Chapter 6. Conclusions and Recommendations
6.3 Addressing the research questions
6.3.1 Main question What are the design considerations for a mobile-based service to
(1R 12, 20-33; 2R; y 2Cro)
A la muerte de Salomón se rompió la unidad del reino. Se formaron dos reinos: uno, al norte de Palestina, bajo Jeroboam, siervo de Salomón, con la mayoría de las tribus; otro, al sur, bajo Roboam, hijo de Salomón, a quien sólo siguió la tribu de Judá, con capital Jerusalén. El primero se llamó reino de Israel, y el segundo, reino de Judá.
Jeroboam fijó su residencia en Siquem y, temiendo que los hijos de Israel al subir a Jerusalén a ofrecer sacrificios, adhirieran a Roboam, les hizo dos becerros de oro en Dan y en Betel y les dijo: “Basta ya de subir a Jerusalén. Este es tu Dios, Israel, el que te hizo subir de la tierra de Egipto”. Es decir, prefirió la política a la religión y no escuchó las advertencias del profeta Ajías, ni le importaron los castigos anunciados.
El reino de Israel (del 931 al 721 antes de Cristo) tuvo 19 reyes, todos muy malos, porque se apartaron de Yavé y sirvieron a los ídolos, siguiendo las instrucciones de los gobernantes, que eran malos. Por eso, vivieron en continuas guerras contra los reyes de Judá, sus hermanos, y contra los pueblos paganos. Lejos de Dios, nunca hay verdadera paz.
Jeroboam gobernó 22 años, y le sucedió su hijo Nadab, que no gobernó sino un año, porque Basa lo mató y exterminó a toda la casa de Jeroboam. Roboam reinó 24 años y le sucedió Elá, luego Zimri, y a éste le sucedió Omrí, quien fundó a Samaría y la hizo capital del reino.
39. AJAB Y ELÍAS
(1R 16-21)
Ajab fue el séptimo rey de Israel y más malo que todos los anteriores. Se casó con Jezabel, hija del rey de los sidonios, y para complacerla construyó un altar al dios Baal e hizo asesinar a casi todos los profetas del Señor. Sólo se salvó el profeta Elías, natural de Tisbé de Galaad. Un día se presentó al rey Ajab, por orden del Señor, y le dijo: “Vive Yavé, Dios de Israel, a quien sirvo. No habrá estos años rocío ni lluvia más que cuando mi boca lo diga”. El rey se enfureció y trató de encarcelarlo, pero Elías huyó y se refugió en el torrente de Kerit, cerca del Jordán. El Señor lo alimentó por medio de un cuervo que le llevaba pan y carne, y tomaba agua del torrente.
La sequía fue tal que perjudicó también a Elías, pues “al cabo de cierto tiempo se secó el torrente, pues no había caído lluvia alguna sobre la tierra”. Entonces el Señor le ordenó que abandonara ese lugar y se fuera a Sarepta. Allí una viuda le dio lo último que tenía, y esa obra de caridad hizo que no le faltara nada en todo el tiempo de la carestía. Además, murió su hijo, y el profeta Elías le devolvió la vida.
Tres años sin lluvia, lógicamente, habían causado una carestía tremenda. Los pastos se secaron, los animales se morían. Había hambre en toda la región de Samaría. Entonces el Señor ordenó a Elías que se presentara ante el rey, porque iba a hacer caer lluvia sobre la tierra. Cuando Ajab vio a Elías, le dijo: “¿Eres tú, azote de Israel?”, y él contestó: “No soy yo el azote de Israel, sino tú y la casa de tu padre, por haber abandonado a Yavé y haber seguido a los Baales. Pero ahora envía a reunir junto a mí a todo Israel en el monte Carmelo, y a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal que comen a la mesa de Jezabel”.
Ajab aceptó e hizo reunir al pueblo y a los profetas. Entonces Elías les dijo: “¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si Yavé es Dios, seguidlo; si Baal, seguid a éste. He quedado yo solo como profeta de Yavé, mientras los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta. Que se nos den dos novillos; que elijan un novillo para ellos, que lo despedacen y lo pongan sobre la leña, pero que no pongan fuego. Yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, pero no pondré fuego. Invocaréis el nombre de vuestro dios; yo invocaré el nombre de Yavé. El dios que responda por el fuego, ese es Dios”.
El pueblo aceptó el reto e hicieron como había dicho Elías. Los profetas de Baal prepararon el buey y comenzaron a invocar a su dios desde la mañana hasta la
tarde, sin ningún resultado. Enton-ces Elías se burló de ellos, diciendo: “Gritad más alto, porque es un dios; tendrá algún negocio, le habrá ocurrido algo, estará en camino; tal vez esté dormido y se despertará”. Así lo hicieron, pero en vano. Entonces Elías hizo preparar el buey, invocó al Dios de Israel e inmediatamente “cayó el fuego de Yavé que devoró el holocausto y la leña”. Ante el prodigio, el pueblo exclamó: “¡Yavé es Dios, Yavé es Dios!”. Y los profetas de Baal fueron asesinados.
Después de este acontecimiento, Elías anunció al rey Ajab que muy pronto volvería la lluvia. Y así sucedió. Pero Ajab seguía haciendo el mal, llevado por su perversa mujer Jezabel, quien trató de asesinar a Elías en venganza por sus profetas, pero Elías huyó hasta el monte Horeb. Allí recibió órdenes de Dios de regresar a Damasco, ungir a Jehú como rey de Israel y llamar a Eliseo como compañero y más tarde sucesor suyo.
“Partió de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando… Pasó Elías y le echó su manto encima”. Era un modo de expresarle que Dios lo llamaba a su servicio, y Eliseo aceptó y lo siguió.
A pesar del castigo de la sequía, que ya había terminado, Ajab seguía haciendo el mal. Entre tantos males, recordemos sólo el del asesinato de Nabot. Ajab le propuso que le vendiera su viña, pero Nabot se negó. Entonces Jezabel hizo asesinar a Nabot y le dijo al rey que fuera a tomar posesión de la viña. Muy contento, iba a tomar posesión de la viña, cuando Elías va a su encuentro y le dice: “Los perros comerán a Jezabel cerca del muro de Jezrael. El que de la casa de Ajab muera en la ciudad, será comido por los pe-rros, y el que muera en el campo, será comido por las aves del cielo”.
Ajab se arrepintió y se humilló ante Dios, y por eso lo perdonó: “Por haberse humillado en mi presencia, no traeré el mal en vida suya; en vida de su hijo traeré el mal sobre su casa”. En efecto, poco después murió Ajab y después Jezabel fue asesinada y devorada por los perros, como había profetizado Elías.
Le sucedió a Ajab su hijo Ocozías que reinó dos años sobre Israel y fue malo como su padre y su madre. A su muerte, como no tenía hijos, le sucedió su hermano Joram. Este pidió ayuda a Josafat, rey de Judá, para defenderse contra el rey de Moab. Hubo, pues, una tregua entre los reyes de Israel y de Judá.