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En Tiempo y Narración III (2009), Ricoeur enuncia: “(...) sin la ayuda de la narración, el problema de la identidad personal está condenado a una antinomia sin solución: o se presenta un sujeto idéntico a sí mismo en la diversidad de sus estados, o (...) este sujeto idéntico no es más que una ilusión sustancialista”. (pp. 997-998). De esta manera, se establece la cuestión de la temporalidad dentro de la identidad, es decir qué es lo que hace que una identidad sea considerada como una unidad a través del tiempo. Para resolver esta problemática de la identidad, Ricoeur se vale de diferentes términos narratológicos como relato, trama, etc. para abordar la dialéctica de la mismidad (ídem) y de la ipseidad (ipse) y así poder explicar su noción de identidad narrativa, la cual resolvería la problemática planteada por él, con respecto a la temporalidad de la identidad personal.

2.1.7.1 Relato

Ricoeur, parte de una premisa planteada por Hans-Georg Gadamer- a partir de la cual en el acto de leer se da la fusión de horizontes o intersección entre el mundo del texto (mundo posible) y el mundo del lector (mundo real). Por eso, a

partir de esta premisa, plantea que al decir el quién de la acción (realizado por el lector), el relato se vuelve huella del agente y de su acción; es decir, la tesis que sostiene Ricoeur se sostiene en que el proceso de composición del relato se realiza en el lector y no en el texto, y bajo esta condición se posibilita la reconfiguración de la acción y se le otorga “vida” al texto.

Esta tesis permite establecer, además, una hermenéutica de la obra literaria que tiene una significación más amplia que la lingüística - estructural, y que implica tres dimensiones: la referencialidad (hombre y mundo), la comunicabilidad (hombre y hombre), y la comprensión de sí (hombre y sí mismo). Así la hermenéutica se ubica en el punto de unión entre la configuración interna de la obra y la refiguración externa de la vida del agente de acción tomada por el lector, al construir el relato. Tal como lo menciona en Identidad Narrativa (1998); “El

relato es la dimensión lingüística que proporcionamos a la dimensión temporal de la vida. (...) La historia de una vida se convierte en una historia contada” (p. 342)

Al respecto, además, una de las principales estudiosas de Ricoeur, Marie-France Begué, aclara algunas cuestiones sobre el relato:

(...) el relato, cuya función principal es mimetizar la acción, representa el pasado histórico, pero a la vez lo reinscribe en un tiempo que, por ser narrado, está alimentado por las variaciones imaginativas propias de la ficción. Este conjunto dinámico produce un determinado mundo que es el mundo del texto o de la obra poética, el cual confronta sus efectos de sentido con el mundo del lector, que es quien lo recibe. (Begué, 2003, p. 243)

De esta forma, aclara que en la función principal del relato, al ser recepcionada por el lector establece las cuestiones de las paradojas temporales narrativas, pues el lector no sólo capta el tiempo pasado en el que fue escrito el texto, sino los diversos tiempos plasmados en las acciones del relato y el tiempo presente en el que lee la obra. Por ello, para Ricoeur, el relato es sólo el punto de partida y será el relato quien dé una salida a este problema.

2.1.7.2 Trama

Al respecto de la trama, Ricoeur parte de la relación mímesismythos, planteada por Aristóteles, en la cual el segundo es planteado como la disposición de los hechos, es decir como el “qué” de la mímesis que ya ha sido representada, o el relato. En este sentido, mythos es tomado no en el sentido de fábula, sino en el sentido de trama, por ello manifiesta:

(...) lo posible, lo general, no hay que buscarlo en otro sitio distinto de la disposición de los hechos, ya que es este encadenamiento el que debe ser necesario o verosímil. En una palabra: es la trama la que debe ser típica. Se comprende, una vez más, por qué la acción es más importante que los personajes: la universalización de la trama universaliza a los personajes, (Ricoeur, 2004, p. 95)

En este sentido, la definición del mythos como disposición de los hechos marca, ente todo, la concordancia, por ello dentro de la trama la acción que tiene una determinada extensión, tiene un contorno y una unidad. Además, la trama que configura una unidad, marca un inicio de universalización cuando la estructura de la acción descansa en el vínculo interno a la acción y no en accidentes externos. Por ello, además de disponer los hechos, la función de la trama sería configurar el universo narrativo, es decir; “componer la trama es ya hacer surgir lo inteligible de lo accidental, lo universal de lo singular, lo necesario o lo verosímil de lo episódico”. (p.97).

La composición de la trama, a decir, sienta sus bases en la precomprensión de tres anclajes: las estructuras inteligibles, los recursos simbólicos y el carácter temporal del mundo de la acción.

La inteligibilidad de los rasgos estructurales se refiere a establecer la comprensión del paso de la teoría de la acción a la teoría narrativa. Esto se logra gracias a la relación entre lo que Ricoeur denomina como competencia práctica y competencia narrativa.

La comprensión de la llamada red conceptual se denomina competencia práctica. Esta red conceptual se circunscribe al hecho de considerar los diferentes elementos que hacen posible la acción, tales como los motivos, fines, agentes,

circunstancias, resultado, etc., y que permite separar estructuralmente el campo de la acción narrativa del movimiento físico.

Por otra parte, la narración no se limita a congraciarse con el uso la red conceptual de la acción, pues ella agrega diversos rasgos discursivos que la distinguen de una simple secuencia de frases de acción. Estos rasgos ya no se enmarcan dentro de la red conceptual, cuyos rasgos son semánticos; sino, son rasgos sintácticos que originan la composición de las diferentes modalidades de texto narrativo. En consecuencia, la competencia narrativa a juicio del teórico: “no se limita a suponer la familiaridad con la red conceptual constitutiva de la semántica de la acción; requiere, además, familiarizarse con las reglas de composición que gobiernan el orden diacrónico de la historia.” (p. 119)

El segundo anclaje se encuentra en la comprensión de los distintos recursos simbólicos que median el campo práctico y el narrativo, pues si la acción puede contarse se debe a que desde siempre ha estado mediatizada simbólicamente a través de la diversa articulación de signos, reglas, normas culturales, sociales, etc.

En cuanto al último anclaje, la comprensión de la acción a parte de estar familiarizada con la red conceptual y sus mediaciones simbólicas, exige comprender estructuras temporales que son inherentes a la narración, por ello Ricoeur denomina a la trama como síntesis de lo heterogéneo, ya que la construcción de la trama “combina en proporciones variables dos dimensiones temporales: una cronológica, otra no cronológica. La primera constituye la dimensión episódica de la narración: caracteriza la historia como hecha de acontecimientos. La segunda es la dimensión configurante propiamente dicha: por ella, la trama transforma los acontecimientos en historia.” (p.133)

Por ende, la trama adquiere un carácter mediador, puesto que, en primer lugar, media entre acontecimientos o incidentes individuales y una historia tomada como un todo, extrayendo una historia sensata de una serie de acontecimientos o de incidentes, y por otro lado, media entre la dimensión temporal cronológica y otra no cronológica. En este punto, además, se encuentra insertado otro de los conceptos planteados por el autor: el tiempo narrado.

Además, por otra parte, la construcción de la trama no sólo se limita al plano textual, sino se complementa con la imaginación creadora y el juicio del lector, tal como lo enuncia el autor:

El acto de leer también acompaña al juego de la innovación y de la meditación de los paradigmas que esquematizan la construcción de la trama. En dicho acto, el destinatario juega con las coerciones narrativas, efectúa las desviaciones, toma parte en el combate de la novela y de la antinovela, y en ello experimenta lo que Roland Barthes llamaba el placer del texto. (p.148)

Por tanto la trama, al igual que el relato es obra conjunta del texto y de su lector, debido a las variaciones imaginativas que éste también impone.

2.1.7.3 La dialéctica del idem e ipse

A partir de la problemática de la identidad personal en torno a la permanencia en el tiempo, Ricoeur plantea su noción de identidad narrativa para resolver esta paradoja -ya expuesta en líneas más arriba- estableciendo una especie de metáfora con la identidad que un personaje adquiere para el lector a medida que va construyendo la trama de una narración. Ante ello, en Sí mismo como otro (2006) anota lo siguiente:

El paso decisivo hacia una concepción narrativa de la identidad personal se realiza cuando pasamos de la acción al personaje. Es personaje el que hace la acción en el relato. (...) Se trata, pues, de saber lo que la categoría narrativa del personaje aporta a la discusión de la identidad personal. (...) la identidad del personaje se comprende trasladando sobre él la operación de construcción de la trama aplicada primero a la acción narrada; el personaje mismo —diremos— es “puesto en trama”. (pp. 141-142)

De este modo, la identidad narrativa se constituye en primera instancia con la adscripción del personaje dentro la trama, es decir es la trama y su proceso de construcción quien determina al personaje y su identidad. Una vez que se ha establecido esta interrelación, es cuando se puede equiparar la identidad que la trama determina en el personaje con los cambios que un sujeto experimenta en su vida, los cuales de alguna u otra manera determinan su identidad personal, por ello menciona Ricoeur:

Decir la identidad de un individuo o de una comunidad es responder a la pregunta: ¿quién ha hecho esta acción?, ¿quién es su agente, su autor? Hemos respondido a esta pregunta nombrando a alguien, designándolo por su nombre propio. .Pero, ¿cuál es el soporte de la permanencia del nombre propio? ¿Qué justifica que se tenga al sujeto de la acción, así designado por su nombre, como el mismo a lo largo de una vida que se extiende desde el nacimiento hasta la muerte? La respuesta solo puede ser narrativa. Responder a la pregunta "¿quién?", como lo había dicho con toda energía Hannah Arendt, es contar la historia de una vida. (Ricoeur, 2009, p. 997)

La historia narrada, pues, nombra al quién que participa en la acción. Esto trae como consecuencia que la propia identidad del quién es una identidad narrativa. Por ello, la narración brinda ayuda para solucionar el dilema de la identidad entendida en el sentido de idem (un mismo semejante) o identidad sustancial y se sustituye por la identidad entendida en el sentido de ipse (un sí-mismo propio) o la identidad narrativa.

Esta identidad narrativa, a diferencia de la identidad sustancial de lo mismo, puede incluir la mutabilidad y el cambio, en la cohesión de una vida. Entonces un sujeto aparece constituido como lector y como escritor a la vez de su propia vida, la cual aparece como un tejido de historias narradas de sí mismo para sí mismo.

Por lo tanto, así como se pueden componer diversas tramas a propósito de los mismos acontecimientos, igualmente un sujeto siempre puede elaborar diferentes tramas sobre su propia vida, que pueden ser incluso opuestas. Esto lleva a catalogar a la identidad narrativa no como una identidad estable y sin fisura, sino una identidad que se hace y se deshace continuamente.

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