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A programme of training and resource development be put in place to make sure that staff in the Environment Agency and other

Breaking down the barriers to the update of risk-based methodologies

Recommendation 10.9: A programme of training and resource development be put in place to make sure that staff in the Environment Agency and other

—Pero no esperes que me caiga bien, ¿vale?

La mano pequeña y cálida que tenía en la mejilla siguió acariciándolo dulcemente.

Él volvió la cara y le dio un ligero beso en la palma, alargándolo un momento. —Prométeme que vas a ser feliz, Liv.

Otra sonrisa.

—Voy a ser feliz, Torben.

Él suspiró y carraspeó. Le dolía, pero sabía que jamás podría hacer nada que pudiera hacerle daño a ella. Y dejarla ir era probablemente lo más difícil que había hecho en su vida. Pero algo en su interior le decía que era lo que debía hacer.

La miró con una expresión casi tímida, que le daba aspecto de niño. —¿Me das un abrazo?

Liv no contestó a la pregunta sino que se acercó más y lo rodeó con los brazos. Notó que le devolvía el abrazo y se aferró a él durante largo rato en silencio. Cuando por fin se soltaron, él tenía los ojos llenos de lágrimas y se las secó con un gesto avergonzado. Se levantó y soltó otro suspiro lento.

—Si alguna vez necesitas un hombro para desahogarte... ya sabes dónde vivo. — Una ligera sonrisa y Liv asintió—. Mas le vale no hacerte daño, Liv.

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La niebla flotaba entre los árboles, acariciando los primeros rayos de sol que surgían despacio por detrás de las siluetas de la ciudad, difuminando los contornos de edificios y árboles y transformando a la gente y los coches en sombras místicas en movimiento cargadas de antiguos secretos.

La niebla se arremolinaba por las paredes, dispersada poco a poco por el sol. Hacía frío.

Una figura alta bien arrebujada en una chaqueta ligera se metió de nuevo en la marquesina de la parada del autobús, al tiempo que una mano sacaba del cuello largos mechones oscuros y los dedos agitaban la espesa melena para ahuecarla un poco, notando la humedad de la niebla en el pelo.

Rayne soltó aliento despacio y vio el ligerísimo vaho que se formaba delante de ella.

Sólo había otras dos personas a su lado en la parada del autobús. Un joven arrebujado en su gruesa sudadera estaba sentado en uno de los bancos. Tenía el pelo revuelto y en su cara aún se veía la somnolencia de alguien que se acababa de despertar. Se le cerraban los ojos cada dos por tres y se le caía la cabeza hacia el pecho, y cada vez que eso ocurría, se erguía sobresaltado, mirando a su alrededor con una ligera sonrisa cohibida.

A su lado estaba sentada una anciana que llevaba un perrito en el bolso. Asomaba la cabecita peluda, observándolo todo con sus grandes ojos oscuros. Rayne sonrió y volvió los claros ojos azules hacia donde se suponía que debía venir el autobús, que iba haciendo paradas en los pueblos de alrededor antes de emprender su recorrido por Lübeck.

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La niebla dificultaba ver nada, pero transmitía sonidos a increíbles distancias. Se podían oír incluso los ruidos del pequeño aeropuerto que tenía la ciudad.

Sorbió, hundiendo las manos en los bolsillos de sus vaqueros.

Se aseguró de que sus llaves seguían allí, así como algo de cambio que necesitaría para pagar el billete del autobús.

Liv y ella habían decidido que no iban a ir en coche a Hamburgo. Era el fin de semana y todo el mundo estaría en la gran ciudad. Moverse en coche y conseguir aparcar sería desquiciante.

Cerró un momento los ojos claros.

Esa noche no había dormido mucho. Tenía el estómago atenazado de nervios. Se había quedado sentada en el sofá de su apartamento a oscuras observando las sombras de las paredes, creadas por los coches al pasar y las farolas de la calle. Era curioso cómo cada una de esas sombras se transformaba en una imagen de los rasgos delicados de Liv...

Abrió los ojos claros.

Justo a tiempo de ver que llegaba el autobús. Las puertas se abrieron con un suave siseo. Iba casi vacío, puesto que aún era muy temprano. Pagó el billete y se sentó junto a la ventana, apoyando el codo en el estrecho marco y la barbilla en la mano.

Sus ojos azules observaron distraídos el panorama que pasaba ante ella. Edificios... árboles... coches... gente...

El autobús se fue llenando poco a poco a medida que se acercaban a la estación de ferrocarril. Casi todos los pasajeros parecían muy cansados... algunos acababan de levantarse para ir a trabajar. Otros salían de trabajar y por fin se dirigían a casa.

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Minutos después llegaron a la estación de autobuses situada al lado de la Bahnhof.

Rayne estiró el largo cuerpo y se dirigió despacio al estrecho pasadizo que comunicaba con la estación de trenes. Como siempre, había dos jóvenes allí sentados, pidiendo limosna. Su perro dormía cerca de ellos sobre un cartón para protegerse del frío matutino.

Dejó unas monedas en la cajita que tenían delante y luego se encaminó hacia el edificio principal donde estaban el despacho de billetes, unas cuantas tiendas y los bares.

Tendría que haberme puesto un jersey más abrigoso. Ésta fue la idea que se le pasó a Liv por la mente por enésima vez desde que había salido de su piso rumbo a la estación de ferrocarril.

Llevaba los brazos cruzados sobre el pecho para intentar entrar un poco en calor. Habían pasado dos días desde que Rayne la invitó a la exhibición que había en el Jardín Botánico de la Universidad de Hamburgo. Por ella, podrían haberse dedicado a ver los coches pasar... siempre y cuando estuviera con Rayne, nada más tenía importancia.

Era una sensación extraña...

Sus cejas claras se fruncieron con gesto pensativo. Una sensación de estar a gusto. De estar a salvo.

Los ojos verdes miraron a su alrededor al tiempo que Liv soltaba un lento suspiro. Sí, se sentía a salvo con la mujer más alta. Era una fuerte sensación de saber que no le iba a pasar nada mientras estuviera con Rayne.

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No sabía de dónde se sacaba esa certeza... pero con sólo mirar a esos claros ojos azules, se sentía como si hubiera llegado a casa.

Como si por fin... por fin estuviera en casa.

Y al pensar en esto, en su cara se fue formando una sonrisa inconsciente e increíblemente dulce.

Y cualquiera que la hubiera mirado se habría quedado asombrado por la forma en que se le iluminó la cara y la forma en que esos ojos verdes destelleaban con un fulgor interno...

Hizo que unos claros ojos azules se quedaran clavados en el sitio cuando Rayne entró en el vestíbulo.

Localizó a la pequeña figura de inmediato.

Estaba al lado de una tienda de revistas, vestida con un jersey verde bosque y vaqueros azules. Las luces del techo iluminaban la cabeza rubia de tal forma que destacaban sus ligeros tonos rojizos.

Vio la sonrisa dulce que bailaba en esos labios.

Y Rayne sintió que el mundo se detenía por un instante breve y eterno.

Y durante este breve instante sólo existieron Liv y ella. A su alrededor no pasaba la gente, no se oían voces indistintas por los altavoces reverberando por el edificio.

Sólo estaban ellas.

Y una suave brisa. Y el olor a hierba fresca. Y, curiosamente, los trinos de los pájaros.

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Duró apenas un momento. Pero fue lo suficiente como para que reconociera lo que sentía por dentro. Ese calor que le inundaba el cuerpo con sólo mirar a la pequeña rubia.

Supo que estaba total y absolutamente enamorada de la pequeña rubia.

Y por algún motivo, esta revelación no le dio tanto miedo como podría haber pensado. En realidad... la cabeza morena se ladeó y los ojos claros recorrieron la esbelta figura.

En realidad, le quitaba un gran peso del alma del que ni siquiera había sido consciente, abriéndola a nuevas posibilidades.

Y con eso, en sus rasgos marcados se formó una alegre sonrisa, reflejada en los rasgos delicados que tenía delante.

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El tren traqueteaba suavemente debajo de ellas. Un ruido continuo y extrañamente reconfortante. Árboles, edificios, gente... todo ello pasaba ante la ventanilla como sombras borrosas.

Habían decidido tomar una de las rutas más antiguas. Harían parada en todos los pueblecitos hasta Hamburgo y tardarían más que con el IC, pero no les importaba.

En realidad...

Unos ojos claros se volvieron hacia la ventanilla.

A Rayne le encantaba. Tenía algo de romántico, eso de estar sentada en un tren con la persona a la que amabas... En sus labios se dibujó una suave sonrisa.

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En estos momentos, estaban sentadas en uno de los compartimentos donde cabían hasta seis personas, pero por suerte, estaban solas y podían disfrutar de su mutua compañía.

Los ojos claros se apartaron de la ventanilla y del panorama que se veía por ella. Anchos campos verdes... ganado... pueblecitos que aparecían y desaparecían a toda velocidad.

Liv se había sentado enfrente de la alta figura y estaba arrebujada en su jersey, apaciblemente dormida.

Los ojos azules se iluminaron de risa afectuosa, disfrutando inmensamente del espectáculo.

La joven rubia se había quedado dormida casi nada más instalarse en el tren. Había resistido cinco minutos, cosa que a Rayne le resultó absolutamente encantadora.

De modo que ahora estaba en silencio, salvo por el suave ritmo del tren en movimiento y la respiración acompasada y profunda procedente de la pequeña rubia. Le habría encantado hablar con Liv... oír la voz suave de la pequeña rubia adornada por un ligero acento cuando hablaba en inglés.

Los labios rojos se curvaron en una sonrisa afectuosa. Sí.

Se abrió la puerta del compartimento y entró el Schaffner, que les pidió los billetes. Liv siguió durmiendo apaciblemente durante la breve interrupción. El joven se fue y Rayne se acomodó en su asiento.

Sus ojos claros volvieron a mirar por la ventanilla, pero no dejaban de regresar a la pequeña figura dormida, observando sus delicados rasgos.

Casi... casi alargó la mano para tocarlos, para apartar algunos mechones revueltos de pelo rubio.

77 Casi...

—¡No puedo creer que hayas hecho eso! Una risa ligera y grave.

—¡¿Cómo has podido dejar que me quedara dormida?!

Una cabeza rubia se agachó llena de vergüenza, pero su ligero sonrojo era muy evidente y fue subiendo despacio por un par de bonitas orejas, coloreándoles las puntas.

Rayne tuvo que morderse el labio inferior para no echarse a reír. Liv era una absoluta monada cuando se indignaba.

—Estabas cansada... no pasa nada. No me ha importado. —Y se mordió el labio por un motivo totalmente distinto.

De repente se encontró cara a cara con unos curiosos ojos verdes. —¿Ah, sí?

En esos labios bailaba una ligera sonrisa burlona y la cabeza rubia estaba ladeada. Le costó un poco, pero Rayne consiguió evitar que se le notara el sonrojo.

Carraspeó y señaló hacia delante, tratando desesperadamente de cambiar de tema. Sorteando grácilmente a un par de señoras mayores, dijo:

—El metro está por aquí. Son sólo unos minutos y luego podemos hacer el resto a pie.

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Y notó el calor de la mano de Liv que le frotaba la espalda con una caricia breve pero cariñosa, lo cual le hizo tragar saliva para humedecerse la garganta, repentinamente seca.

El aire estaba húmedo.

Eso fue lo primero que notó. Estaba cargado de un olor extraño que parecía flotar por la gran sala.

El follaje era denso, de un profundo verde fresco. Los sonidos del agua al gotear atravesaban la quietud que las rodeaba. Y en algún lugar, ocultos entre las hojas y las flores de hermosos colores, se oían ruidos de alas y delicados trinos.

Unos ojos verdes se movían constantemente, intentando localizar a esos pequeños animales.

Habían hecho una cola de casi quince minutos para entrar en el Jardín. Liv se alegraba de que hubieran encontrado un lugar bastante aislado en una de las inmensas zonas. No había tardado en darse cuenta de que Rayne parecía muy incómoda al estar tan cerca de tanta gente.

Habían recorrido el Jardín Japonés en agradable silencio, observando lo que las rodeaba y viendo las innumerables mariposas que revoloteaban alrededor de las flores expuestas.

Respiró hondo, saboreando el aire cargado y húmedo al fondo de la garganta. Cerró los ojos y empezó a volverse despacio, absorbiendo los ruidos y el ambiente que la rodeaban.

Muy consciente de la figura silenciosa que tenía al lado. Captó un leve indicio del perfume de Rayne.

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