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Desde esta perspectiva no se puede concebir la memoria como una propiedad de los individuos en forma aislada e independiente de los demás, sino por el contrario, se plantea el recuerdo y el olvido como nexos que nos vinculan a otras personas. En efecto, la memoria se constituye en las relaciones sociales, a la vez que éstas no tienen sentido sin ella, “La memoria se construye en cada relación, mediante la negociación, la dialéctica, la justificación y la acción conjunta” (Vázquez, F., 1997, p.205).

Al hacer memoria, las personas y los colectivos construimos nuestra identidad, imagen que a pesar de los cambios permite que un sujeto o grupo se reconozca siempre en él mismo. Es por esto que no es posible pensar la identidad sin memoria, ya que ella dota de continuidad la imagen de sí mismo a través del tiempo, como tampoco es posible pensar la memoria sin identidad, puesto que la identidad permitirá que la memoria recuerde aquello que no amenaza su integridad.

La memoria es intersubjetiva, pues mediante el lenguaje y las relaciones se genera una versión de los hechos que siempre es específica y circunscrita al contexto social de producción. Al hacer memoria, mediante el diálogo, la narración y el debate, confrontamos posiciones, creamos nuevas secuencias de desarrollo para, eventualmente, llegar a un consenso sobre una versión. Esto supone considerar a la memoria como una práctica que se da en el marco de relaciones sociales, las que proporcionan un contexto para la comunicación y definen el valor de la memoria y su significado. De este modo, es solamente en el marco de la relación donde el criterio de verosimilitud de los recuerdos se hace inteligible, ya que éste se compone de convenciones sociales que otorgan las pautas sobre la pertinencia o no de lo que decimos recordar.

Si concordamos en que son las relaciones sociales las que proporcionan un contexto y significado a la memoria y que, del mismo modo, la construcción del recuerdo afecta las relaciones entonces entenderemos que el recuerdo que construye un grupo social no le pertenece a nadie en especial, pero es producto de todos los que participan en la relación (Vázquez, F., 1997).

Lo anterior implica entender que todos los miembros del grupo son responsables de los recuerdos y los olvidos que generan, idea que puede ser explicada desde el concepto de acción conjunta de John Shotter. “La significación de este concepto estriba en la consideración del carácter intencional de las acciones humanas, el reconocimiento de su ‘agencia’. Es decir, las acciones humanas en su desarrollo, funcionan, en cierto modo, como especificadoras de su finalidad, al tiempo que crean un contexto compartido que se abre y/o se cierra a evoluciones que pueden experimentar las futuras acciones” (Vázquez, F., 1997, p.176). Sin embargo, los resultados de las acciones humanas -que sólo pueden ser explicadas en el contexto de su propia producción- escapan a las intenciones personales, ya que los resultados dependen de las acciones en relación coordinada con otros, por lo que la responsabilidad de los resultados es de todo el colectivo pero de ninguno en particular.

No hacemos memoria de cualquier cosa, sino de lo que nos resulta significativo, pues “construir un pasado mutuo es un proceso para el cual son relevantes, no sólo las ‘descripciones neutras’ de lo que ha pasado, sino que también implica componentes y criterios moral-normativos, afectivos-emocionales y estéticos- moldeadores” (Straub, 1993, cit. en Vázquez, F., 1997, p.182). La memoria se estructura a partir de hechos significativos que poseen una especial relevancia afectiva, que han impactado socialmente, produciendo modificaciones en las creencias, valores e instituciones (Pennebaker, J., 1993, Ibáñez, T., 1989). La relevancia del afecto en el recordar no dice relación con una cuestión de estados y humores emocionales, sino que se entiende que “el afecto es un marcador principal de significado de por qué las cosas importan a la gente, de qué es lo que las hace recordables o dignas de hablar sobre ellas” (Middleton, D., Edwards, D., 1992, p.18). Asimismo, participar de relaciones sociales implica compartir el significado de recordar de manera adecuada, memoria y pasado están atravesados por aquellas pautas que hemos ido adquiriendo a lo largo de nuestra vida, por medio de la socialización, de los medios de comunicación, de relaciones interpersonales, etc. Es por esto que no es necesario haber compartido la experiencia recordada para generar una versión de ella, más bien éstas son transmitidas, reconstruidas y reformuladas por medio de la actividad social.

Entre aquellos discursos que compartimos socialmente, la ideología es parte de la memoria así como también la memoria le sirve a la ideología para su mantención. La ideología ayuda a conformar el recuerdo en tanto es un conjunto de patrones, de creencias, interpretaciones del mundo social y prácticas discursivas que aseguran la reproducción de relaciones de poder y del orden social. En palabras de Billig “la memoria será a la vez una parte de las ideologías y un proceso mediante el cual éstas, y por tanto las relaciones de poder en la sociedad, se reproducen” (Billig, M., 1992, p.75). Queda claro que la memoria “recordará” lo que las ideologías permitan y en este sentido el recuerdo y el olvido del pasado darán cuenta de los principios ideológicos presentes. A partir de los acontecimientos olvidados se pueden extraer aquellas prácticas ideológicas constitutivas de un grupo que explicarían el olvido. En otras palabras, “la prohibición ofrece pistas sobre el contenido y el contexto de lo que fue prohibido” (Middleton, D.; Edwards, D., 1992, p.25).

En este sentido, la relevancia de considerar la ideología como contenida en la memoria no se refiere sólo al hecho de que las instituciones sociales creen documentos, archivos, etc., sino también a la manipulación a gran escala de lo que debe o puede ser recordado, asunto que tendrá efectos en la identidad del colectivo. En efecto, “No es sólo que ‘quien controla el pasado controla el futuro’, sino que quien controla el pasado controla quiénes somos” (Middleton, D.; Edwards, D., 1992 p. 26).

En conclusión, cuando recordamos y olvidamos, sostenemos, generamos, creamos, alteramos y transformamos nuestras relaciones sociales. En otras palabras, “la memoria de cada persona cambia en la relación y cambia las relaciones” (Vázquez, F., 1997, p.174).

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