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Sería justamente el mes de mayo cuando se llevaron a Julio.

Estaba en lo mejor de un mitin y serían aproximadamente las doce de la mañana; disertaba sobre la OTAN y de cómo nos metió Calvo Sotelo, sobre los cambios de parecer operados sospechosamente en los socialistas (de entrada, no, pero luego sí), del dichoso referéndum, de los compromisos que para un país como el nuestro suponía pertenecer a semejante club y la realidad de a quién y a qué intereses defendían los del Tratado del Atlántico Norte.

Como por arte de magia aparecieron dos oficiales uniformados, del Ejército de Tierra, que se bajaron de un todo terreno militar, el cual quedó aparcado en doble fila. De la parte trasera del vehículo salieron cuatro soldados sin fusil, que se interpusieron entre el público que escuchaba y el mendigo cojo. En cuanto los vieron llegar, los espectadores de Julio se dividieron espontáneamente, algunos huyeron mientras que otros se quedaron por si había que defender al viejo mendigo, pero lo cierto es que ambos bandos, tanto los que se fueron como los que aguantaron, pensaron en conspiraciones, en que España continuaba siendo un cuartel en el que los militares tenían ojos y oídos por todos lados, también en las paredes de la avenida del General Ricardos, y habían venido a ajustar las cuentas al pobre Julio, que podía ser un mendigo y un borracho y faltarle una pata, pero que, a pesar de sus circunstancias (o a propósito de ellas), sin duda había hablado demasiado pisando no pocos callos, mereciendo por lo tanto un escarmiento. Pero no, los militares se cuadraron ante Julio, saludaron con la mano en la frente, hablaron muy educadamente mientras el pordiosero de muletas miraba hacia el suelo y, tras escuchar las primeras frases, negaba con la cabeza. Le gente no se lo podía creer; ¿tal vez el pobre Julio se equivocaba y algo estaba cambiando en el país? Después, el pordiosero y el oficial empezaron a subir el tono de la conversación hasta convertirla en discusión velada, pero el que echaba las broncas era Julio, y los que, esta vez, bajaban la cabeza no eran otros que la pareja de militares; sin embargo, contestaban y se empecinaban, y Julio aún más que ellos, enervándose hasta

el punto de elevar una muleta con afán agresivo en el momento más álgido del diálogo.

El público del pordiosero no podía escuchar la conversación claramente, ni siquiera cuando las voces se elevaron al ámbito de la discusión, y tampoco estaba permitido acercarse, pero claramente se oyó en toda la avenida a Julio maldecir y gritar que no tenían derecho, mientras los dos oficiales, con cara de desagrado y asco, dieron por finalizada la conferencia y lo levantaron en vilo, con muletas y todo, para meterlo en la parte trasera del coche. El Portugués, que en ese preciso instante enfilaba la avenida del General Ricardos, contempló impotente cómo la milicia secuestraba a Julio, y corrió como un demonio para evitarlo, y mientras corría pensaba que enfrentarse a un soldado no era lo mismo que darle una hostia a un Candi, aun así intentó ser más veloz a pesar de que había un trecho importante que no iba a poder recorrer a tiempo. Los soldados subieron al todoterreno pues ya no era necesaria su función de contención de masas levantiscas, y alguien del público, alguno o alguna de los que se habían quedado para hacer algo y finalmente no hicieron nada, preguntó al aire que a dónde se lo llevaban, y el último soldado, un recluta muy jovencito de cabeza recién rapada, contestó: Al Gómez Ulla, de donde no debió haber salido nunca.

Camino del hospital, Julio iba recibiendo sobre sus espaldas tal cúmulo de informaciones que, por sorprendentes, diversas, inverosímiles y abultadas, era incapaz de contrarrestar pues su pensamiento y su capacidad de negación estaban abrumados. Por primera vez el mendigo cojo, el cojo rojo, el pordiosero de tres patas, se quedaba mudo y era de incapaz de decir nada, de luchar contra la mentira que empuñaban aquellos soldados, mentira que en un pasado lejano fue verdad y que ahora había retornado misteriosamente y le estaba hundiendo en un destino del que llevaba huido hacía mucho tiempo.

Según pudo deducir Julio del relato desordenado que le narraba el oficial de su izquierda —sargento, para más señas— había tenido mucha suerte, pues un amigo suyo, coronel del Ejército de Tierra, se había interesado por las condiciones de mendicidad y extrema pobreza en las que vivía, y que había hablado con el alto mando exponiendo el caso y las circunstancias del capitán Julio González Barbosa, médico internista destinado en el Gómez Ulla, de cómo había pasado por la cárcel acusado de asesinato pero que, tras haber pagado su pena y salir de prisión, su rastro había desaparecido, y que

una persona de tanta valía no podía perderse derramada sobre la acera de una avenida.

Julio se desesperaba y, de manera embrollada, peleaba con las palabras y con las circunstancias sobrevenidas intentando decir que él no era nadie, que no tenía pasado porque el propio ejército lo había borrado así como su experiencia y sus títulos, pero que no reprochaba nada al estamento militar, que cada uno por su lado y que él nada pedía, que desde que salió de la trena vivía en la calle porque así quería vivir, y morir poco a poco, con su vino, con sus palabras, con la gente que quisiera escucharlo. Sin embargo, el militar de la derecha se reía y pensaba en los daños irreparables que puede ejercer el alcohol y la mendicidad, porque él personalmente había sido mandatado por sus superiores para recopilar todos los datos relativos al expediente militar del capitán Julio González, y ahí estaba todo: su historial académico y su titulación en Medicina por la Universidad Complutense de Madrid, su hoja de servicios, su experiencia como médico internista en Guinea, en Valencia y, finalmente, en el Gómez Ulla, la lista y las fechas de sus ascensos, etc. Por pura rutina, se puso en contacto con la universidad para comprobar que, efectivamente, Julio había sido alumno y había obtenido allí el título, y, como no podía ser de otra manera, así se confirmó desde el decanato de la facultad. Todos los papeles estaban en su sitio, no así el dueño de los mismos ni la memoria de este. Menos mal que su amigo el coronel había dado buenas referencias de dónde solía estar y por dónde le gustaba moverse al capitán Julio, y ahora, podían echarle una mano.

Ya habían entrado en el recinto del hospital militar, camino de la zona de ingresos, cuando el pordiosero de las muletas, el mendigo al que estaban desterrando de su “oficio de vida”, exigió como ciudadano que lo dejaran marchar, que estaba siendo secuestrado por el ejército y que tal atropello no se podía consentir. También dijo que él no conocía a más coronel que a un loco pedigüeño que anda por Oporto y por la avenida de Abrantes y que hacía poco había intentado asesinarlo con un revólver. Por último, que no había derecho a forzar a las personas y que no emprendería ninguna acción legal contra el Ministerio de Defensa si lo dejaban marchar en ese preciso instante.

Los soldados, que salieron de la parte trasera del todoterreno y que ya se disponían a sacar en volandas al mendigo apestoso y a sus muletas para meterlo en el interior del edificio, recibieron la orden de detenerse y esperar

por parte del militar de la izquierda, el cual puso la mano sobre el hombro de Julio y, en tono amistoso, le hizo unas cuantas apreciaciones.

¿Secuestro?, mi capitán, discúlpeme, pero usted no está aquí por la fuerza; si hemos ido a buscarlo y lo hemos traído al hospital es por su propio bien y porque usted lo ha pedido. Yo no he pedido nada, y no me llame capitán. Aquí tengo una instancia escrita de su puño y letra, dirigida al Ejército de Tierra, en dónde expone sus circunstancias económicas y de salud, y a través de la cual solicita una plaza en algún asilo para veteranos dependiente del Ministerio de Defensa en dónde pueda ser atendido hasta el fin de sus días, ya que carece de familia y de recursos para subsistir. ¡Pero... ese documento es falso!, yo no he escrito nada semejante, ¿no ve que todo esto es ridículo? Insisto, escrito y firmado de su puño y letra; lo hemos comprobado. ¡Maldito hijo de perra el Barón!, ¡todo esto es mentira!, ¡yo no quiero ser atendido!, ¡no quiero un asilo!, ¡no quiero nada de este ejército!, ¿aún no se da cuenta de que no quiero nada de ustedes? De lo que me doy cuenta es de que el coronel es una gran persona y usted un desagradecido... o un loco; ¡encima de que le hace el favor de entregar y registrar la solicitud!, ¡encima de que expuso su caso a los peces gordos del Cuartel General del Ejército, y hasta que no consiguió un compromiso no paró!, ¡encima de que le han conseguido una residencia, con lo difícil que es!... discúlpeme mi capitán que sea tan franco con usted, pero creo que está mordiendo la mano que le da de comer; venga chicos, ¡adentro con él!

Julio fue desnudado, duchado, afeitado, pelado, auscultado, pichado, se le tomó la temperatura y la tensión, se le hizo un examen bucodental y una analítica de sangre. Permanentemente acompañado por un soldado y un par de enfermeros fue de consulta en consulta por todo el hospital, y de nada sirvieron sus gritos, sus peticiones de ser escuchado, sus insultos, los puñetazos lanzados al aire, y las maldiciones con las que llenó el hospital. Finalmente lo tuvieron que sedar y plácidamente derrotado dormía Julio — que ya no era ni mendigo ni pobre ni pordiosero— en su habitación mientras el doctor encargado de su caso, que rellenaba todo el papeleo posterior al ingreso, y también el que tenía que ver con el traslado al asilo de veteranos, insertó en la carpeta del expediente los resultados de los exámenes médicos, las analíticas practicadas, los informes de los doctores que ese día lo habían atendido y un par de documentos que habían llegado esa misma tarde por valija interna desde el Cuartel General del Ejército. El

primero de esos papeles era otro informe médico, psiquiátrico para más señas, y que básicamente decía que el paciente capitán Julio González Barbosa padecía una leve esquizofrenia y trastorno de la personalidad, lo que, en ocasiones, le llevaba a inventar situaciones o historias inverosímiles y a violentarse si se le llevaba la contraria; para el tratamiento se recomendaba una lista de medicamentos, que acudiera periódicamente a la consulta de un especialista para las revisiones y que el personal de la residencia geriátrica estuviera especialmente alerta con dicho paciente. El segundo era una resolución del juzgado en la que se reconocía la incapacidad mental de Julio González Barbosa, así como que la tutoría legal para cualquier decisión relativa a los asuntos del enajenado correspondería a don Alfonso de la Vega y Beltrán-Kensington.

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