Habitualmente nos consideramos libres. Vivimos nuestras vidas en un horizonte abierto de posibilidades. Deliberamos acerca de cuáles perseguir y, una vez que hemos deliberado, tomamos una decisión. Este año pasé las vacaciones en las montañas, pero podría haber ido a la costa. Fue una decisión mía. No podría haber ido a la Luna, porque no era factible.
Parece que somos conscientes de nuestra libertad. La conciencia de la propia libertad parece estar estrechamente asociada a cualquier clase de conciencia. Cuando en el capítulo anterior reflexionábamos acerca de los zombis, es probable que nos imagináramos algo así como unos torpes y estúpidos robots, movidos por algún programa prefijado de comportamiento. Pero nosotros no somos así, ¿verdad que no?
A veces nos sentimos orgullosos de nuestra libertad: no somos esclavos del instinto y del deseo. Podemos enfrentarnos a nuestras obsesiones o adicciones y tratar de dominarlas. Cuando lo conseguimos, merecemos la admiración de los demás. Si fracasamos, merecemos un castigo, y a veces lo recibimos. La libertad trae consigo la responsabilidad, y aquellos que abusan de ella merecen ser condenados y castigados. Pero nadie merece ser castigado por no hacer algo que no podía hacer. Seria del todo injusto castigarme por no haber ido a la Luna, o castigar a un hombre encarcelado por no haber acudido a una cita fuera de la cárcel, por ejemplo. En estos casos los obstáculos están fuera del control del agente, lo cual significa que está libre de culpa.
Así, tanto nuestros juicios morales como nuestra forma habitual de pensar parecen presuponer que en ciertas ocasiones depende de nosotros que cometamos o no una mala acción.
¿Pero acaso no es posible que nos engañemos acerca de nuestra libertad? ¿Realmente podríamos haber actuado alguna vez de forma distinta a como lo hicimos?
Tanto Lucrecio como el joven que aparece al comienzo del capítulo parecen defender el siguiente argumento:
El pasado controla el presente y el futuro. No podemos controlar el pasado.
Tampoco podemos controlar la forma en que el pasado controla el presente y el futuro.
En realidad no controlamos nada en absoluto: ni el pasado, ni el presente ni el futuro.
La primera premisa de este argumento es una versión simplificada de la doctrina que se conoce como «determinismo», que podemos resumir diciendo que todo hecho es el resultado de una serie de causas precedentes. El estado del mundo en cada momento es el resultado de su estado inmediatamente anterior y evoluciona a partir de este estado precedente siguiendo una serie de leyes inmutables de la naturaleza. La segunda premisa parece ser verdadera. La tercera nos recuerda que no tenemos ningún control sobre las leyes de la naturaleza, sobre la forma en que los hechos dependen unos de otros. Y ciertamente parece que la conclusión se sigue de las premisas.
Las personas que aceptan este argumento reciben el nombre de «deterministas» radicales o «incompatibilistas», ya que creen que la libertad y el determinismo son incompatibles.
Si queremos restaurar la libertad humana, acaso debamos rechazar primero el determinismo. Tenemos razones para ser optimistas, ya que la ciencia de la naturaleza más destacada del momento, la física cuántica, postula la existencia de hechos incausados, al menos según la interpretación más extendida. En el mundo de los cuantos, existen hechos microfísicos que «pasan porque sí». De acuerdo con esta interpretación, puede darse el caso de que un sistema se encuentre exactamente en el mismo estado que otro —no hay «variables ocultas»— y, sin
embargo, que en uno de los sistemas se produzca un determinado suceso cuántico y en el otro no. Esta clase de sucesos no tienen ninguna causa: simplemente ocurren, o no ocurren. La física cuántica les asigna una probabilidad, pero no puede determinar, a partir de las condiciones existentes en un determinado momento, si tal suceso se producirá o no en un futuro inmediato.
Sin embargo, esto no es exactamente lo que buscábamos, ya que introduce un elemento de azar en las cosas, pero no un elemento de control o de responsabilidad. Veremos mejor a qué me estoy refiriendo si pensamos en el sistema neurofisiológico formado por nuestro cerebro y nuestro cuerpo. Todo sucede de acuerdo con una causa. Si a un nivel microfísico se producen a veces cambios al azar, difícilmente se nos puede considerar responsables de los cambios que se hayan producido a consecuencia de ellos. No podemos controlar los saltos de los electrones. Siendo algo genuinamente indeterminado, no hay nada que pueda controlarlos. Mala suerte si uno salta en la mala dirección: sería como si nuestras buenas intenciones se hubieran frustrado por culpa de un accidente externo ajeno a nuestro control. Introducir el accidente en nuestro cerebro no nos convierte en responsables.
El indeterminismo físico convierte la responsabilidad y la ética de la culpa en algo todavía más escurridizo. Es lo que se conoce como «el dilema del determinismo». Si el determinismo se sostiene, perdemos nuestra libertad y nuestra responsabilidad. Si no se sostiene, ya que algunos
sucesos «pasan porque sí», perdemos igualmente nuestra libertad y nuestra responsabilidad. El azar es tan ciego como la necesidad.