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—Ya. —Movió la cabeza un poco para poder mirar a Liv a los ojos. Pero antes de que pudiera indagar más, una de las luces de la consola de enfermeros que tenía al lado se encendió, parpadeando rápidamente.

Liv volvió la cabeza y su sonrisa desapareció. —Ésa es la habitación de Ralf.

La primavera estaba ya en pleno apogeo. El verdor nuevo brotaba de cada árbol que había a lo largo de la calle principal del barrio antiguo de Lübeck, atrayendo a los primero pájaros e insectos y dando una sensación de vida nueva a la ciudad.

El sol había estado brillando todo el día, arrastrando a gente de toda la ciudad y de los pueblos vecinos al parque de la ciudad, que seguía el río que rodeaba la parte interna de la ciudad.

Otros se habían dirigido a la playa para disfrutar del Mar Báltico y dar un paseo por la arena, probablemente comiendo su primer helado del año.

Unos claros ojos azules observaban con silenciosa diversión a la gente que pasaba, tomando nota de sus interacciones, sus risas.

El sol se estaba poniendo despacio por detrás de las siluetas de los edificios e iglesias del siglo XVIII. Los inmensos árboles contaban antiguos secretos cada vez que la suave brisa del atardecer pasaba a través de sus hojas recién despertadas.

Eran cerca de las siete de la tarde y la cabeza morena seguía mirando a su alrededor, buscando una familiar cabeza rubia.

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Había elegido una mesa fuera del pequeño bar y había pedido un vaso de agua para pasar el rato hasta que apareciera Liv. Desde que se había sentado, había rechazado varias invitaciones a una copa.

Había dormido varias horas y se sentía muy descansada y como si pudiera hacer frente al resto del mundo. Cierto par de ojos verdes no dejaba de rondarle por la mente.

Pasaron dos autobuses seguidos de coches y varias bicicletas. Los ciclistas no hacían ni caso de los semáforos para peatones situados a lo largo de la calle principal.

Ya eran las siete y media y la alta figura se levantó despacio. Tragó y se mordió el labio inferior un momento. Ya estaba oscureciendo y las farolas se encendieron a su alrededor, seguidas de las brillantes luces que había en los árboles delante del bar.

Las miró un momento.

Advirtió que aparecían las primeras estrellas en el cielo que se iba poniendo oscuro. Sin darse cuenta, buscó formas en ellas.

—...Un conejo... —Un leve susurro arrebatado por la brisa que iba en aumento a medida que se acercaba la noche.

Eran casi las once de la noche cuando Rayne aparcó delante de su apartamento. El cielo ya se había vuelto de un negro profundo y su terciopelo oscuro estaba iluminado por innumerables estrellas.

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Había una pequeña luz encendida en el portal del edificio de apartamentos, iluminando a una figura pequeña y encogida que estaba sentada en los escalones.

Los claros ojos azules se estrecharon cuando Rayne se acercó. Frunció las cejas, preparándose para un ataque. Pero, antes de llegar siquiera a la figura, su expresión pasó de la alarma a la sorpresa y la confusión.

—¿Liv?

La figura oscura se movió y la luz iluminó una cabeza rubia y unos ojos verdes y llorosos.

El ruido apagado de una ducha abierta flotaba por el apartamento. El olor relajante de una infusión flotaba suavemente sobre una mesilla junto a un sofá de color oscuro.

Las cortinas de las ventanas estaban echadas, dejando la habitación iluminada por una cálida luz amarilla que procedía de una lámpara situada junto al sofá. Unos claros ojos azules miraron a su alrededor. Un leve suspiro agitó el aire por un instante. Rayne se reclinó, cerrando los ojos.

Liv había estado esperándola en la puerta durante casi una hora. Había vuelto de su trabajo como voluntaria en el hospital... después de que uno de los pequeños —Ralf— sufriera un ataque y muriera. Los llorosos ojos verdes la habían mirado mientras la joven sueca le contaba lo que había ocurrido con la voz temblorosa mientras hablaba.

Le habló del niño a la mujer morena. Lo conocía desde que había empezado a leer cuentos en el hospital hacía dos años. Se había encariñado mucho con él... sonrió al recordar algunos momentos divertidos que habían compartido.

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—Tenía la sonrisa más alegre que te puedas imaginar. No se podía evitar quererlo —dijo, con la cara llena de lágrimas.

Rayne tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para evitar que su mano secara las lágrimas, pues no sabía si la caricia sería bien recibida.

Pero sus temores se evaporaron cuando Liv se volvió hacia ella y sin decir palabra el pequeño cuerpo se acurrucó contra ella, llorando, agarrándose a ella con una fuerza casi desesperada.

Lo único que pudo hacer fue rodearla con los brazos, acunándola suavemente y susurrándole palabras de consuelo.

Pero era muy consciente del calor que emanaba del cuerpo de Liv, del aroma que tenía su pelo, del olor de su perfume... de la forma en que el pequeño cuerpo encajaba entre sus brazos.

Los claros ojos azules se abrieron. Qué gusto le había dado abrazar a Liv.

El ruido de la ducha se detuvo, seguido de los ruidos de una persona que se vestía, y luego la puerta del baño se abrió y salió Liv.

Rayne no pudo reprimir una ligera sonrisa. Dios, qué cosa tan mona.

Liv estaba en el umbral, con unos pantalones de chándal y una camiseta de Rayne, ambos demasiado grandes para ella, hasta el punto de tragarse a la pequeña rubia.

Una mano pequeña pasó los dedos por el corto flequillo mojado, intentando alisar el pelo desordenado. Una ligera sonrisa cohibida bailaba en sus labios. —...Hola...

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