Las grandes filosofías de los últimos siglos han tenido la necesidad (la obligación, casi) de generar una imagen filosófica de la antigüedad. En Bizancio, el Imperio Romano de Oriente, no había necesidad de mantener una relación o imagen de la antigüedad, porque no existía un corte institucional con el mundo antiguo. Los romanos de Constantinopla –hasta, digamos, 1453- seguían siendo antiguos -cristianos y antiguos, a la vez-. En los califatos musulmanes sí existía una imagen de la antigüedad, siempre subordinada a la verdad religiosa y bastante negativa en general, aunque hubo intervalos -sobre todo en el califato abasí de Bagdad- caracterizados por un intenso trabajo con la antigüedad y sus filósofos, considerados como "los primeros". Europa, desde la época de Carlomagno (en torno al 800 d.C.), ha buscado una antigüedad ya por entonces casi desconocida, y cuyas diversas exégesis han ido proporcionado ideales políticos, literarios, jurídicos, etc. Dado el sesgado carácter cristiano de las instituciones y de los Estados europeos de los siglos XVII-XIX, la "antigüedad" ha jugado habitualmente un papel esencial en la producción de nuevos ideales y, por lo tanto, en la autocomprensión de la historia de Occidente. Este proceso se aceleró con las revoluciones americana y francesa, que renovaron el interés por la antigüedad (sobre todo romana), mientras que al otro lado del Rin muchos intelectuales se entregaron a la grecomanía (así llamada, quizás injustamente), intentando remontarse a unos orígenes que sobrepasaran todo lo procedente de Roma. La filosofía no fue ajena a estos procesos. Ya el propio Löwith señala (y éste es uno de sus grandes temas) que en el siglo XIX la filosofía se convirtió en la historia de la filosofía, y que toda propuesta filosófica necesita desde entonces trazar su genealogía, recurriendo a una historia de la filosofía, implícita o explícita, que sitúe en el transcurso histórico su propia posición y legitime su aspiración a la verdad. Esta transformación requirió, por lo tanto, dar un valor y un significado a la antigüedad, y comenzaron las luchas filosóficas por hegemonizar una imagen filosófica de la
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antigüedad. Pongo dos ejemplos: Hegel y Nietzsche, quienes comenzaron su andadura filosófica ensalzando a los griegos: Hegel, con su búsqueda de una “religión popular”; y Nietzsche, intentando renovar en Alemania el espíritu de la tragedia griega. Y ambos acabaron por situar a la antigüedad en un estadio bien determinado: Hegel, ubicando el mundo antiguo como superación del estado oriental y preparación del cristianismo; y Nietzsche, alabando las instituciones romanas como freno contra el cristianismo, dentro de una historia caracterizada por la lucha entre la moral de los esclavos y la de los señores. En cambio, antes no se consideraba necesario ubicar filosóficamente a la Antigüedad, como prueba el ejemplo de Kant.
Löwith también perfila una imagen de la antigüedad particular, que se encuentra en constante comparación con las problemáticas originadas por el relato bíblico. Creo necesario incluir ahora un apunte metodológico con respecto a las imágenes de la antigüedad. Éstas juegan un papel en el seno de sociedades mayoritariamente cristianas. Dado que en muchas ocasiones "Atenas" y "Jerusalén" se emplean como pares conceptuales que estuvieran al mismo nivel, creo necesario señalar el correspondiente orden de prelación: no existen iglesias o comunidades platónicas o aristotélicas a lo largo de Europa y América, y que habitualmente disfruten de un derecho especial (el de la libertad de filosofar), que gocen de exenciones fiscales o que se organicen institucionalmente, con los correspondientes cargos; tampoco se ha creado en el siglo XX un nuevo Estado basado en reivindicaciones de las doctrinas un texto sagrado de la religión griega o romana; las calles europeas no tienen nombres de ilustres filósofos, ni hay grandes catedrales dedicadas a Epicuro, Pirrón, Diógenes o Marco Aurelio. La antigüedad es una figura, una imagen o un modelo de un mundo cuyas instituciones no han pervivido, sin tener ya un papel argumentativo en las disputas; primero, cristianas; y después, modernas. Es más, lo que sabemos de la antigüedad está conservado mayoritariamente por las autoridades cristianas, quienes conforman un filtro y constituyen una mediación tan necesaria como probelmática. Según señala en repetidas ocasiones Overbeck, el teólogo ateo que tanto inspirara a Löwith, antigüedad y cristianismo van de la mano, de modo que si se modifica la imagen de uno, queda automáticamente modificada la imagen del otro.
En sus escritos, Löwith acentúa voluntariamente las diferencias entre la antigüedad y el cristianismo; aunque por mi parte estimo que la absolutización de esos dos modos de
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pensamiento es un procedimiento errado. A lo sumo, pueden ser concebidos como dos tipos ideales que nos ayuden a pensar los acontecimientos históricos, siempre a su vez mezclados (la antigüedad -tardía o no. es una gran mezcla del modo de pensamiento filosófico y del soteriológico, pues existen doctrinas de salvación en Persia y Mesopotamia, en las doctrinas órficas griegas, en los cultos al sol en Roma, algunos estamentos de letrados judíos leen a Platón desde muy temprano, se traduce la Torah al griego (y en ese idioma están escritos directamente los Evangelios y las epístolas paulinas), las disputas teológicas cristianas de los siglos IV y V aprovechan distinciones propiamente filosóficas, hay neoplatónicos que conocen el cristianismo, etc.). Por todo ello, esos modelos o constructos no pueden pensarse, como parece hacer Löwith, como dos modelos realmente existentes e irreconciliables: Atenas y Jerusalén son sendas de un bosque que conforman un laberinto. No obstante, creo que Löwith acierta al insistir en la necesidad de la comparación. Su comparación entre la Antigüedad y el pensamiento bíblico pone el foco en dos ámbitos interrelacionados: la historia y la política, por un lado, y la religión, por otro. De esta comparación se deducen consecuencias filosóficas de largo alcance.