Esta conceptualización de la razón pública guarda como elemento sine
qua non la formación misma de la ciudadanía en la praxis de la democracia
que permita tanto la sensibilidad, como la criticidad propia que le confiere su legitimidad.
Por tal razón, se hace necesario repensar una educación que se oriente hacia la formación de una ciudadanía democrática con base en la concepción del reconocimiento. De manera que sea posible recuperar la sensibilidad como fuente de razonabilidad en torno a la diversidad del otro.
Esta es una necesidad que requiere ser atendida en todo proyecto de formación democrática. Pues como afirma Martha Nussbaum: “Parece que olvidamos lo que significa acercarnos al otro como a un alma, mas que como un instrumento utilitario o un obstáculo para nuestros propios planes. Parece que olvidamos lo que significa conversar como alguien dotado de un alma con otra persona que consideramos igualmente profunda y sofisticada” (Nussbaum, 2010, p. 24).
Con la autora, podemos decir que la recuperación de este reconocimiento tiene un necesario marco en la educación como proyecto democratizador. Ya en su reflexión sobre los derechos humanos, Rorty nos invita a una educación
sentimental, en la que se buscaría una formación de la persona en torno al
reconocimiento de los otros como seres humanos iguales a pesar de sus diferencias. Si bien el enfoque de Rorty va en contravía de la defensa en torno a la concepción filosófica de los derechos humanos que se defiende en esta ponencia, resulta pertinente mencionarlo, en la medida en que su concepción
en torno a la educación sentimental se dirige a la afirmación de la persona desde condiciones de reconocimiento y equidad que resultan necesarias en la construcción de la democracia.
La educación democratizadora tiene la responsabilidad de la formación en la criticidad de manera que los ciudadanos tengan la posibilidad de pensar desde herramientas solidas los aspectos que considera necesarios en su sociedad, de manera que sea un constructor activo en la elaboración de los principios de justicia de su sociedad.
Pero también otra tarea fundamental de dicha educación democratizadora consiste en formar en la sensibilidad humana que requiere la ciudadanía que entre sí se reconoce en su alteridad. En la medida en que dicha sensibilidad sea consolidada en los ciudadanos, el pluralismo razonable tendrá una mayor posibilidad de realización, ya que desde lo público estará fomentado, y desde allí se dirigirá a la esfera normativa, y por ende, a las demandas en torno a las praxis de injusticia fomentadas desde el Estado.
En esta línea argumentativa nos resulta pertinente el siguiente argumento de Nussbaum:
“Cuando nos encontramos en una sociedad, si no hemos aprendido a concebir nuestra persona y la de los otros de ese modo, imaginando mutuamente las facultades internas del pensamiento y la emoción, la democracia estará destinada al fracaso, pues esta se basa en el respeto y el interés por el otro, que a su vez se fundan en la capacidad de ver a los demás como seres humanos, no como meros objetos” (Nussbaum, 2010, p. 25).
En coherencia con esto, resulta oportuna la crítica que Nussbaum hace a la concepción de la educación que se enfoca en el neto crecimiento económico y que asume una postura de indiferencia total ante la desigualdad mientras permanece en la agudización de la formación acrítica de la ciudadanía.
El modelo seguido por la autora, conocido como el paradigma del desarrollo humano propende por la garantía de las oportunidades o capacidades que requieren las personas para hacer uso de su libertad, de sus necesidades y
ser parte activa del proceso democrático. Para ello propone una educación ciudadana que promueva aptitudes que considera necesarias en la creación de lo que concibe como democracia humana y sensible. Realizando una definición somera de dichos valores, podemos afirmar, que se enfocan en dos direcciones, esto es, en la formación crítica que requiere una ciudadanía activa en el marco de una democracia procesual, y el reconocimiento de los otros, concebidos tanto en cada una de las naciones en general, cuanto en los individuos en particular. Para efectos de esta ponencia nos concentraremos en dos de las aptitudes mencionadas por la autora. En primer lugar, remitámonos a: “La aptitud para reconocer a los otros ciudadanos como personas con los mismos derechos de uno, aunque sean de distinta raza, religión, genero u orientación sexual, y de contemplarlos con respeto, como fines en sí mismos y no como medios para obtener beneficios propios mediante su manipulación” (Nussbaum, 2010, p. 48).
Esta intención es coherente con la idea de un pluralismo razonable, en donde la existencia de la diversidad constituye uno de los componentes que enriquecen el proceso democrático. La formación en este pluralismo como aptitud resulta fundamental en el proceso de formación.
Siguiendo la concepción filosófica que desde autores como Herder, asimila el proceso histórico de la humanidad con el desarrollo del sujeto desde su niñez, se hace pertinente hacer la yuxtaposición de esta formación de los individuos en el pluralismo razonable hacia el proceso de la humanidad como tal, pues la educación democratizadora que promueva en la humanidad la sensibilidad por el reconocimiento y la criticidad adquiere una mayor posibilidad en la medida en que se consolide la formación de la persona, desde sus primeras etapas en dichas aptitudes. Como decía Ricoeur en su interpretación en torno a la humanidad, un hombre no es un hombre sino la humanidad misma, y cada cultura conlleva a la fuerza de agrupación de la humanidad, no por razón de sus características específicas que le hacen tal, sino por el hecho de ser humana (Ricoeur, 1990). Es así que la educación orientada a la formación del sujeto en la aptitud del reconocimiento resulta un vehículo acertado si se quiere alcanzar dicho camino en la humanidad en general.
La segunda aptitud de Nussbaum que analizaremos someramente, es “la aptitud para interesarse por la vida de los otros, de entender las consecuencias que cada política implica para las oportunidades y las experiencias de los demás ciudadanos y de las personas que viven en otras naciones” (Nussbaum, 2010, p. 49).
“Los problemas económicos, ambientales religiosos y políticos que debemos resolver tienen alcance mundial. No cabe esperanza alguna de resolverlos si las personas que se encuentran distantes no se unen para cooperar como jamás lo han hecho. Tomemos como ejemplos el calentamiento global, los regímenes de comercio internacional, la protección del medio ambiente y las especies animales, el futuro de la energía nuclear, los peligros de las armas nucleares, los flujos migratorios de mano de obra, la elaboración de normas laborales dignas y la protección de la infancia frente al abuso sexual, la esclavización y la trata de personas. Se trata de problemas que solo pueden afrontarse de verdad si existe un diálogo multinacional” (Nussbaum, 2010, p. 114).
Ciertamente, la formación en esta aptitud resulta fundamental en la medida en que constituye una propuesta que busca formar en el reconocimiento intercultural, de modo que se abogue por el respeto tanto a los seres humanos, como a la diversidad de culturas, e incluso al medio ambiente, lo cual conlleva tener en cuenta los otros seres humanos que están por venir en el planeta.