4 CHAPTER FOUR: THE EFFEC T OF GRASS SP EC IES ON GR AZING
4.1.3 Preference tests
Con frecuencia se han entendido los términos estandarización y
normalización como sinónimos, y hasta Koiné y estándar. Es más adecuada la distinción de estos conceptos como parte/resultado de un proceso: el de la normalización lingüística.
Definiremos el concepto de normalización como el resultado de varios procesos, a partir de varias modalidades y normas empleadas por una comunidad, de las cuales termina imponiéndose y extendiéndose como norma prestigiosa y culta una de ellas. La gramática normativa pretenderá entonces constituirse en la expresión culminante de este modelo prestigioso. Einar Haugen (1983) propuso un modelo de grupos de objetivos, reiteradamente citado en las principales guías y manuales sobre la planificación lingüística que incluye dos grandes partes: la planificación del corpus (corpus planning) y la planificación del estatus (status planning), que se corresponden con las dos perspectivas del comportamiento lingüístico sometido a regulación: planificación formal y planificación funcional. La planificación del corpus tiene que ver con la remodelación del sistema interno de la lengua involucrada (tiene naturaleza puramente lingüística) y la planificación del estatus con la asignación a esta lengua implicada de una determinadas funciones deseadas (naturaleza puramente social). La interdependencia de estas dos categorías es obvia, por eso aparecen entrelazadas (Moreno Fernández, 2009).
El término koinización se avista por primera vez en un artículo de Jeff
Siegel (1985), y se refiere al proceso por el cual surge una lengua koiné, esto es, «el resultado estabilizado de la mezcla de subsistemas lingüísticos, tales como dialectos regionales o literarios» (Siegel, 1985: 357). La koinización es un proceso natural en el que diversas variedades entran en contacto, se acomodan y construyen «un sistema adaptativo complejo que poco a poco tiende a adaptarse a las circunstancias comunicativas» (Moreno Cabrera, 2008). Una koiné se forma con un núcleo común a las diferentes variedades con el propósito de facilitar la comunicación transregional, y en tanto que se utiliza para la expresión ordinaria de todos los hablantes, funciona
como lengua común, sin embargo no se erige en modelo idiomático de una comunidad.
El estándar, en cambio, en el que el componente artificial es muy preponderante, a diferencia de la koiné, surge en una situación de superposición, muy impulsada ideológicamente y se convierte en «el punto de referencia central, a partir del cual se caracterizan otras modalidades de uso de la lengua» (Carbonero, 2003b). Pero si bien la lengua estándar puede funcionar como «un instrumento de entendimiento común» (Seco, 1989), ello no implica que sea la lengua empleada generalmente en la conversación cotidiana. De hecho, la variedad estándar más bien funciona como lingua franca en los usos cultos propios de los ámbitos formales, frecuentados por las clases más instruidas, no se materializa en el habla cotidiana y espontánea de ninguno de sus hablantes (Amorós Segre, 2009).
El proceso de estandarización podría suponer las siguientes fases: selección de una variedad particular para convertirla en lengua estándar; codificación o proceso por el que instituciones como las academias fijan esa variedad; elaboración funcional de la misma para que pueda ser utilizada al tratar asuntos políticos, educativos, científicos, etc.; aceptación de la variedad seleccionada por la comunidad, normalmente como lengua nacional (Hudson, 1981: 42-44). Este proceso ha recibido la etiqueta de «artificial» o «no natural», pero esta etiqueta puede ser matizada ya que aunque las fases de codificación y cultivación, características de todo estándar requieren de una planificación consciente y una intervención deliberada (Hudson, 1981; Romaine, 1988; Pascual y Prieto, 1998) sin embargo la emergencia de una variedad en estándar puede no ser el fruto de una mediación directa, es decir, de una selección premeditada de una variedad, sino de un devenir circunstancial en la historia de una lengua (Demonte, 2003).
Así, la naturalidad pueden ser una propiedad presente en el proceso de estandarización lingüística, es decir, el carácter sociohistórico del proceso estandarizador que representa una opción determinada por la civilización occidental con el fin de dar cuenta del desarrollo y evolución sociohistórica de algunas lenguas, puede reconciliarse con el componente artificial que, indudablemente, lo configura como tal (Amorós Segre, 2009).
Este producto final, que llamamos lengua estándar, es de naturaleza abstracta y se define por lo que no es, más que por lo que es, esto explica
tal vez por qué la propia lingüística como disciplina no se haya interesado demasiado por la comprensión y explicación de lo que denominamos supradialecto estándar. Técnicamente era la lengua de Saussure: existe en todas partes, esta aceptada por todos los hablantes (no solo por los escribientes), pero nadie la utiliza. Sin embargo, mantiene la unidad del sistema. Las lenguas estándares no suelen estar descritas en ninguna parte, (sí en gramáticas prescriptivas y en diccionarios académicos), ni nadie se atreve demasiado a pronunciarse sobre qué opción léxica o de pronunciación ha de considerarse como más prestigiosa. Ello se debe a que, por definición, es un objeto que está siempre incompleto, susceptible de cambios que dependen más de la voluntad de los usuarios que de propiedades objetivas y que constituye una entidad heterogénea (social, convencional, política, lingüística) tanto en su origen como en sus límites y contenido. De esta manera, la historia, el prestigio, la convención y las actitudes están en el origen de toda estandarización (Pascual y Prieto, 1998: 3; Milroy y Milroy, 1991: 15). El estudio de la estandarización de una lengua es lo que constituye la historia externa de una lengua.
Una vez normalizada, la «lengua estándar», como forma de prestigio, contribuye a crear la conciencia identificativa del grupo (González Ferrero, 1991: 49). Según López Morales (1993) parece que el factor prestigio no opera sobre bases tan simples como las comunidades de pequeña o mediana extensión con un solo centro de poder y sí en dominios lingüísticos dilatados como el del inglés, español o portugués. Aquí la lengua ha habido que calificarla con el adjetivo estándar, desprovisto de su significado técnico: resultado de un proceso de normalización; y es sabido que en este caso son varios los estándares. Pero como esta variedad varía de un sitio a otro, habrá que preguntarse de dónde procede, cuál es el criterio definitivo para que se llegue a un proceso de estandarización, para que una lengua o variedad sea considerada estándar. Para Alvar (1996: 19) la lengua estándar era el resultado de un consenso basado principalmente en los usos literarios. Es el referente válido en un momento dado en la inmensa superficie en la que se habla el español, aunque la realización de ese sistema abstracto pueda tener pluralidad de actualizaciones. Los estándares suelen coincidir con los estilos más formales del sociolecto alto de cada zona y es realmente la variedad manejada en asuntos oficiales, en la educación, en los tribunales, en los medios de comunicación, y, por supuesto, en la creación literaria. Es por ello que si analizamos la literatura de América y la de España, por
ejemplo, notemos diferencias en los distintos estándares en cuanto al léxico y a la fraseología principalmente, algo menos en relación con la gramática, pero si la letra impresa pudiera reflejar adecuadamente las peculiaridades fonológicas, segmentales y suprasegmentales, esas diferencias serían más marcadas aún (López Morales, 1989).
Lewandowski (1982) y Demonte (2003) refieren, asimismo, la naturaleza histórica de la institucionalización de los estándares y su condición de herramienta para el ascenso social de los usuarios que estén en condiciones de adoptarlos:
«La lengua de intercambio de una comunidad lingüística, legitimada e institucionalizada históricamente, con carácter suprarregional, está por encima de la(s) lengua(s) coloquial(es) y los dialectos y es normalizada y transmitida de acuerdo con las normas del uso oral y escrito correcto. Al ser el medio de intercomprensión más amplio y extendido, la LE [lengua estándar] se transmite en las escuelas y favorece el ascenso social; frente a los dialectos y sociolectos, [es] el medio de comunicación más abstracto y de mayor extensión social».
(Lewandowski, 1982: 201)
El hecho de que la estandarización sea en bastante medida imprescindible para garantizar la unidad y la vida de una lengua, es un fenómeno de consecuencias similares a la globalización. Aceptarla a ciegas y como instrumento de nivelación en una única dirección es una actitud contraria no solo a la justicia sino a la ecología de lo biológico-social: a la natural tendencia a la variación que caracteriza la vida de las lenguas. Negarla de plano y predicar que en cada escuela hay que enseñar el dialecto de los alumnos y profesores es, dejar que sea el darwinismo social el que tome las decisiones, y condenar además a ciertos grupos a que su movilidad dependa de la suerte de sus élites, en el caso de que las tengan (Demonte, 2003).
La sociolingüística y la sociología del lenguaje aplicadas al español no disponen aún de la obra de conjunto sobre las variedades regionales y sociales de nuestra lengua y sobre la manera en que los hablantes perciben esas variedades, que permita hacer apreciaciones certeras sobre qué se
entiende exactamente por español estándar y cuáles son los rasgos y procesos que engloba y que lo definen. Pese a esa ausencia, Demonte (2003) se atreve con una caracterización global, primero de las características ideológicas de nuestro estándar y las tendencias que llevan a ellas, y luego a una ejemplificación de esa caracterización general.
En lo que concierne a las actitudes, en un tiempo indudablemente muy corto en el mundo hispano parece haber cambiado la percepción –siempre aceptada con reservas por parte de los latinoamericanos- del castellano peninsular como «dialecto primario del español norte orientador y casi modélico para un número vasto de hispanohablantes, que se realiza en unos vastos límites espaciales» (Hernández Alonso, 1996: 197) a una concepción más suelta y comprehensiva del español estándar en la que el prestigio no aspira ya a ir asociado a la pronunciación de la /c/ y /z/, de la s como ápico alveolar, o al leísmo de persona (Borrego, 1992: 13).
La variedad estándar española es un dialecto construido con un vocabulario y construcciones sintácticas no específicos, en donde los acentos no se manifiestan de forma llamativa, aunque persistan rasgos, particularmente fonéticos y prosódicos, que identifiquen la zona geográfica a la que pertenece el hablante (Demonte, 2003) -de hecho el concepto pluricentrismo se asienta en la configuaración de estándares regionales, que sustituyen al antiguo estándar español prescriptivo-, es una variante en la que la distancia entre la lengua hablada y la lengua escrita se reduce en lo posible (Koch-Oesterreicher, 2007), pero en lo que toca a la pronunciación, en el consenso fonológico del español parecen estar actuando varias fuerzas reguladoras. En el español en su conjunto no se plantea ya –como habría sucedido hace unos años-- la opción entre el español de Castilla, y su zona de influencia, y el español meridional y latinoamericano.
Ni España puede ser «norte regulador», ni pueden surgir voces reivindicando un idioma de los argentinos o de los mexicanos. Y en ese mismo espíritu de complementariedad, se extiende cada vez más –sobre todo en los círculos académicos- la aceptación de pronunciaciones alternativas como elementos que forman parte de una lengua estándar común, esto es, la aceptación del seseo americano, andaluz y canario y del yeismo. Se consideran también comunes ciertas formas debilitadas de algunos de los procesos fonológicos que delimitan dialectos geográficos muy diferenciados: ciertas aspiraciones de la /s/, algunos debilitamientos de las consonantes
finales, la relajación de las dentales en la terminación de participios, etc. También se observa una ampliación y negociación del caudal léxico. Los lexicones de las lenguas del mundo reflejan la manera en la que los seres humanos conceptualizan las acciones, estados, cualidades y entidades de la realidad; codifican también los cambios que se producen en esa realidad: nuevos objetos y acciones serán nuevos nombres y nuevos predicados; ambas fuerzas no son incompatibles. Pues bien, si la globalización es el patrón de desarrollo político y económico dominante en el mundo actual, es natural que exista una globalización lingüística y que la tendencia a la homogeneización contribuya a la mejor delineación de un léxico estándar estable y bien definido (DeMonte, 2003).
Los hablantes utilizan esa variedad en la escritura, en la enseñanza del español como lengua extranjera, en situaciones formales y en la interacción con usuarios de otras variedades del español. Los hispanohablantes poseedores del estándar (aunque no sean conscientes de ello) saben adaptarse a quienes tienen normas distintas de las suyas. En el caso del español, si bien nuestro estándar es más laxo que el inglés estándar de Gran Bretaña, comparte con el inglés americano, con el italiano y el francés, la inclusión de reglas fonéticas y prosódicas variables que se adaptan a las pronunciaciones regionales. En este sentido el caso español sigue la regla general según la cual un estándar puede ser una koiné (Benincá 1999:248), una variedad común a un conjunto de dialectos, donde se elimina todo aquello que sea demasiado peculiar, particularmente en el terreno de la pronunciación, y se buscan formas léxicas y morfológicas transparentes y de consenso (Demonte, 2003).
Los estándares del español actual es multiareal y configura un modelo regido por un principio de coherencia o complementariedad (Corbeil, 1983) y no de dominio de un dialecto sobre otros. Es, no obstante, culturalmente más coactivo que el de otros países equivalentes (los EEUU, por ejemplo) porque la noción de norma y corrección tienen un papel decisivo en nuestra cultura social. Los hablantes aspiran a tener modelos lingüísticos, y los enseñantes tienen conciencia implícita o explícita de esa norma (Demonte, 2003). La Real Academia Española y el Instituto Cervantes no han dudado en señalar en numerosas ocasiones que el español del siglo XXI será americano o no será; una consideración tal era simplemente impensable hace años.