Paralelamente, Alejandro proseguía con tenacidad su propó- sito de crear un ejército mixto macedonio-iraní. Es del regreso de India de cuando datan las medidas esenciales. Lo entende- mos tanto mejor cuanto que la oposición de los soldados mace- donios en el Hifasis le habían demostrado claramente que no podría llevar a cabo sus vastos proyectos con tan solo el apoyo de sus compatriotas.
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La reforma comenzó en la caballería, aproximadamente en la misma fecha en la que se celebraron las nupcias de Susa. Los jinetes iraníes, que luchaban en India en calidad de auxiliares, fueron introducidos en la caballería de los Hetairoi (compañe- ros). Además, una nueva (quinta) hiparquía fue creada, cons- tituida en una gran mayoría por iraníes, armados con lanza macedonia y no con la jabalina «bárbara», y dirigidos por el noble bactriano Histaspes. Entre sus generales figuraban repre- sentantes de la flor y nata de la aristocracia iraní; los mismos que se convirtieron en cuñados de los nobles macedonios, des- pués de las nupcias de Susa. Las dos medidas, la matrimonial y la militar, se conjugaban para realizar la fusión de las dos aristocracias.
La constitución de una falange mixta suscitó mucha opo- sición. Los 30 000 jóvenes iraníes (epigonoi: sucesores), que Alejandro, como ya hemos visto, había ordenado alistar en el año 327, llegaron a Susa. La integración de estos en la nueva falange se produjo en Babilonia, en el año 323, después de que Peceustas aportara al rey un nuevo contingente de 20 000 ira- níes. Esta demora se justifica por la oposición que encontró el rey en las filas de su falange. Durante varios meses, los jóve- nes iraníes constituyeron una falange completamente distinta, formada según el modelo de la macedonia, pero dirigida por persas.
En Opis, en el Tigris (verano del 324), estalló la crisis cuando Alejandro Magno anunció a sus tropas que los hombres inca- paces de servir (porque estuvieran heridos o fueran demasia- do mayores) serían enviados a Macedonia, provistos con una buena suma de desmovilización. Los falangistas interpretaron tal decisión como prueba de que el rey deseaba, a partir de ese momento, prescindir de sus servicios, y contar únicamente con la falange iraní. Efectivamente, si bien los macedonios, como ya hemos visto anteriormente, deseaban regresar a Macedo- nia, querían volver todos juntos y con su rey: el reenvío de los veteranos y de los soldados fue, por consiguiente, considerado
como la prueba de que Alejandro «establecería para siempre el centro del reinado en Asia», es decir, como prueba también de que el rey los había engañado ordenando el viaje de vuelta en el año 326. Este hizo ejecutar a los jefes e intentó ganarse a los falangistas, enumerándoles todos los favores que debían a Filipo II y a él mismo. Pero fue en vano.
Durante los próximos días, Alejandro Magno no intentaría ningún acercamiento con sus soldados, sino todo lo contrario; se retiró a su tienda, negó la entrada a los macedonios y otorgó sus favores a los iraníes18. Incluso convocó una asamblea de
los soldados orientales a la que no tenían derecho de asistir los macedonios; asimismo, tomó la cabeza del ejército iraní, que acampaba fuera de la ciudad, como si quisiera oponerse militar- mente al ejército macedonio; concedió a los falangistas iraníes el título de pezhetairoi (compañeros infantes), lo que equivalía a colocarlos en una igualdad de condiciones con respecto a los soldados macedonios; los iraníes fueron incluidos en la agema, la guardia real, etc. El objetivo de Alejandro Magno era hacer creer a sus compatriotas que podía prescindir de ellos. Este chantaje psicológico tuvo los efectos esperados. Así pues, al cabo de varios días, los soldados macedonios se presentaron sin armas ante el rey para rogarle humildemente que les per- mitiera, al igual que a los persas, darle el beso ritual. Alejandro Magno aceptó y, para manifestar que los había perdonado, los llamó «parientes». Extraordinaria habilidad la de Alejandro, que consiguió que los macedonios aceptaran lo que rechaza- ban con mucha obstinación unos días antes. A partir de ese momento, en efecto, el rey podía permitírselo todo. La partida de los veteranos se efectuó con calma; el rey les prometió ocu- parse de los hijos que dejaban en Asia, así como de convertirlos
18 Sobre la táctica que adoptó Alejandro Magno ante los motines, véase las reflexiones
de E. Carney, «Macedonian and Mutiny: Discipline and Indiscipline in the Army of Philippe and Alexander» Classical Philology, 91, 1996, págs. 19-44; «Artifice and Alex- ander history», en A. B. Bosworth y E. Baynham (ed.), Alexander the Great in Fact and Fiction, Oxford, 2000, págs. 263-285, en parte págs. 278-285.
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en soldados armados y entrenados a la manera macedonia. Al mismo tiempo, ordenó a Antípater enviarle nuevos refuerzos venidos de Macedonia. La formación de la nueva falange tuvo lugar en Babilonia, en el año 323: cada una de las divisiones de la falange macedonia, las décadas, comprendía cuatro soldados macedonios, armados según costumbres, y doce persas, equi- pados con arcos o con jabalinas; pero el mando seguía siendo de los macedonios. De esta manera, en dos años (324-323), Ale- jandro Magno había conseguido poner en pie un ejército nuevo en el que se encontraban íntimamente mezclados macedonios e iraníes. A corto plazo, esto le permitía pensar con optimismo en el resultado de sus nuevos proyectos de conquista, puesto que él sabía que Macedonia se encontraba agotada por los con- tinuos alistamientos; a largo plazo, la agrupación de las tierras en el seno de un imperio unificado y la colaboración, tanto de iraníes como de macedonios en un ejército mixto, debían ser los mejores avales de la continuación de su obra.