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El funcionalismo bebió de diversas fuentes. Algunas eran filosóficas, otras científicas y otras propias del entorno sociocultural en que se de- sarrolló. Desde un punto de vista histórico muy amplio, constituyó el último episodio de un ciclo cuyo inicio podemos retrotraer hasta el siglo

iv a.C., cuando el filósofo griego Aristóteles definió los seres vivos por sus

funciones (lo que hacen) antes que por sus estructuras o mecanismos (las partes del cuerpo) (Fernández, Loy y Sánchez, 1992). Pasando por Kant a finales del siglo xviii y por Darwin en el xix, ese ciclo llega hasta

el funcionalismo, que hace girar la explicación psicológica en torno a las actividades de los sujetos en lugar de basarla en facultades mentales u órganos corporales. Desde un punto de vista histórico más restringido, el funcionalismo surgió como una manera de entender lo psicológico apo- yada en el pragmatismo, el evolucionismo darwinista y el pensamiento social reformista, con algunas influencias asimismo de la filosofía tras- cendentalista.

2 Biológicamente hablando, el mecanicismo implica considerar que los seres vivos son autó- matas y todos los fenómenos vitales se explican por leyes físicas, basadas en relaciones causales. Psicológicamente hablando, el mecanicismo implica trasladar esa concepción a la mente o el com- portamiento y explicar la actividad de acuerdo con leyes deterministas o, al menos, sin otorgar un lugar a la acción del sujeto y la posibilidad de que genere novedades imprevistas.

El darwinismo

Los funcionalistas eran darwinistas porque resaltaban el valor adapta- tivo de la conciencia. Su punto de partida era que existen funciones psico- lógicas igual que existen funciones biológicas (crecimiento, reproducción, alimentación, excreción, respiración, etc.). Recordar, pensar, percibir o sentir, por ejemplo, son funciones psicológicas. Los funcionalistas —cada uno con sus propios conceptos— suponían que las funciones psicológicas se caracterizan por formarse a través de la actividad adaptativa de los sujetos. Además, asumían que la mente o la conciencia existen porque la naturaleza las ha producido. En muchos casos, este era un argumento contra el reduccionismo mecanicista y la idea de que la mente es un mero epifenómeno, o sea, algo aparente y no real: no podemos negar la existen- cia real de algo que ha sido fruto de la selección natural.

Darwin inauguró la psicología comparada moderna defendiendo la continuidad psicológica entre los animales y el ser humano (véase más abajo). Asimismo, con su teoría de la selección natural dejó planteado el problema del posible papel jugado por la actividad psicológica en la evolución biológica. ¿Es el comportamiento un mero conjunto de ins- tintos —un producto de la herencia— o bien desempeña alguna función evolutiva? ¿La conciencia es un puro epifenómeno o bien interviene en la adaptación al medio y, por tanto, en la selección natural? Tanto el fun- cionalismo como la psicología comparada intentaron responder a estas preguntas. Por tanto, no es que el funcionalismo fuera el producto de la importación americana del evolucionismo inglés; es que el funcionalis- mo formó parte del evolucionismo, porque contribuyó a las discusiones en torno a la evolución y la selección natural.

El darwinismo proporcionó además algunas analogías útiles. Por ejemplo, y como veremos después, al igual que Darwin recurría a la selección natural para explicar la evolución biológica, James señalaba que en la vida psíquica es la conciencia la que selecciona los contenidos mentales (ideas, imágenes, representaciones, sensaciones...). La idea de que lo psicológico tiene que ver con la selección está presente en muchos funcionalistas. Si el sujeto es activo y su actividad se dirige al mundo que lo rodea, el cual le plantea constantemente problemas y desafíos, el sujeto debe estar continuamente eligiendo, seleccionando posibilidades de acción, adaptándose activamente. La concepción de la adaptación

como algo activo estaba, de hecho, en el meollo de la discusión de gran parte de la psicología comparada. La cuestión era qué papel jugaba en la adaptación —y por tanto en la evolución biológica— lo que los animales hacen, es decir, su comportamiento. Normalmente se suponía que la conciencia, la inteligencia, interviene cuando los instintos o los hábitos aprendidos ya no son suficientes porque hay novedades en el entorno3. El pensamiento social

El funcionalismo eclosionó en un momento en que la sociedad esta- dounidense experimentaba un proceso de cambio acelerado. Se trataba de un proceso de modernización caracterizado por fenómenos como la expansión comercial, la industrialización, la inmigración y la mezcla de identidades étnicas, el crecimiento de los suburbios urbanos, la proleta- rización de la mano de obra, la concentración de capitales y los oligo- polios, la expansión y consiguiente burocratización de la administración pública, la emigración interior, etc. Esto generaba numerosos desajustes sociales e individuales. Las formas de vida propias de la sociedad agra- ria se resquebrajaban. La comunidad tradicional, que giraba en torno a la familia y el pueblo, cedía terreno en favor de escenarios urbanos masificados caracterizados por la novedad, el cambio y la pluralidad de valores e intereses. Las ciudades se erigían como los nuevos escenarios donde lograr el sueño americano de prosperidad y triunfo; pero también revelaban su lado oscuro de marginación y desarraigo.

Igual que en otros países occidentales en la misma época, la al- ternativa a la comunidad próxima tradicional, de carácter rural, era

3 Dentro de un instante hablaremos del marco filosófico pragmatista del funcionalismo. Los primeros autores pragmatistas estadounidenses empezaron a reunirse en Cambridge en 1872, for- mando lo que llamaron el Club Metafísico (Menand, 2002). Pues bien, uno de sus líderes, Chauncey Wright (1830-1875), ejemplifica muy bien la conexión entre pragmatismo, funcionalismo y darwin- ismo, dado que adoptaba una actitud casi positivista y centraba su pensamiento en el evolucionismo darwinista, considerando que el principio de la selección natural demuestra que todos los compor- tamientos humanos se explican en última instancia por su utilidad. Wright se carteó con Darwin, llegaron a conocerse personalmente e incluso colaboraron en trabajos sobre plantas y sobre los instintos de los animales y su relación con la conciencia humana (Sini, 1999). Nótese asimismo la estrecha relación de estas cuestiones con la psicología comparada, a la que nos referiremos al final del siguiente capítulo.

lo que Benedict Anderson (1993) ha denominado una «comunidad imaginada», esto es, un Estado nacional. A diferencia de lo que ocurre con los vecinos del pueblo, la mayoría de los habitantes de un Estado nacional moderno nunca se van a conocer personalmente —de ahí lo imaginario— pero se supone que comparten una misma identidad co- lectiva y se adhieren a ella por pertenecer a la misma nación y tener los mismos derechos y obligaciones que sus conciudadanos. Lo que define la identidad personal ya no es la pertenencia a una familia, un pueblo, una comarca o una parroquia, sino la condición de ciudadano. La gestión de las comunidades imaginadas exigía (y exige) la participa- ción de numerosos expertos que las dotaran de los símbolos de identi- ficación adecuados —transmitidos mediante la enseñanza y los medios de comunicación— y ayudaran a controlar los conflictos. Para ello se consideraba necesario teorizar la relación entre individuo y sociedad y contar con técnicas que, basadas en esa teorización, permitieran admi- nistrar adecuadamente la vida social.

El pensamiento social norteamericano de finales del xix y principios

del xx cumplía esa función. Sus representantes eran por lo general inte-

lectuales reformistas —aunque algunos adoptaban posiciones políticas más radicales, muy cercanas al socialismo— procedentes de ámbitos como la sociología, la religión, el trabajo social, el activismo en pro de derechos sociales y civiles, el periodismo, etc. A modo de ejemplo, po- demos citar los nombres de la trabajadora social Mary P. Follet (1868- 1933), el sociólogo Lester F. Ward (1841-1913), el educador Arland D. Weeks (1871-1936) y la socióloga feminista Jane Adams (1860-1935). En diversos grados, algunos autores importantes para la psicología partici- paron también en esa corriente, como John Dewey o George H. Mead (ambos, por cierto, colaboraron con Jane Adams). Además, muchos pragmatistas y funcionalistas desarrollaron teorías de la formación del yo que pretendían explicar la relación entre individuo y sociedad, como el filósofo Josiah Royce (1855-1916), los sociólogos Charles H. Cooley (1864-1929) y Charles A. Ellwood (1873-1946) o el filósofo y educador John E. Boodin (1869-1950) (Valsiner y Van der Veer, 2000), aparte de los propios Dewey, Mead y Baldwin.

Como reiteraremos más abajo, el pensamiento social de la mayoría de los funcionalistas —así como de los conductistas iniciales, de los que hablaremos después— era de orientación progresista, a menudo basado

en la defensa de lo público como garante para la igualdad y el ejercicio de la democracia. El funcionalismo cubrió la demanda de teorías (cientí- ficas) que justificaran la articulación entre individuo y sociedad. Incluso cabe entender el trabajo de los funcionalistas más orientados a la teoría social como un esfuerzo por trasladar a la comunidad imaginada esta- dounidense la (supuesta) armonía social y los antiguos lazos de lealtad propios de las comunidades tradicionales. La psicología proporcionaba una base sobre la que apoyar esa necesidad política de estabilidad social, sin la cual la construcción de la nación estadounidense —basada en la democracia— parecía imposible.

Por lo demás, muchos aspectos de la concepción funcionalista del sujeto tenían raíces profundas en la cultura norteamericana y, en par- ticular, en el mito de los orígenes de la nación estadounidense. Durante el siglo xix tomó forma la imagen del pionero como figura gracias a

la cual los colonos habían logrado asentarse en las tierras del este de Norteamérica, se habían independizado de Inglaterra y habían seguido expandiéndose hacia el oeste en pugna contra una naturaleza agreste y unos nativos igualmente salvajes (el género cinematográfico del western sería un fiel reflejo de esto). En 1893, el historiador Frederick Jackson Turner elevó a rango académico el mito de la frontera, según el cual la frontera oeste había constituido el escenario de esa lucha de los pione- ros y ésta habría fomentado la forja del fuerte sentido norteamericano de la individualidad, la iniciativa y la democracia. El pionero era, pues, un individuo eminentemente activo que se adaptaba a un entorno hostil transformándolo para satisfacer sus necesidades y las de su familia. Para él, la naturaleza era al mismo tiempo una fuente de oportuni- dades y de peligros. Además, los pioneros vivían en pequeñas comu- nidades —tradicionales— donde todos se conocían y el apoyo mutuo revestía una enorme importancia. No había, por tanto, una oposición radical entre lo individual y lo colectivo. Los pioneros eran individua- listas en el sentido de que, en ausencia de una estructura política a la europea (estatal) que los respaldara, tenían que buscarse la vida a la hora de organizar sus pueblos —en el ámbito comunitario— y sus ho- gares —en el ámbito familiar—. Sin embargo, para ellos la comunidad próxima (el vecindario, la parroquia, el pueblo) era importantísima, porque constituía una red de apoyo mutuo y la única estructura políti- ca de la que disponían. De hecho, el referente mítico de la democracia

estadounidense ha sido siempre la toma de decisiones asamblearia en aquellas pequeñas comunidades donde todos se conocían y las relacio- nes se establecían en un plano horizontal, sin jerarquías ni mediacio- nes burocráticas.

En esa tradición cultural americana hunden sus raíces dos señas de identidad del funcionalismo: la idea de la adaptación activa al entorno y la necesidad de conjugar lo individual y lo social.

El trascendentalismo

El movimiento trascendentalista norteamericano conoció su auge en- tre las décadas de los 30 y los 60 del siglo xix. Tuvo ramificaciones en filo-

sofía y literatura, con nombres como Ralph Waldo Emerson (1803-1882), Henry David Thoreau (1817-1862) y Walt Whitman (1819-1892). Sin embar- go, su origen fue religioso: procedía de intentos de reforma de la Iglesia Unitaria —una derivación del protestantismo que negaba el dogma de la Santísima Trinidad— que reivindicaban la búsqueda de Dios en el interior de uno mismo y la armonía del yo con la naturaleza. Más que preocuparse por las tentaciones exteriores que le pudieran llevar a pecar, el individuo debía, entonces, preocuparse por sí mismo, sus pensamientos, sus emocio- nes, su conducta. Desde esta perspectiva se desconfiaba de las mediacio- nes institucionales (las jerarquías eclesiásticas) y se encomendaba la salud espiritual a la responsabilidad individual y la búsqueda personal de «una relación original con el universo», en palabras de Emerson (1836, p. 5).

No es difícil imaginar la transposición de esa perspectiva a la filo- sofía e incluso la política: al margen ya de connotaciones religiosas, se trataba de construir una subjetividad individual auténtica, original, creativa, consciente de sí misma y en armonía con el entorno, entendido como entorno social (pero referido a la comunidad próxima, no a la na- ción o el Estado) y, sobre todo, como entorno natural (no es casual que el trascendentalismo sea una de las fuentes del ecologismo).

Así pues, podemos entender el trascendentalismo como una forma de teorizar la subjetividad que es a la vez individualista y comunitarista. Representa la defensa de un individualismo de connotaciones román- ticas, pues no se basa en un modelo de sujeto individual enfrentado al mundo, sino más bien armonizado con su medio, sobre todo con su

medio natural, aunque también con el social, entendido a la escala de las comunidades naturales o de base. Es un sujeto que se caracteriza por preocuparse constantemente por su propia subjetividad y actuar en su en- torno inmediato. El pragmatismo, en el que se detectan huellas del tras- cendentalismo, llevará esa preocupación por la acción a un primer plano.

El pragmatismo

El pragmatismo fue a la filosofía norteamericana lo que el funciona- lismo a la psicología: un producto típicamente americano. En realidad, es difícil distinguir el uno del otro. El funcionalismo era en cierto modo la versión psicológica del pragmatismo. De hecho, dos de los pragmatis- tas más conspicuos fueron también dos de los funcionalistas más cono- cidos: William James y John Dewey.

El pragmatismo exacerbaba la importancia de la acción y hacía girar en torno a ésta la cuestión de la validez del conocimiento. Para un prag- matista no hay conocimiento que no esté ligado a su puesta a prueba y eventual corrección o rectificación según las consecuencias que produce en el mundo. Esta idea fue esencial para los funcionalistas. En lenguaje psicológico equivale a afirmar que los contenidos de la conciencia se for- man mediante la actividad. O lo que es lo mismo: las funciones psicoló- gicas existen por y para la acción. Veamos cómo expresa filosóficamente esta idea Peirce, el padre del pragmatismo.

Charles Sanders Peirce había estudiado física y trabajó durante un tiempo en un organismo del gobierno federal dedicado a la investigación geodésica y costera. Aunque dio clases en la Johns Hopkins University (Baltimore), nunca consiguió un puesto estable de profesor. Su filosofía se basaba en un desarrollo de la idea kantiana de que algunas creencias humanas carecen de una base completamente segura sobre la cual asen- tarse. Por ejemplo, ante un diagnóstico dudoso un médico actúa mediante tanteos, sin contar con la certeza de que sus decisiones terapéuticas son las correctas. Sólo los resultados de la terapia irán dando pistas acerca de lo adecuado de esas decisiones. Kant definía este tipo de creencias como creencias pragmáticas. El médico actúa conforme a creencias pragmá- ticas. Peirce extendió esa idea a todo el conocimiento: no hay ninguna creencia, ninguna clase de conocimiento, cuya verdad esté justificada más

allá de sus resultados prácticos. El pensamiento está al servicio de la ac- ción, y no hay creencia que no sea pragmática. A esto lo llamó «máxima pragmática», según la cual la única definición posible de algo es la que hace referencia a sus consecuencias prácticas. Lo que pensamos acerca de las cosas depende de nuestra experiencia práctica con ellas, y no hay nada en la definición de las cosas que vaya más allá de dicha experiencia. Así, cuando nos relacionamos con un objeto anticipamos, según nuestra experiencia previa, cómo va a comportarse ese objeto (por ejemplo, si prevemos que un alimento está duro lo mordemos con cuidado). En pala- bras del propio autor, la máxima pragmática consiste en «considerar qué efectos, que razonablemente pueden tener manifestaciones prácticas, con- cebimos que tiene el objeto de nuestra concepción. Entonces, nuestra con- cepción de esos efectos es la totalidad de nuestra concepción del objeto» (Peirce, 1887 y 1888/2007, p. 87). Lo que hace Peirce es criticar la idea de que elaborar un concepto es describir una especie de realidad sustancial de la que se derivan consecuencias prácticas. Él sostiene que no hay nada sustancial más allá de esas consecuencias prácticas o subyacente a ellas.

Mientras que para Kant la verdad era algo estático (al menos en lo relativo al noúmeno o la realidad en sí), Peirce pensaba que la verdad era cambiante. Si el evolucionismo darwiniano había demostrado la evolu- ción de las especies, el pragmatismo aplicaba ese esquema evolucionista al conocimiento e intentaba mostrar que éste también evoluciona. La verdad no es fija. Al igual que los organismos en general se adaptan al entorno y lo modifican mediante tanteos, poniendo a prueba sus hábitos y transformándolos según sus consecuencias prácticas, los seres huma- nos ponemos a prueba nuestras ideas —que no son más que hábitos de pensamiento, principios para la acción— y nos quedamos (o deberíamos quedarnos) con aquellas que se muestran más eficaces para vivir.

A diferencia de lo que ocurre con James, la relevancia directa de Peirce para la psicología no suele destacarse en los manuales de historia de la disciplina. Sin embargo, contribuyó al desarrollo de la psicología experimental en su país (sobre todo con trabajos sobre percepción), ayu- dó a dar a conocer la obra de autores alemanes decisivos para la psicolo- gía (Wundt, Fechner, Helmholtz), fue profesor de psicólogos americanos destacados (como Cattell o Dewey) y, en general, participó en los debates intelectuales sobre el significado de lo psicológico, la acción, el pensa- miento, etc. (Morgade, 2002). Asimismo, su teoría semiótica (sobre los

signos y el significado) ha sido reivindicada recientemente por algunos enfoques socioculturales de la psicología.

A William James, en cambio, se le suele considerar el padre de la psicología americana y, más específicamente, el padre del funciona- lismo psicológico (por eso lo vamos a tratar en el siguiente epígrafe). Aunque su terminología quizá sonara hoy como un ragtime en un gra- mófono, su espíritu penetró en la corriente principal de la disciplina. Se basaba en la experimentación —al estilo de la que se practicaba en el laboratorio de Wundt en Alemania— y en algo que no estaba en Wundt: la idea de que la conciencia se halla eminentemente ligada a la actividad4.

LA FORMULACIÓN DE LA PSICOLOGÍA FUNCIONALISTA

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