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Introduction.

1.4 Mapping the foreign entry mode determinants.

El llamado “neopopulismo”

A partir de los noventas, un conjunto de nuevos gobiernos civiles asumieron la dirección del Estado, que la literatura ha designado como neopopulistas. Al respecto y si seguimos la definición de Laclau209, de carácter procedimental, y que coloca el énfasis en la estrategia para alcanzar el poder, varias de estas experiencias entre las que caben Collor de Mello de Brasil, Menem de Argentina, Bucaram en Ecuador y por cierto Fujimori en Perú se ajustan a las clasificaciones reduccionistas que las ubican como experiencias de populismo renovado. Adicionalmente, ambas lógicas políticas –populista y neopopulista- fueron asociadas con tiempo de inestabilidad, desalineación y crisis: depresión en los treinta, ajuste estructural y reforma neoliberal en los noventa210. Sin embargo, otros autores distinguieron que mientras el populismo clásico fomentó la movilización y una inclusión amplia (aunque de corte clientelar), la segunda apenas requirió el consentimiento pasivo de las bases sociales211, promoviendo más bien la desmovilización, marginación y fragmentación de

209

LACLAU, ERNESTO; Op. Cit.

210

Aunque varios autores aluden a las condiciones de crisis general como antecedente del populismo (MARCUS-DELGADO, JANE; “El Fin de Alberto Fujimori: Un Estudio de Legitimidad Presidencial” pp. 9-55 en TANAKA, MARTÍN y MARCUS DELGADO, JANE;

Op.Cit.; p. 12 y KNIGHT, ALAN; Op. Cit.; p. 243) y otros específicamente a la crisis de los partidos políticos (LÓPEZ, SINESIO; Op. Cit.; p. 468) es interesante destacar que el tipo de liderazgo populista según De la Torre puede aparecer tanto en momentos de crisis como en épocas consideradas normales por lo que el “populismo” aparece como un fenómeno recurrente en la vida de un país. Véase DE LA TORRE, CARLOS; “Masas, pueblo y democracia: Un balance crítico de la discusión sobre el nuevo populismo” en pp. 55-66 en

Revista de Ciencia Política; Pontificia Universidad Católica de Chile, Volumen XXIII, N° 1; 2003; p. 55.

211

Si enfatizamos el consentimiento pasivo de las bases sociales, podemos encontrar autores como Conniff, proclive a aceptar la designación neopopulista de los regímenes de Menem y Fujimori. Véase CONNIFF, MICHAEL; “Neopopulismo en América Latina. La década de los noventa y después”. Pp. 31-38 en Revista de Ciencia Política; Pontificia Universidad Católica de Chile; Vol. XXIII; N 1; 2003. En otro libro a propósito del caso brasileño, Conniff identifica al populismo con la capacidad de concitar el respaldo subalterno y al mismo tiempo generar alarma entre los intereses de las elites, lo que no se ajusta a las peculiaridades del caso Fujimori como veremos, ya que si para algún sector no constituyó una amenaza el régimen de Fujimori fue para los poderes fácticos representados por el empresariado y las Fuerzas Armadas. Véase CONNIFF, MICHAEL; Urban Politics in Brazil: the rise of populism, 1925-1945; Pittsburg; 1981; pp. 125-130.

los sujetos sociales, como consecuencia del predominio de la concentración del capital y el desmantelamiento del escaso estado de bienestar existente.

Esta última reflexión se respalda en lo sustantivo en Germani, quien incorpora la reflexión acerca del populismo en los llamados estudios de la modernización, que explica el populismo como un fenómeno político que aparece en los países subdesarrollados, durante la transición de una sociedad tradicional a otra moderna. Al respecto, refiriéndose Germani al caso específico del peronismo:

“Un caso de manipulación, que sin embargo fue exitosa, pues logró proporcionar un grado efectivo de participación a las capas movilizadas, aunque, por supuesto, absteniéndose de reformas sociales o en todo caso manteniéndolas dentro de los límites aceptables por los grupos sociales y económicos más poderosos”212

.

El académico italo-argentino constató que el modelo peronista había aparecido con diversos énfasis en varios países de América Latina como un acuerdo entre las nuevas elites (no oligárquicas) y las bases. Por un lado significaba que las elites dirigentes del movimiento pusieron ciertos límites a la acción de la base, particularmente en la capacidad de transformación de la estructura social preexistente, y por otro, cualquiera sea el grado de manipulación de la masa por parte de las elites, las bases debieron poder lograr a través del movimiento y del régimen que emergió, cierto grado efectivo de participación. Su presencia en mítines y plazas a través de manifestaciones colectivas y marchas de protesta hizo a las llamadas masas más que clientes, algo menos que ciudadanos de pleno derecho, precisamente por su intervención pública y su intención de hacerse reconocer, como observa agudamente García Canclini213. Fue precisamente dicho grado efectivo de participación donde residió la originalidad de los regímenes nacional populares para Germani.

212

GERMANI, GINO; Op. Cit.; p. 212.

213

GARCÍA CANCLINI, NESTOR; Culturas Híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad; Grijalbo; México; 1990.

Lo anterior, ha significado que autores como Carlos Vilas214 apunten más bien a la dimensión antipopulista de gobiernos, que precisamente por su estela de fragmentación y des-representación social, se alejan del modelo populista clásico, desarrollado entre los 30 y 50. El autor asegura que el antipopulismo alude un tipo de respuesta de corte funcional a demandas sociales no atendidas, dada la profundidad de la crisis económica de los ochenta-noventa, que alienta la aparición de nuevos liderazgos provenientes de fuera del sistema político, aunque con un vigoroso apoyo social. Este tipo de respuesta se enmarca en la llamada “informalización de la política”, signada por la eclosión de procesos que se despliegan al margen y en contra de la política tradicional y, no pocas veces, saltando la institucionalidad democrática, y que se extiende a partir de la crisis de mediación de los partidos políticos, reemplazados por el uso intensivo de medios audiovisuales, para provocar sensación de contacto directo, y sondeos de opinión, y finalmente la aplicación indiscriminada de políticas neoliberales. Lo último ha dado pábulo para que cierta literatura relacione el populismo con el neoliberalismo, destacando los estudios comparativos de Kurt Weyland215.

En nuestra opinión, los referidos gobiernos respondieron a dicho modelos, re-editando las experiencias populistas sólo en términos demagógicos. Estos líderes adoptaron perfiles a menudo mesiánicos, lo que quiere decir que la respuesta popular frente a la modernización globalizante fue pensada por ellos como una respuesta pasiva; olvidando que generó desarrollo e inclusión en determinados contextos, a la par que exclusión, inestabilidad, vulnerabilidad y desigualdad entre regiones, países, empresas y personas. La apertura económica, y liberalización comercial fue asociada a la desregulación de todos los sectores económico-sociales, y su

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Dichas condiciones debilitarían las condiciones para el ejercicio de la ciudadanía, según Carlos Vilas, quien privilegia la denominación de antipopulismo. Véase VILAS, CARLOS; “¿Populismos reciclados o neoliberalismo a secas?” Pp. 11-45 en AHUMADA, CONSUELO y ANGARITA, TELMA; La región andina: entre los nuevos populismos y la movilización social; Universidad Javeriana; Bogotá; 2003; pp. 35 y 36.

215 WEYLAND, KURT; “Clarifying a contested concepts – Populism in Latin American

politics”; Comparative Politics; pp. 1- 22; N 34; 2001; p. 5. Aunque el estudio compara populismo y neoliberalismo el autor también diferencia los populismo clásicos y los populismo renovados al que anteponemos el prefijo neo, remitiendo a las estrategias de respaldo popular, manifestaciones masivas en el clásico, medios de comunicación y encuestas en el neopopulismo, y en la organización política, más proclives a la construcción de instituciones en la primera que en la segunda.

correspondiente privatización. Los sectores salud y educación también ingresaron a una lógica que en gran medida continúa hasta hoy.

La antesala del Fujimorismo

El panorama político hacia fines de la década de los ochenta en el Perú denotaba una ingente búsqueda de un liderazgo capaz de sobreponerse a la crisis de seguridad por la emergencia de grupos insurgentes y los magros resultados económicos de las administraciones de AP y el APRA. Hacia fines del decenio, los partidos comenzaron a ser seriamente cuestionados por la base social. Con la crisis de gobierno de Alan García, el Partido Aprista Peruano, los partidos políticos tradicionales se vieron comprometidos en las preferencias ciudadanas. Había sido tal la expectativa que el electorado depositó en el gobierno del APRA, que cuando se fue García Pérez, la ilusión popular hacia las tradiciones políticas comenzó a ser impugnada por sectores con un profundo malestar político. Los niveles de confianza de la población peruana en los partidos políticos menguaron gradualmente, hasta llegar a rechazar parte del sistema, apostando por nuevas figuras y en nuevas opciones para el cambio de gobierno que se produciría en 1990. Poco antes de dicho acto electoral se insinuaba el creciente protagonismo de los independientes por sobre las viejas organizaciones partidarias en el escenario político. La irrupción de Mario Vargas Llosa dio cuenta de un liderazgo nuevo, de un hombre que destacó por sí mismo, ajeno a las instituciones partidarias.

En 1987 se había consolidado el liderazgo de Mario Vargas Llosa, quien logró reunir en torno a su persona al “Movimiento Libertad”. Sin embargo, no fue suficiente la fundación de un nuevo referente por lo que Vargas Llosa favoreció la formación de una coalición que incluyera a los partidos tradicionales afines a su pensamiento liberal, encontrando en Acción Popular y el Partido Popular Cristiano, los socios naturales de su movimiento cívico. Juntos conformaron el Frente Democrático (FREDEMO) para hacer una sola fuerza con miras a las elecciones municipales de 1989 y, particularmente, a las elecciones generales de 1990. Adicionalmente, el carácter de escritor e intelectual de Vargas Llosa atrajo en el FREDEMO a

muchas personalidades de la intelectualidad peruana, así como también a muchas personas de los estratos socio-económicos más acomodados, empresarios con conexiones internacionales y las simpatías de unas Fuerzas Armadas que probablemente no habían superado completamente su anti-aprismo histórico.

El cambio de marea en la credibilidad de los partidos políticos tradicionales se hizo evidente en 1989, cuando Lima y Arequipa, los mayores municipios del país, pasaron a ser dirigidos por alcaldes independientes. Vargas Llosa pretendió capitalizar el descontento con los partidos y redituar sobre el nivel nacional la victoria de estos independientes. En 1990, Mario Vargas Llosa arribó a la contienda electoral con un alto favoritismo en torno a su candidatura. Sin embargo, no se concretó su acceso a la presidencia debido a la aparición de Alberto Fujimori, quien liderando la agrupación Cambio 90 (C90), bajo el lema “honradez, tecnología y trabajo”, y con mensajes de orientación pragmática y tecnocrática apelando a la necesidad de ofrecer una alternativa a los políticos y partidos tradicionales y de moralizar la política, ascendió aceleradamente en las encuestas. C90 fue fundado como movimiento cívico independiente de composición heterogénea por el entonces rector de la Universidad Nacional Agraria, el propio Fujimori, y un grupo de sus colaboradores académicos, pequeños empresarios y fieles de las iglesias evangélicas. En su fórmula presidencial, el ingeniero ex-rector incluyó como compañeros de lista a dos representantes de sectores tradicionalmente no incluidos, como candidato a Primer Vicepresidente a Máximo San Román Cáceres, un genuino “cholo” nacido en Cuzco a la cabeza de una gremial de micros y pequeños empresarios del sector informal. Como candidato a Segundo Vicepresidente a Carlos García García, de rasgos afro y dirigente nacional de las iglesias evangélicas216. Además de representar a sectores en crecimiento, micro y pequeños empresarios y evangélicos, el “chino”, el “cholo” y el “negro” constituyeron una tríada simbólica de fácil (auto) reconocimiento por parte de los votantes.

La aparición efímera y coyuntural de nuevas figuras políticas y agrupaciones o movimientos de diversa índole, especialmente constituida

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para enfrentar en el corto plazo las coyunturas electorales, sería un fenómeno común en los siguientes años. En ello se ha querido ver la búsqueda de una representación diferente, que sin embargo no llega a cristalizar en nuevas organizaciones partidistas lo suficientemente sólidas y con verdadera proyección. Según Sinesio López, en el caso del Perú, dos fueron las formas de representación social en medio del descrédito partidario: medios de comunicación y políticos independientes. Ambos actores canalizaron intereses, agregaron demandas y dotaron de identidad a la participación pública217. En mi opinión, el epifenómeno hace referencia a un proceso de “despolitización” de la sociedad que se orientó a votar por outsiders, lo que incidió a su vez en el desgaste en el respaldo de los partidos más tradicionales, como AP y APRA. Los nuevos protagonistas no se identificaron con los partidos, ideologías o incluso programas. A menudo escamotearon definiciones que no salieran del plano eminentemente técnico. Los medios de comunicación contribuyeron a dicha tendencia al resaltar la imagen de los candidatos por sobre su discurso. En tanto que desde el punto de vista del elector, la disposición de información sobres los potenciales ministros fue escasa. Por lo tanto, la elección se basó en la percepción mediatizada sobre promesas, más que en la opinión formada sobre una personalidad, y la imagen que el candidato proyectaba como hombre desprovisto de compromisos con las elites políticas tradicionales, con capacidad de solucionar rápidamente los problemas sociales.

Dicha tendencia que comenzó a asomar en el escenario político peruano a inicios de los noventa, que además ha sido interpretado como síntomas de debilitamiento de la estructura partidista del sistema político peruano, posición que aunque no suscribimos como explicaremos, aludía a una búsqueda de nuevas figuras y opciones no tradicionales por parte de la sociedad.

La rearticulación del espacio público hizo posible el acceso al poder de un “afuerino” como Fujimori. Ya el candidato había dejado de lado la organización de un soporte partidario que cumpliera funciones de intermediación social, utilizando en su lugar intensivamente los mass media,

217

particularmente la televisión, para comunicar sus estrategias proselitistas y acceder al imaginario colectivo.

En el momento de los comicios Fujimori obtuvo el 29% de los sufragios, situándose a sólo cuatro puntos del candidato centroderechista, Mario Vargas Llosa. En la segunda vuelta acaecida en mayo de ese año, el candidato Fujimori recabó el apoyo del partido aprista y de la izquierda (votos en consigna), resultando dichos votos cruciales para alcanzar 62% de las preferencias frente al 38% de Vargas Llosa.

Elecciones Presidenciales 1990 (Primera Vuelta)218

Candidato Agrupación Votos %

Mario Vargas Llosa Fredemo 2.163.323 33 Alberto Fujimori Fujimori Cambio 90 1.932.208 29

Luis Alva Castro PAP 1.494.231 22

Henry Pease García Irigoyen IU 544.889 8 Alfonso Barrantes Lingán IS 315.038 5 Roger Cáceres Velásquez FNTC 86.418 2 Ezequiel Ataucusi Gamonal FREPAP 73.974 1

Tabla 8 Elecciones Presidenciales 1990 (1° Vuelta)

Elecciones Presidenciales 1990 (Segunda Vuelta)219

Candidato Agrupación Votos %

Alberto Fujimori Fujimori Cambio 90 4.489.897 62 Mario Vargas Llosa Fredemo 2.708.291 38

Tabla 9 Elecciones Presidenciales 1990 (2° Vuelta)

La volatilidad del electorado peruano se confirmó como rasgo distintivo en las elecciones de 1990, que incluso desplazó al favorito por un “recién llegado”. Sin embargo, tal como afirma Vilas, la volatilidad en el comportamiento electoral, no es necesariamente un indicador de una crisis

218

Fuente: TUESTA SOLDEVILLA, FERNANDO; Op. Cit.

219

institucional220, aunque si fue un indicio de una sociedad profundamente insatisfecha en búsqueda de una alternancia que elevara sus expectativas. Según Murakami, la votación de Fujimori fue débil en el norte y este del Perú, superando en primera vuelta a Vargas Llosa en el área metropolitana de Lima y en los departamentos más pauperizados del sur y centro de la Sierra peruana, a saber Ayacucho, Huancavelica, Cuzco y Puno221. Con ello se inauguró el desplazamiento de las preferencias electorales de los sectores históricamente no incluidos desde la izquierda a los candidatos “outsiders”222

.

En momentos de crisis económica y de sensación de inseguridad extendida, el candidato proyectó la actualización de un liderazgo capaz de revertir la adversa situación. En otras palabras de un protagonismo desarrollado contextualmente (carisma situacional), que según Grompone no se fundamentó en atributos carismáticos personales, sino que a partir de la capacidad de un caudillo para ofrecer salidas posibles en un momento de inestabilidad223, lo que lo convirtió en un nuevo mesías político.

No obstante en la contienda legislativa, los partidos tradicionales no resultaron tan afectados como en los comicios presidenciales, lo que no permite respaldar la hipótesis levantada por ciertos autores en orden a la desintegración del sistema de partidos peruanos en 1990224, más bien se puede afirmar que gradualmente ocurrió una eclosión de nuevas agrupaciones indicando un alto grado de dispersión y atomización sistémica, más una severa crisis de representación. Según Tanaka:

“La crisis de representación ocurrida hacia finales de la década de los años ’80 e inicios de los ’90 no puede ser deducida del desempeño de la

220

VILAS, CARLOS; Op. Cit.; p. 25.

221

MURAKAMI, YUSUKE; Op. Cit.; p. 214.

222

A decir de Martín Tanaka, dichos electores de estas zonas votarían en 2001 por Toledo y en 2006 por Ollanta Humala. Entrevista del 19 de octubre de 2007.

223 GROMPONE, ROMEO; “Fujimorismo, neopopulismo y comunicación política”; en

URZÚA, RAÚL y AGÜERO, FELIPE; Op. Cit.; p. 514.

224 COTLER, JULIO; “Partidos Políticos y problemas de la consolidación democrática en el

Perú”; p. 284. López asegura que los partidos políticos peruanos experimentaron una crisis en los 80, y su colapsando el sistema de partidos en los 90. Véase LOPEZ, SINESIO; Op. Cit.; p. 468.

democracia peruana y de sus actores en los años previos; pues estos actores eran bastante fuerte, en términos comparados, aún en 1990”225

La crisis de la representación fue acompañada por otros síntomas críticos. Según Silesio López:

“La militarización de la política, el desmoronamiento del Estado, el debilitamiento de la sociedad civil, la informatización de las clases populares, el incremento de la polarización social y el ensanchamiento de la extrema pobreza.”226

En medio de dichos síntomas, la plataforma que respaldó al candidato vencedor, C90, logró un segundo lugar en el total de escaños de la Cámara al adjudicarse 32 de los 180 escaños de la Cámara de Diputados con el 17% de los votos y 14 de los 60 escaños del Senado, quedando en tercer lugar tras el FREDEMO y el APRA, referentes mayoritariamente tradicionales. Dicha situación presagiaba una difícil coyuntura parlamentaria para el nuevo mandatario, al contar con un gobierno de minoría legislativa, a pesar de haber sido investido Presidente con una abrumadora mayoría en la segunda vuelta de la elección presidencial. El 28 de julio de 1990 Fujimori tomó posesión de la presidencia con un mandato quinquenal y constituyó un gobierno con personalidades técnicas, ninguna de las cuales pertenecía a C90.

Elecciones Parlamentarias 1990- Cámara De Diputados227

Agrupación Votos % Fredemo 1.492.513 30 Cambio 90 819.527 17 APRA 1.240.395 25 Izquierda Unida 497.764 10 Izquierda Socialista 264.147 5

225 TANAKA, MARTÍN; “¿Crónica de una muerte anunciada? Determinismo, voluntarismo,

actores y poderes estructurales en el Perú”; p. 63.

226

LÓPEZ, SINESIO; Op. Cit.; p. 482.

227

Elecciones Parlamentarias 1990- Cámara De Diputados227

Agrupación Votos %

Frente Nacional de Trabajadores Campesinos 124.544 3 Frente Popular Agrícola FIA del Perú 62.955 1

Unión Cívica Independiente 41.210 1

Movimiento Regionalista Loreto 23.836 1

Frente Tacneñista 18.035 0

Movimiento Independiente en Acción 14.547 0

Unión Nacional Odriísta 10.788 0

Tabla 10 Elecciones Parlamentarias 1990, Cámara de Diputados

Elecciones Parlamentarias 1990- Cámara de Senadores228

Agrupación Votos % Fredemo 1.791.077 32 APRA 1.390.954 25 Cambio 90 1.204.132 22 Izquierda Unida 542.049 10 Izquierda Socialista 303.216 5

Frente Nacional de Trabajadores Campesinos 112.388 3 Frente Popular Agrícola FÍA del Perú 63.879 1

Unión Cívica Independiente 45.171 1

Somos Libres 30.671 1

Tabla 11 Elecciones Parlamentarias 1990. Cámara de Senadores

El resultado de la elección no permitía prospectar el futuro colapso del sistema, más bien insinuaba su gradual evolución hacia una forma diferente. El compromiso de la mayor parte de los partidos con las reglas del juego era alto, incluso por parte de la izquierda, que se mantuvo distante de las vías revolucionarias armadas de Sendero Luminoso y MRTA. Se formó entonces

228

lo que se denomina un gobierno de minoría, que en el caso peruano representaba una situación novel en el sistema político partidista inaugurado en 1980. La situación en que el poder ejecutivo, en este caso, no cuenta con el control de la mayoría en el congreso o bien en alguna de las dos cámaras