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4.3 Meshing Techniques
En el siglo II d.C. se pusieron en marcha unas explotaciones de oro en Dacia, provincia que, junto con Hispania, concentró la mayor cantidad de minas de oro de todo el Imperio. Aunque de propiedad estatal, fueron administradas a través de un sistema de gestión indirecta que recuerda al recogido en las leyes de Vipasca y que presenta varias diferencias con el Noroeste.
6.4.1. La conquista de Dacia.
Sobre las motivaciones que llevaron a Trajano a conquistar la Dacia se han ofrecido distintas versiones (Vinţan, 2007: 133-137). La mayoría de ellas coinciden en que Roma pretendía reforzar la seguridad fronteriza en esa parte del Imperio (Ştefan, 2005). Ante el peligro que representaba la cercanía de un reino como el de Decébalo y el temor a que las poblaciones bárbaras del norte del Danubio pudieran organizarse y realizar incursiones en contra del Imperio, Trajano tomó la decisión de ocupar definitivamente la Dacia (Carbó, 2010). Por otra parte, con esta acción bélica, Trajano buscaba la gloria imperial a través de la victoria militar. Este hecho era de especial importancia, sobre todo cuando la paz que consiguió Domiciano años antes, tras su victoria en Tapae, fue vista como vergonzosa por parte de las sociedad romana (Dio. Cas. 67, 7, 2-4)50.
Tras dos campañas en los años 101 d.C. y 105-106 d.C., Trajano consiguió anexionar la mayor parte de las tierras dacias. Inmediatamente conseguida la victoria, procedió a organizar administrativamente el territorio conquistado y se inició la explotación de los recursos provinciales, dentro de los cuales la minería de oro desempeñó un papel fundamental.
La explotación del oro no había sido ajena a los dacios antes de la dominación. Así lo han confirmado unos brazaletes en espiral de oro recuperados y que se han fechado entre el siglo II a.C. y el I d.C., a los que se pueden sumar unas acuñaciones monetarias auríferas dacias. A pesar de los problemas de estas piezas51, recientes
50 Es posible entonces entender la conquista dacia como una medida de control imperialista y no sólo
como un intento de obtener oro y recursos metalíferos ante posibles problemas financieros, opinión, en cambio, sostenida de forma tradicional (Carcopino, 1968). Está visión, de hecho, ha sido mantenida no sólo para la Dacia, sino también para otras zonas mineras como las hispanas, donde se ha considerado que fue el interés por los minerales lo que motivó la conquista (Blázquez Martínez, 1970).
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Especialmente problemáticos han sido los brazaletes, pues se recuperaron tras haberse vendido en el mercado de antigüedades, sin contexto arqueológico alguno, lo que hizo dudar incluso de su autenticidad.
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análisis parecen confirmar que no son falsificaciones y que se realizaron con una combinación de oro procedente de ríos de la zona y de depósitos primarios, visibles superficialmente (Constantinescu et al. 2010 y 2012: 19-26; Vasilescu et al. 2011).
Imagen 34.- Piezas de oro dacias de época prerromana. A la izquierda, brazalete en espiral de oro. A la
derecha, moneda de oro dacia (koson). Fuente: Constantinescu et al. 2012.
Sin embargo, fue en época romana cuando las explotaciones alcanzaron gran envergadura como parte de la nueva organización territorial. En los momentos posteriores a la conquista, Roma procedió a la construcción de una red viaria que unía la gran meseta de Transilvania, centro del antiguo reino de Decébalo, con los territorios circundantes; se establecieron asentamientos militares y se fundaron centros de población ex novo (Fodorean, 2006). Al mismo tiempo se crearon dos nuevas provincias: la nueva provincia Dacia (con las actuales Banato, Transilvania y Oltenia occidental) y Moesia Inferior (con el resto de Oltenia, Transilvania sudoriental, Muntenia y Moldavia meridional). Estas provincias fueron objeto de posteriores reorganizaciones con Adriano, quien añadió una tercera provincial (Dacia Inferior) y con Marco Aurelio, que agrupó a las tres provincias bajo el mando único de un gobernador de las tres Dacias (Carbó, 2002).
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Al igual que ocurrió con las minas del Noroeste de Hispania y las explotaciones de Dolaucothi en Britania, Roma procedió a organizar el territorio nada más finalizada la conquista y comenzó con la explotación de los recursos provinciales. Sin embargo, mientras que en Hispania se necesitó del sistema de civitates locales para hacer viables las explotaciones, en Dacia se prefirió un modelo diferente, basado en un proceso de colonización intensa y en la configuración de un sistema de gestión indirecta que recuerda en parte al régimen de Vipasca. De hecho, en Dacia las comunidades locales permanecen prácticamente ausentes del registro arqueológico y epigráfico. La explicación se ha vinculado con el impacto de la conquista romana, la cual generó una profunda brecha en la sociedad dacia (Piso, 1995 y 2004), hasta el punto de que algunos investigadores consideran que las comunidades locales fueron totalmente exterminadas en la guerra de conquista (Boia, 1997: 83-114; Ruscu, 2004).
En general se parte de la realidad prerromana, donde existía un reino local fuertemente centralizado. A esta sociedad se enfrentó Roma en una guerra devastadora y destructiva que dejó una gran cantidad de víctimas, principalmente varones guerreros y aristócratas, por lo que los escasos grupos de poder fueron totalmente exterminados. Esta visión se fundamenta en la lectura de algunos textos clásicos que narran la crudeza de esta guerra de conquista (e.g. Eutropio, Brev. 8, 6, 2) y que siempre hay que tomar con cautela. Una vez sometidos, Roma desplazó a las poblaciones dacias, a la vez que destruía sus santuarios y acababa con su religión (Babeş, 2000: 323-338). La consecuencia fue la desaparición de la clase aristocrática (Ruscu, 2004: 78-79). Roma organizó entonces el nuevo territorio provincial sin contar con los grupos locales. En los primeros momentos fundó la colonia de veteranos militares de Sarmizegetusa, a la vez que trasladaba al llano a las poblaciones autóctonas de las cercanas montañas de Orăştie (Piso, 1995). Al mismo tiempo, asentó a sus tropas en campamentos distribuidos por el territorio, lugares que se convertirían en centros de atracción de población y a la larga se acabarían transformando en asentamientos civiles (Opreanu, 2000: 79-89). Muchos de estos lugares alcanzarían el estatuto municipal a finales del siglo II y principios del siglo III d.C. (Carbó, 2002: 117). Los mandos militares de cada campamento tuvieron bajo su jurisdicción un amplio territorio que incluía comunidades locales de dediticii, sin capacidad de autogestión. Exceptuando los territoria de las ciudades privilegiadas, el territorio provincial fue cubierto por praefecturae a cargo de los militares, algo propio de la fase post-conquista (Diaconescu, 2004: 127).
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La solución de la creación de prefecturas, al menos en los primeros momentos, se adoptó en otras partes del Imperio. Hay documentadas prefecturas en el área alpina y en el Noroeste hispano, ambas zonas sometidas bajo Augusto (Orejas y Sánchez- Palencia, 2016; Sastre y Orejas, en prensa, vid. Cap. 8.1). También están registradas en Egipto, provincia que fue mantenida como ager publicus con población dediticia sometida a tributación personal y que, con contadas excepciones, no quedó organizada en civitates, sino a través de nomoi controlados por las autoridades imperiales bajo un prefecto. En las provincias danubianas, un modelo quizá más cercano a Dacia, también hay documentadas civitates puestas bajo control de praefecti. En concreto existen indicios en Panonia (Mócsy, 1957: 488-198) y Moesia (Ruscu, 2004). Esta región danubiana es especialmente interesante porque contó con varias zonas mineras que, como se verá, sirvieron de antecedente a las explotaciones de Rumanía, las cuales fueron trabajadas, al menos en parte, por inmigrantes procedentes de estas regiones vecinas. En Timacum Minus (Ravna, Serbia), campamento militar ubicado en Moesia Superior donde estuvieron acantonadas la cohors I Thracum Syriaca desde el 70 d.C. y la cohors II Aurelia Dardanorum, desde el 169 d.C., se ha localizado una inscripción que menciona a Ulpius Aquilinus, militar de la legio VII Claudia y librarius offici(i) praef(ecti) territ(orii) (IMS III/2, 31; Dušanić, 1990: 589). Esta mención a un praefectus territorii ha hecho defender a Dušanić la existencia de un metalla publica cuya administración estuvo centrada en Timacum Minus y que habría incluído las minas de plata de Lukovo-Valakonje y otras de oro, plata, hierro cobre y plomo del entorno de Ravna. Además, un lingote de plomo con la marca metallo Caesaris Aug(usti) encontrado en Jasenovik, al suroeste de Timacum Minus, también indica el control imperial sobre estas minas (Hirt, 2010: 69-70).
IMS III/2, 31. Ravna. Serbia.
D(is) M(anibus) / Ulp(ius) Aquilinus / mil(es) leg(ionis) VII Cl(audiae) / librarius / offici prae(fecti)
te/r(r)it(orii?) vixit ann(os) XXII / Aquileiensis / et Ulpia Diotima / filio dulcissimo / b(ene) m(erenti) p(osuerunt
La utilización de prefecturas pudo ser una solución adoptada inmediatamente tras la conquista también en Dacia. Sin embargo, hay pocas pruebas sólidas más allá del argumento ex silentio. La carencia de individuos con nombres dacios o de divinidades con nombre o epítetos que puedan ser considerar dacios en la epigrafía (Dana, 2003:
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166-186 y 2004: 430-448; Nemeti, 2005), junto con la ausencia de unidades administrativas locales que articulasen el territorio, es lo que ha llevado a algunos autores a afirmar que en Dacia no existieron civitates peregrinas y que se organizaron prefecturas, además de unas contadas colonias y municipios. Mientras, se ha mantenido que la mayoría de la población prerromana fue desplazada a zonas periféricas, donde permaneció en una situación subordinada quizá como comunidades dediticias (Piso, 1995; Ardevan, 1998: 89-104). Las contadas menciones a civitates que recoge la documentación (en referencia a la civitas Paralissensium y a la civitas Romulensium Malvensium), no han sido interpretadas como evidencias de civitates peregrinas, sino como pruebas de la existencia de comunidades con estatuto municipal (Petolescu, 1996: 183). En este mismo sentido se han interpretado las menciones a principes halladas en Ampelum (Zlatna), Tibiscum (Caransebeş), Micia (Veţel) y Surduc, Salaj (CIL III 1322; AE 1999, 1302; CIL III 7856; CIL III 383; Ardevan 1998: 94-95 y 1998a: 47), los cuales se han identificado como miembros de las aristocracias de inmigrantes procedentes del ámbito balcánico, nunca dacios, de acuerdo a los análisis onomásticos efectuados. Parece evidente que, salvo contadas excepciones (recogidas por Nemeti, 2005), detrás de las menciones epigráficas no se encontró ningún dacio. Las menciones a principes son una excepción y si hubiera existido una aristocracia, intermediaria entre el poder romano y las poblaciones, ésta hubiera dejado constancia de su presencia a través del lenguaje de poder de los conquistadores.