Al inicio de este trabajo se realizó la conceptualización de la literatura contestataria y Jesús Díaz en su obra, Las palabras perdidas, encarna perfectamente este movimiento sin llegar a traspasar el lenguaje estético ni volverlo panfletario. La novela toca todos los géneros literarios y realiza, a su vez, un deslizamiento en la misma estructura narrativa de los grandes de la literatura cubana como también, en la de aquellos anónimos hijos de la Revolución que tratan de proponer nuevos estilos, que van desde lo tradicional estético de la modernidad hasta la urbanidad que se va asomando desde mediados de la penúltima década del siglo XX y que surge en todo su esplendor en el ocaso del mismo y el surgimiento del siglo XXI.
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Díaz tampoco deja de lado la voz femenina que trabaja el género de lo contestatario y su canonización, tratado tangencialmente en el periodo del boom. En las décadas de los sesenta, setenta y comienzos de los ochenta eran muy pocas las mujeres reconocidas en cada uno de los movimientos desarrollados en ese albor de la letras universales y latinoamericanas, que vivían su esplendor alrededor de la Revolución Cubana y de la decadencia de las dictaduras militares de extrema derecha de los países americanos.
Dentro de la tradición literaria de esa época, la mujer fue relegada a un segundo plano; en la novela propuesta, esas letras de desencanto y tremendismo surgen alrededor de Una, personaje de la novela, y en la creación literaria. Como en el Quijote, prevalece la intención manifiesta, no de hacer una novela, sino una novela total, en la que se van mezclando los géneros hasta llegar a la hibridez, a la alternancia de lo culto y lo popular, de la tradición y de lo nuevo; entremezclando, a su vez, los próceres de la Revolución y los hijos de la misma, en una Habana floreciente y en aquella que agoniza y se derrumba en la génesis de la amada Kaär del Rojo y de los mitos de la raza negra con el Changó o Kabiosilé5 de la creencia cubana.
Díaz propone en su novela toda una teoría estética y literaria que rompe con la canonización tradicional sin desvirtuarla, porque de ella surge la nueva propuesta que abre campo a la posmodernidad. En la novela se observa, como en el Quijote —valga continuar con la analogía—, la locura como elemento de cordura; el Flaco se sumerge en la locura tras escapar de
5 El sincretismo que llama la atención es este, por naturaleza. Un dios tan poderoso como el Changó, sincretizado
en una mujer virgen y santa quien murió asesinada por su padre a causa de sus creencias cristianas. Luego un rayo mató a su padre y es por eso, junto con la similitud de sus vestimentas que los yarubas sincretizaron al Changó en una mujer, Santa Bárbara.
También se le considera dios del fuego, del rayo y de la guerra y de los sagrados tambores bata. Es el típico titán valeroso, por quien se guían los que van al combate. Le caracterizan, además, la laboriosidad y la hermandad. En él se entremezclan casi todas las virtudes y las fallas humanas. Es vidente y saludador. Es condescendiente con sus hijos, siempre que ellos lo sean con él.
Dentro de los rasgos más terrenales del Changó, sobresale el que no se le resistan las mujeres, así como su alegría perenne y sus dotes de bailador. Es el tipo de macho por excelencia.
En la religión católica se sincretiza con Santa Bárbara y su fiesta es el 4 de diciembre. Simboliza la fuerza y también expande su reinada a la música, como dueño de los tambores Batá. Su trono por naturaleza es la Palma
Real. (Tomado de Otrasfronteras.com. 2008. Disponible en: http://www.otrasfronteras.com/enigma_6340_el_chango.html)
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la muerte, a diferencia de los otros personajes, y tras asumir la cordura como el olvido de las palabras, queriendo sumergirse en el común y sobrevivir matando los recuerdos y los sueños. Cuando su memoria revive y las alucinaciones vuelven en la torre Ostánkino, nace el deseo por escribir y revivir la historia literaria, el proyecto de la revista que quedó enterrado por el poder político de un régimen.
Lo primero a tratar es la propuesta manifiesta de la tradición literaria en Cuba que emerge como campo de poder. Pierre Bordieu define y trabaja el concepto de campo de poder como aquél que plantea las relaciones del ser humano y sus intenciones que van encaminadas a reclamar el poder. Es decir, que estos anhelos son los campos entendidos como “una red de posiciones objetivas de relaciones”, las cuales tienen como objeto un capital (económico, intelectual, artístico, social, cultural). Por lo tanto, estos campos establecen reglas de prioridad de acuerdo a la intención de la dominación que se quiere ejercer, por ejemplo, algunas acciones van encaminadas al campo económico, que le ayuda a reforzar el campo político y social. Para Bordieu, el campo literario es uno de los más complejos, puesto que el objetivo fundamental es regirse por sus propias reglas y no estar sometidos a más criterios que los suyos propios, es decir, el campo literario se puede ver como un campo de fuerzas cuyas reglas de funcionamientos se formulan al interior del mismo. Esto no descarta las relaciones con otros campos, ya que el escritor está inmerso en un contexto social y político que, innegablemente, salpica sus producciones. Lo que se resalta es la intención de restablecer el mito de la libertad de la producción artística para que no esté condicionada por ningún poder.
Desde este planteamiento, Las palabras perdidas busca sacar de las sombras las nuevas producciones literarias de un grupo de jóvenes personificados en el Flaco, el Rojo, El Gordo y Una, que se arriesgan a proponer una nueva forma de expresión literaria partiendo de la emancipación de las grandes figuras y autoridades del momento, de Lezama Lima, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Virgilio Piñera y Eliseo Diego, aunque sin atacarlos, con el objetivo de establecer un vínculo pero, a la vez, un desprendimiento que permitiese renovar los géneros a través de nuevas propuestas estéticas, demostrando que la visión de mundo y arte han cambiado.
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