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Aquellos interrogatorios nocturnos fatigaban también a los encargados de la investigación. Los cambiaban con frecuencia. Solamente yo, el comandante y su porra de goma, estábamos presentes noche tras noche. Mis fuerzas corporales se debilitaban a ojos vistas. Comencé a preocuparme por mi salud y mi vida. Me asaltaron horribles alucinaciones; a veces me parecía que las paredes estaba atravesadas por franjas pintadas de vivos colores, que cambiaban de orientación y se cruzaban en el centro de la estancia. La enfermedad de Basedow que me aquejaba y que diez años antes había sido reducida mediante una intervención quirúrgica, volvió a agudizarse. Parecía que el corazón no quería seguir latiendo y pesaba gravemente sobre mi ánimo un sentimiento de indefensión y completo abandono. Con frecuencia me preguntaba a mí mismo: «¿No hay ninguna solución? ¿No encontraré protección alguna?» Insistía en mi petición de un abogado defensor y preguntaba si había llegado respuesta a mi requerimiento al presidente del Colegio de Abogados. Décsi pretextó primero que no había sido posible encontrarle y luego me dijo, sin ambajes, que había declarado que no estaba dispuesto a aceptar la defensa de un caso tan inequívoco. No me quedaba otra cosa que someterme. Fatigado y quebrantado, seguía luchando y argumentando. Cada vez que me presentaban los documentos Por ellos redactados y en los que reconocía mi culpabilidad, los rechaza con los restos de energía que todavía me quedaban. En cada ocasión, el comandante me devolvía a la celda, donde me desvestían, me arrojaban al suelo y me golpeaban. Los guardianes trataban de acrecentar todavía más la eficacia de aquella tortura impidiendo que confiara el sueño cuando me rendía el agotamiento.

En aquellas horas dolorosas pensaba yo en nuestro santo obispo Ottokar Prohaska, una de las grandes figuras de la Iglesia húngara, que había sufrido de insomnio natural y que había llegado a comentar que en aquellas noches interminables comprendía incluso a un suicida. También recordé lo leído sobre los métodos de tortura de la antigua China, donde impedían día y noche el sueño, como tormento adicional aplicado a aquellos que estaban condenados a muerte. De aquella manera, los desventurados estaban obligados a pensar de una manera ininterrumpida en su fin. Mis fuerzas de resistencia decrecían y aumentaba la apatía y la indiferencia. Cada vez se me hacían más imprecisos los límites entre lo auténtico y lo falso, entre la realidad y la ficción. Mis opiniones se hicieron mucho más inseguras. Se me había hablado día y noche de mis «pecados» y comencé a pensar que era culpable de algo. El tema era interpretado constantemente en las más diversas variaciones, con tanta habilidad y de tal manera que llegué a adquirir la convicción de que no había salida para aquella situación. Mi sistema nervioso, quebrantado, hacía vacilar mi fuerza de resistencia, ensombrecía mi mente, soterraba la conciencia de mí mismo, sacudía mi voluntad, es decir, destruía toda esa serie de capacidades que distinguen la condición humana.

En tal estado llegaban hasta mí, procedentes de las otras celdas, gritos y lamentos. Los oía a veces y contribuían a acrecentar la sensación de impotencia en que me encontraba. Apenas probaba bocado porque temía que mezcladas con la comida me administraran drogas que debilitaran mayormente mi espíritu. Como era ya costumbre, me reconocían los tres médicos tras las comidas; a pesar de que pudieron darse cuenta de mi estado de depresión, nunca ordenaron en los treinta y nueve días de mi reclusión que saliera a respirar el aire aunque fuera tan siquiera unos instantes.

Me asaltó luego un temor hasta entonces desconocido. Temía por la Iglesia y temblaba por aquellos que podían verse involucrados en mi «caso». Aquel sentimiento patológico de miedo no podía vencerse sin un tratamiento médico. Pero como, por otra parte, temía asimismo que me administraran cualquier fármaco que pudiera influir sobre mi estado de ánimo, me dejaba ganar día tras día por aquel miedo irreflexivo que contribuía a minar todavía más mi equilibrio psicológico.

Una oscura noche de enero, la policía volvió a bajarme a las profundidades de los sótanos. Fui introducido en una estancia a media luz. Allá aguardaban en una actitud teatral el mariscal Gábor Peter, al que acompañaba Guyla Décsi. En el otro extremo de la estancia aguardaba con la humilde actitud de un mendicante, cansado, sin afeitar, mi secretario, conjuntamente con los otros miembros de mi curia que habían sido también detenidos: mi archivero y el contable. No era difícil comprobar que aquellos tres sacerdotes habían sido sometidos a un trato similar o peor al mío.

Gábor Peter, que había tomado asiento en un sillón situado sobre una tarima, como el de un juez, les hizo una seña y mi secretario, recitó en una actitud desacostumbrada en él y casi de carrerilla, unas palabras aprendidas, sin duda, de antemano. Su voz era temblorosa al decir que toda resistencia era inútil, que los investigadores lo sabían todo, que el poder estaba en sus manos y que harían todo el uso posible del mismo. £1 secretario me rogó a continuación que cumplimentara todos los deseos

de las autoridades y procurara responder a todas las preguntas que me hicieran.

Ante el triste espectáculo que estaba dando, pensé para mis adentros: «¡Pobre secretario! ¡Cuántas torturas deben haberte infligido antes de que aceptaras representar este papel!» Aparecía bien claro para mí que no expresaba su propia convicción al hablar, sino otra dictada por las porras de goma o algo peor. Procuré no dejar traslucir nada de cuanto estaba pensando y contemplé con profunda conmiseración al desdichado que había sido mi colaborador. Luego me devolvieron a la celda. Pusieron encima de la mesa la bandeja de zinc con la cena y los médicos aparecieron como de costumbre. Me quedó algún tiempo, luego, para pensar en la experiencia que acababa de vivir: el testimonio del tormento psíquico y físico de aquel sacerdote que tan próximo había estado a mí.

Me llevaron seguidamente a la sala de interrogatorios y Décsi amenazó inmediatamente: — Si su actitud es la de ayer, la porra de goma procurará abrirle la boca.

Callé a pesar de la amenaza, y el resultado fue que me maltrataron hasta el amanecer.

En las noches siguientes no hubo interrogatorios y solamente se «ocupó» de mí el comandante a cuyo cargo estaba la tortura. Fui llevado a una gran estancia vacía. A mi alrededor reinaba el más completo silencio. Muchos escuchaban, sin duda, detrás de las puertas, pero no se veía a nadie. Tras haberme desvestido, el comandante se plantó, desvergonzadamente, ante mí y me preguntó:

— ¿Qué personas redactaron las conclusiones políticas contenidas en el documento que obra en nuestro poder?

La nueva pregunta me sorprendió. Sospeché que se refería sin duda al prior Pal Bozsik, pero guardé silencio para no perjudicarle. Lo que había «cometido» estaba permitido en todo Estado democrático e incluso aparecía como un deber hacia la Iglesia, la patria y el pueblo. Mi interrogador comenzó a gritar, se dejó arrastrar por la ira y echó mano de los instrumentos de tormento. Con una mano cogía la porra de goma y con la otra, un largo y afilado cuchillo. Se precipitó sobre mí. La porra de goma se abatió sobre mis hombros y espalda, repetidas veces y sin Pausa. Luego se interrumpió y me amenazó brutalmente:

— Voy a matarte, cortarte a pedazos y echar los trozos de tu cadáver a los perros o arrojarlos al canal. Ahora mandamos nosotros.

A pesar de mi agotamiento y que las rugosidades del cemento se hundieran en mis pies descalzos, corrí, corrí desesperadamente en torno a la habitación, perseguido por mi torturador. Pronto me di cuenta que era aquello lo que él deseaba; que corriera delante de él, sin saber dónde refugiarme, con la conciencia de mi desamparo. De esta manera pensaba conseguir más pronto mi sumisión.

Me detuve. El Comandante hizo igual. Se quedó unos instantes pensativo, mientras se limpiaba el sudor de la frente. El hombre había sido testigo del dolor de mi madre cuando me detuvieron en el palacio episcopal. Así es que una idea diabólica acudió a su mente:

— Si no confiesas, haré que traigan aquí a tu madre, mañana temprano. Estarás así, desnudo, ante ella. Verá las huellas de los golpes en tu cuerpo. No necesitará otra cosa, puesto que fue ella quien te trajo al mundo. Y tú serás su asesino.

De nuevo blandió en el aire la porra de goma y otra vez eché a correr en torno a la habitación. El solo pensamiento de ver allá a mi madre resultaba algo horrible. Sin embargo, pronto calculé que era por completo imposible que la llevaran antes del amanecer. Mindszent estaba a unos doscientos kilómetros. Aquello me tranquilizó algo. Pero estaba agotado por las torturas. Nadie que me hubiera visto el mes anterior hubiera podido reconocerme. En el transcurso del día, mi depresión aumentó. Llegó a tales extremos que decidí poner de alguna manera término a todo aquello. En el transcurso del interrogatorio de la noche siguiente, cité tres nombres. Eran tres nombres de «conspiradores», si bien yo sabía que dos habían muerto y el tercero estaba emigrado. Pronuncié estos nombres con la esperanza de que por lo menos transcurriría una semana hasta que se comprobara que era imposible la detención de las personas citadas. Me equivocaba. Al principio, el comandante demostró una gran alegría por lo que consideraba como la primera debilidad mía, pero el engaño fue pronto descubierto y la noche siguiente me aportó tormento y sufrimiento como las anteriores. Cuando luego, en la cárcel, tropezaba casualmente con un clavo o un pedazo de madera, no dejaba de recordar las carreras de aquellas noches, perseguido por mi verdugo.

tiempo después, cuando leí en el hospital el libro sobre el proceso del arzobispo de Kalocsa, supe que Bozsik había sido involucrado en el mismo y gravemente castigado. Mucho más tarde, tras mi liberación, me enteré de que había muerto, en circunstancias desconocidas, en los calabozos de la cárcel del Estado-Siempre le consideré un hombre fiel y firme en sus convicciones.

Finalmente consiguieron mis verdugos sus objetivos, a pesar de que solicitaban de mí la confesión de una gran falsedad. Pero la capacidad de resistencia había llegado a sus últimos extremos. El solo pensamiento de la porra de goma me hacía temblar. Así es que firmé una breve lista y como antiguamente habían hecho los prisioneros húngaros en Turquía, añadí a mi firma las iniciales «C.F.», que significaban «conctus feci», hecho bajo coacción, es decir, que lo había firmado como resultado de las más intensas presiones.

—¿Qué significa esto de József Mindszenty. C.F.? — preguntó el coronel con desconfianza.

Respondí que se trataba de la abreviatura de «Cardinalis forancus», es decir, la designación de un cardenal provincial y no de curia. Se tranquilizó e incluso se alegró de tener por fin una firma en su poder. Me ordenó que volviera a la celda. Confieso que, aunque parezca extraño, experimenté algo así como la sensación de compartir su alegría. Era seguro que él habría recibido ya más de una reprimenda por parte de sus superiores a causa de su falta de éxito y cabía dentro de lo posible, inclusive, que los propios Rakosi y Stalin hubieran manifestado su disgusto. De todos modos, mi pequeña estratagema tuvo malas consecuencias. La noche siguiente, el coronel se precipitó en mi celda. Lo acompañaba una escolta de cinco hombres. Se echaron sobre mí, golpeándome con los puños y con las carpetas que llevaban en la mano.

— ¡Cerdo! — me gritó el coronel—. ¿Nos has tomado por locos? No tienes derecho a añadir nada junto a tu nombre o debajo de él. No eres cardenal, ni obispo, sino solamente un preso.

Fue un último hecho ocurrido en aquel período de reclusión cuyas particularidades y detalles han permanecido vivos en mi memoria. Lo ocurrido luego, tras el final de la segunda semana de reclusión, es decir, entre el 10 y el 24 de enero de 1949, tan sólo subsiste muy fragmentado en mi memoria. Volví a recordarlo en gran parte tras la lectura, tiempo después, del «Libro Amarillo» y el «Libro Negro». Es así muy posible que en el segundo período de detención recibiera menos golpes, pero fuera «tratado» en mayor medida con drogas. Los médicos seguían acudiendo con sospechosa regularidad para controlar mi salud. Mi capacidad de resistencia decrecía. No acertaba siquiera a argumentar de una manera coherente. Tampoco conseguía rechazar, como antes, las groseras falsedades y trataba de ponerme de acuerdo conmigo mismo con las siguientes palabras: «No hay por qué resistir nada más. Hay que comportarse como los otros». Me daba sobre todo aquellas respuestas a mí mismo cuando me leían las declaraciones de los «cómplices» y los «testigos». Firmé textos tras obtener la afirmación de que se introducirían cambios según mis deseos, ignorante de que habitualmente se redactaban las actas con diversas variaciones y que los documentos firmados por mí contenían datos y detalles que diferían de los textos que me habían leído. Yo no tenía posibilidad alguna de repasar aquéllos firmados por mí y agotado por los tratos a que era sometido, carecía de fuerzas para exigir que me los mostraran, cosa que por otra parte es dudoso que huirán hecho. Estaba bien claro que habían conseguido sus propósitos: nacer otro hombre de mí.

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