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La unidad de producción fundada en la combinación de tierra y trabajo familiar (la unidad campesina por excelencia), no es más que un punto de referencia (Murmis, 1994).

El vínculo entre el proceso de penetración y desarrollo del capitalismo con sectores de la mano de obra, no produce solo formas típicas de obreros libres con trabajo asalariado y estable; también

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provoca formas marginales de explotación (superexplotación), o dificulta que los trabajadores participen en el producto social similar a la de los obreros asalariados estables.

El campesino bajo el proceso de globalización, es difícil de encuadrar conceptual y metodológicamente, ya que las estrategias desplegadas para garantizar su persistencia son numerosas (Paz, 2006c). Estos grupos no típicos, según Murmis (1975), se manifiestan en determinadas situaciones en las cuales se parte de un grupo con asentamiento tradicional en la tierra, diferente del tipo esclavista o comunitario (NOA), o de una situación de doblamiento de fronteras –como la zona chaqueña.

En el marxismo, el campesino explotado surge al analizar las formas no clásicas de capitalismo (capitalismo dependiente). En un capitalismo clásico, las relaciones de producción se generalizan y eliminan todas las relaciones pre-capitalistas; pero en un capitalismo tardío, donde ya está constituido un mercado mundial y en el cual la hegemonía del capital industrial es menos marcada, la penetración capitalista no alcanza a borrar formas no capitalistas de explotación e incluso las genera.

Murmis (1975), intenta categorizar las formas en que trabajadores, ligados al proceso productivo ingresan a situaciones de explotación mediante relaciones atípicas y distintas a las de un obrero asalariado con ocupación relativamente estable.

En esta categorización, plantea perfiles de un agente agrario similares a las que se pueden identificarse en Las Palmas. Es así que, se han observado problemas acuciantes de subempleo, desempleo y subconsumo, que –recogiendo el término en su acepción más amplia- pasan a configurar el espectro de lo marginal.

El concepto de marginalidad intenta tematizar un sector y una situación particular dentro de un contexto global de destitución: por una parte, hace visible un corte en ese contexto, que diferenciaría a los grupos que el sistema se muestra incapaz de absorber y por la otra, enfatiza en la forma especial que esa no absorción asumiría en el marco del subdesarrollo. (Num, Murmis, Marín. 1968).

El agente agrario de la región, basa su pervivencia en una limitada inserción en relaciones capitalistas de mercado y en su producción a nivel de subsistencia. Tiene poca tierra y baja producción, por lo que no ocuparía todas sus jornadas; además, si se consideran solo los días trabajados, logra no sólo el valor de su trabajo sino incluso su plustrabajo. Desde este punto de vista, sus dificultades pasarían por no poder generar más valor (más producto), por lo que se supone que buscará trabajo extra y pasará a la situación de semiproletario.

Ahora, si no puede vender su fuerza de trabajo, para producir ese volumen bajo, abarcaría no solo el tiempo efectivamente dedicado a su producción, sino el tiempo muerto del agente, quien en este caso no recibiría siquiera el valor de su trabajo.

Pero si se considera el caso del desocupado que Murmis (en Vessuri, 1975), llama secular -personas desocupadas durante largo tiempo, como ocurre en la zona-, éste tiende a desarrollar

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actividades menos estables una vez que su desocupación se prolonga y define su desocupación precisamente en términos de su carencia de ocupación estable.

Entre las actividades no estables, se encuentran las relaciones salariales de personas que logran un trabajo ocasional o estacional, fundamentalmente peones; o el mantenimiento de una situación de trabajador por cuenta propia, en la cual esta característica no es el resultado de su capacidad de mantener el control de algún instrumento de producción o de cambio sino más bien su incapacidad de vender sus servicios ni siquiera por jornada, sino sólo por fracciones menores o por trabajo realizado; aquí nos encontraríamos con los trabajadores en servicios puros (Murmis, en Vessuri, 1975). Lo común es que haya una combinación entre la desocupación, el trabajo asalariado ocasional y el trabajo por cuenta propia.

Marx (Citado por Num, Murmis, Marín, 1968), hablaba de población obrera sobrante y explicó que ésta se llega a conformar como consecuencia de un proceso propio del sistema; donde la “acumulación capitalista produce constantemente -en proporción a su intensidad y a su extensión- una población obrera excesiva para las necesidades medias de explotación del capital, es decir, una población obrera remanente o sobrante. Este fenómeno se valió de medidas institucionales y técnicas: inicialmente, destruyó los sistemas productivos precapitalistas, mediante la apropiación de la tierra libre y de mecanismos como el endeudamiento o el monopolio, para liquidar la independencia del pequeño productor; más tarde, adecuó el proceso de producción para utilizar el trabajo infantil y de las mujeres y por fin, al consolidarse el sistema, introdujo innovaciones tecnológicas que economizaban mano de obra (Num, Murmis, Marín, 1968).

De esta forma, esa población creada, sólo podía conseguir empleos intermitentes y/o en ocupaciones que subutilizan su nivel de capacitación (Num, Murmis, Marín, 1968).

Pero en definitiva, el papel del agente cambió y en la actualidad ya no forma parte de un ejército de reserva latente, sino flotante intermitente. Aparece entonces como carga social, ya que se le debe proveer de servicios sociales, como sector explosivo políticamente y como sector que no aporta a la demanda global, e incluso la distorsiona como consecuencia del fenómeno de la marginalidad.

Manzanal (Citado por Posada, 1997), con respecto a la marginalidad y las relaciones asimétricas, sostiene la conveniencia para el sistema, de que el campesino venda su fuerza de trabajo transitoriamente, sin abandonar su parcela, ya que mantenerla en producción es una forma de abaratar el pago de la fuerza de trabajo en las explotaciones capitalistas. Desde este enfoque, la semiasalarización tan común en el campesinado argentino y que se ha consolidado en el tiempo, no implica la transformación del campesino en asalariado, sino que incluso contribuye a mantener la forma campesina.

Tsakoumagkos, Soverna, Craviotti (2000), refuerzan esta idea al sostener que en la estructura campesina argentina hay cierto predominio de los semiasalariados; que combina la explotación de un predio reducido, con la subocupación del potencial de trabajo familiar en esa explotación, y la canalización de este sector al mercado de trabajo local.

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Barsky (Citado por Tsakoumagkos, Soverna, Craviotti, 2000), que enmarca las estrategias campesinas en la sociedad global, afirma que hay una serie de determinantes de los procesos de cambio de las unidades, cuya lógica pertenece a un espacio regional o nacional, a un espacio más amplio; es decir, no surgen de la propia unidad, sino que ésta se va adecuando y ensayando respuestas a procesos de cambio y van surgiendo así nuevos nichos de reproducción social.

Por lo tanto, la realidad campesina no debería ser entendida como un mundo con dinámica propia, sino más bien como una realidad donde los sujetos sociales sufren profundas influencias de la sociedad que los contiene (Cáceres, 2003).

Como dice Llambí (1991), la historia registra la existencia de diversos campesinados en América Latina, vinculados a los períodos que fue atravesando el proceso de acumulación del capital. Cada período histórico ha generado su propio campesinado y tanto el Estado como los mercados desempeñaron diferentes papeles en la configuración de este agente (Piñeiro y LLovet 1986, Kay 2001; citados por Paz, 2006 p. 78), que ha cumplido siempre roles funcionales a dichos procesos. Siempre hubo una razón para su existencia y factores que operaban para su propia reproducción, o para su descomposición dentro del sistema capitalista contemporáneo.

Así, el campesinado de los años ‘30, involucrado en el régimen agro-exportador, era un proveedor de fuerza de trabajo y productor de su propio sustento. A su vez, asociado a formas productivas terratenientes (la hacienda, la plantación y la estancia). En los años ‘50, instaurado el modelo de sustitución de importaciones, la agricultura debía proveer de materias primas y el campesino allí cumplía la función de ser proveedor de bienes, a cambio de salarios baratos. Las reformas agrarias, la colonización de la frontera agrícola y la modernización de pequeña producción mercantil fueron los principales mecanismos para la construcción de ese nuevo campesino.

Finalmente, se instala el régimen de diversificación de exportaciones como una etapa más avanzada con intensificación del capital. El beneficio de las ventajas comparativas y la exigencia de una producción competitiva dentro del nuevo escenario internacional, hizo que nuevamente en la agricultura se buscara disminuir los precios de los productos agrícolas reduciendo el salario. Otra vez el campesinado tuvo el rol de proveedor de mano de obra a valores más bajos posibles, como también un nivel de precariedad y estacionalidad aún más pronunciado que antes.

En este contexto, acentuado con la globalización, la función del campesino como productor de alimentos baratos, proveedor de mano de obra y generadora de excedentes para su posterior extracción, fue perdiendo vigencia y surgen las grandes contradicciones del sistema en el rol del campesino. Mientras que por un lado lo descalifica por su ineficiencia e incapacidad productiva e intenta separarlo de su tierra, por el otro, no genera un contexto económico y social capaz de crear un acceso formal al mercado de trabajo para esa población.

La precariedad laboral y las relaciones laborales a destajo, temporales o por producto, que pueden ser vistas como formas no típicas del capitalismo en el agro, se vuelve común para la misma

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agricultura comercial y los complejos agroindustriales (Teubal 1995, Giarraca y Cloquell 1996; citados por Paz, 2006 p. 79).

En la lógica de la globalización, al ser excluidos los campesinos, quedarían fuera de foco debates como el de “campesinistas” y “descampesinistas” o el modelo de diferenciación, donde la discusión central es hasta qué punto, el campo, subordinado al capital, adquiere rasgos de éste como generalizador del salario.

Lo cierto es que el campesino, por medio de relaciones asimétricas, se encuentra en una posición marginal. El punto es que esa marginalidad va más allá y lo ubica a éste formando parte de un excedente, ya que rebasa el número de trabajadores necesarios para la acumulación capitalista.

En ese grupo de “Los inviables” -como dice Paz (1999)-, se encuentran los campesinos, los peones rurales, los minifundistas, las empresas familiares, pequeños y medianos agricultores incapaces de sobrellevar el reto que impone la competencia.

Es entonces que se recrea la necesidad de refugio en su propio predio y se convierte, por su persistencia, su capacidad para adecuarse y su carácter crónico, en una “sobrepoblación consolidada” (Acosta Reveles, 2005). Como menciona Murmis (1975), ya no es un ejército industrial de reserva, ni una población latente en el mercado laboral.

Esta sobrepoblación consolidada (conformada por el sector campesino, el trabajador por cuenta propia urbano, la trabajadora doméstica, etc.), es la base de las formaciones sociales con capitalismo subdesarrollado. Esto es así porque sistemáticamente la oferta de fuerza de trabajo supera a la demanda y provoca la reproducción de formas alternativas de organización del trabajo como medio de vida (Acosta Reveles, 2005).

Este análisis cobra vigencia solo en un marco de exclusión de los sectores rurales más pobres al sistema capitalista, donde la globalización genera espacios y momentos en el cual la pérdida de función de los agentes sociales y el momento de calma, propio del reacomodamiento a las nuevas estructuras socio-económicas, implica posibles oportunidades. Con palabras de Murmis (1994; p. 51, Citado por Paz, 1999), “... el hecho mismo de que la pobreza de grandes masas campesinas deje de ser un elemento básico de la acumulación podría darles a éstas oportunidades de adquirir otro papel en la economía” (pág. 6).

Probablemente, ese nivel de exclusión solo puede verificarse en regiones muy marginales como la zona en estudio (Paz, 1999). Las masas campesinas persistirían en situación de empobrecimiento; la importancia de la noción de pobreza en análisis contemporáneos del campesinado estaría ligada al papel predominante de la carencia (Murmis, 1994).