• No results found

Propagating the height of edited data

Tras doctorarse en medicina en la Universidad de Harvard, donde trabajó prácticamente toda su vida, James dio clases de fisiología, ana- tomía, psicología y filosofía hasta que en 1889 ocupó una cátedra de psi- cología. Al año siguiente publicó su famoso libro Principios de psicología, un manual con el que se formó toda una generación de estudiantes. En realidad, la versión jamesiana del pragmatismo tiene en su conjunto un cierto aroma psicológico. No en vano fue en los Principios de psicología donde comenzó a exponerla.

James entendía el pragmatismo casi como una filosofía aplicada a la vida (Sini, 1999). Mientras que Peirce, sin negarle esa utilidad, enfa- tizaba su carácter de método para asegurar la claridad de los conceptos

4 Peirce y James fueron los dos padres del pragmatismo. Suele afirmarse que la versión peircea- na (a veces llamada «pragmaticismo») era más intelectualista y que Peirce estaba más preocupado por construir un sistema filosófico coherente que garantizara criterios de verdad. La versión jame- siana, entonces (a veces vinculada a un «empirismo radical»), sería más «vitalista», en el sentido de que tendería a acercarse a una filosofía práctica, aplicable a la vida. A James le interesaba la validez de nuestras creencias, entendidas como ideas con las que nos manejamos en el mundo. Sea como fuere, en ambos autores el criterio último es de índole práctica.

5 Sobre James puede verse el vídeo «William James (1842-1910)» de la serie Diccionario biográfico

filosóficos y científicos, James lo consideraba sobre todo un principio de justificación de nuestras creencias: es válida aquella creencia que influya (para bien) en nuestra vida y, en último término, afecte a todo el conjun- to de las experiencias vitales. Las verdades sólo son tales si son buenas para vivir. Además, puesto que las consecuencias prácticas de nuestras ideas son inciertas mientras no se comprueben, hemos de tener alguna fe en aquello que creemos, o —como decía el propio James— alguna «voluntad de creer». Lo importante, en suma, es siempre la acción. Dado que ninguna verdad absoluta nos respalda, debemos actuar y comprobar cuán verdaderas son nuestras ideas enfrentándolas a la prueba del algo- dón de la acción, sin olvidar que también es en la propia acción donde tomamos conciencia de cuáles son nuestras ideas —es decir, las descu- brimos a medida que actuamos—.

La teoría motora de la conciencia

Respecto a la psicología, aquí vamos a centrarnos en la concepción jamesiana de la conciencia6. Frente a los wundtianos y los estructuralis-

tas, lo que le importaba a James no eran tanto los contenidos de la con- ciencia cuanto sus funciones. Y la principal función de la conciencia, la que constituye el fundamento o la característica más genérica de toda la vida psicológica, es la de seleccionar, la de elegir. Veamos cómo.

James se oponía tanto a las perspectivas materialistas y reduccionis- tas como a las dualistas y espiritualistas (Fernández y Sánchez, 1990b). Para las primeras, la conciencia es un mero epifenómeno, algo secun- dario o derivado de la auténtica realidad, que es la física: en última ins- tancia, lo único real son los procesos neurofisiológicos, mecánicos. Para

6 Una exposición más completa de la obra de James puede encontrarse en la Historia de la

psicología de José M.ª Gondra (1997). Da cuenta de la pluralidad de sus intereses, que abarcaban desde la psicopatología hasta los fenómenos paranormales, pasando por el misticismo. James acabó ocupando una cátedra de filosofía en 1897. Cinco años antes se había distanciado de la psicología más experimentalista y había escrito que la psicología, entendida como ciencia natu- ral, no era más que «la esperanza de una ciencia» (James, 1892, p. 468). Sin embargo, su paso a la filosofía y la variedad de sus intereses no sólo reflejaba una personalidad cambiante, sino que expresaba una actitud de exploración intelectual cuyo denominador común fue siempre la teorización de la forma en que el sujeto se relaciona con el mundo. En ese sentido James nunca perdió su perspectiva psicológica.

las segundas, la conciencia es una realidad (no física) separada e inde- pendiente de la materia corporal (física) e influye en ésta interactuando con ella, tal y como había planteado el filósofo francés René Descartes en el siglo xvii7. James concedía parte de razón a ambas perspectivas y

les quitaba otra parte:

• Daba la razón al materialismo reduccionista en que los procesos neurofisiológicos funcionan por sí mismos, sin intervención de la mente o la voluntad, o sea, de acuerdo con leyes naturales entendi- das mecánicamente. En ese sentido, podemos comparar al cerebro con una centralita telefónica que se limita a conectar estímulos y respuestas. Ahora bien, según James la conciencia no es un mero epifenómeno. Sería imposible explicar nuestra actividad quedándo- se sólo en la mecánica del sistema nervioso. La conciencia influye en nuestro comportamiento. Además, la conciencia existe objetivamen- te porque forma parte de la naturaleza. Es útil adaptativamente en un sentido darwinista, tal y como indicamos más arriba.

• Daba la razón al dualismo espiritualista en que la mente es activa. Ahora bien, según James los contenidos de la mente están inextri- cablemente unidos a los procesos neurofisiológicos. Lo psicológico y lo neurofisiológico no constituyen realidades sustancialmente distintas y, por tanto, no cabe hablar de interacción entre ellas. De hecho, hay por defecto una relación automática o instantánea entre cerebro y mente, en el sentido de que nada ocurre en la mente sin que ocurra al mismo tiempo algo en el sistema nervioso. Sin em- bargo, lo que ocurre en la mente no es exactamente un simple eco o reflejo de lo que ocurre en el cerebro, porque la conciencia intervie- ne en el funcionamiento mental —no en el cerebral, porque en tal caso habría interacción entre una realidad física y otra no física—.

7 Descartes postulaba una interacción entre mente y cuerpo, que concebía como dos sustancias distintas, una material y otra espiritual. Pensaba que la mente puede tener un efecto causal sobre el cuerpo. Ese planteamiento respaldaba la creencia de que nuestro comportamiento está controlado por nuestra voluntad, pero desde un punto de vista filosófico la interacción era problemática. Si mente y cuerpo son dos sustancias radicalmente diferentes, ¿cómo pueden interactuar? Para evitar este calle- jón sin salida algunos autores han negado la existencia de lo mental (la mente es un mero epifenóme- no, algo puramente subjetivo, colateral, que no puede actuar causalmente sobre el cuerpo) y otros han sostenido que mente y cuerpo son dos realidades paralelas y equivalentes que, aunque no interactúan entre sí, funcionan como la cara y la cruz de una misma moneda, de modo que lo que sucede en una sucede en la otra. James se encuentra muy cerca de esta segunda opción, llamada paralelista.

Según James (1890/1989), lo que hace la conciencia es poner el foco de la atención sobre ciertos contenidos mentales y permitir así que sobre- salgan entre los demás; es decir, los selecciona, los «elige». A diferencia de Kant o Wundt —quienes tenían una concepción de la conciencia similar a esta, pero sin el componente evolucionista—, James subraya que esa se- lección posee una funcionalidad adaptativa, pues la dinámica de la mente corresponde a novedades ambientales. Además, puesto que todo conteni- do mental va ligado a un proceso neurofi siológico, los contenidos menta- les seleccionados por la conciencia se convertirán en procesos neurofi sio- lógicos que se traducirán en movimientos, en conductas. Gráfi camente el proceso podría representarse según aparece en la fi gura 1.

Figura 1. La teoría motora de la conciencia según James.

Eso es lo que entiende James por función psicológica en su sentido más genérico: a través de la atención, la conciencia cae sobre un conte- nido mental y éste, al ir inextricablemente unido a un determinado pro- ceso neuromuscular o glandular, desencadena ese proceso y el sujeto se comporta de tal o cual manera o siente tal o cual cosa. No hay, en rigor, una prioridad de lo neurofi siológico sobre lo psicológico ni viceversa, sino un discurrir paralelo de ambos. De hecho, la conciencia no produ- ce ella misma las ideas, que existen por sí solas ligadas a los procesos neurofi siológicos. La conciencia se limita a interrumpir su propio fl ujo

mediante la atención y proyectarse sobre determinadas ideas, momento en el cual éstas se convierten en realidades psicológicas y no sólo fisio- lógicas. Por tanto, la conciencia no determina directamente nuestro comportamiento, pero sí indirectamente, mediante la selección de unas ideas en detrimento de otras, lo que se traduce en la producción de unas determinadas conductas y no de otras. Es un proceso análogo a la se- lección natural darwiniana: igual que ésta «elige» a los organismos más aptos y los demás perecen, la atención selecciona determinadas ideas y las demás se quedan en un segundo plano, fuera del foco atencional, de modo que no se convierten en movimientos.

Cuando explica esa concepción suya de la función psicológica, James está aplicando la llamada «teoría motora de la conciencia», que en di- ferentes versiones fue asumida por prácticamente todos los funcionalis- tas. A veces James y otros se referían a ella con la expresión de «ley (o respuesta) ideomotora», que procedía de la hipnosis, donde se utilizaba para explicar el hecho de que ciertas imágenes mentales e ideas pro- ducen automáticamente reacciones corporales, movimientos (de ahí la expresión «ideomotora»).

La «corriente de conciencia»

Además, el principal rasgo que oponía el funcionalismo al estructura- lismo —la crítica al análisis de la mente en términos de sus componentes elementales— tenía una estrecha relación con el planteamiento jamesiano sobre la conciencia. Si los contenidos de la mente existen sólo en la medida en que la conciencia los selecciona haciendo que la atención caiga sobre ellos, entonces no podemos entenderlos como realidades primarias, según hacía la psicología alemana. Como ya vimos en el capítulo anterior, para autores como Titchener las sensaciones, las ideas o las imágenes mentales eran las unidades a partir de las cuales se erige toda la arquitectura psico- lógica. James, en cambio, creía que no son realidades psicológicas prima- rias, sino derivadas. Aparecen en el análisis que realiza el psicólogo, quien las puede identificar sólo porque previamente la conciencia del sujeto las ha generado. La conciencia delimita sensaciones o ideas y, a continuación, el psicólogo las detecta. En sí misma, la conciencia es un flujo, un conti- nuo. No está compuesta de sensaciones e ideas, sino más bien al revés: es

ella la que, haciendo que la atención interrumpa o segmente dicho flujo, acota esos contenidos mentales y, con ello, los convierte en reales. La vida psíquica es una totalidad, no una suma de elementos. Se ha hecho famosa la expresión que utilizaba James para referirse a esto: «corriente (o flujo) de conciencia» («stream of consciousness»).

La idea de la corriente de conciencia, aparte de distanciar a James de la tradición psicológica germana más experimentalista, le permitía seguir protegiéndose contra las posibles acusaciones de dualismo o interaccionismo, es decir, de creer que la mente tiene un efecto causal directo sobre el cuerpo. Como hemos dicho, la conciencia no produce las ideas, no genera directamente los contenidos mentales. Éstos existen por sí mismos en íntima conexión con los procesos neurofisiológicos subya- centes. Lo único que hace la conciencia, como ya hemos visto, es inte- rrumpir su propio flujo mediante la atención y seleccionar unos u otros de esos contenidos. En última instancia, es al seleccionarlos cuando los convierte en realidades psicológicas. Antes de ser seleccionados (o si no se seleccionan nunca) no son más, en realidad, que procesos neurofisio- lógicos. Nos parece que son estados psicológicos y no neurofisiológicos porque tenemos experiencia subjetiva (introspectiva) de que existen. Es decir, experimentamos ideas, sensaciones, imágenes mentales y demás. Sin embargo, las experimentamos porque previamente la atención las ha acotado segmentando el continuo de la corriente de conciencia.

Nótese que James concebía principalmente la actividad a escala indi- vidual y tomando como referencia el sujeto adulto. De hecho, afirmaba que la conciencia se encuentra ligada a un yo y existe un «yo puro» en el que se deposita el sentimiento de identidad personal y se integran o unifican las experiencias vitales, algo que no le distancia demasiado de Kant y Wundt. Otros funcionalistas, como Dewey, Baldwin o Mead, pondrían un énfasis mucho mayor en el hecho de que el sujeto se forma socialmente y a través de un proceso de desarrollo que comienza en el bebé recién nacido.

La teoría de las emociones

Una de las aportaciones de James a la psicología fue su teoría de las emociones, que a veces se cita como teoría de James-Lange debido a que

fue formulada de manera independiente por el médico danés Carl Lange en 1884. Según ella, las emociones —entendidas en sentido psicológico— no son tanto la causa cuanto la consecuencia de los cambios fisiológicos ligados a ellas. Es el sistema nervioso el que en primera instancia recibe los estímulos que provocan la emoción y a consecuencia de ello produce reacciones viscerales y musculares (tensión, lágrimas, pulso acelerado, sudor, etc.). La percepción subjetiva de la emoción surge cuando nos hacemos conscientes de esas reacciones.

James (1884/1985) entiende las emociones en sentido amplio, inclu- yendo la dimensión estética de la experiencia. Y, desde su punto de vista, no se producen de manera diferente a otros procesos psicológicos. En palabras del propio autor:

«Si suponemos que su córtex [el del cerebro] contiene centros para la percepción de cambios en cada órgano sensorial especial, en cada por- ción de la piel, en cada músculo, cada articulación y cada víscera, y que no contiene absolutamente nada más, seguimos teniendo un esquema perfectamente capaz de representar el proceso de las emociones. Un ob- jeto cae sobre un órgano sensorial y es apercibido por el centro cortical apropiado; o bien este último, excitado de alguna otra forma, da lugar a una idea del mismo objeto. Rápidas como un rayo, las corrientes reflejas descienden por sus canales preordenados, alteran la condición del mús- culo, la piel y la víscera, y estas alteraciones, apercibidas como el objeto original, en tantas porciones específicas del córtex, se combinan con él en la consciencia y lo transforman de un objeto simplemente aprehen- dido en un objeto emocionalmente sentido» (James, 1884/1985, p. 70).

Un ejemplo habitual es el del miedo que sentimos si en un paseo por el bosque nos topamos con un oso. Si fuéramos seres carentes de emocio- nes, simplemente evaluaríamos como un robot la situación y saldríamos corriendo, sin sentir nada. Sin embargo, la realidad es que el miedo es inseparable de nuestra reacción ante el oso. Es más, en caso de no experi- mentar miedo quizá ni siquiera echaríamos a correr. Por eso James consi- dera inextricablemente unidas la dimensión fisiológica y la psicológica de las emociones. De hecho, una versión popular de su teoría suele resumirse diciendo que no lloramos porque estamos tristes, sino que estamos tristes porque lloramos. Aunque esto no es incorrecto, y el propio James recurre a ese ejemplo, puede hacernos olvidar que para él —y de acuerdo con su

teoría motora de la conciencia— no es adecuado realizar una distinción demasiado estricta entre lo fisiológico y lo psicológico. Carl Lange sí llegó a afirmar explícitamente que las emociones, más que ser un producto de las reacciones fisiológicas, son las reacciones fisiológicas, o sea, consisten en éstas (en este sentido, estar triste no sería otra cosa que llorar). James más bien diría que, si en la experiencia emocional no se diera la mediación de los estados corporales, entonces ni siquiera existirían las emociones, porque sólo habría ideas puramente cognitivas, carentes de tonalidad emocional, frías. Por tanto, no se trata de reducir las emociones a fisiolo- gía, sino de considerarlas como fenómenos psicológicos que no existirían sin la mediación fisiológica:

«Mi tesis [...] es que los cambios corporales siguen directamente a

la percepción del hecho desencadenante y que nuestra sensación de esos cambios según se van produciendo es la emoción. El sentido común nos

dice que nos arruinamos, estamos tristes y lloramos; que nos topamos con un oso, nos asustamos y corremos; que un rival nos ofende, nos enfadamos y golpeamos. La hipótesis defendida aquí afirma que este orden de la secuencia es incorrecto, que un estado mental no es indu- cido inmediatamente por el otro, que las manifestaciones corporales deben interponerse previamente entre ambos y que una exposición más racional es que nos sentimos tristes porque lloramos, enfadados porque golpeamos, asustados porque temblamos, y no que lloramos, golpeamos o temblamos porque, según el caso, estemos tristes, enfadados o asusta- dos. Si los estados corporales no siguieran a la percepción, esta última poseería una conformación totalmente cognitiva, pálida, incolora, ca- rente de calor emocional. Entonces podríamos ver el oso y juzgar que lo mejor es correr, recibir la ofensa y considerar que lo correcto es golpear, pero no podríamos sentirnos realmente asustados o iracundos» (James, 1884/1985, p. 59, cursivas en el original).

James R. Angell (1869-1949) y la autodefinición frente al estructuralismo

Puede que los historiadores de la psicología no estuviéramos utili- zando la etiqueta de «funcionalismo» si Titchener (1898/1982) y James Rowland Angell (1907/1982) no hubieran escrito sendos artículos titula-

dos respectivamente «Los postulados de una psicología estructuralista» y «La provincia de la psicología funcionalista». El funcionalismo tomó conciencia de sí mismo oponiéndose a cierta manera de entender la nue- va psicología importada de Alemania, en concreto la del estructuralismo de Titchener, cuyos componentes empiristas asociacionistas —de raíz británica— casaban mal con la idea de la mente como algo esencialmen- te ligado a procesos adaptativos. Si el funcionalismo hubiera sido una escuela en sentido estricto, el artículo de Angell tal vez se hubiera consi- derado su manifiesto fundacional. En realidad, este artículo constituyó más bien un acto de autoafirmación frente al estructuralismo.

La psicología norteamericana previa al funcionalismo estaba do- minada por la denominada Escuela del Sentido Común, una corriente filosófica procedente de Escocia y creada en el siglo xviii por autores

como Thomas Reid (1710-1796). Esta corriente había representado una reacción contra el escepticismo de los empiristas británicos de finales del

xvii y principios del xviii, a los que a su vez seguía Kant en su perspecti-

va crítica. Recurrían al sentido común para sostener que el mundo que percibimos es el mundo real, y defendían una psicología según la cual la mente humana está compuesta de diversas facultades encargadas de co- nocer directamente ese mundo real (nótese que esta idea de la conexión entre mente y realidad se reencontrará en el funcionalismo a la hora de entender la conexión entre la mente y la adaptación al medio).

La versión del wundtismo que Titchener quería implantar en los Estados Unidos era la alternativa para una «nueva psicología», es de- cir, para una psicología diferente a la de la teoría de las facultades, propia de la Escuela del Sentido Común. Aunque durante unos pocos años convivió con el funcionalismo (más abajo nos referiremos a Mary Whiton Calkins, una autora que pretendía integrar ambos enfoques), el

Related documents