Algunos pensadores han esbozado recientemente en Occidente una apología del politeísmo y una crítica del monoteísmo fundamentada en una base moral. Contando con la ayuda de la moda de la «novedad», esta tesis ha encontrado, en algunos medios llamados «intelectuales», tanto en Francia como en otros países occidentales, un éxito notable. En algunos aspectos, dicha tesis puede conectarse a la tendencia constante, manifestada desde hace más de medio siglo, a la autocrítica sistemática de Occidente por parte de sus propios pensadores, prestos a hacer, contra toda razón, al Occidente calificado de «judeo-cristiano» el responsable de todas las desgracias del mundo. Conviene, por tanto, prestar un momento de atención a ello.
Según esta tesis, el politeísmo, gracias a su apertura, sería más «tolerante» por naturaleza, menos inclinado a la violencia que el monoteísmo que afirma como un absoluto y como la única «verdad» la existencia de un único Dios. Al rechazar esos dioses, los fieles del monoteísmo estarían inclinados de manera innata a la intolerancia, a la demonización de los «infieles», a la legitimación de la violencia hacia ellos, por consiguiente, a la guerra santa. En cierto modo, ésta sería inherente al monoteísmo, pero impensable en el marco del politeísmo que, por eso mismo, sería más respetuoso hacia los valores actualmente considerados universales, los «derechos del hombre».
La tesis puede parecer seductora para el historiador, pues se basa en el análisis «filosófico» de los hechos históricos que parecen probados. Sin embargo, no resiste totalmente el examen, y ello por varias razones.
La primera tiene que ver con la definición misma de la tolerancia en materia de religión. Se tiende a veces a confundir «tolerancia» con «indiferencia», «aceptación», «integración» o «ecumenismo». Ahora bien, sólo un ser totalmente indiferente al hecho religioso
puede estimar, en efecto, que todos los dioses (o todas las religiones) «vienen a ser lo mismo», sin manifestar la menor preferencia por una u otra de sus manifestaciones. No ocurre lo mismo con el ateo que, en cambio, las rechaza todas, o con el agnóstico, que no adopta ninguna, pero deja abierta la cuestión, así como la posibilidad de descubrir o adoptar una, si ella le satisface intelectualmente un día. Todas estas actitudes puramente in- telectuales son recientes, escasas, y apenas se han manifestado en la historia humana. Eran del todo inexistentes en la época considerada en este libro.
La integración, la asimilación o adopción, en cambio, es antigua. Ésa era precisamente la actitud más difundida en el politeísmo antiguo. Al aceptar la existencia de una divinidad detrás de cada manifestación de la naturaleza, los «paganos» no veían, en efecto, ninguna dificultad para adoptar nuevos dioses en número indefinido, temiendo, por el contrario, indisponerse con aquellos que, por descuido, hubieran podido ser olvidados. Esta concepción condujo a la vez al formalismo y a una tal inflación del panteón que su complejidad pronto entrañó una desafección y la ausencia de cualquier relación personal basada en el amor. Esa actitud «inflacionista» fue señalada y explotada por el discurso de San Pablo en el areópago de Atenas: con humor, «alaba» a los atenienses por ser piadosos y religiosos hasta el punto de haber erigido un altar «al dios desconocido». Luego, jugando con las palabras, afirma que el dios cristiano que predica es precisamente ése. Es el Dios creador y único, que ama a los hombres que ha creado hasta el extremo de salvarlos de la muerte y procurarles la vida eterna.
Esa afirmación de un Dios único que prometía la vida eterna chocó a los paganos y suscitó su hostilidad. Con alguna reticencia, habían podido hasta entonces «integrar» o «adoptar» la mayor parte de las religiones, incluida la religión judía que, sin embargo, predicaba también un Dios único y creador. Habían podido hacerla en la medida que dicha religión les parecía que estaba circunscrita a un pueblo particular: Yahvé era para ellos el dios de los judíos, como Mercurio era el dios de los ladrones, de los viajeros y de los mercaderes. El panteón greco-romano se había enriquecido hasta entonces con numerosos dioses locales adorados por las poblaciones de las regiones incorporadas al Imperio, y adoptados como tales. Desde entonces el pueblo judío conservó su particularismo étnico, su religión particular no presentaba ningún riesgo para el paganismo romano.
El cristianismo fue percibido al principio de la misma manera, pero la dispersión del pueblo judío, de una parte, la vocación al universalismo del cristianismo, de la otra, en consecuencia, su aspecto misionero, no tardaron en revelar el carácter inconciliable del paganismo y del monoteísmo judeocristiano. La afirmación de un Dios único creador de todo el universo y que llama a todos los hombres a la salvación mediante la fe equivalía a la negación del poder o incluso de la existencia de otros dioses. Los paganos identificaron, pues, el cristianismo con el ateísmo, y sus adeptos
fueron perseguidos como irreligiosos, ateos, negadores de los dioses protectores del Imperio romano y, por ello mismo, enemigos interiores de dicho Imperio, culpables del crimen capital de inci- vilidad.
La nueva religión fue percibida así como inasimilable por el paganismo romano, del mismo modo que éste resultaba inasimilable por el cristianismo. Sólo podría serio mediante un fenómeno de asimilación de los dioses paganos a poderes celestiales subordinados a Dios, ángeles o santos. Pero el culto de los ángeles y, sobre todo, el de los santos no nacería en el seno del cristianismo sino mucho más tarde. En aquella fecha, el fenómeno integrador no podía tener lugar.
El Imperio romano pagano no manifestó ninguna tolerancia real hacia el cristianismo: puesto que resultaba inasimilable a la religión de Roma, la nueva fe no obtuvo el estatuto de religión lícita; por consiguiente, podía prohibirse en todo momento y sus adeptos perseguidos y entregados a la muerte. Es, pues, de todo punto falso sostener que el paganismo se mostró por naturaleza y en la historia más tolerante que el monoteísmo. Ello significa confundir tolerancia y capacidad de asimilación o de absorción.
Por lo demás, los diversos monoteísmos han practicado la misma actitud. De ese modo el cristianismo pudo, relativamente, «tolerar» o «incorporar» a su propia concepción de la fe la existencia del judaísmo. En efecto, procedente de aquél, podía considerarlo como perteneciente a la misma verdadera religión a la cual sólo venía aportar, mediante el Evangelio y el mensaje de Cristo, el complemento de una anterior Revelación bíblica, que no repudiaba. El mensaje de Cristo era tenido como el cumplimiento del mensaje bíblico. Un perfeccionamiento. Pero, a la inversa, el judaísmo no podía ni asimilar ni aceptar el mensaje bíblico sin adoptar al mismo tiempo el cristianismo y fusionarse con él.
Por la misma razón, el islam pudo admitir en su seno los cultos judíos y cristianos en la medida que esas dos religiones se consideraban procedentes de una única y misma religión revelada antaño a Abraham, a los profetas, luego a Jesús, revelación a la cual Mahoma, a través del Corán que le fue transmitido, vino a poner el sello de la perfección, enderezando así las «corrupciones» que le habían hecho sufrir sus predecesores. En cambio, el islam, menos aún que el cristianismo, no aceptaba en nada el paganismo, totalmente inasimilable al mensaje central del islam, a saber, la afirmación de Alá como Dios único, sin ningún «asociado».
A la inversa, los cristianos no podían admitir esa condición de profeta de Mahoma, y la primacía del Corán como revelación, sin convertirse por eso mismo en musulmanes. La asimilación- integración era posible en un sentido, imposible en el otro: habría significado una desaparición, una disolución pura y simple. Cristianos y musulmanes podían, pues, como hemos visto, sin negarse a sí mismos, «tolerar» el judaísmo, del mismo modo que los musulmanes podían «tolerar» a judíos y cristianos, sin que ello, sin embargo, fuera posible a la inversa.
Pero, como puede apreciarse, no hay motivo alguno para hablar de «tolerancia» a este respecto. En efecto, la tolerancia no significa ni indiferencia, ni confusionismo, ni asimilación ni absorción. Es el reconocimiento intelectual del «derecho» de un ser humano a profesar una opinión religiosa no compartida, y que incluso puede ser rechazada por múltiples y a veces oscuras razones (ignorancia, tradiciones, incomprensión, etc.). Significa reconocerle no sólo el derecho a existir, sino también el derecho a profesar su fe, a practicarla libremente, a publicarla y a hacerla compartir con otro. Esta actitud, pues, implica la libertad de conciencia, el derecho al proselitismo, el derecho de todos a cambiar de religión sin coacción. De ningún modo implica la adhesión, por mínima que sea, a las doctrinas y a las prácticas de esa religión que puede ser criticada y refutada, pero sólo mediante los argumentos de la razón, sin utilizar la intimidación, la presión, la coacción o la fuerza, y menos aún a través de la persecución o la guerra. Significa, en el fondo, el reconocimiento de la dignidad de la persona humana y su derecho a errar, que acepta el riesgo de intentar iluminar, de forma pacífica y sin coacción, su juicio para hacer que perciba ese error y conducirlo a la luz de una mejor verdad.
La tolerancia así definida casi nunca ha sido practicada en la historia, no más, en todo caso, por el politeísmo que por las diversas formas de monoteísmo que se han sucedido en la tierra. No ocurre lo mismo en la actualidad, aunque sólo sea, precisamente, en los países que han llevado a cabo la «revolución cultural» del laicismo. Ahora bien, debemos reconocer que este fenómeno sólo ha tenido lugar en Occidente, de tradición judeo-cristiana, lo que contradice firmemente la tesis según la cual el monoteísmo sería intolerante por naturaleza.
El problema de la guerra, y en particular el de la guerra santa, se acerca al de la tolerancia, aunque sin confundirse con él. En este punto también, no se mostró menos violento que el monoteísmo. San Agustín se apoyó incluso con fuerza en este argumento histórico para establecer la superioridad del cristianismo sobre el paganismo romano: ningún pueblo, escribe en su La Ciudad de Dios, ha sido más guerrero, más conquistador, más belicoso que el del Imperio romano pagano, a imitación de los dioses que asimism6 se combatieron y despedazaron entre sí. Por otra parte, al hacer protectores del Imperio a muchos dioses, y más aún al divinizar Roma y al establecer el culto imperial, los romanos asimilaron religión y civismo, convirtiendo al mismo tiempo toda guerra librada por el Imperio en un acto sagrado. De este modo, el Imperio romano pagano fue, pues, intolerante hacia toda religión que no pudiera ser asimilada por su propia religión, guerrero y perseguidor. El cristianismo y el islam, es cierto, le pisaron los talones en ese terreno.
El monoteísmo, sin embargo, no implica necesariamente intolerancia, violencia y recurso a la guerra. Lo demuestra el ejemplo de los primeros cristianos, aunque puede plantearse legítimamente la cuestión de saber si su actitud habría sido la misma si hubieran alcanzado el poder. La cuestión, por lo demás, quedó pronto
resuelta: su rechazo de la violencia y de la guerra sólo era, en efecto, más que una de las formas de su esperanza que, renunciando al poder terrenal, se dirigía hacia el reino de Dios del que esperaba una manifestación inminente. Su creencia en un solo Dios creador los llevaba, ciertamente, a rechazar las otras divinidades, pero también les hacía considerar a cada hombre, ya fuese pagano o enemigo, como una criatura de Dios, su «prójimo», un ser humano respetable en tanto que creado, como ellos, a imagen del Dios único. Sentían la obligación de convertirlo mediante el ejemplo, la predicación, la lógica, la argumentación, pero en nin- gún caso por la fuerza o por cualquier otro medio de presión. Era este respeto a la vida humana, al ser humano como tal, lo que les impulsaba de manera natural a rechazar el uso de las armas. Es decir, que, en esa perspectiva de no-violencia como era la del cristianismo originario, la guerra era rechazada, y la guerra santa impensable, literalmente no asimilable por el cristianismo tal como fue predicado por Jesús y practicado por los cristianos de los primeros siglos.
El principal objetivo de este libro ha sido mostrar el proceso histórico mediante el cual la Iglesia de Occidente se fue alejando poco a poco de esa actitud resueltamente no violenta para terminar aceptando primero la idea de la guerra, para sacralizarla después hasta el punto de elaborar en su seno el concepto de guerra santa, aproximándose así al yihad musulmán, que, por su parte, la había aceptado desde su origen. La alianza de la Iglesia y el poder, la fusión de lo político y lo religioso, fueron los factores principales del mismo. Efectivamente, dicha alianza, como hemos visto, se dio tanto en el cristianismo como en el islam. Desde su origen era constitutiva del islam, al ser Mahoma a la vez profeta, jefe de Estado y jefe guerrero. No lo era en el cristianismo, y sólo se realizó plenamente al término de una revolución doctrinal casi milenaria.