y trae con él bastantes terrores. Si este año no trae una catástrofe total, si la tierra
y el mar no sufren un colapso, una total ruina, traerá por lo menos revoluciones mundiales, desaparecerán imperios, y por todas partes sonarán grandes lamentos.
Lo mejor que Regiomontanus podía predecir de los futuros cielos no era demasiado alegre. El sutil y combativo Johan Stoffler, el erudito Leovitius y el ecléctico Guillaume Postel, cuando estudiaron a su vez lo descubierto, no hicieron sino confirmar las predicciones. Y si la ciencia más moderna y la más profunda sabiduría esotérica coincidían exactamente con la numerología bíblica, ¿a qué otras conclusiones se podía llegar sino a aquélla de que el 1588 sería ciertamente año de asombrosos portentos? Se dijo incluso que la nueva estrella de 1572 (primera aparición de su especie en el eterno e incorruptible cielo desde que una estrella mostrara el camino de Belén) había brillado ante ojos humanos durante diecisiete meses lunares desvaneciéndose luego dos veces, una siete años antes del primer eclipse lunar predicho para 1588, otra ciento setenta meses lunares más ciento once días antes del segundo.
No era necesario pensar mucho para captar el significado de estos números apocalípticos; con poca ciencia y menos celo se podía comprender perfectamente que la extraña estrella había aparecido como heraldo y aviso.
Propagadas por toda Europa, de uno a otro extremo, las profecías sobre el año 1588 se recibían e interpretaban de forma diferente en cada país. En España el rey consideraba todo intento de predicción del futuro como algo absurdo e impío y el Santo Oficio miraba con igual desagrado toda especulación escalofriante o ingenuidad astrológica. Oficialmente la corte ignoró la profecía en todas sus formas y si los impresores no siguieron su ejemplo, sus almanaques —como ocurre frecuentemente con tan frágiles hojas— no han sobrevivido al tiempo. Puede que las actividades de la policía del rey contribuyesen a su desaparición.
Porque las autoridades no podían simular ignorancia en la cuestión. Las noticias bullían por toda España. En Lisboa las deserciones de la flota aumentaron en forma alarmante durante el mes de diciembre y se efectuó la detención de un adivino por hacer «predicciones falsas y desalentadoras». En las provincias vascas el reclutamiento sufría demora «a causa de los rumores que circulaban sobre muchos extraños y espantosos portentos». En Madrid se hablaba de nacimientos monstruosos y en provincias de visiones alarmantes. Ninguna de estas despreciables supersticiones afectó en lo más mínimo a Felipe II y no se tienen pruebas de que alguien intentase convencerle acerca de lo nefasto del año 1588. Pero, tal vez para mejorar la moral de sus súbditos, se decidió el rey a actuar. Después de la Navidad de 1587 se produjo una epidemia de sermones que atacaban a la astrología, la hechicería y todo pronóstico impío. Que algunos españoles considerasen inquietantes los versos de Regiomontanus resulta bien lógico. El colapso y la total ruina de tierra y mar no son precisamente circunstancias ideales para el desarrollo de una operación anfibia. Y si los imperios estaban destinados a desaparecer, ¿cómo no considerar amenazado el por aquel entonces mayor imperio del mundo?
En Italia, especialmente en Venecia y Roma, las profecías se discutían con igual interés que en España, pero sin la misma unánime creencia sobre el determinado y amenazado imperio. Un corresponsal anónimo de William Allen (o tal vez del padre Parsons) facilitó al asunto nuevas luces. El informe resultó ser lo bastante importante en la pequeña casa de la vía di Monserrato como para inducirles a enviar una copia al Vaticano, a la especial atención de Su Santidad. Según el informador, gracias a un misterioso movimiento de tierras, en los ruinosos cimientos de la abadía de Glastonbury se había descubierto una lápida de mármol que sin duda permaneció enterrada bajo la cripta durante siglos. Grabados en ella, con letras de fuego, aparecían los proféticos versos: «Post mille exactos a partu virginis annos.» Estaba, pues, bien claro que las terribles líneas no habían sido escritas por un alemán contemporáneo. Prescindiendo de cómo llegó a conocerlas Regiomontanus, nadie sino el propio Merlín podía haber sido su autor, y su tenebrosa ciencia o la
inescrutable providencia de Dios los había sacado a la luz precisamente a tiempo para avisar a los britanos de la destrucción que amenazaba el imperio de Uther Pendragon. La profecía resultaba más verosímil porque, según de sobra era sabido, Merlín también profetizó el restablecimiento de la dinastía del rey Arturo y otros hechos notables. Ningún comentario de la vía di Monserrato indica la importancia que el cardenal Allen y sus amigos dieron a la nueva. No existen pruebas de que la misma fuese del dominio público en Inglaterra. Pero precisamente al margen de «atque decresunt Imperia» algún escéptico de la época escribió en italiano: «No dice qué imperios ni cuántos.»
¿Cuántos y cuáles eran los imperios amenazados? La misma pregunta turbaba al emperador Rodolfo II. Frecuentemente durante aquel invierno, asomado a la ventana de su torre en el Hradschin contempló, por encima de los nevados tejados de Praga, cómo los tres planetas se acercaban a su amenazadora conjunción. No había príncipe en Europa que creyese con más firmeza que Rodolfo en la astrología y ninguno comprendía mejor que él cuán difícil era interpretar correctamente las estrellas. Sabía leer en ellas como un profesional y necesitaba poco tiempo para distinguir a un charlatán de un astrólogo serio, pero, pese a su habilidad en aquel arte, nunca se daba por satisfecho hasta que sus resultados coincidían con los de los mejores entendidos. Generalmente mantenía en la corte a uno o dos astrólogos de confianza y celebraba consultas por carta —algunas veces incluso valiéndose de correos especiales— con otros de lugares tan lejanos como Catania en Sicilia o la isla de Hven, en los estrechos daneses. Conforme avanzaba el mes de febrero de 1588 se ocupaba más que nunca de las estrellas; tanto, que el embajador de Felipe II, Guillén de San Clemente, llevaba varias semanas sin conseguir una entrevista con él, y el, ministro residente de Venecia supo que varios importantes despachos de Polonia seguían en su mesa sin abrir.
Las consultas con los expertos confirmaban los presentimientos de Rodolfo. No existía en el cielo signo alguno precursor del fin del Globo ni tampoco del inmediato Juicio Final en que creían implícitamente tantos contemporáneos del emperador. Al igual que la mayor parte de astrólogos científicos, Rodolfo descartaba estas creencias, de igual modo que sentía un gran escepticismo ante toda clase de numerología bíblica y supersticiones de la misma especie. Según las estrellas, en el año 1588, el tiempo sería excepcionalmente malo y era casi seguro que se produciría un inusitado número de inundaciones y terremotos locales, pero en lo tocante a catástrofes naturales no se hacía referencia a nada más. Por otra parte, parecía cierto que habría grandes revoluciones en la humanidad, que se tambalearían los imperios y que, ciertamente, resonarían lamentos por doquier.
Definir cuáles eran los imperios destinados a hundirse era algo ante lo cual los demás astrólogos se mostraban tan indecisos como el propio Rodolfo. Ocurriera lo que ocurriese en Polonia (donde Maximiliano, el hermano del emperador, luchaba por la corona con un candidato de
Suecia, sin resultado positivo) se trataba de un imperio susceptible de desaparecer. Pero difícilmente parecía posible que tanto signo espantoso sólo presagiase otra brusca alteración en el curso de la política polaca. Probablemente hacía referencia a la crisis de Occidente. Tanto en el caso de que Felipe II triunfase y derribase al gobierno británico en Inglaterra —y posiblemente también al francés— como si fracasaba dando el primer paso en el declive de su imperio inmenso, la predicción de las estrellas quedaría justificada. Rodolfo que, por supuesto, era un Habsburgo y, al menos oficialmente, católico, estaba preocupado por los éxitos españoles y las pretensiones de España. Difícilmente podía decidir cuál de los dos resultados le complacería menos. La otra posibilidad era todavía más desagradable. Pese a los muchos reyes que en aquel tiempo se llamaban a sí mismos emperadores, Rodolfo era «El Emperador». Su dignidad se remontaba en ininterrumpida sucesión —y así gustaba de recordárselo a su pueblo— hasta aquel emperador cuya autoridad Cristo había reconocido con su muerte. Parecía alarmantemente probable que tanto desacostumbrado portento amenazase nada menos que el eterno imperio de los romanos. Aunque éste, por supuesto, no podía desaparecer. Formaba parte del orden natural de las cosas y no podía desaparecer. Pero si decaía sólo un poco más, casi sería invisible para el ojo humano. Naturalmente la posibilidad de que una vez más disminuyese su ya incierta autoridad resultaba, para Rodolfo, muy inquietante. Dadas las circunstancias decidió como mejor recurso no hacer nada, entrevistarse con pocas personas —cuantas menos, mejor—, salir tan poco como fuera posible del Hradschin y no tomar decisiones irrevocables hasta que el tiempo mostrase cuáles eran los imperios que estaban a punto de caer. Era un refugio al que acogerse ante la terrible incertidumbre de las estrellas, refugio que el emperador aprovecharía, cada vez con más frecuencia, en años a venir.
Los predicadores que incitaban a las masas de París no parecían dudar del mensaje de las Escrituras y su confirmación por las estrellas. Todo aquello significaba que el día de la venganza de Dios estaba, por fin, próximo. La Jezabel inglesa iba a ser justamente castigada, los rebeldes de los Países Bajos serían finalmente humillados y, consecuencia obligada, los herejes franceses sufrirían el destino al que por tan poco escaparon el año de la matanza de San Bartolomé. Pero todo esto resultaba secundario ante el destronamiento del más malvado de los tiranos, el Villano Herodes. Sus vicios privados sólo eran superados por sus maldades públicas. A crímenes contra natura había añadido la traición a las leyes de Dios y, por tanto, a las fundamentales leyes de Francia. No sólo se negó a exterminar a los herejes como la ley de Dios y la de Francia exigían, sino