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A través de las memorias del Banco de San Carlos puede observarse el aumento de los recelos por parte de los accionistas hacia los directivos. Fueron los casos comentados del acreditado Montaldi y la administración de las provisiones, principalmente, los detonantes para que se hicieran fuertes observaciones a la gestión que se venía realizando. A ellos se añadirían el resto de operaciones conflictivas, que no eran la única fuente de problemas, pues, los enemigos, adversarios u oponentes del director más sobresaliente del Banco empezaban a afilar sus armas contra él.

2.4.1.1 Los posibles enemigos de Cabarrús

Francisco Cabarrús nace en Bayona en el seno de una familia de comerciantes. En 1770, con unos 18 años, viene a España y se establece inicialmente en Valencia, traba- jando en la casa de banca de Antonio Galavert, amigo de su padre. Sorprendido por este en relaciones con su hija Teresa, tras huir, contraen matrimonio en 1772, pero sin contar con los correspondientes permisos paternos, lo que produce el consiguiente disgusto y distanciamiento. Son acogidos en Madrid por el abuelo, Pedro Galavert, quien posee una fábrica de jabón en la que se emplearía Cabarrús64. A partir de ahí co- menzará su desarrollo profesional. En ello tendría cierta relevancia la Sociedad Econó- mica Matritense65, creada en 1775, y en la que Cabarrús coincidiría con personajes im- portantes de la época, destacando su amistad con Jovellanos66. Transcurridos algunos años y éxitos, la naturalización de Cabarrús en España se aprobaba en noviembre de 1781, y obtuvo los honores de consejero de Hacienda pocos años después. Era reco- nocido como un personaje con un renombre extendido, envuelto en un prestigio mítico por las facultades casi ilimitadas que se le atribuyeron para atraer capitales y para pro- mover grandes empresas67.

En todo ello influía también el temperamento dominante, algo doctrinario y visio- nario de Cabarrús68. En sus propuestas se mezclaban los intereses del Estado con los suyos propios: posiblemente, fuera la cultura de la época. Tal era el caso, por ejemplo, de Juan José Laborde, español de origen francés, que, junto a su cuñado, Francisco Nogue, fundó en 1752 la compañía Juan José Laborde & Nogue. Esta compañía se relacionó con los Goyeneche, realizó importantes operaciones entre las monarquías española y francesa

62 Tedde de Lorca (1988), pp. 133-140 y 206-217. 63 ABE, Secretaría, leg. 782 y caja 1107. 64 García López (1999), —nota 37— p. 90 .

65 Algunos de sus miembros luego estarían relacionados con el Banco, véase SEMAP (1780). 66 Ortega Costa y Díez Tejerina (1965), p. 6.

67 Ortega Costa y García Osma (1974), p. 60.

68 Un conjunto de opiniones sobre la personalidad contradictoria de Cabarrús son recogidas por García Regueiro (2003), pp. 25-28.

y obtuvo favores políticos y beneficios económicos de ambas69. En 1760 el principal con- trato de exportación de plata española se realizaba con Francisco Nogue, a través del Real Giro, manteniéndose en ese negocio, aproximadamente, un cuarto de siglo, hasta que el Banco de San Carlos asumió tal actividad70.

No es de extrañar que Cabarrús se hiciera enemigos a lo largo de su trayecto- ria profesional. Casos concretos podrían provenir de apartar a los Cinco Gremios del negocio de las provisiones o de arrebatar la actividad del Real Giro al establecimiento que con ese mismo nombre lo gestionaba hasta entonces. Otra prueba de la alta in- fluencia que, en materia financiera, desarrollaba en ese tiempo se encuentra en el pro- yecto que presenta Francisco Cabarrús el 6 de julio de 1784 en la Junta General de la Compañía Guipuzcoana de Caracas, donde defendía la necesidad de integrar el co- mercio entre los continentes europeo, americano y de oriente, a fin de sacar el mayor partido posible a la posición de privilegio que España mantenía, ampliando las rutas comerciales, si bien mediante la obtención de determinados privilegios. El proyecto cristalizaría en la Real Compañía de Filipinas71, creada por Real Cédula de 10 de marzo de 1785, siendo su base la Compañía de Caracas, cuyas acciones se canjeaban por las de la nueva sociedad, así como la Compañía de La Habana y la Compañía de San Fernando. En definitiva, la Compañía de Filipinas absorbería al resto de sociedades. El 11 de abril de 1785 se abrió la suscripción para un capital de 8 millones de pesos sencillos. El Banco, además de socio en el capital de la sociedad, fue su financiador. La Compañía quedará en una situación comprometida, al perder su monopolio cuando se decretó, en sep- tiembre de 1789, la libertad de comercio para las muselinas extranjeras. Incluso en 1790-1792 se pensó su disolución, desechándose porque las pérdidas suponían el 75 % de su capital72.

Por estos hechos de intervención directa de Francisco Cabarrús, entienden Orte- ga Costa y Díez Tejerina73 que empezó a potenciarse a partir de 1785 un poderoso grupo de enemigos, formado por los Gremios Mayores, los perjudicados por las reformas e in- cluso algunos agentes especuladores; y para atizar más la polémica, el libro de Mirabeau comentado con anterioridad. Sin embargo, posiblemente, no se tratara únicamente de un enfrentamiento personal contra Cabarrús, aunque este fuera la personalidad más singular del Banco, sino también de un ataque contra los monopolios logrados, pues, en definitiva, era la institución quien acumulaba los resortes de poder y los negocios más lucrativos del Estado y, con ellos, sus beneficios.

Mas, destacando sobre cualquier otra circunstancia particular, entendemos que el factor realmente determinante fue el fallecimiento del conde de Gausa en 1785, pues su sucesor, el conde de Lerena, impondrá un cambio en las relaciones de la Real Hacienda, tanto con el establecimiento a escala general como con Cabarrús en el ámbito personal. García Regueiro74 tacha a Lerena de hombre de carácter avieso y rencoroso e indica que las capacidades de Cabarrús, así como sus éxitos profesionales y sociales, eran la causa de la inquina hacia él. A la muerte del conde de Gausa, hizo Cabarrús un elogio en la So- ciedad Económica Matritense75, de la que ambos eran miembros, acerca de la personali- dad del finado, en el que ensalzaba sus virtudes y donde algunos creían encontrar, por efecto de la contraposición, una posición que desacreditaba a su sucesor, el nuevo minis- tro Pedro López Lerena; mas parece no existir prueba alguna.

69 Pérez Sarrión (2008), pp. 41 y 42. 70 Torres Sánchez (2012), pp. 162 y ss. 71 Torrente Fortuño (1974), pp. 98-101. 72 Véase Díaz-Trenchuelo Spinola (1965). 73 Ortega Costa y Díez Tejerina (1965), p. 8. 74 García Regueiro (2003), pp. 28 y 29. 75 Véase Cabarrús Lalanne (1786).

2.4.1.2 Las operaciones conflictivas informadas a la Junta General

Sería la Memoria de la sexta Junta General, de 24 de febrero de 1788, la que recoge el primer quebranto de su actividad bancaria, escribiendo literalmente: «Si quatro años de la prosperidad mas completa no pudieron librar al Banco de los clamores de sus contrarios, y sobresalto de muchos de sus Accionistas, era fácil prever la impresión que produciría la primera desgracia»76. Naturalmente, la desgracia era la quiebra de Montaldi, de la que manifiestan que esa pérdida de 1.700.000 reales había hecho olvidar la utilidad de 89.200.000 reales —equivalente al 38,5 % del capital—, obtenidos por los accionistas en los 45 meses transcurridos desde el 15 de marzo de 1783 hasta el 1 de diciembre de 178677.

Adicionalmente, se informaba de otras dos cuestiones conflictivas y que reque- rían explicación. Una era la compra de acciones propias del Banco, en la que se esgrime el argumento anteriormente explicado de que le conviene más recoger sus títulos a 2.200 reales, para sacar al menos un 5 % sobre su capital primitivo, que emplear este importe en vales reales78 —operación sobre la que dicen que algunos calumniarán—. Esas com- pras se elevan a 15.157 acciones y se justifica su realización como consecuencia del plan de renunciar a las provisiones79. La segunda cuestión es la existencia de pagarés falsos en la Caja de Descuentos de Cádiz por importe de 183.409 reales; cantidad que se debía reducir del reparto de ese año80.

A estas cuestiones se suma el recurrente problema de las provisiones81, en esta ocasión por la discrepancia entre los importes adeudados. Así, el Banco cifra en 85,5 millo- nes de reales la cantidad que le debe la Real Hacienda, de las que reclama 39,1 por atrasos y sus intereses al 4 % —que rentan los vales reales—, pero no el resto por gozar del derecho de extracción de plata. La Tesorería Mayor responde que de esas cuantías solo eran realmente efectivas aproximadamente la mitad, concretamente 42,4 millones, y de ellas 40,5 millones tenían los derechos de plata, quedando únicamente por satisfacer 2 millones que se ordenaban pagar. Por consiguiente, aquel estamento entendía que 43 millones, hasta completar el monto que el Banco reclamaba, o no eran líquidas o no correspondían.

Aparte del resultado numérico de la disputa, aparentemente el Banco había au- mentado el montante de las deudas contra la Tesorería Mayor. En explicación del estable- cimiento, se argumenta que en sus cifras comprendían no solo las que directamente afec- taban a dicho organismo, sino también las indirectas que estaban por ajustar y de las cuales solo tenía noticia el Banco, quedando justificadas todas las cantidades y concep- tos consignados. En cualquier caso, el incidente añadía un punto más en la confrontación entre el Estado y Banco.

2.4.1.3 La renuncia de Cabarrús82 no admitida

En la misma sexta Junta General, Francisco Cabarrús presenta un escrito con su dimisión, fechado el 23 de febrero de 1788. De sus palabras pueden colegirse los problemas de reputación a los que se sometía el establecimiento.

En esa Junta inicia su intervención remontándose a mayo de 1781 cuando, inicial- mente, trabajaba en la formación del Banco y, posteriormente, para su conservación y progresos. Enuncia que en medio de las equivocaciones en que habrá incurrido, entiende que no había omitido esfuerzo y diligencia alguna para su desarrollo, dedicándole su tiem-

76 BNSC, Memoria (1787), p. 69. 77 BNSC, Memoria (1787), pp. 70 y 71.

78 La rentabilidad del 5% corresponde a 100 reales del dividendo propuesto, sobre 2.000 de nominal por acción; aunque si fueran compradas a 2.200, la utilidad resultaría del 4,5 %, frente al 4 % de los vales reales. 79 BNSC, Memoria (1787), pp. 84-86.

80 BNSC, Memoria (1787), p. 89. 81 BNSC, Memoria (1787), pp. 120 y ss.

po, sus desvelos, su tranquilidad, aparte de algunos intereses, al que solo le faltaba añadir ahora el de su separación. La presión externa sobre la reputación del Banco debía ser elevada, pues indica que la decisión se basaba en las circunstancias y en la utilidad del Banco, haciendo alusión a que sus luces no podían compensar el mal que su nombre hacía al establecimiento. Actuando según su conciencia, agradeciendo las distinciones recibidas y destacando el corto número de amigos que dejaba, con todo ello quedaba recompensado del costoso sacrificio de su dimisión, puesto que abandonaba sus obras antes de verlas perfeccionadas y sin recoger toda la gloria que le ofrecía su prosperidad.

No obstante, se brindaba como accionista y ciudadano para que el Banco contase con sus auxilios, siempre que los reclamase, y manifestaba sus deseos de éxito en todas las operaciones. Muy significativo es que expresamente dejara sentado que de nadie se quejaba e inútil era buscar a su separación otras causas que las que exponía. Un párrafo lo destina a sus compañeros, tanto por las atenciones recibidas como por su amistad y esperanza de conservarla, lo que aliviaba el sentimiento de dejarlos.

Finalmente, suplicaba a la Junta que admitiera su renuncia al título y funciones de director nato del Banco, señalando que la Dirección, con aprobación del Rey, debería nombrar a otro de sus miembros para el encargo del canal que le estaba confiado y estaba dispuesto a dar cuantas explicaciones se le pidieran sobre los negocios por él actuados o en su tiempo, y que seguiría asistiendo al Banco, en tanto se pronunciara la Comisión que se nombrase para juzgar las operaciones del Banco.

La Junta General, con repetidas aclamaciones, manifestaría que no admitía su renuncia, pidiéndole que prosiguiese. Cabarrús se negó a cuentas instancias se le hicie- ron; además, ya había dirigido al soberano la súplica de su dimisión por mano de Florida- blanca. En vista de todo ello, se acuerda representar al Rey, en nombre de la Junta, solici- tándole que no la admitiese e hiciera entender a Cabarrús que sería de su real agrado que permaneciera, por ser juzgada por los accionistas como indispensable a su prosperidad y buen crédito.

Esta dimisión, por el contrario, entienden Ortega Costa y García Tejerina83 que se trataba de una maniobra de Cabarrús. Si se aceptaba, cosa improbable, dejaba a sus adversarios al frente para salir de los apuros que se vivían en ese momento. Mas, si no se aceptaba, quedaría robustecida su propia autoridad y con poderes para tratar de imponer su decisión ante Hacienda.