grandísimo éxito en los cristianos de Occidente, sobre todo entre los laicos. ¿Por qué un éxito semejante? Las razones son múltiples, así como los motivos de los caballeros que participaron en aquella aventura.
Hubo, claro está, una parte de motivos materiales. Hace una treintena de años se los exageraba de buen grado, bajo la influencia tal vez del marxismo, que privilegia las causas económicas de los fenómenos. Fue real, aunque probablemente mínima: el viaje- costaba muy caro, el armamento también, y muchas familias de cruzados debieron vender o hipotecar sus bienes para proporcionar los subsidios necesarios a uno solo de sus miembros. Los riesgos de morir en el camino eran considerables, y los que sobrevivieron regresaron por lo general más pobres que cuando partieron, salvo en reliquias, costosamente adquiridas en Oriente. Algunos, sin embargo, muy escasos, hicieron fortuna allá, en tierras si permanecieron en Ultramar, o en botín (amonedado) si regresaron a sus casas. Por ilusorias o utópicas que fueran no han de descartarse con demasiada rapidez de los motivos, al menos secundarios, de algunos cruzados. El éxito actual de los juegos y loterías demuestra de manera suficiente que no es necesario tener lógicamente muchas oportunidades de ganar para esperar los favores de la fortuna.
Para la mayor parte, sin embargo, los motivos religiosos fueron de largo los determinantes. Ahora bien, las esperanzas espirituales, capitales, se reunieron en la cruzada, que acumuló las ventajas de una peregrinación y de una guerra santa: perdón de los pecados confesados, equivalencia de penitencia plenaria, promesa de protección y de remuneración divinas, asimilación a los mártires de los guerreros que morían en el camino o bajo los golpes de los musulmanes demonizados y asimilados a los paganos de la Antigüedad, etc. (véanse textos núm. 22, págs. 317-320). En Oriente, los cruzados no sólo combatieron por una iglesia, por un santo patrono de monasterio, por el papa o por San Pedro, sino por el mismo Cristo, para liberar su herencia y su tumba. Esperaban de él bendiciones en esta tierra y recompensas espirituales en el reino de Dios.
Algunos de ellos (y no sólo entre los adeptos de Emicho), sobre la base de interpretaciones discutibles de las profecías, esperaron probablemente que el mismo Cristo regresara a Jerusalén para poner fin a la dominación del Anticristo, cuya revelación creían inminente. Participarían así, detrás de Cristo y con él, en el último combate de la historia, encontrando enseguida de ese modo su recompensa en el reino instaurado por Dios, la Nueva Jerusalén.
Por todas estas razones -cuya importancia relativa resulta dificil evaluar, pero que, en este caso, se combinaron y añadieron-, la cruzada fue percibida como una guerra santa de reconquista cristiana, en una concepción global que, en la mentalidad común del Occidente de finales del siglo XI, asemejó la guerra santa cristiana al yihad musulmán. En aquella fecha, ciertamente, al término de una evolución de más de mil años, la guerra santa cristiana, cuyo nacimiento y desarrollo hemos intentado describir aquí, se aproximó
y quizás superó al yihad.
No obstante, la cruzada fue más que una guerra santa. Fue mucho más sacralizada y meritoria que todas aquéllas de las que hasta aquí hemos hablado y que la prepararon, en España o en Sicilia. En este caso es preciso emplear el superlativo: para los cristianos de aquella época fue una guerra «santísima», por muchas razones relacionadas con el pasado de Jerusalén y con la cultura bíblica que impregna la religión cristiana. Jerusalén evoca no sólo el pasado lejano del Antiguo Testamento, los precursores de la fe, los Profetas y los Patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob, David y Salomón, sino también el Salvador, el mismo Jesús, revelación encarnada, que allí predicó, murió y resucitó para abrir a sus fieles las puertas del reino de los cielos, la “Nueva Jerusalén”, precisamente. Jerusalén, en efecto, también evoca el futuro, el Final de los Tiempos, que se acabarán cuando Cristo, asimismo en Jerusalén, descienda de los cielos para triunfar allí sobre el Anticristo y los suyos, los infieles en el sentido propio del término. Esos elementos escatológicos ligados al combate final de la historia aumentaron también la dimensión de guerra santa de la cruzada.
La cruzada no fue, pues, una guerra santa ordinaria. Tampoco un yihad por múltiples razones. Para los cristianos de aquel tiempo se presentó como una guerra de liberación querida y emprendida por Dios, que reunía todos los caracteres de sacralidad que permitieron, en el seno del cristianismo, esa revolución doctrinal que condujo a la religión de Cristo, religión de amor y de no-violencia, a revalorizar la acción guerrera hasta el punto de hacer de ella una acción meritoria. Una acción piadosa que permitía expiar pecados que, en la conciencia de los hombres de hoy, parecen mucho más benignos que la muerte de un hombre, aunque sea un «infiel».
CONCLUSIÓN
La comparación del yihad a la guerra santa cristiana se impone de manera muy natural a la inteligencia. Hemos señalado sus muchos puntos comunes. Conviene analizar también las diferencias.
No son escasas. La primera es de tipo doctrinal. Los musulmanes a los que hoy se llama «moderados» tratan de reducida, incluso de suprimida, afirmando que el islam es una religión de paz, que yihad significa «esfuerzo moral interior» y no «guerra santa», y que no tiene verdadero fundamento coránico. El examen de los textos revelados y de la conducta del Profeta relatada por la tradición musulmana más auténtica conduce al menos, como hemos visto, a admitir esta tesis (hoy, por lo demás, poco seguida por las masas) con mucha reticencia y múltiples reservas. La actitud radicalmente opuesta de los dos fundadores de religión, Jesús y Mahoma, ante el uso de la violencia es significativa a este respecto.
santa fue admitida, cuando no preconizada, desde los primeros tiempos del islam, inclusive los de su fundador. La noción de guerra santa, en cambio, era inconcebible en la doctrina primitiva del cristianismo. El yihad, al menos en cierta medida, puede invocar a Mahoma. La guerra santa, por su parte, de ningún modo puede invocar a Jesús. Esto indica la amplitud de la metamorfosis que en este punto sufrió la doctrina cristiana.
De ello deriva, por lo demás, una gran coherencia del islam en este ámbito. Ciertamente, la doctrina del yihad ha evolucionado poco en el transcurso del tiempo; a veces tiende a endurecerse o, por el contrario, a atenuarse, según las circunstancias históricas. Sin embargo, ha permanecido muy similar a sí misma en sus grandes líneas, y no ha sufrido ninguna contradicción interna.
No sucedió lo mismo con la doctrina cristiana, la cual, al rechazar al principio radicalmente el uso de la violencia, tropezó pronto con una dificultad insalvable desde el momento que el cristianismo llegó a ser religión de Estado y se mezclaron, en el seno del Imperio romano devenido cristiano, lo espiritual y lo temporal, la Iglesia y poder. Esa colusión de lo político y de lo religioso, más manifiesta aún en la época llamada «feudal», condujo a la Iglesia a abandonar la posición primitiva de no-violencia predicada por Jesús. De ello se derivó una serie de mutaciones doctrinales que, mediante sucesivas pinceladas, revalorizaron y sacralizaron los combates guerreros llevados a cabo por el interés de las iglesias y principalmente del Papado. De ahí esa paradoja a menudo realzada y denunciada: la religión cristiana, que pretende ser religión de paz y de amor, se revela en realidad tan violenta y guerrera, incluso más, que cualquier otra religión.
A este respecto se impone una observación. En todas las civilizaciones monoteístas, la noción de guerra santa sólo aparece en el marco de una teocracia o aspirante a tal. Ése fue el caso del pueblo de Israel, que, en la Biblia, se hace pasar por el «pueblo de Dios» que toma posesión, mediante las armas, de la «tierra prometida» a Abraham y a sus descendientes para fundar allí un Estado propiamente teocrático. En esa perspectiva, la guerra se considera que está ordenada directamente por Dios, o por boca de sus profetas, y no puede sino ser santa. Religión y política quedan aquí estrechamente fundidas. Ése fue igualmente el caso, salvo algunos matices, de la comunidad musulmana de los orígenes. También quiso estar dirigida directamente por Dios, a través del Profeta, quien recibió de Alá sus directrices expresadas mediante la revelación coránica que le fue comunicada. Aquí también la guerra emprendida por los creyentes por incitación del Profeta guiado e inspirado por Dios no puede sino ser santa. Y aquí también religión y política estuvieron íntimamente ligadas, puede decirse incluso que fusionadas, puesto que los creyentes constituyeron al principio una comunidad político-religiosa dirigida por el Profeta, a la vez jefe religioso, jefe de Estado y jefe guerrero, en una sociedad estrictamente regida por las leyes religiosas.
primitivo. Sin embargo, todas las condiciones parecían estar asimismo reunidas para reproducir el mismo esquema, dado que Jesús es para los cristianos no sólo un profeta, o el más grande de los profetas, sino la Palabra misma de Dios, el «Hijo de Dios», definido después como una de las tres «personas» de la divinidad. Ahora bien, a pesar de esa contundente afirmación de la revelación divina directa en la persona de Jesucristo, el cristianismo no se presentó de ningún modo como una teocracia, precisamente porque su fundador rechazó radicalmente cualquier amalgama entre la religión y la política, entre el poder y la fe. Jesús no llegó a fundar un reino en la tierra, un Estado teocrático. Esa negativa, por otra parte, lo condenó a ser rechazado por la mayor parte de su pueblo de origen, que esperaba justamente un profeta y un jefe guerrero, un liberador.
Ahora bien, Jesús predicó un reino de Dios muy diferente a los reinos de este mundo. Sus fieles no fueron «ciudadanos de un Estado teocrático» que se instituiría y defendería con las armas, sino ciudadanos del «reino de los cielos», un reino que Dios mismo fundaría al Final de los Tiempos. Por eso mismo, condenó el uso de la violencia y excluyó al mismo tiempo toda posibilidad de que apareciera el concepto de guerra santa en la doctrina cristiana original. Los mártires cristianos no fueron guerreros, todos fueron pacíficos, pacifistas, no violentos, incluso cuando se opusieron a un Estado pagano y perseguidor.
No obstante, como hemos visto, ese concepto de guerra santa salió lentamente a la superficie a lo largo de una evolución sobre la cual este libro ha llamado la atención. Adquirió consistencia precisamente -y ello -no fue debido, en verdad, al azar- cuando los acontecimientos imprevisibles de la historia condujeron de nuevo a una imbricación, incluso a una fusión, de lo político y de lo religioso. La guerra santa, y luego la cruzada se difundieron plenamente cuando el Papado alcanzó en Occidente una estructura monárquica y una autoridad que, con Gregorio VII, tendieron a asemejar la Iglesia a una teocracia. Se retornó entonces al esquema precedente, y la guerra santa «cristiana» encontró para desarrollarse un mantillo casi tan favorable como en la teocracia de Israel o en la Umma musulmana de los orígenes. Con la diferencia, eso sí, de que nació en contradicción con sus propios principios, y con muchos siglos de retraso sobre las dos primeras.
Otras diferencias entre yihad y guerra santa proceden de la naturaleza y de los objetivo de su puesta en práctica.
La expansión musulmana siguió a las conquistas de sus guerreros. Se trató de una progresiva dilatación destinada a conquistar territorios para el islam. El yihad de los primeros siglos de la era musulmana fue una guerra de conquista, no una guerra misionera. El principio coránico fue generalmente aplicado: «No cabe coacción en religión. La buena dirección se distingue claramente del descarrío» (Corán II, 256). Los habitantes de las regiones conquistadas y sometidas a la ley islámica fueron autorizados, por tanto, a conservar su fe, bajo ciertas condiciones, aunque se trató,
no obstante, de religiones monoteístas reveladas (religiones del Libro). Los paganos, politeístas, no fueron tolerados: debían convertirse o morir. Las llamadas guerras «santas» emprendidas por los cristianos contra los paganos, contra los sajones, por ejemplo, o los wendos del Báltico, se acercaron al yihad en este terreno. Con respecto a las otras «religiones del Libro», el cristianismo se inspiró en los mismos principios de «tolerancia» relativa, pero los practicó, es cierto, con menos «generosidad» o humanidad.
Segunda diferencia capital: el yihad se orientó, casi desde su origen, hacia la conquista de territorios. La guerra santa, en su origen al menos, fue, en cambio, una guerra de re-conquista, primero defensiva, después ofensiva. Por otra parte, fueron esos rasgos defensivos los que, como hemos visto, permitieron la aparición de los caracteres sacralizadores de dichas operaciones de protección que condujeron a la noción de guerra santa en Occidente. Ése fue particularmente el caso de las guerras de defensa del Papado ante los ataques musulmanes, los de la reconquista española o de la cruzada hacia el Próximo Oriente, territorios que en un primer momento fueron cristianos y estaban habitados todavía por po- blaciones cristianas numerosas o en ocasiones mayoritarias.
Una tercera diferencia notable procede del papel desempeñado por los Santos Lugares. Puede parecer, a primera vista, un elemento de similitud: el yihad fue legitimado al principio por la necesidad de defender la muy joven comunidad amenazada en Medina y de «recuperar» los Santos Lugares de la Meca. Pero esos objetivos se consiguieron muy pronto y el yihad no cesó por ello. Aumentó, por el contrario, y sostuvo el movimiento de conquista que, procedente de Arabia, se extendió hacia el Índico, el Bósforo, el Sáhara, el Atlántico, los Pirineos y más allá hasta Poitiers, El movimiento partió de los Santos Lugares, de La Meca y de Medina. Ahora bien, esos Santos Lugares no fueron amenazados jamás y su defensa no desempeñó ningún papel, tanto en la definición del yihad como en su puesta en marcha y en su práctica, antes del renacimiento del yihad que, en el Próximo Oriente, siguió a la primera conquista de Jerusalén por los cruzados en 1099. Jerusalén sólo es, por lo demás, el tercer lugar santo del Islam, pero el primer lugar santo de la cristiandad, así como para el judaísmo.
La defensa y la reconquista de los Santos Lugares cristianos jugaron, en cambio, un papel importante en la formación de la idea de guerra santa en Occidente, como hemos visto a lo largo de este libro. Los tres lugares santos de la cristiandad, a saber, por este orden, Jerusalén, Roma y Santiago de Compostela, estaban, en efecto, conquistados o amenazados por los guerreros del islam. El papel de Santiago de Compostela fue tal vez minimizado en la re- conquista, como recientemente se ha sostenido. Pero no sucedió lo mismo con Roma, amenazada por las incursiones musulmanas desde el siglo IX, y cuya defensa, según se ha subrayado, dio lugar a las primeras recompensas espirituales hechas a los guerreros que combatieran y murieran por asegurar su libertad. Eso es más cierto todavía por lo que respecta a Jerusalén, primero (¡y de lejos!) de los
Santos Lugares del cristianismo, tierra de Cristo fundador, lugar de su tumba y de su «herencia».
La sacralización supereminente de la cruzada resultó de ese carácter único de Jerusalén en la mentalidad religiosa de los cristianos del siglo XI (véanse textos núm. 22, págs. 317320). De ello derivó que la primera cruzada alcanzó, para los cristianos de aquel tiempo, el grado de sacralidad que habría tenido para los musulmanes un yihad predicado para liberar no Jerusalén, tercer lugar santo del islam, sino para expulsar a los infieles de La Meca, si dichos «infieles» se hubieran apoderado de ella.
La cruzada fue así el resultado directo, lógico pero deplorable, de la formación y de la aceptación de la idea de guerra santa, el fruto venenoso de la mutación ideológica que, tras un milenio de historia y de conflictos, condujo a la Iglesia cristiana de la no-violencia a la guerra santa y a la cruzada, acercándose así, a través de muchos puntos, a la doctrina del yihad que durante tanto tiempo reprochó al islam, y que, en cierta medida, contribuyó a formarla.
No hemos acabado de pagar, tal vez, el precio de un concepto tan pernicioso.