Expertise Creative-
3.1 Methodological approach
— ¡Despierta, Malamata! —exclama el funcionario de prisiones al pasar por delante de nuestra celda, mientras verifica la presencia de todos los reclusos de la galería—. En diez minutos, ¡a desayunar y al patio! —nos ordena en voz alta—. ¡Vamos, vamos, moveros!
— ¿Sabes si me han concedido el permiso de salida que pedí la semana pasada? —le pregunta mi compañero de celda al guarda, mientras permanece todavía tumbado en su camastro.
— Todavía no —le contesta escuetamente.
— Pues como no me lo concedan, ¡me voy a cagar en toda la familia de los miembros de la Junta! —exclama gritando como un energúmeno, a la vez que salta enérgicamente de la cama, como si estuviera impulsado por sus viejos y escandalosos muelles.
— ¡Tranqui, tío! —le replica el funcionario con una actitud que suena a advertencia y a intento de demostración de autoridad.
— Ya he cumplido más de la mitad de mi puta condena, ¡y tengo derecho, al menos, a unos días de permiso fuera del talego! — continúa quejándose el boxeador, aunque moderando algo su tono, mientras se agarra a los barrotes de la puerta e introduce su cara entre dos de ellos—. ¡No voy a quebrantar, cojones! —añade enfadado—. Tanto rollo con que tenemos que irnos preparando para readaptarnos a la vida en libertad —continúa quejándose—, y luego nos niegan la mayoría de los permisos que pedimos. Todo el jodido día rellenando esa mierda de instancias, ¡para luego nasti de plasti!
— Os digo siempre que no perdáis la esperanza, pero sin haceros ilusiones —le vuelve a replicar el funcionario, al que se le notan la seguridad y la confianza que dan “las horas de vuelo”—. Recuerda que tienes un parte por sanción grave tras una agresión a otro interno, que sigues consumiendo drogas y, sobre todo, ¡que te niegas a asistir a los cursos de formación! Y, como bien sabes, todos ellos son requisitos básicos para la concesión de los permisos.
— Si me hablas de estudios, tío, ahora tengo el mejor profesor del talego…, ¡y sin que tenga que salir de esta mierda de chabolo! — le dice al separarse de la puerta, y mientras se acerca hacia mí.
— ¡¿No me digas?! —le pregunta el funcionario con sorna. — ¡Le presento a Piscinas, jefe! —le dice, mientras me agarra y me mira como si se sintiera muy orgulloso de tenerme como compañero de celda—. Este primerizo me enseñará todo lo que necesito saber para llevar bien las cuentas de mi propio negocio, cosa que pondré en marcha en cuanto consiga el régimen abierto.
— ¡Venga, moveros! —exclama el hombre de azul, mientras sonríe, mueve su cabeza ostensiblemente y prosigue su marcha.
— Vamos a asearnos un poco y, luego, ¡a papearnos el piri!,
Piscinas —me dice el boxeador tras la marcha del vigilante—. En el
comedor, empezarás a conocer a los compis que están encerrados en el módulo. Diremos que eres mi machaca, para que te respeten.
— Me parece bien… —le digo con resignación.
— Ese es nuestro trato, Piscinas: tú me enseñas a sobrevivir fuera, ¡y yo te enseño a sobrevivir dentro! En el talego, hay una cosa sagrada, además de la mujer de un compi: ¡la palabra dada!
— Fuera de aquí, te aseguro que yo también doy el mismo valor a un acuerdo verbal que a uno escrito.
— Pero no olvides nunca jamás, Piscinas, ¡que el que manda aquí dentro soy yo! —me recuerda forzando un grito, elevando sus cejas y señalándome con los índices de sus dos manos a la vez, como si me estuviera apuntando con sendas pistolas.
— ¿Nos vestimos y nos vamos? —le sugiero.
— Venga, empieza tú, porque no hay sitio para los dos a la vez —me ordena, a la vez que se vuelve a tumbar en su cama—. En estos
chabolos nos meten a dos mendas como si fuéramos animales, a pesar
de que fueron construidos para que malviviera un sólo tío.
— Si te quejas de poco espacio, ¿no crees que estos altavoces ocupan demasiado? —le pregunto al sortearlos, con la esperanza de que no se lo tome como una crítica, sino como una recomendación.
Abro el petate, que había dejado en el suelo junto a la litera, y coloco mi neceser y mi ropa sobre los altavoces, después de que hubiera echado un vistazo a la zona y de que hubiera descartado el colocar mis cosas en el suelo o sobre la taza del inodoro sin tapa. Inmediatamente después, le miro y le pido su aprobación:
— Espero que no tengas inconveniente en que coloque mis cosas aquí, sobre los altavoces, pero no veo un sitio mejor…
— Hazlo, pero como se caigan al suelo ¡no lo cuentas! —me autoriza a la vez que me amenaza—. ¡Tienen mucho valor!
— Tendré cuidado —le digo, mientras me muevo con cuidado por ese espacio tan reducido, sucio y desordenado.
Mientras me voy arreglando, voy pensando en que, si mi familia me estuviera mirando por un agujerito, se estaría partiendo de risa. El hecho de que una persona amante del espacio, de la luz y de la decoración minimalista se encuentre atrapado en un lugar pequeño, oscuro y atestado de objetos viejos y sucios no dejaba de ser un chocante capricho del destino. Además, ¡¿cómo le voy a explicar a este grandullón de comportamiento tan primario que el Orden y las Proporciones son dos conceptos clave en Finanzas?!
— ¡Joder, Piscinas: yo no he recibido la invitación para la boda de hoy! —oigo como se dirige a mí, con voz socarrona, al ver tumbado desde su cama cómo me voy acabando de vestir.
— ¿Cómo dices? —le pregunto descolocado.
— ¡¿A dónde coño te crees que vas vestido así, tronco?! —me pregunta riendo—. A mí me parece que el plan que tienes para hoy,
tío —añade carcajeándose—, es únicamente ir al comedor, al patio y
al socio…; ¡y no creo que, en “la invitación” que te enviaron a casa, pusiera que se necesita ir vestido de etiqueta!
— Me he puesto este jersey, porque es el que me regaló mi mujer la semana pasada por mi cumpleaños —le digo cortado, como justificándome, pero sin haber sido consciente de que me estaba poniendo una pieza de ropa especial o inadecuada.
— ¿También son nuevos esos bardeles tan guapos? —me pregunta mirándome a los pies, creo que refiriéndose a mis zapatos.
— ¿Cuántos años cumpliste, julandrón?
— Cuarenta y nueve —le contesto tras darme la vuelta y acercarme a la litera—. ¡Es increíble lo rápido que pasa el tiempo!
— Pues si te quejas de que el tiempo te ha pasado muy rápido, estás de suerte, Piscinas: ¡verás que, aquí dentro, cuesta ir tachando días de condena en el calendario! —exclama, mientras me aparta bruscamente con su brazo, se sitúa delante del sucio lavabo y se mira en el espejo—. ¡Aquí te haces un experto en contar tiempo!
— Pues ese gran entrenamiento que te ha dado la cárcel sobre los periodos de tiempo te será de gran utilidad para las finanzas. Verás que es muy sencillo: las cuentas financieras no hacen otra cosa que cuantificar la situación patrimonial de la empresa al inicio y al final de un periodo de tiempo y, también, los ingresos y los gastos que se han generado durante ese mismo periodo de tiempo.
— Fíjate si tengo callo calculando los tiempos de condena de la
peña—continúa hablando sin haberme prestado atención—, que te
apuesto lo que quieras a que antes de tu próximo cumpleaños estarás en libertad. Y si no, ¡al tiempo! —concluye con suficiencia.
— ¡Espero que tu pronóstico sea acertado!
— Ya verás como, en pocos días, te harás amigo del baranda. — ¿De quién dices?
— Del doble, del director del centro —me explica el significado de ese nuevo término de argot carcelario, mientras se va paseando la cuchilla de afeitar por su brillante cuero cabelludo.
— Si termina pasando eso que pronosticas, y tú me ayudas a conseguirlo, Malamata, yo intentaré que te concedan a ti también beneficios penitenciarios. En la empresa, ¡el trabajo en equipo es la clave! —le digo sonriendo, justo en el momento en el que se abren automáticamente las puertas de todas las celdas de la galería.
— ¡Qué jodido negociante estás hecho, Piscinas! —exclama riendo, inmediatamente después de haberse colocado un usadísimo jersey rojo de lana gruesa, seguramente tejido por su mujer, y mientras me empuja con fuerza hacia el exterior de la celda.
El comedor
Tras unos largos minutos bajando escaleras y recorriendo pasillos ruidosos y abarrotados, durante los cuales todos los reclusos con los que nos hemos ido cruzado me han repasado de arriba abajo descaradamente, llegamos al comedor de nuestro módulo.
¡Estoy aterrado! No puedo quitarme de la cabeza las palabras del funcionario de ingresos: “no pierdas la calma y estate siempre alerta,
¡porque nunca sabes lo que te deparará cada día!”
Una desagradable combinación de emociones varias, entre las que identifico claramente la impotencia, el miedo y la vergüenza, me obligan a pararme justo en el momento que cruzamos el umbral de la puerta. Echo un vistazo general rápido a una enorme sala llena de largas mesas rectangulares con bancos a ambos lados. El espacio está atiborrado de internos que están o sentados o andando en busca de un hueco libre para hacerlo. El ruido es ensordecedor.
— ¡¿A qué esperas, Piscinas?! —me pregunta Malamata en el momento que me tira del brazo con fuerza—. ¡Empieza a rular!
— A nada, a nada… —le respondo como un autómata al reiniciar lentamente la marcha.
— Por mucho que vayas con el Kie, no olvides nunca que, en el comedor, siempre tienes que buscarte un sitio de espaldas a la pared —me recomienda un preso que pasa por mi lado en ese mismo momento—. Si a algún menda se le va la olla, y se lía a bandejazos con el que primero pilla, ¡mejor que lo veas venir!
— Como vuelvas a hablar a mi compi de chabolo sin mi permiso, jilorio, ¡te clavo este pincho hasta el alma! —le recrimina enérgicamente el boxeador, a la vez que le aprieta el cuello con la mano izquierda y le acerca a la cara un objeto punzante, de fabricación casera, que agarra con su mano derecha—. ¡Aire, aire!
— ¿Quién es ese tipo? —le pregunto, después de que se hubiera ido refunfuñando, mientras me señala nuestros asientos.
— Le entró el siroco y mulló a su jefe tras muchos meses sin cobrar la paga. Las empresas sólo despiden a los trabajadores, pero hay muchos empresarios chungos a los que deberían echar también.
— Claro, claro… —le digo convencido de que tiene razón…, ¡si bien le hubiera dicho exactamente lo mismo en caso contrario!
— Ese menda es una ruina con el bicho, ¡y que pasa de todo! — continúa dándome información sobre ese interno.
— ¿Cómo? —le pregunto en el momento que nos sentamos en el largo banco de madera situado a lo largo de nuestra mesa.
— Los compis que se están comiendo condenas muy largas y, además, tienen el virus del sida, no tienen mucho que perder aquí dentro, tío —me explica ahora el recluso que está sentado enfrente de mí, tras escuchar mi pregunta y ver mi cara de desconcierto.
— Gracias por la aclaración —le digo, ya ocupando mi sitio. — Me llaman el Merca, ¿sabes? —se presenta a continuación, hablando con un inconfundible y cerrado acento gallego, mientras me extiende su larga y deformada mano, a la que le falta un dedo.
— Mucho gusto —le digo en el momento que me veo en la obligación de estrecharle su mano tendida por encima de la mesa.
— Y éste tan serio de aquí es el Jari —continúa hablándome, para presentarme al interno que tiene sentado a su lado.
Se trata de un hombre moreno, peinado hacia atrás, con una perilla de barba muy negra, patillas largas y anchas, y que lleva puesta una espantosa sudadera de rayas verdes y blancas.
— Hola —le digo escuetamente, tras percibir cierta hostilidad en su mirada, y al observar que no tiene ninguna intención de darme la mano, tal como acaba de hacer su compañero de mesa.
— ¿Ti es daquí ou ves a festa? —me pregunta el hombre que se identificó con el nombre de Merca al ver la actitud distante del otro, algo que interpreto como una expresión típica gallega.
— ¿Cómo dices? —le pregunto nervioso e inseguro.
— El compi gallego quiere saber que “si eres de aquí ¡o vienes
momento, pasa por detrás de mí en dirección a su mesa—. ¡Manda
cojones como te has vestido, pringao! —añade riendo.
Es evidente que soy el centro de todas las miradas. Soy consciente de que todo el mundo aquí está pendiente de hasta el más mínimo movimiento de toda persona que aparece por primera vez. El sentirme tan observado me provoca esa desagradable sensación de que los nervios me impiden pensar con claridad y actuar con espontaneidad, lo cual me puede perjudicar enormemente. Sé que tengo que seguir haciendo un esfuerzo para comportarme con naturalidad y confianza, pero no sé si lo acabaré consiguiendo…
— Nuestro nuevo compi se llama Piscinas —se apresura a explicarles Malamata de manera cordial, lo cual me hace pensar que esos dos tipos deben ser personas de su confianza—. El primerizo y yo hemos hecho un trato —les sigue informando el boxeador—, por lo que no quiero que le pase nada. ¡¿Entendido?!
— ¿Podemoh zabé de qué va el rollo con ezte niño bonito? — pregunta, forzando un típico seseo andaluz, ese tipo malencarado, fornido y con cara de listo que está sentado al lado del gallego, y que tiene toda la pinta de ser la mano derecha del boxeador.
— Os lo explicaré en el patio —le responde Malamata—. Hay mucho pipa chafardero con las antenas puestas que buscan información para chismorrear en los corrillos. ¡Empezad a jalar!
— Si no nos quieres contar lo de vuestro trapi ahora —insiste el
Jari en su demanda de explicaciones—, dinos, al menos, qué cohone
ha hecho este menda pá que lo metieran aquí.
— ¿Por qué te interesa tanto? —le pregunto yo.
— ¡Porque tienes pinta de no haber roto un plato en toda tu puta vida! —me responde con agresividad y de muy malos modos, haciendo desaparecer el seseo en su hablar de repente.
— ¡A este menda le han acusado de robar tiempo, troncos! —les informa su jefe carcajeándose—, ¡y por eso lo han metido en el
talego…! ¿Cómo se os queda el cuerpo al escuchar esto…?
— ¿Y tú te has tragado eso de verdad, Malamata? —le vuelve a preguntar, demostrando de nuevo que no le teme demasiado y, también, que es capaz de hablar sin el más mínimo acento andaluz.
— ¡He dicho que hablaremos de eso en el patio, Jari! —le responde irritado al verse obligado a recordarle su nivel jerárquico.
— ¿Puedo saber el significado de Kie? —intervengo yo ahora. — Es el puto mandamás del módulo, el que corta el bacalao,
carallo —me responde el hombre alto, delgado y con pocos dientes,
que se me presentó primero—. Un buen Kie siempre tiene machacas para lavarle la ropa, para el turno del teléfono o del economato y para algún que otro favorciño sexual, ya sabes… —me explica ese interno de aspecto tranquilo y actitud cordial, mientras sorbe la leche de su tazón haciendo un ruido enorme.
— ¿El turno del economato dices? —les pregunto, tratando de olvidar la última tarea de los machacas que acaba de relacionar.
— El Economato es nuestro supermercado taleguero, novato — interviene el Jari con un tono menos hostil ahora, masticando a dos carrillos y mostrando el contenido del interior de su boca.
— Allí nos venden lo más básico que podemos necesitar aquí dentro —continúa el Merca con las explicaciones—: bebidas, comidas, tarjeta de teléfono, papelería o productos para limpiar tu
chabolo. Todo lo que compras, te lo cargan en tu Peculio.
— Eso último sí que me suena —les digo—. En el módulo de ingresos, mientras me cacheaban y me quitaban el teléfono móvil y todo el dinero efectivo que llevaba, me explicaron que, aquí dentro, siempre debía usar la tarjeta con cargo a mi cuenta de Peculio.
— En el talego, el dinero de la calle está prohibido —me recuerda Malamata, a la vez que sumerge su bollo en la leche—. Por eso mismo —continúa—, tus familiares deben meter dinero en tu cuenta de Peculio. Además —añade—, tú tienes pinta de que te puedan ingresar mucha pasta cada semana. O sea, que además del Economato, ¡también podrás ir a comprar al Demandadero!
— De eso no me hablaron en mi ingreso —les digo.
— Si necesitas algo que no está en el Economato, y en tu Peculio hay suficiente jurdó, puedes rellenar una instancia para pedir que te lo traigan desde una tienda de fuera —me informa Malamata—. Aquí, en el talego, ¡te darás cuenta de que hay que usar las jodidas instancias para todo!
— ¿Qué puedes comprar en el Demandadero? —les pregunto. — Te daré un ejemplo práctico que entenderás a la primera,
Piscinas —se apresura a responderme Malamata riendo—: ¡la tele
que necesitamos para nuestro chabolo!
— ¡Que sean dos cajas tontas! —exclaman al unísono los dos “distinguidos” compañeros de desayuno que tenemos enfrente.
— ¿Os pensáis que soy millonario? —les pregunto sonriente, haciendo esfuerzos por mostrarme ¡como un compañero más!
— Fíjate que fácil te lo ponemos, Piscinas, si quieres que no te pase nada aquí dentro, ¡y que nadie te sobe el hocico!
— ¿Qué nadie me sobe el hocico?
— En el patio —se ríe el Merca, mientras le da un codazo al tipo que tiene a su lado, como si quisiera forzar su carcajada—, verás que hay muchas fieras viejas en busca de gacelas inofensivas.
— No cabe duda de que sois buenos negociando —les digo resignado tras el chantaje, mientras pienso que, en la primera comunicación que logre tener con mi mujer, tendré que decirle que ingrese suficiente dinero en mi cuenta corriente, en mi Peculio.
— El talego enseña mucho, es una escuela fetén, ¿sabes? — interviene Malamata—: mientras cumples condena por algo que hiciste mal…, ¡aprendes a hacerlo mucho mejor para cuando lo vuelvas a intentar! —exclama sarcásticamente, mientras se ríe.
— De todas formas —les digo inmediatamente después de verme obligado a reírle la ocurrencia—, no creáis que me queda mucho dinero ahorrado: he pagado una fortuna en minutas del abogado durante todo el proceso judicial. ¡Y lo que me queda…!
— ¡No parece que te ha servido de mucho, carallo! —afirma el flaco con su inconfundible acento y de manera muy expresiva, lo que provoca las ruidosas carcajadas de los otros dos.
— ¡Su tinterillo se folla a la mejor amiga de su mujer, que está
muy buena y forrada, por cierto! —vuelve a meter baza Malamata,
con la intención de “ponerle más salsa” a la conversación.
— Mientras no pace a hacehlo con zu mujé, aprovechando que ahora su maridito estará ausente durante una buena temporada,
¡tranquiloh! —se le ocurre decir al Jari, exhibiendo todo su malaje, como si se tratara de un concurso que consistiera en ver quién dice la burrada más gorda para provocar la carcajada y la burla general.
— ¡Eso no ha tenido gracia! —le digo ofendido.
— ¡¿Quién cojones te crees tú para decir lo que tiene o no tiene