Chapter 2 Literature Study
4. Measurement instruments and data collection
En el ámbito de los retiros, de los ejercicios espirituales y hasta de los ratos que diariamente dedicamos a la oración, muchas veces se nos propone la contemplación de textos bíblicos, en especial de los evangelios. Un tiempo dedicado a la contemplación necesita el reposo de la mente, la quietud del espíritu y la recta intención. Quizás más que en otras formas de orar, en la contemplación que ahora mencionamos son importantes la postura del cuerpo –ni demasiado tensa ni demasiado relajada–, el permanecer atentos al ritmo de la respiración (cómo entra el aire cargado de oxígeno vital, cómo penetra en los pulmones y se reparte,y cómo, por la potencia del corazón, sale de nuevo habiendo purificado nuestro organismo y lanzando fuera el anhídrido carbónico). Situados ya en unas condiciones mentales, físicas y espirituales favorables, entramos en la contemplación leyendo lentamente el texto de la Palabra. Una vez leído, convocamos nuestra capacidad imaginativa y nos hacemos presentes en el relato, primero de una manera más general y ambiental, hasta centrarnos en las personas, contemplando su figura, lo que hacen, lo que escuchan, lo que miran, etc., y desde la contemplación exterior entramos en la contemplación interior, es decir, lo que sienten, los movimientos afectivos, las sensaciones, las vivencias, etc. Evidentemente, lo que imaginamos no es una copia fotográfica de la realidad que nos explica el texto. Sería una pretensión imposible, absurda y fuera de lugar. Pero sabemos que mediante la imaginación se ha traspasado la copia realista y se ha entrado en el fondo del relato, de las palabras, de los hechos y de las personas.
La historia del arte está llena de imágenes, pinturas, músicas, cantos, capiteles y templos que han entrado a fondo en el misterio religioso más allá de formas y figuras determinadas, según la cultura de los diversos tiempos de los artistas. De forma parecida, nuestra imaginación creativa, entrando por la contemplación externa, como nosotros la hacemos, nos lleva a penetrar en la interna, donde está la profundidad de las personas.
Ni que decir tiene que en la contemplación del Evangelio Jesucristo ha de ocupar un espacio y un tiempo primordiales. Cuando de la figura externa vamos entrando en sus sentimientos, en sus motivaciones y en sus relaciones, de forma especial con el Padre, es cuando nos acercamos a la profundidad de su Persona. Jesús, imagen visible del Dios invisible, se va mostrando cercano, presente y unido a nosotros. Él revela a Dios. La contemplación evangélica de Jesús, en especial del Jesús interior, puede ayudar mucho a nuestra fe, a potenciar nuestra misericordia, a renovar nuestra vida afectiva; en una palabra, la identificación con Cristo. Cuando recordamos que Él vive y que está en nosotros, fácilmente podemos ser atraídos a la adoración, la súplica, las palabras repetidas desde el corazón, el amor, el compromiso o el silencio que vive gozosamente su presencia. Es posible que nos lleguen por el oído espiritual sus palabras dirigidas a nosotros, o que por los ojos del corazón nos llegue su mirada. Son comunicaciones de
amistad. Él, Jesucristo, y en Él el Padre, por el Espíritu Santo, es un Dios-Amor que, como hemos dicho en uno de los anteriores capítulos, desea nuestra intimidad y quiere hacernos íntimos a la suya. Se trata de un deseo divino que se revela en Jesús, que nace de la libertad de Dios y que puede llegar a la mayor vibración afectiva y a la capacidad máxima de darlo todo por un tesoro tan inefable. La contemplación nos sitúa fácilmente en este ámbito del amor, al que estamos llamados.
Es aconsejable que, cuando acabemos una contemplación, demos gracias a Dios, miremos cómo nuestra vida debe responder de forma adecuada a lo que hemos vivido y lo tengamos como referencia espiritual. Otras veces, por muchas razones, no sentiremos lo que acabamos de explicar. Que quede siempre el deseo de conocer más, amar más y seguir mejor a Jesucristo, a su persona, al Dios que nos revela la humanidad nueva en su Reino y el compromiso de acción y discernimiento que todo ello conlleva.
Teniendo también presentes a las personas no creyentes o de otras religiones, se puede adaptar lo que acabamos de decir, poniendo entre paréntesis lo que hace referencia a Dios, si se trata de ateos, o la peculiar creencia en su Dios en el caso de otras religiones. Siempre en lo realmente posible y sin esfuerzos inútiles que cansan y dificultan la contemplación. Su coherencia con lo que creen les ayudará a sacar un fruto positivo. Para los agnósticos que buscan, en medio de no pocas dudas, la contemplación de Jesucristo como Maestro y Guía, posiblemente no solo les puede ayudar, sino que tal vez desde lo más profundo de su espíritu vaya creciendo la pequeña semilla de la fe. Jesús siempre preguntaba, y pregunta, a todos los que iban con Él sobre su fe, por pequeña que fuera. La contemplación puede también tener otras formas, al margen de las tres mencionadas, como son: saborear y contemplar las palabras cargadas de sentido, la contemplación de la naturaleza en la contemplación evangélica.
Tal como hemos dicho al principio de nuestra explicación sobre el tema, puede ayudar el hacer una especie de breve síntesis de conjunto. Si la meditación parte más de amar a Dios «con toda nuestra mente», la contemplación parte más de «amar a Dios con todo el corazón y toda el alma». La contemplación se mueve en un nivel más hondo de relación afectiva, que busca un conocimiento profundo que, sin negar la dimensión racional, intenta la aproximación del corazón. La contemplación va de la figuración creativa e imaginativa hacia el fondo real de las personas, el mundo y los relatos. La meditación cristiana aporta una tarea mental importante, abierta y ayudada por el Espíritu. La contemplación cristiana es más un don del Espíritu que se revela en las personas, en sus sentimientos y opciones y en la belleza espiritual y material. En cierto sentido, y de entrada, la meditación es más activa, y la contemplación es más pasiva. Ambas piden silencio y suficiente quietud, aunque en la contemplación la quietud inicial es más esencial que en la meditación. En el camino interior, normalmente se comienza meditando para, paso a paso, desembocar en la contemplación. No es una norma
general, ya que depende de procesos, de temperamentos y de determinadas escuelas de espiritualidad.