Poner la vida de las mujeres mayas sobrevivientes en el centro significó también establecer un diálogo intercultural y descolonial, tanto dentro del equipo de investigación como entre las investigadoras y las sujetas de investigación.
La construcción dialógica y descolonial del conocimiento conllevó el apasionado deseo de escuchar y comprender los procesos de vida de mujeres cuyas cosmovisiones y códigos culturales son distintos a nuestros marcos interpretativos. Más aún, significó dar legitimidad y validez a formas de ver el mundo consideradas como secundarias o sin importancia por la visión hegemónica androcéntrica y racista de la modernidad occidental, y ponerlas a dialogar con las del equipo de investigación.
El haber hecho central el concepto de susto en nuestra investigación es ilustrativo de lo anterior. Después de 25 años, las mujeres seguían padeciendo de susto: “Desde ese momento cuando me violaron, me quedé asustada”, decían. El entender el susto para marcos de referencia occidentales no ha sido sencillo, porque ha implicado comprender la ruptura que significó la violación sexual en la vida de las mujeres, desde los significados que para ellas tiene, desde sus propios códigos, desde la espiritualidad maya y su conexión energética con el todo. Las mujeres contaban que el susto es “una profunda pena, las pone amarillas, les quita las ganas de trabajar, hay desgana, falta de fuerzas, dolor de cabeza, no tienen hambre, no quieren trabajar y se sobresaltan con cualquier ruido”. También hablaban de que representa una gran tristeza, de sensación de suciedad y fracaso. Es el alma o el espíritu de la persona que se va del cuerpo: “ahora soy la sombra de mi yo”. Es entrar en un mundo de desolación y soledad. Muchas mujeres que fueron violadas murieron de susto.
Así, para entender el susto había que acercarse a la integralidad de las dimensiones del ser que habían sido rotas por la violación sexual: la imagen de sí misma, la relación con su cuerpo y su propia alma, la relación con la familia y comunidad, y la relación con el cosmos. Para sanar, teníamos que abordar la integralidad de estas dimensiones. Ninguno de los conceptos de la psicología occidental como estrés o depresión postraumática puede llegar a abarcar la dimensión del susto. El susto no es la mera transcripción literal de síntomas psicosomáticos. Es la manifestación corporal del malestar, de todo el equilibrio que ha sido roto por la violación sexual. Ha sido la forma corporal que las mujeres han tenido para hablar del sufrimiento de la violación sexual cuando no existen palabras para nombrar lo sucedido, cuando no existen espacios en la cultura para ser escuchadas y reparadas.
Otro concepto de las sujetas que fue central a nuestro análisis de las consecuencias sociales de la violación sexual fue el de quita-maridos. Uno de los dolores más grandes expresados por las mujeres era que sus propias vecinas las estigmatizaban, criticaban y violentaban. El estigma de mujer que le gusta hacer cosas con los hombres que conlleva haber sido violada convertía a las sobrevivientes en amenazas para las otras mujeres de la comunidad. Este concepto permitió desvelar que uno de los efectos principales de la violación sexual es que aumenta la rivalidad y enemistad ya existente entre mujeres. Lejos de generar un movimiento de solidaridad y apoyo entre pares por ser expuestas a las mismas condiciones de violencia patriarcal, la violación sexual viene a profundizar la desidentificación entre mujeres y la destrucción del tejido social. Este concepto pone de manifiesto uno de los
efectos más perversos del patriarcado; y a la vez, nos enseñó el camino para diseñar estrategias que rompieran esta lógica y permitan crear condiciones de solidaridad, reparación y transformación entre mujeres.
La interpretación de lo vivido es distinto cuando nos sentimos parte del universo, en vez de verse separado, superior y dueño del mismo. Los procesos psico-emocionales también se explican desde otro lugar cuando los sueños tienen un sentido para interpretar la realidad, cuando el fuego tiene el poder de sanarnos, y la comunicación con las y los ancestros nos permiten adquirir la fuerza ancestral suficiente para encontrar el camino y seguir caminando. Se integran otras memorias culturales, corporales, energéticas y trangeneracionales a la interpretación de lo vivido.
Es también profundamente distinto usar un marco interpretativo integrado, a uno binario, herencia del pensamiento androcéntrico de la modernidad occidental. En la convivencia cotidiana con esta sabiduría ancestral maya, he aprendido que los opuestos son sólo dos facetas de la misma moneda, y que podemos leerlos y vivirlos como integración y unicidad. Aprendí que el mundo no es blanco o negro, que es a la vez las dos cosas, que los eventos tienen una multiplicidad de factores, y que la realidad es la integración de todas las miradas.
El aprendizaje fue mutuo: mientras la visión feminista permitía aportar nuevos caminos y opciones liberadores a partir de sus experiencias concretas como mujeres, la visión ancestral maya aportaba la posibilidad de integrar la historia desde una multiplicidad de miradas y sanarla profundamente: desde arriba y abajo, desde la izquierda y la derecha, desde la periferia y desde el centro.
Esta construcción dialógica y colectiva del conocimiento supuso sin duda un reto inmenso en un equipo de investigación multidisciplinario y multicultural compuesto por una mujer maya quiché, una mujer mestiza, y una mujer blanca feminista de origen francés. Para establecer este diálogo y lograr un análisis común, fue fundamental haber pactado que lo importante en todo este proceso era la palabra y la vida de las mujeres que acompañábamos. Poner a las mujeres en el centro nos permitió trascender los conflictos ideológicos a los que muchas veces los debates teóricos nos condenan.
También fue fundamental que cada una de nosotras decidiéramos recono- cernos como interlocutoras, más allá de las imágenes opresivas construidas
e interiorizadas alrededor de la blanca colonizadora, la víctima indígena y la mestiza mediadora. Escucharnos, escuchar el dolor de la otra, y la voluntad de transformar esta historia de dolor juntas ha sido fundamental para realizar esta investigación. Nadie salió indemne de este proceso. Todas trabajamos nuestras historias de violación, abusos sexuales y relación con nuestra sexua- lidad. Todas trabajamos nuestras historias de guerra y colonización. Todas, sin excepción tuvimos que hacer un gran trabajo personal para desmontar el racismo interiorizado y cuestionar nuestras verdades:
• El sentimiento de verdad absoluta que conllevan el eurocentrismo y el pensamiento moderno cartesiano.
• El sentimiento de inferioridad y los mecanismos de victimización que conlleva la internalización de la opresión (Grupo de Mujeres Mayas Kaqla 2004)3.
• El resentimiento, el odio y el silencio.
• La culpa y el enojo.
• La idealización de la familia y la comunidad como espacios de apoyo y reparación para las mujeres.
• La idealización de lo masculino como autoridad.
• La visión hetero-real del mundo. Al respecto quiero mencionar un debate que tuvimos en el equipo que refleja esta visión: ¿es un problema que las mujeres sobrevivientes decidan no volver a unirse con hombres después de la violación y rodearse de mujeres? ¿O se trata de una estrategia de resiliencia, de reparación, de creación de vínculos afectivos para poder reconstruir la vida, a partir de la consciencia del dominio existente? Es sin duda un criterio básico y a la vez un indicador de la construcción dialógica del conocimiento: que todas las partes estén dispuestas a cuestionar sus puntos de partida y estén abiertas a verse influenciadas por este diálogo para transformar las condiciones de opresión y colonización juntas.
3 Las primeras mujeres mayas organizadas para hablar del concepto de la internalización de la opresión y trabajárselo en grupos de sanación en Guatemala son el Grupo de Mujeres Mayas Kaqla. Ver la publicación que recoge sus experiencias al respecto.