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dos textos de Isaías 53 pone de manifiesto la profunda identificación de Jesús de Nazaret con el sufrimiento humano, expresado entre otras manifestaciones en el padecimiento de las enfermedades. Por otra parte, en 1ª de Pedro 2:24, leemos: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados“. Sin entrar en más disquisiciones te- ológicas, este texto despeja toda duda sobre el significado del acto soteriológico de Cristo en la Cruz del Calvario. Su muerte vicaria tiene el sentido profundo de la restauración espiri- tual y moral de la humanidad.

Los autores que mencionábamos al comienzo de este artículo y en relación con el aspecto me- tafísico de la enfermedad, manifiestan: “Todo lo visible, todo lo concreto y funcional, es úni- camente expresión de una idea, y por lo tanto intermediario hacia lo invisible. El cuerpo nunca está enfermo ni sano, ya que en él sólo se manifiestan las informaciones de la mente. Cuando las distintas funciones corporales se conjugan de un modo determinado, se produce un modelo que nos parece armonioso y por ello lo llamamos salud. Si una de las funciones se perturba, la armonía del conjunto se rompe y entonces hablamos de enfermedad… pero desde otro punto de vista la enfermedad es la instauración de un equilibrio: las neuropsicosis de defensa, las neurosis de renta, etc.”. “Todo el mundo material no es sino el escena- rio en el que se plasma el lenguaje de los arque- tipos”. Esta visión de la realidad podríamos ilustrarla nosotros recordando la revelación que se nos confía en Hebreos 11:1-3: “Lo que se ve fue hecho de lo que no se veía”. El cuerpo ma- terial es el escenario en el que se manifiestan las imágenes de la conciencia. Por lo tanto es un error manifestar que el cuerpo está en- fermo, enfermo sólo puede estarlo el ser hu- mano, por más que el estado de enfermedad se manifieste en el cuerpo como síntoma. Desde este punto de vista y según los autores mencio- nados, no se admiten las enfermedades, no sólo lógicamente, como somáticas, psicosomáticas, psíquicas y espirituales. Aquello que en nuestro cuerpo se manifiesta como síntoma es la expre- sión visible de un proceso invisible y, con su señal, pretende interrumpir nuestro proceder habitual; avisarnos de una anomalía y obligar- nos a hacer una indagación. En este sentido, la

enfermedad no tiene más que un fin: ayudar- nos a subsanar nuestras faltas y hacernos sanos. El ser humano es un enfermo, no se pone en- fermo. La enfermedad es la señal de que el ser humano tiene pecado, culpa o defecto; la en- fermedad, en el hombre, es la réplica del pe- cado original a escala microscópica. El ser humano, al participar de la polaridad, parti- cipa también de la culpa, la enfermedad y la mente. El ser humano es un enfermo porque le falta la unidad. La enfermedad es un estado de imperfección, de achaques, de vulnerabili- dad, de mortalidad. La enfermedad contra- rresta cada paso que el ser humano da desde el ego (el ego siempre ansía poder y se hincha más y más) con un paso hacia la humillación y la indefensión. La enfermedad está ligada a la salud, como la muerte a la vida.

El ser humano tiene que abandonar la lucha y aprender a oír y ver lo que la enfermedad viene a decirle. Este sentido de la enfermedad trae a nuestra memoria el recuerdo de aquella afir- mación lapidaria de Jesús de Nazaret: “Esta en- fermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorifi- cado por ella” (Juan 11:4).

El gran psicopatólogo, filósofo y amante de la teología Karl Jaspers decía respecto de la en- fermedad: “En la enfermedad se expresa la no terminaciono la fragilidaddel hombre. Esta fragi- lidad exige complemento de otro origen, que frente a todos los orígenes abarcativos del ser humano, sería el cimentador y perfecciona- dor… esto es posible sólo por una fe que no tiene el hombre, que no ve, pero que confía en relación con la tradición de la fe de los seres por él queridos y admirados.

No se nos muestra la esencia del hombre en el esbozo objetivo de su ser, sino en esta su posi- bilidad inabarcable, en sus luchas ineludibles, en sus insolubilidades”.

Dijo Nietzche: El hombre es un animal no con- solidado. El inacabamiento del hombre está preñado de futuro. Está la manera del hombre determinada por lo que sabe y por lo que cree. Pero el hombre no es sólo finito, sino que sabe de su finitud. Como esencia finita no se basta a sí mismo, confía a otro la trascendencia. Como dijo el autor de Eclesiastés: “Teme a Dios, y guarda sus mandamientos, porque esto es el ideal pleno del hombre” (Eclesiastés 12:13).R

E

l filósofo escocés David Hume (1711- 1776), considerado como el más impor- tante de los empiristas británicos y, en ciertos aspectos de su pensamiento, como precur- sor de Kant, criticó la idea generalmente aceptada en su época de que el diseño que muestra la natu- raleza evidenciaba la existencia de un Dios crea- dor. Según él, todo diseño que se desprenda de la biología, o de los seres materiales que se puedan observar en el universo, estará siempre basado en un argumento realizado a partir de la analogía o en una generalización inductiva fundamentada en una muestra de tamaño cero. Por lo tanto, no será nunca un argumento válido para demostrar la exis- tencia de un Creador que lo hubiera diseñado todo inteligentemente. Veamos en qué consisten estas dos ideas fundamentales de su objeción. ¿Qué es un argumento basado en la analogía? Se trata de comparar o relacionar dos cosas diferentes, seña- lando algunas semejanzas entre ellas, para con- cluir que cierta característica de una deberá estar presente también en la otra. Si dos o más realida- des son parecidas en uno o más aspectos, entonces lo más probable es que también existan entre ellas otras similitudes. Se podría así, en teoría, deducir un término desconocido a partir del análisis de la relación que existe entre dos términos bien cono- cidos. Veamos un ejemplo sencillo de este tipo de razonamiento por analogía. -Al diseccionar un ratón en el laboratorio se puede observar que posee sangre y que ésta circula. -Los ratones son similares a las personas ya que ambos son mamí- feros. -Por lo tanto, las personas también poseen sangre circulante. Esta analogía es correcta por- que, como todo el mundo sabe, conduce a una conclusión verdadera. Sin embargo, las analogías no siempre concluyen en afirmaciones correctas sino que pueden llevarnos también al error. Ob- servemos esto otro argumento. -Las personas tie- nen sangre y ésta circula. -Las personas son similares a los vegetales puesto que ambos están vivos. -Luego, los vegetales tienen sangre circu- lante. La conclusión, en este caso, sería falsa puesto que las plantas carecen de sangre y de co-

razón que la mueva. La savia vegetal no es sangre ni es movida por ningún motor muscular. Esto sig- nifica que los argumentos hechos a partir de ana- logías, aunque a primera vista pueden parecer atractivos, no siempre terminan en deducciones válidas. Esto es precisamente lo que afirmaba Hume a propósito de los razonamientos en favor del diseño que muestra el mundo natural. Decir, como hacían los teólogos naturales, que de la misma manera que los relojes son diseñados inte- ligentemente, y que son máquinas similares a los seres vivos, así también los seres vivos deben haber sido diseñados de forma inteligente, es una analogía inaceptable. Conocemos a muchos dise- ñadores humanos que elaboran relojes pero no sa- bemos nada, desde el punto de vista experimental, de algún diseñador inteligente no humano. La muestra con la que podemos comparar es igual a cero. Y, por tanto, sin información adicional no habría manera de sacar ninguna conclusión defi- nitiva. El filósofo Hume tenía razón y su crítica consiguió desprestigiar los razonamientos a favor del diseño de la teología natural de su época. No obstante, dos siglos después y a la luz de los co- nocimientos actuales estamos en condiciones de preguntarnos: el argumento del diseño, ¿es sola- mente una analogía o hay algo más en él? ¿Resulta posible demostrar que los seres vivos o las leyes del universo no sean el producto de un diseño in- teligente? Aunque la analogía entre los diseños re- alizados por el hombre y el del universo vaya más allá de la experiencia de nuestros sentidos, ¿por qué la inteligencia común nos sugiere con tanta fuerza que el cosmos se asemeja a una máquina o a algo realizado por un ser inteligente? ¿Creemos ver inteligencia en el cosmos sólo porque nosotros somos seres inteligentes o porque realmente está ahí? El argumento del diseño puede concebirse también desde un punto de vista que Hume no tuvo en cuenta. Es decir, como una inferencia a la mejor explicación. Las críticas del pensador esco- cés son poderosas si el argumento es sólo una ana- logía pero si no lo es pierden todo su efecto. El famoso argumento del reloj elaborado por el teó-

Ciencia y Religión

*Dr. en Biología, Dr. en Teología, Profesor y Escritor. Entre sus principales obras: “La ciencia, ¿encuentra a Dios?”; “Sociología: una desmitificación”; “Bioética cristiana: una propuesta para el tercer milenio”; “Parábolas de Jesús en el mundo postmoderno”; “El cristiano en la aldea global”; “Darwin no mató a Dios”, “Postmodernidad”

Antonio Cruz Suárez*

Los argumentos de antaño contra el diseño de los seres vivos no pueden ser empleados hoy con propiedad contra la teoría científica del diseño inteligente.