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todas las posibilidades del individuo— presupone la libertad. En el fondo, ella misma es libertad: por definición, felicidad y libertad se presentan como la misma cosa. Porque en las relaciones materiales del mundo exterior no domina la liber­ tad, porque aqui felicidad y contingencia son casi idénticas, y porque, por otra parte, se sigue considerando la libertad del individuo como condición del “bien supremo”, la felicidad no podia residir en el mundo exterior. Este motivo es importante en las éticas platónica y aristotélica. También en la critica moral de la época burguesa, el hedonismo ha sido rechazado partiendo del concepto de la libertad. Kant rechazó el prin­ cipio del placer por ser un principio meramente contingente que contradecia la autonomia de la persona y Fichte calificó al placer de esencialmente “involuntario”, porque presupone una armonía del “mundo exterior” con los instintos y nece­ sidades del sujeto cuya realización no depende de la libertad de este último. Por lo tanto, en la felicidad del placer el individuo “se enajena*a si mismo”.’* Se da por sentado que la falta de libertad del sujeto en su relación con los- “bienes de felicidad” del mundo exterior no es superable y que, por consiguiente, la persona libre pierde necesariamente su dig­ nidad cuando hace depender su felicidad de esta relación. Pero mientras que según la critica antigua, el bien supremo debia realmente ser la felicidad suprema, la falta de libertad táctica es ahora ontologizada y la libertad y la felicidad se internalizan de manera tal que la felicidad queda afuera. Ya no se intentará incorporar la felicidad al desarrollo autónomo de la persona; la libertad abstracta, que marcha junto con la falta de libertad social, es convertida en virtud.

La satisfacción de los instintos y necesidades adquiere mala reputación: en todo caso está por debajo de la esfera humana que constituyó el objeto de la filosofía. Se pueden obedecer los mandamientos morales sin por esto satisfacer sus nece­ sidades más allá de un mínimum fisiológico — con todo, este principio, que es un aporte fundamental de la sociedad mo­ derna, ha obtenido su reconocimiento filosófico. El hombre educado para la intemalización, no se dejará llevar tan fácil­ mente, frente a la pobreza y la injusticia externa, a la lucha contra lo existente.

En el concepto moral del bien supremo hay que eliminar un error del hedonismo: la mera subjetividad de la felicidad. La felicidad sigue siendo un “elemento” del bien supremo, pero está por debajo de la generalidad de la ley moral. La ley es una ley de la razón: la felicidad es vinculada al cono­ cimiento y se la elimina de la esfera del mero sentimiento. La felicidad real presupone el conocimiento de la verdad: que los hombres sepan qué es lo alcanzable para la suprema posibilidad de la existencia, cuál es su verdadero interés. Los ** Fichte, S y tttm dér Sittenlrhrr, cap. II. | II, W frk*. fd, 4c F. Mcdlcitv

individuos pueden sentirse felices, sentir felicidad y. sin em­ bargo. no ser felices porque no conocen la verdadera felici­ dad. ¿Pero cómo puede encontrarse la realidad de la felicidad? ¿Cuál es la instancia de su verdad? En la critica antigua del hedonismo esta cuestión se convirtió en la cuestión política de la recta organización de la polis; la ética cristiana de la Edad Media consideró solucionadas estas cuestiones a través de la justicia divina. La severa moral de la época burguesa transformó a la libertad en instancia de la verdad, pero en tanto libertad abstracta del ser racional que frente a la feli­ cidad es algo externo y contingente. La interpretación moral de la felicidad y su sometimiento a una ley general de la razón dejará subsistentes tanto el aislamiento esencial de la persona autónoma, como su limitación fáctica.

La teoria crítica •' llega a la cuestión de la verdad y gene­ ralidad de la felicidad cuando explica los conceptos, con lo que procura determinar la estructura racional de la sociedad. La definición de la asociación de hombres libres contiene expresamente la exigencia de que cada individuo debe tener participación en el producto social, según sus necesidades. Cuando se logra el desarrollo pleno del individuo y de las fuerzas de producción, la sociedad puede escribir en sus ban­ deras: "De cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades.” Aquí surge una vez más la antigua defi­ nición hedonista que ve la felicidad en la satisfacción plena de las necesidades. Las necesidades de los individuos, que han de ser satisfechas, se transforman en principio regulador del proceso de trabajo. Pero las necesidades de los hombres libe­ rados y el goce de su satisfacción tendrán una forma diferente a la de las satisfacciones y a la del goce cuando no existe liber­ tad — aun cuando fisiológicamente sean las mismas. En una organización social <iue enfrenta a los individuos aislados, al dividirlos en clases, y deja librada su libertad particular al mecanismo de un sistema económico no dominado, la falta de libertad está presente en las necesidades y también en el goce. Tales como se dan en este caso la necesidad y el goce, no exigen ni siquiera la libertad general. El desarrollo de las fuerzas de producción, el creciente dominio de la naturaleza, la ex­ pansión y el refinamiento alcanzado por la producción de mer­ cancías, el dinero y la cosificación universal, han creado, con las nuevas necesidades, también nuevas posibilidades de goce. Pero frente a estas posibilidades de goce se encuentran hom­ bres que son completamente incapaces de gozar, tanto desde el punto de vista objetivo —debido a su status económico—, como desde el punto de vista subjetivo — a causa de su edu­ cación y disciplina. De la discrepancia existente entre lo que M Entendemos nqal |»or teoría rrltira la teoría de I* tom d ad tal <•«»»•« ha sido presentada en loa ensayos fundamentales de la Z'itMrhríit 1ür '«iw l-

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está dado como objeto de posible goce y la forma como estos objetos son entendidos, aceptados y utilizados, surge la pre­ gunta acerca de la verdad de la relación de felicidad en esta sociedad: los actos que tienden al goce no se realizan en su intención; y cuando se realizan, siguen siendo falsos.

El goce se da en el comportamiento con respecto a las cosas y los hombres. Las primeras son (a menos que hayan sido puestas al alcance de todos por la naturaleza o por la regu­ lación social) mercancías accesibles según el poder de com­ pra. Para la gran mayoría de la humanidad sólo la parte más barata de estas mercancías es accesible. En tanto mercancías, se convierten en objeto del goce, y su origen se conserva tam­ bién en ellas: el goce tiene también carácter de clase. Lo barato no es tan bueno como lo caro. Las relaciones entre los hombres —precisamente en la medida en que se encuentran fuera del proceso del trabajo— son esencialmente relaciones entre miembros de una misma clase. Para la mayoría de los hombres, quienes comparten los goces de su clase comparten también su miseria. Sus condiciones de vida son un pobre escenario para la felicidad. La permanente presión bajo la que hay que mantener a las grandes masas para la reproduc­ ción de esta sociedad, se ha aumentado con la acumulación monopolista de la riqueza. Todo predominio del goce pondría en peligro la necesaria disciplina y haría más difícil la or­ denación exacta y segura de las masas que mantienen en movimiento la maquinaria total. Para la regulación econó­ mica del goce intervienen la policía y la justicia. El placer aspira, esencialmente, a su propio incremento y refinamiento. El desarrollo de la personalidad no tiene que ser un desarrollo puramente espiritual. La sociedad industrial ha diferenciado e intensificado el mundo objetivo de una manera tal que sólo una sensibilidad diferenciada e intensificada al extremo, es capaz de aprehenderlo. En la técnica moderna están conte­ nidos todos los medios para extraer de las cosas y de los cuerpos la elasticidad, el movimiento y la belleza y para ha­ cerlos cada vez más utilizables. Simultáneamente con las necesidades que corresponden a estas posibilidades se han creado también los órganos sensibles que han de aprehender­ las. Aquello que el hombre, en la civilización desarrollada, puede aprehender, sentir y hacer, corresponde a las posibi­ lidades de un mundo recientemente descubierto. Pero el apro­ vechamiento de estas mayores capacidades y su satisfacción sólo están al alcance de lbs grupos económicamente más pode­ rosos. El desarrollo de la sensibilidad es sólo una parte del desarrollo de las fuerzas de producción; la necesidad de su control se basa en el sistema socialmente antagónico en que este desarrollo se realiza. Hay muchas maneras de educar a los grupos dominados, para distraerlos y crearles sustitutos de satisfacción; el deporte y un gran número de diversiones populares cumplen aquí con su función histórica. En los es­

tados autoritarios, el terror sádico contra los enemigos del régimen ha encontrado posibilidades insospechadas para or­ ganizar la “distensión social’*. Todos los dias las masas pueden participar en el cine del brillo del gran mundo, con la con­ ciencia de que esto sólo sucede en la película y que también allí existe brillo, amargura y preocupación, crimen y castigo y el triunfo del bien. El proceso de trabajo cuyo resultado es la mutilación y el envilecimiento de los órganos del trabajador, asegura que el desarrollo de la sensibilidad, en los grupos inferiores de la pirámide social, no vaya más allá de la medida técnicamente exigida. El Código Penal circunscribe el ámbito del goce permitido.

Pero tampoco en el caso de las masas, el goce puede propor­ cionar lo que se propone: la satisfacción de todas las posi­ bilidades subjetivas y objetivas. Cuando la relación de los hombres entre si, en tanto poseedores de mercancías, es la relación social dominante, y cuando el valor de cada mercan­ cía está determinado por el tiempo de trabajo abstracto utili­ zado, el goce carece de valor en sí. Pues el goce está dividido en esta sociedad del trabajo: el individuo no crea ni reproduce ninguna fuerza de trabajo; se entrega al goce y se conduce con respecto a él como persona privada. Si sólo el trabajo abstracto es el que crea valor y según él se rige la justicia del intercambio, el placer no puede constituir valor alguno. Si asi sucediese, pondria en tela de juicio a la justicia social, más aun, descubriría su injusticia manifiesta. La legitimación del placer como valor trastrocaría en realidad todo lo que "en la actualidad es presentado al lector de periódicos". “El valor de una cosa es para todo hombre moderno el valor del trabajo empleado para la producción de esta cosa. Por consi­ guiente, al valor está unido el sudor del trabajador, que es­ grime la espada de fuego que separa la cultura del paraíso. Es peligroso asociar el placer y el dolor con el valor; pues en este caso surge la cuestión de saber si aquellos que producen los valores, tienen más placer o más dolor. Y se podría llegar a pensar que el valor podría estar en relación inversa al placer." '* El peligro de esta asociación era ya conocido en los comienzos de la sociedad burguesa: la falta de valor del mero placer fue impuesta, por todos los medios, en la concien­ cia de los individuos. En ninguna parte se ve tan claramente la conexión entre la falta de valor del goce y su justificación social mediante el trabajo como en la interpretación del placer sexual. El placer sexual es racionalizado —pragmática o mo­ ralmente— y aparece como un simple medio para un fin que está más allá de él, al servicio de la dócil subordinación del individuo a las formas existentes del proceso del trabajo. En tanto valor higiénico debe contribuir a la salud corporal y anímica que exige el normal funcionamiento del hombre den­ tro de un orden dado. Según Spinoza, el “placer sensual”