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4 CHAPTER FOUR: THE EFFEC T OF GRASS SP EC IES ON GR AZING

4.3 DISCUSSION

4.3.1 Low partial preference

Es necesario distinguir estrictamente entre lo correcto y lo ejemplar teniendo en cuenta en cada caso la naturaleza y el modo de ser real de las lenguas, porque solo así podremos llegar a una concepción teóricamente fundada de la unidad idiomática en general para aplicarla al problema de la enseñanza de la variedad en la clase de ELE. Coseriu (1990: 45) lleva a cabo la distinción sistemática entre lo correcto y lo ejemplar poniendo de manifiesto que se confunden casi constantemente ambos conceptos o, lo que es lo mismo, no se distingue lo que es correcto de lo que es ejemplar, es decir, la corrección del hablar y la ejemplaridad idiomática (el ideal de lengua o la lengua «estándar») y, de acuerdo con la actitud que se adopta en la política idiomática, se tiende a reducir lo correcto a lo ejemplar o, al contrario, lo ejemplar a lo correcto (o «usual»).

Así puede observarse que en muchas ocasiones, «lo correcto» y «lo ejemplar» se tergiversan de dos posibles maneras: 1) reducción de lo correcto a determinada ejemplaridad, y 2) reducción de lo ejemplar a lo simplemente correcto.

La primera manera es un modo de actuar que corresponde a «conservadores» o «puristas», que defienden una unidad idiomática estricta total caracterizada por la estaticidad (la lengua ya está fijada y lo demás, como suelen decir, «no existe»), por la homogeneidad (un único sistema) y por la exclusividad (sin niveles ni registros). Se considera una sola forma de la lengua histórica como lengua correcta. De este modo en el mundo hispánico, tanto en España como en América, se tiende (o se tendía) a considerar como único «español correcto» el español ejemplar de España (identificado, por lo común, con el español «académico»), y, como consecuencia, el seseo y el voseo, por ejemplo, se presentaban como «vicio» en todo el español americano.

La segunda postura (reducción de lo ejemplar a lo simplemente correcto) caracteriza a los «liberales» o «tolerantes». Estos rechazan por inútil cualquier actividad en pro de una presunta unidad idiomática, porque para ellos solo el uso debe imponer su autoridad. Para los que defienden esta postura, todo vale si se usa, y para los que defienden la primera, solo vale lo que tradicionalmente han usado los mejores, y solo tal y como lo han

usado. Ambas posturas extremas tienen algo de razón y mucho de criticable (Martínez Mangado, 2005).

Está claro que por un lado la lengua es dinamismo (no estaticidad) e integra varios sistemas (es un diasistema) y una pluralidad de normas; por otro lado, la unidad idiomática constituye un problema real: lo ejemplar tiene validez como cohesión y hecho de cultura y una planificación lingüística bien entendida es razonable, ya que la falta de normas conduce a la barbarie (Coseriu, 1990) pero tampoco podemos ignorar el modo de ser universal de las lenguas históricas y aspirar a una unidad idiomática utópica, teórica y empíricamente inalcanzable.

Martínez Mangado (2005) advierte que lo correcto y lo ejemplar, no solo no son lo mismo, sino que no son siquiera comparables entre sí y no deberían poder confundirse, ya que pertenecen a planos reales y ámbitos conceptuales totalmente distintos: lo correcto es un modo de ser del habla y lo ejemplar lo es de la lengua: una técnica histórica del hablar. Lo correcto es una propiedad de los hechos de habla (o de «discurso»): la conformidad con el sistema lingüístico que se realiza o se pretende realizar en un discurso determinado. Lo ejemplar, en cambio, es un sistema lingüístico: una «lengua» particular constituida como tal (o que se pretende constituir) dentro de una lengua histórica; y, en cuanto lengua, no es ni «correcto» ni «incorrecto», sino que, como toda lengua, solo puede ser pauta de corrección para su propia realización en discursos. Por lo mismo, el juicio de corrección es una valoración del habla, mientras que el juicio de ejemplaridad es una comprobación de índole histórica concerniente a un estado de lengua. Lo correcto, en el hablar, es, en cada caso, lo conforme al saber idiomático al que el hablar considerado corresponde. Como este saber (en el caso de las lenguas «naturales», o sea, de las lenguas propiamente dichas) es un saber tradicional -tradición de una comunidad-, puede decirse también que lo correcto es lo conforme a la tradición idiomática; y como esta tradición se llama «lengua», que es simplemente lo conforme a la lengua e «incorrecto» es lo que no es conforme a esa tradición (pero puede ser conforme a otras tradiciones, eventualmente afines).

Por consiguiente, todo hablar tiene su propia corrección, a saber, en relación con aquel modo de hablar («saber idiomático») al que corresponde o pretende corresponder. Primero, en relación con tal o cual idioma pero, luego, también con respecto a los modos de hablar que pueda objetivamente

distinguirse dentro de un idioma («o lengua histórica»). Así, todo modo de hablar establecido como tal, con sus rasgos constantes, sus regularidades y sus normas, tiene su propia corrección (en el sentido de que es pauta de corrección para su realización en el hablar). De tal modo, el voseo, no es ni puede ser incorrecto ahí donde corresponde a las normas idiomáticas pero, evidentemente, lo sería en discursos correspondientes a otras normas. Así como es posible incurrir en incorrecciones al hablar la lengua ejemplar, también es posible hablar incorrectamente un dialecto o una forma regional de la lengua común.

Hay que advertir, además, que la corrección idiomática no es el único tipo de conformidad o suficiencia del hablar con respecto al saber lingüístico que se espera que realice o manifieste. Es cierto que el hablar es siempre hablar una lengua (o varias lenguas, incluso en un mismo discurso) pero el saber hablar (lo que se llama «competencia lingüística») es un saber complejo, que no se reduce a saber una lengua (o lenguas). Todo acto de habla, todo «discurso», realiza y manifiesta simultáneamente, por medio del empleo de la lengua, tres tipos fundamentales de «saber lingüístico», es decir, el saber elocucional (o saber hablar en general: de acuerdo con los principios generales del pensar y con la experiencia general humana acerca del «mundo»); el saber idiomático (o saber hablar de acuerdo con las normas de la lengua que se realiza); y el saber expresivo (es decir, saber hablar en situaciones determinadas, saber estructurar «discursos» de acuerdo con las normas de cada uno de sus tipos). El juicio de lo correcto concierne solo a la conformidad con el saber idiomático. El juicio de lo congruente concierne al saber elocucional y el juicio de lo apropiado corresponde al saber expresivo (en sus tres formas: lo adecuado con respecto a aquello de que se habla; lo conveniente con respecto a las personas con que se habla; y lo oportuno con respecto al momento o a la ocasión del hablar).

Otra confusión corriente con respecto al concepto de corrección idiomática es la que frecuentemente ocurre entre lo congruente y lo correcto puesto que las incongruencias elocucionales se toman a menudo por incorrecciones. Y no son propiamente «incorreciones» o errores idiomáticos, sino deficiencias debidas al descuido de las normas del saber elocucional, independientemente de la lengua que se está hablando.

En cuanto a lo ejemplar, también llamado «lengua estándar», «norma culta», «norma idiomática», «ideal de lengua», hay que insistir en que no es

la «lengua correcta» por antonomasia. Ninguna lengua puede ser pauta de corrección para discursos en otra lengua, y menos aún, la lengua ejemplar, puede ser pauta de corrección para otros modos de hablar en cuanto tales, ya que el juicio de corrección no se aplica a los sistemas lingüísticos. Por lo mismo, los llamados criterios de corrección (el «geográfico», el «aristocrático», el «literario», etc.) salvo uno solo (el criterio del «uso») no son ni «criterios» ni de «corrección» sino que son tipos de ejemplaridad. La lengua ejemplar se convierte en norma ideal de la lengua común, es tendencialmente coextensiva con ella, y, por ende, también con la lengua histórica (aun cuando no logre imponerse en todo el ámbito de esta), es «estándar» o «pauta de referencia» para las variedades regionales (modelo que se les propone para un eventual proceso de reunificación) y, al mismo tiempo, representa a la lengua histórica en el plano interidiomático e internacional (en las relaciones con otras lenguas y con otras comunidades: es, por ejemplo, la lengua que se enseña a los extranjeros); de aquí que comúnmente se la entienda como la lengua (inglesa, francesa, italiana, española) por excelencia.

Martínez Mangado (2005) aporta, además, un nuevo concepto muy útil al respecto, al que llama lo «recto» oponiéndolo a lo usual y a lo ejemplar ya fijados. De esta manera podemos entender por unidades lingüísticas rectas las canónicas, las verticalmente configuradas y preestablecidas; mientras que correctas (co-rectas) consideraremos, las coestablecidas, las cofijadas horizontalmente, sean rectas o no. Las primeras son las dadas, las objetivas; las segundas, las mantenidas, reformadas, adoptadas o creadas por la comunidad de hablantes. Para precisar más el concepto, se podría distinguir, dentro de lo recto, tres tipos de elementos:

1) los primigenios, es decir, los originales y etimológicos;

2) los canónicamente evolucionados, o sea, los que se han transformado de acuerdo con lo esperable según las tendencias o leyes de la evolución lingüística;

3) los canónicamente creados.

Por ejemplo, la tríada directo (forma etimológica) / derecho (forma con

evolución normal del grupo -kt-) / dirigido (participio analógico regular)

rectas, por ser normales (de existencia o construcción normal, acorde con los cánones), son siempre correctas: en acto o en potencia (desestreñir, verbigracia, por el momento, o ustedear); aunque no siempre alcancen el estatus de ejemplares (es ilustrativo el ejemplo de decimoprimero y decimosegundo, por ejemplo, que son cada vez más usuales, pero inaceptados sustitutos, hoy por hoy, de undécimo y duodécimo en la lengua estándar. Una realización lingüística puede alcanzar, pues, la corrección por dos vías de normalidad: por su uso (esprínter, por ejemplo, forma no recta, pero sí usual, en español) o por su configuración regular (esprintador, verbigracia, forma inusual, aunque recta) (Mangado Martínez, 2005).

Claramente, en la norma lingüística, como en cualquier otra norma humana, lo que importa es cómo consideramos las cosas, no tanto cómo son. Así, a menudo, las formas rectas, por el dinamismo propio de la lengua, experimentan con el uso una serie de alteraciones debidas a múltiples fenómenos (analogía, cruce, ultracorrección, asimilación, disimilación, diversas fobias y filias) y si triunfan esas formas alteradas, pasan a ser correctas.