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El interrogatorio volvió a comenzar a las once. Me encontré en la misma estancia del día anterior, juntamente con las mismas personas.

El coronel Décsi me registró cuidadosamente. Luego leyó con voz seca e inexpresiva un documento previamente preparado. En párrafos de prosa legal se hacían constar mis denominadas «confesiones»

que atañían a otros tantos «delitos» cometidos:

1. Mi protesta al presidente del Consejo, Zoltan Tildy, contra la proclamación de la República. 2. La toma de contactos y el encuentro con Otto de Habsburgo en el verano de 1947, en Estados Unidos.

3. La redacción de una lista de gobierno para el futuro reino de Hungría.

4. El establecimiento de contactos con la embajada norteamericana en Budapest con vistas a provocar la tercera guerra mundial.

5. Impedir la repatriación de la corona de San Esteban, ya que había tenido la intención de coronar con ella, en su debido momento, a Otto de Habsburgo.

Había pasado la medianoche cuando Décsi terminó su lectura. Me Pidió que firmara el documento y yo le respondí que no estaba dispuesto a hacerlo:

«El texto está cuajado de faltas a la verdad e interpretaciones falsas. Nada sé sobre una conjura y una subversión organizada, de un golpe de Estado o un levantamiento militar. El hecho de que esté recluido en la calle de Andrássy, así como lo ocurrido en los interrogatorios hacen suponer que no se dispone de prueba alguna contra mí. En el caso de existir pruebas, tanto mi secretario, András Zakar, el profesor Jusztin Baranyay y yo mismo seríamos inmediatamente trasladados a la cárcel estatal. Ni los documentos prefabricados ni los puntapiés y los golpes serían necesarios para que los acusados aceptaran las pruebas. Podrían ahorrarse la porra de goma. No necesitaríamos que nos obligaran por medio del tormento a decir cuanto la policía quiere oír, sino que le bastaría presentar a la policía las pruebas que tuviera en su mano. Las autoridades afirman que se trata de defender la seguridad del Estado. Pero su objetivo verdadero es apartar a una personalidad del puesto que ocupa, solamente porque esa personalidad ha ejercido la crítica contra la prepotencia y la actuación de los comunistas...»

Décsi no me dejó seguir. Hizo un gesto al comandante y me volvieron a llevar a la celda, donde tuve que desvestirme para que la porra de goma hiciera otra vez su trabajo. Como en la noche anterior, los golpes fueron coreados por las carcajadas de los guardianes. Me derrumbé y cuando tras el suplicio, me levantaron del suelo y me pusieron la ropa interior y el traje listado, tuve que comparecer de nuevo ante Décsi. Otra vez pidió mi firma. Le respondí que solamente estaría dispuesto a firmar el documento que transcribiera exactamente cuanto había dicho y le hice la aclaración siguiente:

— De hecho, procuré advertir a quienes correspondía de los riesgos que comportaba la proclamación de la República. Hacerlo era mi derecho y mi deber. Cada ciudadano hubiera debido obrar como yo hice. Tal posibilidad está prevista en la Constitución. Incluso en la actualidad, amparado siempre por esas leyes constitucionales y suponiendo que viviéramos en un Estado democrático, alguien podría fundar un partido político que tuviera como objetivo la restauración de la monarquía.

»Otto de Habsburgo me había enviado por intermedio de Pallavicini Gyórgy un saludo e inquirido a través del cardenal Van Roey, si estaría dispuesto a encontrarme con él en Roma. Acepté el saludo, pero rechacé el encuentro. Cualquier persona que piense lógicamente encontrará que es arbitrario y grotesco considerar la aceptación de un simple saludo como parte de una conspiración antirrepublicana. En 1947, a raíz del Congreso Mariano de Ottawa, recibí a Otto de Habsburgo, tal como aparece en las actas de dicho congreso. Lo hice a su instancia y no a la mía, en Chicago. En el caso de que mi viaje a Ottawa hubiera sido tan sólo un pretexto y mi objetivo organizar el derrocamiento del régimen republicano, cualquier observador imparcial encontraría sorprendente que me entrevistara con Otto una sola vez en los veintiocho días de mi estancia norteamericana. Es acertada la suposición de que hablé con él sobre la triste situación del país y las tribulaciones de la Iglesia. Lo hice porque sabía que mantenía buenas relaciones con personalidades de la vida religiosa y pública de Norteamérica. Le pedí que nos apoyara en la campaña para conseguir ayuda de víveres y medios para transportarlos. Me sentí satisfecho de que me prometiera esta ayuda, me dijera que los norteamericanos seguían con atención la situación de los cristianos húngaros y me aseguró que el catolicismo húngaro podía contar con el apoyo de \os católicos norteamericanos.

»En el documento que me presentan a la firma se alude a una presunta misión que me había encargado Otto de Habsburgo. A esto hay que decir que el cardenal Spellman, nuestro muy querido arzobispo de Nueva York, me pidió que cumplimentara semejante encargo cerca de Otto de Habsburgo. El cardenal temía — como tantos otros — que me detuvieran. Para el caso de que esto

ocurriera, deseaba que fuera legitimada una conocida e informada personalidad como portavoz de los húngaros perseguidos. Por mi parte, tenía asimismo la preocupación de que la recogida y envío de los víveres americanos quedaran asegurados.

«Tampoco redacté nunca una «lista de gobierno». La verdad es solamente que solicité del profesor Baranyay una indicación de aquellos hombres de probado espíritu patriótico que habían actuado con anterioridad en la vida pública y política y, tras las grandes depuraciones, vivían todavía en libertad. El profesor redactó asimismo un informe sobre la posición del cardenal primado con arreglo al derecho político y en un apéndice hacía constar que en caso de que la nación atravesara unas circunstancias confusas que pudieran provocar un «vacío legal», el príncipe primado estaba llamado a representar un papel político de mediación. Sin duda pensaba al redactar aquello en un conflicto internacional, pero por supuesto no representaba ni mucho menos un intento para incitar a Estados Unidos a una guerra contra Hungría. Di mi opinión al respecto en el interrogatorio de la noche. En el documento que usted me presenta, se hace referencia a los supuestos papeles encontrados en una cápsula de zinc en el sótano del palacio arzobispal. Puedo asegurarle que tuve la primera noticia de la existencia de esta cápsula tras el registro domiciliario en Esztergom, y la segunda, ahora mismo. Sospecho que tanto la cápsula como su contenido tienen el mismo origen como prueba que las armas y cartuchos hallados en las escuelas católicas.

»Por lo que respecta a las acusaciones que se refieren a la santa corona, debo hacer las siguientes precisiones: en mis cartas — que al parecer se encuentran desde hace largo tiempo en poder de la policía — se pone de manifiesto que yo deseaba llevar a Roma esta valiosa reliquia religiosa y nacional, con el fin de ponerla en seguridad durante estos días difíciles llenos de cambios. Había oído que se pretendía efectuar unos estudios arqueológicos sobre la corona. Por ello quise devolverla a Roma, de donde había llegado hacía mil años. Quería confiársela a Pío XII, ese gran amigo de Hungría.

Llegado a este punto, Décsi me gritó que la policía no quería escuchar aquel parloteo, sino que deseaba una prueba que correspondiera a sus preguntas. Y siguió el ritual ya conocido: negativa por mi parte a firmar, vuelta a la celda, golpes y al despuntar el día, vuelta a la sala de interrogatorios. Otra vez apareció Décsi, maldiciendo y exigiendo. Pero tampoco aquella segunda noche obtuvo éxito.

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