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Master of Engineering in Civil Engineering Graduate Program Coordinator: Arvin Farid

Hace unos años, un joven asistente social me pidió que lo supervisara. Cursaba un programa de posgrado sobre matrimonio y familia en el que, además de apren­ der la diagnosis correcta y a hacer intervenciones, pug­ naba por integrar toda la gama de teorías. Me contó que se sentía inepto como clínico. Ansiaba profundamente ayudar a la gente a cambiar, pero se creía incapaz de influir sobre ella. Molesto y avergonzado, no sólo le cos­ taba cobrar honorarios adecuados por sus servicios: a veces, trabajaba gratis. Cuanto más lo alentaba yo, y le señalaba que aprender la teoría e integrarla en un pa­ radigma comprensible es un proceso que lleva tiempo, tanto más se quejaba él de su imposibilidad de lograrlo. Cuanto más positiva era yo, tanto más negativa era su respuesta.

Finalmente, hallándonos un día en clase, me acerqué a él y le dije: «Rick, tengo algo para ti». Extendí la mano, le di una moneda de veinticinco centavos, y comenté: «Tengo entendido que te interesas por un poco de cam­ bio». Se lo vio atónito, perplejo, enseguida cayó en trance y quedó un momento inmóvil. Como estaba motivado para ayudar a la gente a cambiar pero se sentía incom­ petente, y por eso incómodo para cobrar honorarios, le interesaba tener «un poco de cambio». Dentro de la ex­ periencia que creé para él, Rick recibió una conmoción psicológica que estableció un distingo, le causó confu­ sión y desplazó su marco de referencia para el problema como yo no podría haberlo conseguido directamente.

El juego de palabras y la conmoción lo pusieron en trance para buscar un significado dentro de sí mismo. Cuando volvió a verme para que lo supervisara, me pre­ guntó: «Doctora Kershaw, ¿qué quiso decirme exacta­ mente al darme esa moneda?». Le respondí que debía

extraer de esa experiencia su propio significado y per­ mitir que su mente inconciente cosechara un aprendi­ zaje. Pocas semanas después, Rick empezó a debatirse menos con el proceso de aprendizaje y me dijo, como al pasar, que ahora cobraba honorarios adecuados por sus servicios. Al cabo de unos meses, dejó la supervisión pa­ ra proseguir otros estudios. Dos años después, lo vi en una conferencia y volvió a preguntarme: «Doctora Ker- shaw, ¿qué quiso decirme exactamente al darme esa moneda? He pensado en muchas interpretaciones». «Su inconciente es capaz de extraer muchos aprendizajes de una sola experiencia —le respondí—. Entonces, tal vez quiera y necesite seguir revisándola de tiempo en tiempo para descubrir el significado que quiere trasmitirle su inconciente en ese momento». Para Rick, fue una expe­ riencia de desplazamiento perceptual generativo que él siempre recordará y llevará consigo. Esta sola experien­ cia simbólica generará un aprendizaje continuo. Com­ prender cómo trabaja la experiencia simbólica en con­ junción con principios de percepción ayuda para saber

cómo se construye la realidad.

Hay varios principios perceptuales indispensables para comprender el proceso de creación conjunta de la realidad por las parejas.

1. Los constructos personales crean realidad. 2. El lenguaje crea realidad.

3. La cultura y la subcultura crean realidad. 4. La percepción es egocéntrica.

5. La fisiología crea realidad.

6. La interacción con el cónyuge se basa en la inter­ acción interna, y no en lo que ocurre «fuera» de la persona.

7. Los estados de trance subjetivos influyen en la percepción de la realidad objetiva.

Los constructos personales crean realidad Todas las distinciones que establecemos o las des­ cripciones que creamos en torno de lo que «vemos» son

inadecuadas. Siempre hay algo más que decir. Por otra parte, estamos constreñidos por nuestras suposiciones y creencias básicas, en particular las concernientes a las relaciones. Combs y Snygg (1959) afirman, desde un punto de vista fenomenológico: «Toda conducta, sin ex­ cepción, está determinada íntegramente por el campo fenoménico del organismo actuante e interesa a este» (pág. 40). Podemos decir que nuestras percepciones ba­ sadas en nuestras suposiciones crean nuestra realidad. Humberto Maturana, biólogo chileno que ha influido en el campo de la terapia familiar, dice que no podemos distinguir entre percepciones e ilusiones. El observador establece distinciones y usa el lenguaje con miras a cambiar las clases de distinciones efectuadas. Según Maturana, el observador distingue lo que será observa­ do. La pareja especifica lo que oye y escucha. La mente conciente filtra lo que se oye a través de un determinado sistema de creencias y acaso mantenga categorías rígi­ das. Cuando el terapeuta trabaja con lo inconciente, el proceso le es muy útil para cambiar las distinciones.

El marco de una ventana determina qué se ve; en consecuencia, ese marco distingue una parte del mundo que entra en el foco visual. Si miramos por un ventanal panorámico, por fuerza vemos algo diferente de lo que escudriñaríamos a través de una tronera. El marco de la ventana es una construcción expansible y contráctil; en otras palabras, posee cierta plasticidad o fluidez.

Hallamos un buen ejemplo de este concepto en una obra literaria muy conocida: El mago de Oz. Dorothy descubre con asombro cuán fluida es la experiencia hu­ mana por lo que hace Oz con los habitantes de la Ciu­ dad Esineralda (Baum, 1900):

«Sólo para distraerme y mantener ocupada a la buena gente, le ordené construir esta Ciudad y mi Palacio; lo hizo todo bien y de buen grado. Luego pensé que siendo el país tan verde y hermoso, lo llamaría la Ciudad Es­ meralda. Para que el nombre le cuadrara mejor, les puse gafas verdes a todos: así verían todo verde». «¿Pero acá no es todo verde?», preguntó Dorothy. «No más que en cualquier otra ciudad —replicó Oz—, pero cuando usas anteojos verdes, naturalmente, todo lo que ves te parece

verde (. . .) Mi pueblo ha usado gafas verdes delante de sus ojos durante tanto tiempo que en su mayoría cree que realmente es una Ciudad Esmeralda, y por cierto que es un hermoso lugar» (pág. 149).

El mago creó una ilusión. La interacción entre el perso­ naje y esa ilusión ejemplifica dos cosas: que las supo­ siciones acerca del mundo lo crean efectivamente y que, cuando la realidad cambia, lo que cambia es nuestra percepción de ella.

La historia de Darwin y el Beagle nos ofrece otro ejemplo de este concepto. Hallándose anclado frente a una isla de los Mares del Sur, se hizo trasladar en bote hasta la costa para explorarla. Al desembarcar, los re­ meros quedaron asombrados: los isleños percibían el bote de remos, pero no veían el barco. Nunca habían vis­ to un velero —era una experiencia desconocida para ellos—, pero sí conocían los botes de remos. ¿Qué bu­ ques acaso están anclados frente a la costa de nuestra conciencia?

Construimos una realidad personal guiándonos por lo que nos enseñan. Las familias que perciben el mundo como algo peligroso y temible enseñan a sus hijos a fun­ cionar conforme al mismo modelo. Algunos adultos pa­ san su vida debatiéndose con una visión del mundo negativa y limitadora, aunque racionalmente sepan que esa visión fomenta angustia e insatisfacción con la vida. Si una familia percibe el mundo como algo más bien be­ nigno y cree que cada persona puede decidir sobre el rumbo o camino por tomar e influir en él, el niño adqui­ rirá una visión del mundo positiva y orientada hacia el futuro. Es tarea del terapeuta ayudar a reordenar la visión individual del mundo para hacerla más funcional. Parte del proceso consiste en alterar el modelo o metá­ fora fundamentales del individuo, una creencia vital que puede adoptar muchas formas pero también ser esce­ nificada repetitivamente. Se podría decir que todos vivi­ mos dentro de una burbuja metafórica. Un joven que vivió literalmente dentro de una burbuja tuvo una visión única del mundo.

Me refiero a David, un hombre joven, indefenso fren­ te a invasores virósicos y bacterianos a causa de un sín-

drome de inmunodeficiencla congènita. Para protegerse de las infecciones, pasó su vida internado en una ha­ bitación esterilizada. Su aislamiento y su falta de expe­ riencias perceptuales normales distorsionaron su pers­ pectiva de profundidad y distancia. Creía que los edi­ ficios situados frente al hospital, calle por medio, y que observaba desde su habitación, carecían de fondo. Sólo cuando pudo usar la burbuja ambulante diseñada por la NASA y ver la parte posterior de los edificios, se dio cuenta de que su construcción era similar a la de una caja. Se sorprendió al enterarse de que el verdor de las plantas provenía de ellas mismas. Además, como veía que los edificios al fondo de la calle eran más pequeños, creía en verdad que habían sido construidos así y no que los empequeñecía la distancia. No tenía noción de la perspectiva, de que los objetos «aumentan» cuando ca­ minamos hacia ellos y «disminuyen» cuando nos ale­ jamos. Sólo cuando dispuso de la burbuja ambulante

pudo demostrarse a sí mismo que los objetos lejanos se agrandaban a medida que se acercaba a ellos (comuni­ cación personal de J. Vogel, 1985).

Su visión del césped y los árboles era igualmente fas­ cinante. Creía que no tenían raíces. Sólo comprendió que las plantas crecían bajo tierra cuando su enfermera le permitió arrancar una de la maceta. David era inca­ paz de comprender el mundo natural a través de progra­ mas televisivos o de explicaciones. Sólo la experiencia efectiva de fenómenos perceptuales le permitió modi­ ficar sus creencias acerca del aspecto que presenta el mundo y del modo en que los seres humanos operan dentro del conjunto de sus propios fenómenos percep­ tuales organísmicos. Las enfermeras que trabajaron con él llegaron a la siguiente conclusión: «La observación de su desarrollo perceptual indica que inconcientemente insertamos nuestras experiencias pasadas cuando con­ templamos el espacio y la distancia (. . .) Para aprender sobre fenómenos, es preciso experimentarlos» (Murphy y Vogel, 1984).

En el matrimonio, cada esposo es portador de un marco o una red de constructos para interpretar el mundo de la relación conyugal y, sobre todo, la con­ ducta del otro. Estos constructos o creencias acerca de

sí mismo, la vida y la propia pareja se aplican para predecir el futuro, poner cierto orden en el presente y categorizar el pasado. Todos tenemos constructos per­ sonales. Estos son creaciones o suposiciones internas acerca de lo que está fuera de nosotros. Ellos nos per­ miten observar el mundo y formular interpretaciones sobre lo que creemos que hay en él. George Kelly (1963) dice que «todas nuestras interpretaciones actuales del universo están sujetas a revisión o remplazo» (pág. 43). Sostiene que las personas perciben sus mundos a tra­ vés de «modelos trasparentes» que ellas mismas crean y que luego intentan «encajar sobre las realidades de que está compuesto el mundo» (Kelly, 1963, pág. 8).

Prevemos lo que sucederá a través de los constructos que llevamos dentro y de los significados compartidos experimentados por nosotros, y después nos compor­ tamos como si hubiéramos visitado realmente el futuro. Así como el viajero ideado por H. G. Wells en La máquina

del tiempo fue un hombre que se adelantó a su época,

del mismo modo los constructos personales y los signifi­ cados compartidos crean una realidad futura anticipa­ da por cónyuges que se adelantan a su tiempo.

La realidad cobra vida para nosotros porque vemos lo que necesitamos ver. Seleccionamos las percepciones basadas en experiencias pretéritas y, a través de nues­ tro conjunto de creencias, proyectamos un mundo crea­ do sobre personas y sucesos.

El lenguaje crea realidad

El lenguaje es un sistema de símbolos que encarna la experiencia de una cultura y su interpretación. Se con­ vierte en las lentes a través de las cuales vemos la rea­ lidad. De hecho, según la hipótesis de Sapir-Whorf, nos inclinamos a adoptar las presuposiciones del lenguaje que aprendemos. Lo que percibimos está determinado en gran medida por el modo en que el lenguaje encuadra o designa lo que está fuera de nosotros. En consecuen­ cia, lenguajes diferentes reflejan significados diferentes y, por lo tanto, construcciones diferentes de la realidad.

Ahora bien, las palabras construyen mapas de la rea­ lidad. Alfred Korzybski (1933), creador del concepto de semántica general, nos advirtió que no confundiéramos el mapa con la realidad misma. Propuso la existencia teórica de dos mundos: el de la realidad y el de los sím­ bolos. Necesariamente existe un hiato entre estos dos mundos; cuanto más amplio es, tanto más «locos» so­ mos. Hoy cabria decir que el lenguaje sólo puede repre­ sentar una experiencia fenomenològica por medio de simbolización. Cuanto más casados estemos con la des­ cripción de la realidad como algo «correcto», tanto menor será nuestra cordura.

Cada visión individual del mundo es apenas una in­ terpretación subjetiva de una realidad objetiva. Ajuicio de Joseph Pearce (1971), puesto que creamos el mundo con nuestros sentidos y palabras, no sólo lo observa­ mos, sino que participamos simultáneamente en él. Afirma: «Nuestra realidad es una creación semántica de nuestras creencias culturales. Lo que creemos verda­ dero se hace verdadero» (pág. 136). Cada interpretación no es más que una descripción creada para orientarnos en el mundo. A veces olvidamos que la descripción es sólo eso, y no una realidad completa.

Construimos nuestra realidad interior a partir de ex­ periencias pasadas, de la cultura en que vivimos y de los valores presentes y pretéritos que sustentamos. El mun­ do interior es, además, un mundo de imágenes, senti­ mientos y sensaciones. Para comprender todos estos ele­ mentos, recurrimos al pensamiento. Pensamos con sím­ bolos como un modo de representar la experiencia, y nos comunicamos con un lenguaje que cambia y evoluciona de continuo a la par de la experiencia comunitaria.

El lenguaje representa una manera compartida de definir la realidad, un sistema de valores compartidos, un modo compartido de ver el mundo. Más aún: es una forma de conocer nuestro inconciente. Este se expresa por medio de símbolos, en cuya experiencia y expresión se mantiene el propio ser. George Steiner (1975) escri­ bió: «Más que hablarnos a nosotros mismos, hablamos nosotros mismos» (pág. 18).

Harry Goolishian y Harlene Anderson, del Family Ins- titute de Galveston, opinan que los sistemas humanos

son sistemas generadores de lenguaje y significado. Puesto que damos un significado a las acciones, la es­ tructura social evoluciona a partir de los significados que generamos entre nosotros. El problema particular presentado en terapia no se sitúa en la estructura del sistema, sino en el «significado». Por consiguiente, la terapia es un hecho lingüístico que fija como meta la creación de significados nuevos para crear nuevas reali­ dades narrativas. Goolishian y Anderson (1988) afir­ man: «Los problemas no se resuelven: se disuelven».

El lenguaje puede limitar la representación de la ex­ periencia. Muchas veces, se pierde algo al traducir una experiencia individual en palabras. Por ejemplo, la per­ sona que tiene actualmente cuarenta años experimenta esta edad de manera muy distinta de alguien que tuvo cuarenta años hace veinte. El padre nunca tuvo la edad del hijo porque los dos mundos son diferentes. Hasta podríamos decir que nuestros padres vivieron en otro planeta: nuestros hijos saben que eso es cierto respecto de sus padres. Según Korzybski (1933), para ser más cuerdos debemos alterar lo que hacemos con el lengua­ je. Propone un cuestionamiento de tres postulados del

pensamiento lineal aristotélico: las leyes de identidad, de tercero excluido y de contradicción.

Ley de identidad

Sostiene que un enunciado como «El matrimonio es difícil» asimila matrimonio y dificultad para crear una definición que ve difícil la totalidad de la vida conyugal. Esta definición no presenta el proceso conyugal como una energía dinámica entre dos personas. Se cierra en un concepto, forma una imagen interior negativa y pre­ dice lucha. Esta definición limita la realidad del indi­ viduo a causa de la categoría que arbitrariamente crea.

Ley del tercero excluido

Propone una realidad dicotòmica en lugar de una orientación de valores múltiples. Un mundo donde sólo

existen lo bueno y lo malo, lo blanco y lo negro, lo verda­ dero y lo falso, no abarca los matices Intermedios. Vea­ mos un ejemplo de este pensamiento dicotòmico. Un pa­ ciente reveló que la madre le había enseñado que una mujer sólo debía casarse con un hombre si él la amaba, y no si ella lo amaba a él. Ante esta admonición, la hija tuvo que rebelarse contra su madre; revirtió su creencia y categorizó como únicos hombres disponibles a aque­ llos a quienes ella amaba. Esta noción la mantenía en constante prosecución de una meta imposible: un hom­ bre emocionalmente inasequible. El mundo es poliva­ lente pero a menudo se lo describe con sólo dos valores. Una orientación fundada en dos valores nos vuelve «lo­ cos» o distorsiona el pensamiento.

Ley de contradicción

Señala la imposibilidad de que una entidad posea una característica y su opuesta al mismo tiempo; una cosa no puede poseer dos características mutuamente excluyentes. Por ejemplo, el agua puede estar fría o ca­ liente; todo depende del marco de referencia. Si en un día gélido una mujer entra en la casa y sumerge la mano en agua a una temperatura de 40°, la sentirá caliente. En cambio, en un cálido día de verano, esa misma agua le parecerá fría. En el matrimonio, un cónyuge puede ser odiado y amado a la vez. De hecho, a menos que se reconozca la furia asesina que existe entre algunas pa­ rejas, el amor no se podrá experimentar plenamente.

La cultura y la subcultura crean realidad

Las diversas culturas experimentan la realidad bajo aspectos diferentes y, por fuerza, elaboran descripcio­ nes diferentes. Los esquimales crearon muchas pala­ bras para designar lo que nosotros llamamos «nieve». Obligados a vivir en armonía con un medio nivoso, pues de ello depende su subsistencia, se han vuelto expertos en distinguir diversos elementos y formas de nieve. Los

indios hopi tienen un concepto del tiempo diferente del nuestro. Para ellos, no hay una noción lineal de tiempo. No hay pasado o futuro: sólo existe el presente. De he­ cho, sus verbos carecen de tiempos, lo cual les permite vivir en un presente continuo. El lenguaje se centra más bien en nuestra relación con la naturaleza (Rogers etaL,

1977).

La lengua tahitiana carece de palabras que designen la depresión o la aflicción, pero posee más de cuarenta palabras para designar los diferentes grados de ira (Mendelson, 1974). Si no tuviésemos palabras para de­ signar la depresión, quizá tampoco tendríamos ese fenó­ meno. Las culturas que no tienen palabras para desig­ nar su concepto, no la experimentan (Rowe, 1982).

Las subculturas, en particular la masculina y la fe­ menina, experimentan realidades diferentes y poseen descripciones diferentes. A las mujeres se las socializa para que se orienten más hacia las relaciones; a los hombres, para que se orienten más hacia las metas (Gi- lligan, 1982). A menos que lo hayan sensibilizado para cuestiones referidas al género, un hombre habrá sido educado para obtener poder y fijar las reglas. A las mu­ jeres se las educa para que cuiden de otros, los nutran y

los eduquen; aun cuando se las estimule a abrazar una profesión, se refuerza su conducta de cuidado. Esta di­ ferencia en el foco formativo hace que el hombre y la mujer experimenten el mundo bajo aspectos distintos.

Cada subcultura familiar proporciona una descrip­ ción peculiar de la realidad. La vida familiar de cada

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